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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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Villa del Duque

   
Foto: A Mariscal
         Hace algunos años junto a dos expertos en las lides turísticas como son Antonio Arcas y mi hijo Antonio, fuimos invitados por su director a visitar las Bodegas Valdivia establecidas en “Villa del Duque” en Picadueñas. Se trataba de visionar y dar nuestra opinión sobre un espectáculo multimedia denominado “Los duendes de Jerez” que dicha firma acababa de montar en una de las dependencias bodegueras.
            La verdad es que nuestro asombro no tenía límites al contemplar aquellos maravillosos liliputienses muy afanados en su trabajo y en sus cantes que parecían tener vida propia y, cómo, por arte de magia nos convertían en Gulliveres. Quedamos hechizados al contemplar aquel derroche de imaginación y arte virtual. Entonces supe que un tal Sr. Valdivia, industrial murciano, era el propietario de aquellas instalaciones. Dicho señor las había adquirido, entonces sin contenido, para establecer una nueva bodega y apostar fuertemente por el denominado “enoturismo”. Sus naves se volvieron a llenar, después de muchos años, con cientos de botas conteniendo magníficos vinos. Se había creado a la vez en su interior un pequeño complejo hotelero dotado de todos los servicios imaginables. Varias  salas de reuniones, restaurante, jardines y piscinas, así como ocho coquetonas suites completaban esta nueva industria bodeguera con el ánimo de ofrecer a sus potenciales visitantes algo único y distinto.
Aquella visita no sólo deleitó nuestros sentidos, sino que hizo alegrar nuestro ánimo al saber que aquellas instalaciones abandonadas y vacías desde hacía muchos años, donde se acunaron en otros tiempos uno de los mejores brandís de Jerez, ya no iban a ser pasto de la piqueta para construir bloques de viviendas, cosa habitual en las últimas décadas sobre  los solares que dejan tras su derribo las antaño catedrales del jerez.
Saboreando una copa de exquisito amontillado, mi memoria se remontó a los tiempos de antes de la expropiación de Rumasa, cuando aquel maravilloso complejo enclavado en el cerro de Picadueñas, en la calle que lleva el nombre del siempre recordado Zoilo Ruiz-Mateos, era el lugar emblemático de la división de vinos del holding Rumasa. Aunque no llegué a conocer “Villa del Duque” antes de 1983, mis referencias son que todo aquel que allí llegaba quedaba prendado del exquisito gusto que ornaba todos sus rincones y la manera de cómo era atendido. Por allí pasaron personalidades del mundo de la cultura, de las ciencias, de la política, del arte, de las letras, del comercio y de las finanzas, así como los más importantes clientes de la empresa. Las recepciones y agasajos que allí se ofrecieron dejaron siempre muy en alto el pabellón de Jerez, su nobleza y su hospitalidad.
Foto: Ftenorio
Fue entonces grande la satisfacción que sentí, digo más: que sentimos muchos jerezanos, máxime cuando todos aquellos que amamos a Jerez, que damos culto a uno de los grandes tesoros que Dios nos otorgó como son nuestros vinos, vemos con tristeza cómo muchas de nuestras emblemáticas bodegas y sus marcas, que siempre formaron parte de nuestro patrimonio tanto tangible como intangible, fueron cayendo una tras otra, subastadas, cual vulgar mercadería.
Da tristeza ver cómo muchos de los que recibieron ese gran tesoro de siglos, contenidos en mágicas botas de roble, no hayan sabido o podido continuar el camino de trabajo, progreso y de riqueza que un día emprendieron sus ancestros. También causa tristeza cuando vemos esas enormes catedrales que fueron del vino hoy convertidas en supermercados como las antiguas de Garvey. O peor las que fueran de los Díez frente a la Estación de ferrocarril, las de Valdespino en Divina Pastora o Bobadilla en las inmediaciones de la Merced, estas últimas totalmente abandonadas, expoliadas y amenazando ruina. Por ello muchos jerezanos nos preguntamos: ¿Dónde quedó aquel orgullo que antaño paseó el nombre de Jerez por el mundo entero?
Foto A. Mariscal
Ahora hemos de regocijarnos porque los nuevos propietarios de Villa del Duque, la sociedad José y Miguel Martín S.L., continúan la labor de conservar y mejorar este bellísimo trozo del patrimonio bodeguero jerezano que es Villa del Duque.
                                              
Antonio Mariscal Trujillo

             

Don Ceferino Jandilla, el médico de mi pueblo

Con un cierto toque de humor y a veces conmovedor, esta novela costumbrista quiere ser el retrato de una época de la medicina rural. De forma amena nos descubre historias, anécdotas y costumbres en su mayor parte inspiradas en hechos reales acaecidos en unos tiempos que ya se nos antojan lejanos. Hechos,  anécdotas e historias que discurren alrededor de la figura de un médico de pueblo llamado Ceferino Jandilla del Monte. Personaje un tanto singular que ejerció su profesión en un blanco pueblo de la serranía gaditana durante el período comprendido entre las décadas de los cuarenta y ochenta del pasado siglo XX. Solterón convencido, de espíritu bonachón y curioso por naturaleza, no se hizo médico  por vocación, lo fue por una promesa.
            A través de los capítulos de esta novela, el lector podrá trasladarse a una época en la que el ejercicio de la medicina rural era toda una hazaña. Ello nos llevará a determinadas situaciones, unas  dramáticas, otras un tanto divertidas  y hasta sorprendentes, en la que no falta una peculiar historia de amor.

            

Sueños de un patio andaluz

Estampa de otros tiempos

 


       
Cuando la tarde enrojecía la luz de la blanca primavera del pueblo, la menuda silueta de un hombre que caminaba  diligente por la estrecha calleja, alteraba por unos momentos la soledad del crepúsculo.
            Media docena de piezas de tela sobre su hombro y un abultado talonario con cubiertas de hojalata en la mano era todo el bagaje de un ambulante oficio: Ditero.
            El hombre penetra bruscamente en una casa. Antigua casa señorial de noble y acaudalada familia de terratenientes, que un siglo atrás fuese vendida por herederos venidos a menos para ser alquilada por habitaciones. Su patio principal aún delataba la huella de un pasado esplendoroso. Viejos artesonados de madera en las galerías; en sus paredes, entre múltiples desconchones, restos de lo que un día fuesen bellísimos frescos. Una docena de hermosas columnas corintias de mármol blanco sostenían otros tantos  arcos de medio punto, adornados éstos con profusas yeserías ya casi tapadas por infinitas capas de cal. Todo en aquella casa daba fe de lo efímeras que son de las riquezas.
        Casas de vecinos, patios andaluces, centros de reunión, ocio, comadreo y folclore. Ágoras de implacable audiencia donde se juzgaban actitudes comportamientos y pecados; pero también espacio abierto a la solidaridad en caso necesario. Como mudo testigo de ese pequeño universo, un viejo níspero rodeado de macetas con azucenas y geranios en el que habitaba un camaleón.
      A la puerta de la casa el hombrecillo cargado con su mercancía al hombro se asoma y lanzando una gran voz exclama: ¡el diteroooo!.
            En pocos segundos y como soldados al toque de fajina, media docena de mujeres bajan por la escalera de piedra roja. El ditero suelta su pesada carga sobre una vieja silla de anea, y abriendo su talonario anota cuidadosamente las monedas que cada una de las mujeres le va entregando. Operación repetida cada día entre su modesta clientela  por las distintas casas del barrio.

            Terminada la diaria recaudación, Manolín que así se llamaba el ditero, con habilidad pasmosa coge su mercancía y la carga sobre el hombro con la misma rapidez que un soldado haría lo propio con su fusil. En esto se oye la voz de una muchacha que desde el piso de arriba exclama: 
-    ¡Manolín espera!
-   ¿Qué quieres Carmela?
- Mira que he visto ese percal estampado y si me lo dejas arregladito te compro cuatro metros.
-   ¿A cuanto me lo vas a dejar?
-    A dos duros el metro, contesta el ditero sin titubeo
-   ¿A dos duros? ¡Que barbaridad, anda que no eres carero ni ná! A lo mejor te has creído que yo soy la marquesa de la casa grande.
-  Mira Carmelita, una tela como esta no la encuentras en ninguna tienda por este dinero, y aunque así fuera, la tendrías que pagar con el dinero en la mano, y a mí sabes que me la puedes pagar cuando quieras.

   Carmela dejó volar su imaginación de adolescente y se vio por unos momentos en al paseo de la Alameda con su vestido de percal estampado ajustando su menudo talle. Este iba a ser el verano de su vida, el que tantas veces soñara. Iba a encontrar el ansiado amor, su príncipe azul. Apuesto galante, cariñoso, educado..., no uno de esos jóvenes incultos como los que vivían en su calle. Su amor no sería un tipo vulgar como ellos, sería por lo menos escribiente. Si de esos que trabajan en oficinas y van siempre con corbata y cuello almidonado.
     Todos sus sueños desfilaron por unos instantes por su romántica cabecita, y extasiada quedó al contemplar tras una nube blanca de algodón a un apuesto galán que, cogiéndola de la mano, la invitaba a subir a una soberbia carroza la conduciría hasta una preciosa capilla donde estaban preparados los desposorios.
Diteros, foto: Carmelo Pérez Benítez

El ditero a su vez, mirando las flores dibujadas en la tela vio como entre ellas aparecía un luminoso escaparate que decía: “Tejidos Manolín”. En el interior, un precioso mostrador abarrotado de gente que compraban y pagaban al contado en una caja registradora en la que se encontraba Carmela ya convertida en su esposa.
           Carmela y Manolín despertaron de sus sueños y aquellos cuatro metros de percal, con la llegada del estío, hicieron realidad el afán de la niña y en el paseo de la Alameda su escribiente encontró.
           
            Cuatro años de noviazgo. Juventud de renuncias para formar hogar, y cada peseta invertida en ajuar. Piso en apartado barrio, boda de blanco en la Colegial. Convite, invitados, marcha nupcial, luna de miel en Granada, el sueño hecho realidad. Cinco hijos tuvieron a razón de uno anual.
           Y los años pasaron, los hijos crecieron, los sesenta Carmela cumplió trabajando hasta la extenuación. Cocina, lava, plancha, friega...

El tiempo pasó
        la belleza marchitó,
la sonrisa borró,
y las  noches quedaron sin  amor.

Padres que un día se fueron,
añoranza de patios en flor.
Veranos en la Alameda,
bella melodía olvidó.

Noche andaluza estrellada,
luna que tal vez menguó.
Bata de percal estampada,
breve cintura  guardó.

Manolín ya no vocea en el portal,
ahora tiene tienda en la calle principal.
Escaparate luminoso, tarjeta de plástico para cobrar.

Ya no tiene talonario con tapas de metal,
 sólo espalda dolorida, viejo de tanto luchar.

Cicatrices en el alma,
 ilusiones de amor perdidas,
 caudales conquistó,
 la felicidad nunca halló.

        Niña adolescente, hombre trabajador,
        que un día en un patio soñaron con un futuro mejor.

                                                              Antonio Mariscal Trujillo

                                                                                     

El viejo pino

Mi viejo pino 
       
Siempre guardaré en mi mente el recuerdo aquel viejo pino que había en la Alameda Vieja frente a la bodega de los González. Centenario, enorme, soberbio, frondoso como ninguno. Refugio de los pajarillos para anidar con segura protección, porque jamás nadie había podido alcanzar su copa. Siempre lo tuve como algo mío, sólo mío y que nadie me podía arrebatar. A sus pies yo jugaba de pequeño con las flores de las jacarandas que el viento de levante arrastraba hasta allí. El hermoso aroma que aquel pino desprendía en verano es algo que a fuego tengo guardado en ese lugar que debe haber en el cerebro donde se archivan los olores de la infancia.

         Luego, cuando fui mayor, cada vez que pasaba por allí me paraba bajo su sombra, aspiraba su aroma y, como por arte de magia, aquel pino de la Alameda me hacía volar hasta la niñez. Fue lo único que nunca dejó de ser grande al crecer yo como diría Juan Ramón Jiménez

         Pasó el tiempo, y un día aparecieron por allí grandes máquinas y excavaron la tierra para construir un aparcamiento subterráneo. Aquella infernal maquinaria arrancó sin piedad parte de las raíces que alimentaban a mi pino, las demás, aprisionadas entre el hierro y el hormigón, se quedaron sin tierra para alimentar al gigante y sin agua para darle de beber. Así el pino de la Alameda fue entrando en declive y muriendo en lenta agonía. Comenzaron a secarse muchas de sus frondosas ramas que fueron cortadas para evitar que cayeran al suelo. Un día comprobé, con gran dolor, cómo aquel centenario árbol había desaparecido, lo habían talado sin piedad. La tristeza que sentí fue infinita, como si me hubieran arrancado parte de mi alma, de mi vida. Ya nunca más sentiré el perfume de mi viejo pino, y nunca más aromará mis recuerdos, sólo quedaron allí las moradas flores de las jacarandas arrastradas por el viento de levante.
Antonio Mariscal Trujillo


Los Reyes Magos de Jerez

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?.  Y al entrar en la casa vieron al niño con su madre María, y postrándose ante él lo adoraron.




 EN LA FIESTA DE LOS REYES
Poco más dice el relato bíblico de San Mateo sobre un hecho que fue  progresivamente adornado durante la Edad Media. Poco a poco y a través del tiempo los Magos se convirtieron en Reyes y se les dio los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar. Como es sabido, la tradición cuenta que los tres Reyes Magos vinieron de Oriente y que guiándose por una estrella llegaron a Belén, buscaron al Niño Jesús recién nacido y le adoraron, ofreciéndole oro como  Rey, incienso como Dios y mirra como Hombre. De ahí emana la entrañable tradición española y de otros países hispanoamericanos de ofrecer regalos a los niños en  la noche del 5 al 6 de enero, en los últimos tiempos compitiendo con la introducción del Papá Noel en las costumbres navideñas debido a la influencia de otras culturas del norte de Europa y sobre todo anglosajonas.
Juguetes, golosinas y ropa de abrigo
Con respecto a nuestra ciudad, me he permitido buscar en diversos números de los primeros días de enero de finales del siglo XIX y primera década del XX del viejo periódico El Guadalete, para ver que decían de esta tradición en sus páginas. Salvo algunos anuncios de establecimientos como el del Sr. Gutiérrez en la calle Algarve 8 y 10 del que vemos cada año anuncios en vísperas de Reyes, en los que se puede leer que hasta el día de 6 de enero mantiene su exposición de juguetes con precios fijos y al alcance de  todas las fortunas, no encontré ninguna noticia o evento relacionado con la festividad, a no ser algún baile en el Casino Jerezano e incluso, extrañamente,  algún otro de máscaras. También hay noticias de que el Sr. Luis de Ysasi, prócer jerezano que legara a nuestra ciudad su finca de El Retiro, regalaba el día de Reyes, en los albores del pasado siglo, ropa y juguetes a una relación de  niños necesitados de la ciudad.
Ya en tiempos de la II República hallamos noticias en prensa de la entrega de juguetes, ropa de abrigo y golosinas en algunos colegios de  nuestra ciudad con motivo de la festividad de Reyes, concretamente en el colegio que estaba situado en el interior del Real Alcázar, del que era protector y principal bienhechor el Sr. Salvador Díez, quien a sus expensas se encargaba de adquirir dichos  regalos. Cercano a este centro, en la Maternal de calle Armas, también en dicho tiempo y a cargo del Ateneo se regalaban juguetes y ropas a los escolares.

 
Anuncio en El Guadalete 1902
 Cabalgata de Reyes, un poco de historia
En cuanto a la tradición de una cabalgata para anunciar la llegada de los Reyes Magos es muy antigua, la misma se remonta al año 1866 cuando en la ciudad alicantina de Alcoy se organiza la primera cabalgata de reyes de las que se tiene noticia en España. En Jerez no sería hasta el año 1923 cuando sus calles vieran por primera vez el paso de una Cabalgata de Reyes. La cual, al igual que en Sevilla que la venía haciendo desde 1918,  era el Ateneo quien se encargaba de su organización, con el único afán de llevar regalos e ilusión a los escolares más necesitados. Tanto el coste de los juguetes a comprar que, según las normas había que hacerlo a comerciantes de la ciudad, así como los gastos de la cabalgata eran obtenidos a base de donaciones particulares que el Ateneo se encargaba de recaudar, también se obtenía alguna pequeña ayuda del propio Ayuntamiento. Ni que decir tiene que aquellas cabalgatas eran de lo más austero y en nada parecido a las de ahora, desde luego sin carrozas, ni camellos. Según nos cuenta Pepe Castaño en su precioso libro sobre los Reyes Magos, el cortejo que acompañaba a sus Majestades de Oriente en aquellas primeras cabalgatas lo abría una banda militar de cornetas y tambores, tras la misma, una serie de figurantes disfrazados de egipcios y árabes, nada más.
Con el advenimiento de la Guerra Civil el Ateneo Jerezano quedó prácticamente inactivo, sus comisiones desaparecieron y con ellas la encargada de organizar la cabalgata. Acabada la contienda se hicieron algunos actos aislados organizados por el Frente de Juventudes con motivo del día de Reyes, tales como un concurso de dibujo infantil, una velada teatral o un concurso literario sobre este tema. También a mediados de aquella década de los cuarenta, aparece en la prensa la noticia que unos magos disfrazados habían desfilado por el centro de Jerez. Poco más hemos podido encontrar en hemeroteca. Será en el año 1949 cuando de nuevo se restablezca la Cabalgata de Reyes, en la que mi viejo y recordado amigo José María López-Cepero representó al rey Baltasar junto a Juan Manuel Rodríguez Almodóvar y Alberto González de la Peña. En dicha ocasión los reyes desfilaron montados en sendos caballos. Por cierto, el Ayuntamiento no participó aquel año aduciendo que no tenía dinero.
José María López Cepero,
Rey Baltasar en 1949

Evocación
En mis recuerdos de la niñez quedaron aquellos días de la ilusión y sus juguetes. El carrito de madera hecho a mano por un carpintero amigo de la familia, el cochecito pulga que se le daba cuerda por debajo, la cabeza de caballo de cartón piedra unida a un palo, los juegos de mesa de parchís y la oca, o aquel tren de resorte al que mi padre le ponía una bombillita conectada a una pila de petaca y me decía que era un tren eléctrico. También, en los días previos a la festividad de los Reyes, recuerdo aquellos grupos niños, tan pobres que nada tenían, tiznada su cara con un tapón de corcho quemado, pidiendo a coro por las calles unos céntimos para poderse comprar algún juguete. Eran los llamados “Tostaíllos”. Y lo hacían con tal gracia bajo los balcones de las casas que casi siempre les caía alguna moneda. Cantaban esto:
Somos cuatro tostaíllos que venimos a dar el tostooón
A la doña, doña Juana, la que está en el balcooón.
Una perra pá jabón, pá quitarme los churreeetes.
Pero quizás el recuerdo más entrañable es para mí, sin duda, aquella noche de Reyes cuando, tras la cabalgata, nos acostábamos muy pronto después de dejar los zapatos detrás de la ventana, “no sea que los reyes vayan a venir y estéis despiertos y se marchen sin dejar nada” nos decía mi madre. Digo mi madre porque mi padre no estaba en casa. Y es que él junto con otro amigo y mi padrino se encontraban en Casa Brotons disfrazándose de rey mago. De esa guisa alquilaban un coche de caballos en la Alameda Cristina y se dedicaban a ir casa por casa de los 18 ahijados que tenía mi padrino, Antonio Barrones se llamaba. Creo que Antonio nació para ser padrino, lo fue también de mis dos hermanas, y no de alguno de mis hijos porque cuando nacieron ya al pobre le había tocado marcharse para siempre. Pues bien, aquel alegre trío se pasaba toda la noche de reyes visitando las casas de ahijados y amigos, despertando a los niños y entregándoles sus regalos en la propia cama.
Pum, pum, sonaba el llamador de la puerta. ¿Quién es? Somos los Reyes, se oía desde la calle. Y nosotros que no habíamos podido conciliar el sueño hacíamos como que dormíamos y nos tapábamos la cabeza. Ni que decir tiene cual era la sensación que nos causaba aquella “visita real”. Habría que ver nuestros semblantes ante aquellos magos, no sé si era una mezcla de ilusión y de miedo a la vez, que sólo se desvanecía cuando los oíamos salir por la puerta y éramos dueños de todo el tesoro. Como es natural y por descontado,  en cada casa que “sus majestades” visitaban siempre caían una o dos copitas de aguardiente para acompañar un pestiñito o un polvorón, por lo que al terminar la “faena”, ya a las claras del día, la que “sus majestades” llevaban encima podría ser de acera a acera, circunstancia de la que no estaba excluido el cochero, que por descontado no se mantenía al margen de las generosas invitaciones. Mi padre, al que siempre le tocaba ir de rey negro, frecuentemente recordaba aquello como los mejores momentos de su vida, y yo los guardo en lo más profundo de ese lugar del corazón donde se conservan los recuerdos más queridos.
Hoy, cuando veo esos muñecos gordinflones de barba blanca, vestidos de rojo con los que algunos pretenden sustituir nuestra ancestral tradición y que por descontado gozan de todos mis respetos, pienso que los que todavía seguimos creyendo en los Reyes Magos de Oriente somos unos afortunados.

Antonio Mariscal Trujillo

Pozo del olivar

Las historias de una ciudad pueden tratarse a partir de diversos aconteceres más o menos destacados.  Sociedad, batallas, conquistas, economía, personajes, urbanismo, política o cultura, son por lo general los hechos a través de los que se puede ahondar en el pasado.
       Sin embargo, existen numerosos detalles u objetos que encierran historias curiosas e interesantes. Unos situados en plena vía pública que, al resultarnos familiares, no reparamos en ellos. Otros, quizás,  hayan despertado alguna vez nuestra curiosidad sin que hayamos podido saber porqué están ahí, cual es su historia o qué significado tienen. En algunos casos dichos objetos no están a la vista de la gente, sino que permanecen atesorados en museos, archivos, conventos, iglesias, bibliotecas o manos privadas. Historias emanadas desde el objeto, desde el detalle, desde lo pequeño, pero no por ello de menor interés como el lector podrá comprobar a través de esta obra.
          En el presente trabajo el autor ha seleccionado medio centenar de objetos extraídos de un hipotético pozo al que ha denominado: “Pozo del Olivar”, para así sacarlos a la luz y desvelar las historias que los rodean. Cincuenta objetos y detalles que muy bien pudieran haber sido cien, doscientos o muchos más.

El Varilla



     Nunca supe cual era su verdadero nombre, sólo sé que todos le llamaban “El Varilla”. Era un personaje muy conocido en Jerez a causa de sus excentricidades, posiblemente debidas a un incorrecto funcionamiento de su mente, unido a una asidua afición por el vino. Tenía una madre que lo adoraba, decían que era una “santa”, que lo cuidaba con cariño y esmero. Nunca supo lo que era la tristeza, siempre alegre, siempre contando un chiste o la última anécdota satírica; se reía hasta de su sombra. Su manía eran los disfraces, igual lo veíamos vestido de flamenco que con traje de gitana cuando era feria, o de torero cuando había corrida. A veces hasta con un bikini puesto encima de su ropa y con un paraguas a modo de sombrilla. Que los soldados del regimiento juraban bandera, pues el de legionario. Que llegaba la vendimia, entonces se cubría con hojas de parra y se colgaba racimos de uva. ¿De donde sacaba los disfraces? eso nunca logré averiguarlo. El caso es que sus originalidades se convertían en tema de conversación de casi todo Jerez.

         Era costumbre que muchos de los socios, ya mayores, del Casino Jerezano, cuando este se ubicaba en la calle Larga, se sentaran en la calle durante los meses veraniegos en unos sillones. Pues bien, en cierta ocasión, el Varilla apareció por allí con un saco lleno de cuernos de toro, que sabe Dios de donde los había sacado, y vaciándolo al pie de aquellos encopetados señores dijo: “que cada uno coja el suyo”. ¡La que se pudo formar! Algunos comenzaron a reír a carcajadas y no pararon hasta el día siguiente, pero no del detalle del Varilla, sino de la cara que pusieron algunos que se sintieron aludidos.

         Muchas veces iba por la calle y al que pasaba le pedía un duro, a veces con insistencia cuando no lo conseguía a la primera. Tanto le llegó a insistir a uno que se resistía a su petición, que al final accede diciéndole: “Toma el duro y vete ya”. A lo que el Varilla le contesta: “Anda, si te parece por un duro me quedo y encima te pinto la fachada”. En otra ocasión., otro le da un duro y le dice: “Toma pero no te lo gastes en vino”. La respuesta del Varilla fue: “No, si te parece me compro un cortijo”

         Cierto día apareció por la Casa de Socorro, llevaba colgado un pico y una pala, de esos que sirven para hacer boquetes en el suelo, producen ampollas en las manos, dolor en la región lumbar, y que temen más que a un Miura aquellos que no han doblado el espinazo en su vida. En la mano llevaba unas tiras de papel numeradas y de un botón de su camisa colgaba una caja de aspirinas. Entonces le pregunté: “¿Qué haces tú con un pico y una pala?- Es que las estoy rifando, me contestó. ¿Y esa caja de aspirina que llevas colgada? Esta no se rifa, es para regalársela a quien le toque el premio”, respondió con una sonrisa maliciosa. Y así siguió caminando por las céntricas calles de Jerez haciendo las delicias de la gente con las que se tropezaba.

         Acostumbraba también a ir algunas veces a la Bodega Domecq en la que ejecutaba algunas de sus ocurrencias, hasta que llegó un momento que aquello llegó a molestar a alguno de sus directivos dando orden al portero de que no volviera a dejarlo pasar. Y así cuando otro día volvió, el portero le dijo que no se le ocurriera dar un solo paso para dentro. El Varilla da media vuelta y, cuando parecía que se había marchado, vuelve tras sus pasos, se pone justo en el dintel de la entrada, levanta su pierna derecha, la extiende, traspasa con ella el límite de la entrada y, un centímetro antes de que su pie posara en el suelo se vuelve bruscamente, retrocede dos pasos, le hace un corte de manga al portero y le dice: “¿Ves como entraba?”

         Pasó algún tiempo sin que nadie volviera a verlo, decían que su madre había muerto, y que al no tener quien lo cuidara, lo había recogido en el Albergue de San Álvaro[1]. Pasaron varios meses, quizás un año, cuando nuevamente se volvió a ver al Varilla por las calles, pero ya no era el borrachín simpático y bonachón que habíamos conocido antes, era un vagabundo sucio y enfermo, ya no inspiraba risa o alegría, sólo una gran tristeza. El Albergue de San Álvaro había cerrado sus puertas por falta de recursos y el Varilla se había quedado en la calle en el más completo abandono. Dormía en cualquier rincón, pedía limosna y bebía para olvidar. Varias semanas después, sería allá por el año 1976, cuando una mañana lo vi tirado en la puerta del viejo Hospital de Santa Isabel. El pobre al sentirse muy enfermo encaminó sus pasos a este centro sin saber que un año antes lo habían cerrado. A la puerta de su entrada tapiada encontré al Varilla tendido. Fui a un bar cercano por un vaso de leche, se lo di a tomar y llamé a continuación a la policía municipal.

         Cuando ésta llegó, lo subieron al coche patrulla para trasladarlo a algún centro benéfico. Ya en el vehículo le dije a los agentes: cuídenlo, cuídenlo con todo cariño, pues, además de un ser humano es parte de Jerez, tanto como la torre de la Colegial o las palmeras de plaza del Arenal. Pocos días después supe que el Varilla había muerto en el Hospital de Mora de Cádiz, Su figura y sus ocurrencias quedaron para siempre en el recuerdo de todos aquellos que le conocimos.

De mi libro: La historia pequeña de Jerez de la Frontera
Foto: Cristóbal Iglesias, por gentileza de Antonio Valenzuela Sorroche y Francisco Frías Reyes





[1] Era un centro municipal radicado en calle Bodegas, asilo de indigentes sin hogar.

El vino de Jerez en tiempos remotos

Las distintas variedades de cepas silvestres distribuidas a lo largo del Mediterráneo y en otros lugares de clima templado son las que dieron lugar a numerosas plantaciones de viñedos en estas mismas regiones. No se puede decir que la vid sea originaria de España ni tampoco sabemos a ciencia cierta quienes la introdujeron. El escritor romano Rufo Avieno escribió un libro de viajes titulado: Ora Marítima  en el que da cuenta de las peculiaridades de las tierras que rodean al Mediterráneo y el litoral Atlántico entonces conocido. Dice que fueron los fenicios quienes fundaron Cádiz (Gades) y Jerez (Xera) hacia el año 1.100 a.C. y que trajeron vides procedentes de la tierra de Canaam. Otros autores afirman que cuando los fenicios llegaron a nuestra zona  ya encontraron un vino mejor que el que ellos consumían. Lo cierto es que, como queda patente en diversas excavaciones arqueológicas tales como las del poblado fenicio de Doña Blanca entre Jerez y El Puerto de Santa María, desde la época fenicia se pueden observar depósitos domésticos en el subsuelo de algunas de las  viviendas que utilizaban para almacenar aceite y vino.

Cuando los romanos llegaron a nuestra tierra encontraron numerosas plantaciones de viñedos. En la tríada mediterránea, el trigo, el aceite y el vino fueron los productos básicos de la explotación agrícola, aunque varios edictos imperiales restringieron el cultivo de la vid a fin de favorecer la exportación los vinos producidos en la península itálica en detrimento de los de Hispania. Tan sólo se libraron de su destrucción las viñas béticas, así el vino producido en Ceret llegó a ser muy apreciado en la capital del imperio, por lo que era exportado por vía marítima en enormes ánforas de barro cocido. Vinum Ceretanum, Vinum Gaditanum y Vinum Hastense se documentan en diversas inscripciones. Por ello no es de extrañar que en los distintos yacimientos correspondientes a villas o cortijos  de ese tiempo también se hayan encontrado depósitos subterráneos y restos de ánforas para el almacenamiento de vino.



            La obra escrita más antigua que sobre el cultivo de la vid y la crianza del vino en nuestra tierra data precisamente de la época  romana. El tribuno y agrónomo Lucio Junio Moderato Columela se ocupa de ello en su tratado Sobre la agricultura. Desde entonces han sido muchas las obras y referencias históricas que sobre este tema se han ido conociendo hasta llegar a nuestros días. En la España visigótica, San Isidoro de Sevilla cita en el año 634 de nuestra era en su obra De Laude Hispania doce clases de uvas destinadas a la mesa del rey.  La actividad vitivinícola en la actual zona del “jerez” no cesó ni tan siquiera durante los casi seis siglos de dominación musulmana. Se sabe que durante todo ese tiempo se siguió cultivando la vid, oficialmente para comer su fruto o para la elaboración de pasas, dado la prohibición coránica a los creyentes del consumo de alcohol, aunque se tiene la certeza de que también en  dicha época se elaboraba vino; es más: la palabra “al-ambiq” proviene de la lengua árabe, y claro está que un alhambique sólo sirve para destilar alcohol (“al-kohl”). En el siglo XII existen ya pruebas documentales de embarques de vinos desde Jerez a la Britania del rey normando Enrique I  siendo ellos los que venían a buscarlos a nuestras costas.

El pozo de la víbora

Pozo de la Víbora en tiempos pasados. 
Archivo Natividad Pérez
Muy antiguas son las referencias a este pozo situado al exterior de la antigua Puerta de Rota de la vieja muralla, lugar conocido como Picadueña Baja. Tan antigua son las noticias que ya a mediados del siglo XV en las actas capitulares se cita un pozo situado en esta zona en el sentido de  su reparación. Por su parte el historiador Luis de Grandallana en su obra Monumentos de Jerez nos habla en 1885 de una mina o galería que desde la Torre de Riquelme llegaba hasta el Pozo de la Víbora.

         Dicho pozo, actualmente cegado por estar en el área de un colegio, dio popularmente su nombre a toda la zona de su entorno. Una extraña denominación que dio lugar en tiempos pasados a toda clase de leyendas, historias, crímenes y suicidios. A ser sinceros, desconocemos el origen del apelativo  “de la víbora” En principio podría ser por haberse encontrado por allí algún ejemplar de este reptil venenoso, aunque es difícil que ello ocurriera, ya que la mayoría de este tipo de serpiente se da en el norte de la península, solamente hay una de ellas que habita al sur, y lo hace en zonas arbóreas. Pero en fin, no es raro que alguna inofensiva culebra por las inmediaciones del pozo apareciera y la gente pensara que era peligrosa víbora.

         Y ahora vamos a la leyenda, y decimos leyenda porque el hecho de desconocerse a ciencia cierta si la historia que vamos a relatar y que dio origen al nombre del pozo que aludimos ocurrió en realidad.


         La tradición popular cuenta, sin que se sepa cuándo,  que una mujer soltera y con dos hijos fruto de relaciones ilícitas se enamoró perdidamente de un hombre, el cual prometió desposarla con la condición que debería deshacerse de sus dos pequeños hijos, dándolos en adopción a alguna familia o dejarlos en una inclusa. Como la mujer no encontró quien se hiciera cargo de los niños, no vio otra solución que arrojarlos al pozo donde las pobres criaturas se ahogaron. Al día siguiente la mujer fue a ver al novio, y éste le preguntó que dónde había dejado a los niños. Ella le contestó que no había encontrado a nadie que se hiciera cargo de ellos y por lo tanto los había arrojado a un pozo. El hombre horrorizado al oír aquello fue inmediatamente a denunciar el hecho a la autoridad. Los cadáveres de los niños fueron sacados del pozo y la mujer apresada, juzgada y ejecutada. ¿Mito o realidad? nunca lo sabremos. Lo cierto es que una víbora con forma de serpiente o de mujer quedó reflejada para siempre en este lugar.

Emilio "El Guardia"

Cuando nos creemos que esta sociedad moderna es una sociedad de personas libres, a veces me pregunto que dónde está esa libertad.  Y es que si lo pensamos bien veremos que son muchas las cosas que esclavizan al hombre moderno, porque los cauces donde discurre nuestra libertad son tan estrechos que a veces nos ahogan. Somos esclavos del trabajo, de la hipoteca, de la electrónica, de los bancos, de los hijos, de nuestras ambiciones, de nuestra rutina, del dinero, del que dirán, de las normas, de las prohibiciones, de las leyes y hasta del propio Estado.

            Sólo he conocido en toda mi vida a un hombre completamente libre, y este hace poco nos ha dejado para siempre. Fue Emilio Guerrero Lozano, más popularmente conocido como Emilio "El Guardia”. A pesar de su discapacidad tuvo la dicha de vivir libre como los pájaros, su libertad sólo tenía una frontera, la que marca en casco histórico de Jerez. Hacía lo que le gustaba y quería, disfrutaba del cariño de la gente y le importaba un pimiento tantas y tantas cosas que a los demás nos preocupa y aflige.

¿Quién no vio alguna vez a ese hombre con guantes blancos y  silbato encabezando cualquier procesión, cabalgata o desfile por las céntricas calle de Jerez? era Emilio “El Guardia”. Creo que pocos han sido ajenos a la figura de este hombre, muy metido en su papel de policía, serio como corresponde a su interpretación, vestido de corbata y traje gris, e indicando a la gente que se aparten y abran sitio porque llega el desfile procesional.

            Emilio, personaje entrañable donde los haya, nació allá por el año 1936. Según decía su hermana Luisa, a su madre, cuando estaba embarazada se le presentó una apendicitis aguda, por lo que hubieron de operarla de urgencia en el Hospital de Santa Isabel. La falta de medios en aquellos tiempos y lo rudimentaria de la anestesia a base de éter o cloroformo pudo causarle al feto alguna lesión cerebral irreparable. Aunque al nacer fue bautizado, al llegarle la edad en la que los niños hacen su primera comunión, nadie lo consideró capacitado para ello, por lo que tardaría en hacerla nada menos que 57 años, creo que ha sido el bautizado que la hizo con mayor edad.

            La vocación de guardia le vino al bueno de Emilio desde muy lejos, ya que cuando sólo tenía diez años de edad se solía poner junto a los guardias municipales que dirigían el tráfico y los imitaba. Un día de procesiones le cogió a su hermano mayor, que estaba haciendo la mili, sus guantes blancos del uniforme y se los colocó. Ya desde entonces esta prenda fue para él un inseparable símbolo de “autoridad” a la hora de prestar sus servicios en la vía pública.

            En cierta ocasión, y tras haber realizado su habitual labor encabezando los desfiles un día de Semana Santa, llegó a su casa más contento que unas pascuas, traía en el bolsillo un billete de 20 duros que le había dado como gratificación nada menos que Álvaro Domecq, a la sazón alcalde de la ciudad. Aquello fue para Emilio igual que el primer sueldo de un primer trabajo. Desde entonces ya se consideró como un miembro más de la plantilla de la guardia municipal.

Pero no sólo lo veíamos encabezando desfiles, sino que además hubo una época en la que cuando veía coches mal aparcados se indignaba y les ponía un papel en el parabrisas a modo de multa. Algo que también llamaba la atención era cuando Emilio, “escoltando” la custodia del Corpus, a su paso por las calles hacía un enérgico gesto con las manos como queriendo decir: ¡arrodíllese, arrodíllese!. Incluso llegó una vez a quitarle el sombrero de un manotazo a uno que no se había descubierto al paso del Santísimo como manda el respeto. Desde luego que no ha habido en Jerez un guardián voluntario más fiel y eficiente. Por ello, el 27 de marzo de 2007, la Asociación Santo Ángel de la Policía Nacional le rindió un emotivo homenaje en el que se le impuso una medalla con esta grabación: “Por muchos años de servicio en su condición de “Emilio el Guardia”. Emilio fue un personaje muy popular y querido por todos. Su popularidad llegó incluso a traspasar fronteras cuando, en agosto de 2011, la revista corporativa de la compañía aérea Vueling publicó en inglés una amplia semblanza de nuestro simpático, único e irrepetible Emilio “El Guardia”, ahí es nada.

El 14 de agosto de 2016 Emilio el Guardia se marchó para siempre a otro lugar, a esos espacios infinitos donde reina el Creador. Y aquí en su ciudad dejó para siempre el recuerdo de una figura única e irrepetible que permanecerá eterna en el corazón de todos aquellos que le conocimos. Una figura tan jerezana como el Gallo Azul o las palmeras de Plaza del Arenal .

En la foto: con Pepe Castaño, Emilio "El Guardia y Manolito "El del Huerto"


Paseando por la historia

       
Con  la tranquilidad y el sosiego que otorga un tiempo en el que ya la vorágine laboral de la vida desapareció para siempre a causa de una merecida jubilación, trato a veces, paseando sin prisas, redescubrir y rememorar por sus viejas calles algunas cosas de este nuestro amado Jerez, de sus hombres preclaros, de sus monumentos, de su historia, de sus aconteceres…

            Ello me llevó hace poco a admirar nuevamente el primoroso ventanal plateresco esquinado de la antigua casa de los Ponce de León en  Carpintería Alta. Creado en 1537 al parecer por un alarife llamado Francisco Álvarez, en la parte inferior del mismo, si nos fijamos, aparecen dos curiosas leyendas: omnia pretervnt preter amare devm (Todo perece excepto el Amor de Dios) y vanitas vanitatvm et omnia vanitas (Vanidad de vanidades y todo vanidad). Leyendas en estas centenarias piedras que ciertamente hacen meditar.
            A continuación, justo enfrente, me asomé al atrio del convento de Santa María de Gracia con la intención de comprar a través del torno un pequeño surtido de sus exquisitos dulces navideños. Un convento de  monjas agustinas fundado en 1526 gracias a la generosidad de una dama de nombre Francisca de Trujillo, la cual donó su casa y otros bienes para fundar el mismo. Me vino entonces a la memoria un hecho insólito que ocurrió en el año 1784, cuando un grupo de catorce monjas, sin que nunca se llegaran a conocer las causas, se rebeló contra la madre abadesa, a la que tras quitarle el báculo y las llaves, salieron en procesión hasta el Convento de San Cristóbal donde permanecieron refugiadas durante más de un año, se supone que hasta la destitución de la abadesa por parte de la autoridad eclesiática.

            Llevado por los sueños continué hacia San Juan de los Caballeros, donde en mi imaginación traté de revivir la historia de aquellos adalides, también llamados Caballeros 24, que en la capilla de la Jura, allá por el año 1285, escribieran con la sangre de sus venas una misiva al rey Sancho IV el Bravo pidiéndole socorro ante el asedio sarraceno que había sido impuesto a Jerez.  Socorro que llegó a tiempo de impedir aquella grave amenaza que se cernía sobre nuestra ciudad.
           
Pasé luego junto a la iglesia de Santiago el Mayor, símbolo y emblema de ese arrabal del mismo nombre, cubierta andamios y vallas, con la esperanza que algún día pueda volver a lucir todo su gótico esplendor. Ruina que, como ahora, sufrió este templo en varias ocasiones, la primera en 1695 con el hundimiento de su nave central. Otros graves deterioros los sufrió también a lo largo del siglo XIX, hecho que volvió a ocurrir a mediados del XX, y por último en nuestros días (1). Casualmente y coincidiendo con el hundimiento habido en Santiago en 1695 fue cuando se iniciaron las obras para la construcción de nuestra Catedral. Obra que se paró ese mismo año al poco de comenzar, reemprendiéndose diecisiete años después gracias a una donación de cien mil pesos por parte del Arzobispo de Sevilla, Mons. Arias, el cual legó además en su testamento otros doscientos mil que nunca se pudieron cobrar.

            Luego, al llegar a la calle de la Sangre me detuve ante la capilla del antiguo Asilo de San José, para contemplar sobre el dintel de su puerta la réplica de un valioso altorrelieve del siglo XIII, cuyo original se encuentra depositado en el Museo Arqueológico. En el mismo representa al Señor saliendo victorioso del sepulcro con uno de sus pies sobre el sicario que lo custodiaba. No pude entonces dejar de recordar una efeméride, tal fue la heroica batalla que tuvo lugar en 1909 en los campos de Taxdirt al sur de Melilla, librada por el 4º Escuadrón del Regimiento de Cazadores Alfonso XII con guarnición en Jerez contra los insurrectos indígenas. En memoria de dicha gesta y el regreso de  aquella unidad a nuestra ciudad, dado que a la sazón se había iniciado la construcción  el hoy desaparecido cuartel de Caballería de Tempul, se rotuló esta calle con el nombre de dicha batalla y en recuerdo de aquellos valientes jinetes.
Otra de estas mañanas navideñas, contemplando en nuestra Plaza del Arenal esos poco favorecidos y anodinos edificios construidos en las dos esquinas de la Lancería allá por los años sesenta, así como el precioso reloj de Losada escondiéndose tras un árbol como avergonzado que la gente lo vea sin vida, me vino a la mente el trágico suceso acontecido en este arenal el 25 de agosto de 1664. Resulta que acuartelados en su paso por Jerez con destino a Portugal de un tercio compuesto por 1.400 soldados de alemanes al mando del conde Porcia, ocurrió un grave altercado con unos carreteros locales por cuestión del agua para las caballerías. Comenzó por ello una gran discusión y varios soldados tudescos maltrataron a un carretero, saliendo en su defensa varias docenas de jerezanos a los que se enfrentaron otros tantos alemanes. A la vista del cariz que estaba tomando la situación, un hombre subió a la torre del reloj de San Dionisio y tocó arrebato. En pocos minutos acudieron centenares de jerezanos y otros tantos soldados alemanes. Fue tan feroz y enconada la pelea que en la plaza quedaron como cuenta la historia, no sé si exagerado, más de cuatrocientos muertos y heridos entre soldados y locales. Como consecuencia de estos sucesos el rey Felipe IV envió a Jerez un delegado especial con la misión de esclarecer lo sucedido y castigar a los culpables. El asunto estuvo a punto de costarle a nuestra ciudad el título de “Muy Noble y Muy Leal”.

Después me senté reposadamente a tomar un café en el Consistorio. En una mesa contigua oí a unos agricultores lamentándose no haber podido sembrar a causa del tiempo que llevaba sin caer una gota de agua, y lo poco que habían sembrado estaba ya al límite de perderse. Entonces recordé la costumbre de sacar en procesión al Cristo de las Aguas de San Dionisio en rogativas por la lluvia, en la que siempre el inolvidable cura Bellido portaba un paraguas por si acaso aquello daba resultado. También recordé lo que relata el historiador Sebastián Marocho en su crónica “Cosas notables ocurridas en Xerez de la Frontera” cuando el domingo 2 de febrero de 1672 llovió tanto en Jerez que la gente que estaba en las misas no pudieron salir de los templos por las grandes inundaciones, cosa que obligó a los frailes de Santo Domingo a dar de comer a los asistentes a la misa. A este respeto cuenta también el citado historiador que, en 1656 en el entierro de la hija de un Villavicencio, llovió tanto y tan fuerte que para el sepelio de la difunta en lugar de trasladar el féretro a hombros como era costumbre,  hubo de utilizarse un coche de caballos de los pocos que había por aquel entonces en Jerez. Consignando este hecho como un acontecimiento local, ya que fue la primera vez que ello se hacía de ese modo.

Ya de vuelta, en lugar de tomar por Plateros, lo hice por la calle de atrás, por la de Chapinería, donde parece ser que en una tienda allí situada se vendió por primera vez tabaco en Jerez, ello fue en 1655. Es de suponer que en principio aquel negocio tuviera poca clientela, poco más o menos como las diversas tiendas para la venta de cigarrillos electrónicos que no hace mucho proliferaron en Jerez, las cuales en su mayoría han cerrado o cambiado de actividad.

También por aquel tiempo llegó a Jerez desde las Américas un producto que con el tiempo gozaría de gran favor entre la gente. Se trataba del chocolate, y fue precisamente  a parar en un principio al convento del Espíritu Santo. Bebida de los cielos que vino a sumarse a las exquisitas bizcotelas que las monjas elaboraban allí al menos desde el siglo XVII. Años más tarde se establecerían en Jerez las llamadas chocolaterías, antecesoras que fueron de las  botillerías o cafeterías, de las que fueron pioneras en nuestra ciudad, ya en el siglo XIX, La Junquera, La Veracruz  o el Café del Conde.

Y así termino por hoy este paseo por el desván de los perdidos recuerdos en un soleado día de invierno que más bien parecería primavera, a no ser por las pardas hojas que tapizan las calzadas de esta viejas calles y plazas que tienen vida y tienen alma, que guardan secretos, aconteceres e historias bajo los claros resplandores de otros cielos, de otros tiempos, de otros amaneceres, de otros ocasos, de otras noches estrelladas.                                        (1) El templo de Santiago fue de nuevo abierto al culto tras once años cerrado y una costosa rehabilitación el 23 de julio de 2016