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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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EL ANTIGUO HOSPITAL MUNICIPAL DE SANTA ISABEL DE JEREZ



Estos días el Instituto de Enseñanza Secundaria Santa Isabel de Hungría celebra sus bodas de plata como centro docente. Los jóvenes alumnos que allí cursan sus estudios posiblemente nunca se hayan parado a pensar que una vez su gran patio, su regia escalera y los viejos muros que aún se conservan del antiguo monasterio de la Merced fueron antaño mudos testigos de una buena parte de la historia de Jerez. Una historia de de enfermedades, de sufrimiento, de dolor, de llanto y muchas veces de muerte. También, cómo no, de asistencia ejemplar, de éxitos médicos, de curaciones y de gozosos nacimientos. Por ello sería conveniente dar un repaso a su historia aunque sea de forma concisa.
Su puesta en marcha
Tras varias y terribles epidemias de Fiebre Amarilla y Cólera Morbo que afligieron a nuestra ciudad llevándose a la tumba a miles de ciudadanos, por fin, el 26 de septiembre del año 1841 tras varios meses de obras de acondicionamiento fue abierto el nuevo Hospital Municipal de Jerez para la asistencia exclusiva de hombres, ampliándose cinco años más tarde para mujeres. Denominado de la Merced, al estar ubicado en las dependencias que fueran convento de los Padres Mercedarios,  propiedad que era del Municipio desde 1835 a resultas de la Desamortización de Mendizábal. Hemos de decir que, con la apertura de dicho establecimiento hospitalario es superado en nuestra ciudad el concepto de hospital de caridad dependiente de asociaciones piadosas imperante desde tiempo inmemorial, para convertirse en derecho ciudadano al ser sostenido con los fondos públicos del Ayuntamiento y del Estado. Por razones lógicas del espacio disponible en esta sección me van a permitir saltar todo un siglo en su historia para situarnos en los años que siguieron a la Guerra Civil española.
La lucha antituberculosa
La mayor plaga sanitaria en aquellos tiempos era sin duda la tuberculosis, la cual a veces se cebaba en familias enteras. Agravada por la miseria y las malas condiciones higiénicas, obliga a las autoridades locales de 1937, tras  las órdenes recibidas por parte del Gobierno Civil de Cádiz, a crear en Jerez el denominado Patronato Nacional Antituberculoso a fin de luchar contra la alarmante propagación del bacilo y prestar asistencia a los afectados. Se crea para ello un Dispensario Antituberculoso, el cual en un principio se establece en la plaza del Carbón para luego trasladarse al nº 1 de la plaza de Santa Isabel,  nombrándose director del mismo al Dr. Juan Vega y López Soldado. En el mismo edificio se instala además otro dispensario: el Antivenéreo, que junto al  Antipalúdico de la calle Lechugas ayudarán a luchar contra estos males. De esa manera  se intenta dar respuesta a los tres mayores problemas sanitarios que azotaban a  nuestra ciudad.
Los penosos años de la posguerra
Por lo que respecta al Hospital Municipal fueron muy penosos en los tiempos de la posguerra. Del triste panorama de hambre, miseria y desolación que envolvió a nuestro país no se libró este centro. Algunas personas que allí trabajaron en aquellos años y a las que llegamos a conocer fueron testigos de aquel sombrío panorama sanitario. Salas abarrotadas de enfermos graves con escasísimos medios para atenderlos. Faltaba comida, faltaban medicamentos, faltaba instrumental, faltaba jabón, apósitos, desinfectantes; faltaba de casi todo. Por decenas se podían contar los pobres desgraciados que aquellos aciagos días llegaban a las puertas del Hospital desnutridos y moribundos, víctimas de disentería, tifus exantemático, tisis, escorbuto, infecciones y otras muchas enfermedades propias de la carestía y la pobreza imperante.


Hacia un hospital moderno         
       En 1948, nueve años después de acabar la guerra, se inicia la última etapa en la vida de nuestro viejo hospital. Como decíamos antes, los  años de la posguerra y sus secuelas de hambre y enfermedades habían creado una situación que se transformó en caótica por falta de recursos. Por ello, la Comisión de Beneficencia Municipal decide acometer una profunda reforma en aquel centro hospitalario. Se procede a elaborar un nuevo reglamento interno y a dotar al centro de mejores recursos económicos. Los cambios que se operan son muy profundos y a la vez novedosos, tanto es así que se mantuvieron inalterables hasta su cierre un cuarto de siglo después. Se nombra entonces a un administrador con categoría de funcionario municipal, cargo que recayó sobre el Sr. Segismundo Sañudo Romano,  el cual ejercerá además como jefe de personal. A las monjas de la Caridad se les exige formación sanitaria, estableciéndose un servicio médico de guardia. Se organizan, además, turnos y horarios de visitas para familiares regulados por pases y tarjetas, y se reorganizan los servicios de Medicina Interna, Cirugía, Toco-ginecología, Pediatría, Urología, Radiología, Anestesia y Transfusiones.

Al objeto de superar el alarmante deterioro que el edificio y su mobiliario habían sufrido durante los años anteriores, en 1954 se realizan una serie de mejoras que son calificadas como “trascendentales”. Se procede por tanto a montar una nueva y moderna cocina en la que se invierte la nada despreciable cifra de 500.000 pesetas. Se reforma la lavandería con nueva maquinaria que garantiza la desinfección de toda la ropa lavada. Se renuevan colchones, pijamas, sábanas, batas y mantas. Se amplía el departamento de mujeres y se mejora la sala de niños. Se pintan todas las dependencias y se procede a la instalación de una central de amplificación con un micrófono, un receptor y 22 altavoces repartidos por todo el centro así como una centralita telefónica.

           En cuanto a su capacidad, el hospital contaba con casi doscientas camas repartidas entre los servicios de Medicina Interna, Cirugía, Oftalmología, Urología, Toco-ginecología, Radiología y Pediatría. Por ese tiempo accede al cargo de Farmacéutico Municipal el Ldo. D. Lorenzo Alonso quien sustituye a D. Eduardo Ballesteros. Como hemos podido ver, y con todas las limitaciones de su tiempo, ya queda planteado el concepto de un hospital que podemos calificar como moderno para su época.  Ese mismo año de 1954 fueron 55.744 las estancias benéficas y 8.164 las de pago, con una ocupación media diaria de 175 camas. Los gastos para el Ayuntamiento en este período fueron de 2.391.241 pesetas y los ingresos de 357.241, 00. Lo que nos da una diferencia de 2.034.107 pesetas, que era lo que el Hospital le costaba anualmente al Ayuntamiento, cifra muy respetable para dicha época (*).

Ocaso y cierre
        En 1968 tras la apertura de la nueva Residencia Sanitaria “General Primo de Rivera” en la carretera de circunvalación, llega el ocaso del  Hospital de Santa Isabel, el cual pierde la hospitalización de los enfermos de la Seguridad Social y, por ende, la práctica totalidad de sus ingresos económicos que ya en aquel tiempo era la mayor fuente del centro. El Hospital de Santa Isabel queda entonces sólo para la hospitalización militar y la de Beneficencia, por lo que su mantenimiento se hace insostenible para el Ayuntamiento. Ello hace al entonces alcalde Miguel Primo de Rivera plantearse de forma muy seria el cierre definitivo del hospital. Esta intención que no llegaría a materializarse hasta 1972, fecha en la que un derrumbe precipitó su cierre.
     A título anecdótico comentar que el último concierto de nuestro viejo Hospital Municipal con la Seguridad Social estaba estipulado al precio de 125 pesetas por cama y día, estuviesen o no ocupadas (que siempre lo estaban). A pesar de ello, y teniendo en cuenta que en aquella época el salario mínimo interprofesional no llegaba a las doscientas pesetas diarias, nos puede dar una idea de las estrecheces económicas con las que funcionaba el centro, sobre todo si la comparamos con los casi seiscientos euros de coste por enfermo y día del actual Hospital General de de Jerez.
            Los tiempos cambiaron y la sanidad también cambió afortunadamente para todos. Ahora, cuando contemplamos las modernas y avanzadas instalaciones, el personal especializado, los medios, la avanzada maquinaria y los servicios de nuestro Hospital de la Seguridad Social, no podemos por menos que recordar aquel vetusto y benemérito Hospital Municipal de  Santa Isabel de Hungría.
Antonio Mariscal Trujillo
(*) Fuente: A.H.M.J.  Memoria de la Beneficencia, año de 1954. Expediente 27.307, legajo 146
Fotos: Archivo de Segismundo Sañudo Romano por gentileza de Francisco Domouso, archivo A. Mariscal y Archivo Histórico Municipal de Jerez (A.H.M.J.)
Publicado en Diario de Jerez el 1 de diciembre de 2014


DEL PASEO DE CAPUCHINOS A LA AVENIDA ÁLVARO DOMECQ

Paseo de Capuchinos a principios del siglo XX


Antigua iglesia de Capuchinos


          

Hagamos un breve recorrido por la historia del más hermoso de los paseos de Jerez: el de Capuchinos. Nombre que toma naturalmente del convento de los frailes capuchinos establecidos allí desde el siglo XVII y que antaño se iniciaba a la altura del Mamelón. Según refiere en uno de sus trabajos el ínclito historiador y archivero municipal Adolfo Rodríguez del Rivero, en el año 1784 se construyó un trozo de carretera con unas barandas de madera a ambos lados de ella en lo que hasta entonces había sido el inicio del camino que conducía a Sevilla. Sería al año siguiente cuando comenzara la pavimentación del camino de Jerez a Sevilla para convertirlo así en calzada o carretera con firme de piedra partida, para lo que se emplearon dos mil hombres divididos en varias cuadrillas. Son estas las primeras noticias escritas que conocemos de nuestro Paseo de Capuchinos. En cuanto a las antes aludidas barandas que separaban la zona destinada a la circulación de carruajes del paseo propiamente dicho, subsistieron hasta el invierno de 1810, fecha en la que una división del ejército español al mando del duque de Alburquerque en retirada hacia Cádiz, perseguida por los franceses, pernoctó allí y las quemaron para calentarse.

        En 1817 se invirtieron 1.779 reales en la plantación diversas especies arbóreas a lo largo de todo el paseo. En 1824 el Ayuntamiento recibe la orden de adecentar las entradas y salidas de la ciudad con motivo de la visita de las infantas de Portugal.  Por esta causa se efectúan importantes reparaciones para lo que se hizo necesario arrancar los árboles que se  sembraron siete años antes. La última y definitiva plantación arbórea que se lleva a cabo en el paseo que nos ocupa se efectúa 1852, siendo alcalde de la ciudad don José Barba y Mateo. Dicha arboleda, de la que aún quedan algunos centenarios ejemplares, subsistió hasta la construcción en 1957 de la actual avenida Álvaro Domecq. El historiador Joaquín Portillo, en su obra Noches Jerezanas, publicada en 1839, nos describe este paseo de la siguiente manera:

      "La entrada a la ciudad por esta parte es el ameno paseo llamado de Capuchinos, porque termina con el ex convento de esta orden. Le adornan y embellecen una porción de huertas regadas con sus respectivas norias, que con su arbolado despiden un gas tan benigno como saludable. Tiene 800 pasos de largo y se eleva no poco sobre el resto de la campiña. Principia el paseo por una glorieta o plaza circular compuesta de dieciséis ochavas, y continúa en línea recta por unos muros que forman medias lunas con sus adornos en la cúspide, casi hasta entrada de la espaciosa calle de Sevilla."

            Y ahora avancemos en el tiempo para recordar cómo era este paseo hasta la primera mitad del siglo XX, cuando se construyó la Avenida Álvaro Domecq, que dicho sea de paso recibió dos nombres antes del actual como fueron: Gran Avenida y Avenida de América. Dicha avenida, como recordaremos, la conformaba lo que era la carretera a Sevilla propiamente dicha, la cual partía desde el Convento de Capuchinos con una ancha calzada de cuatro carriles en el centro y dos laterales menores delimitados por hileras de árboles que le daban un sello muy característico. Nada más comenzar, a la derecha donde está el Consejo Regulador, se ubicaba una fábrica de harinas y, en el lado izquierdo, varios palacetes y casonas entre espesa arboleda de los que aún sobrevive Villa Elena, así como el edificio que fuera clínica del prestigioso traumatólogo Dr. José Girón Segura, centro donde dicho médico efectuara uno de los primeros injertos óseos de los que se hicieron en España. El mismo lugar donde el 10 de junio de  1948 descansara un buen rato tras su viaje el descubridor de la penicilina y premio Nobel Sir Alexander Fleming y donde a través de los micrófonos de Radio Jerez se dirigiera a los jerezanos, actuando como traductor el recordado Dr. José Arcas Gallardo.

       En los terrenos donde hoy se alza el Instituto P. Luis Coloma se encontraban los viveros municipales, hoy ubicados en el Parque del Retiro. Justo enfrente, en la acera izquierda y el mismo lugar donde hoy se encuentra una urbanización de chalets, teníamos la plana mayor de la denominada Yeguada Militar, unidad de caballería que años después pasaría al Cortijo de Vicos.

      Y vamos ahora con una anécdota curiosa. Junto a la citada Yeguada existió una finca denominada Huerta de la Verbena en la que sucedió lo que a continuación voy contar. Resulta que, a finales del siglo XIX y principios del XX, hubo en España una gran escasez y encarecimiento del tabaco con motivo de la pérdida de Cuba tras la guerra de España con los Estados Unidos, en la que sufrimos la destrucción de nuestra flota de guerra y como consecuencia nuestras últimas colonias. Ello propició enormemente el contrabando de tabaco desde Gibraltar. Por esta causa se montó una extraordinaria vigilancia en los accesos a la ciudad tanto por parte del cuerpo de Carabineros como en las casetas de arbitrios implantadas en todas las entradas a la población. Para evadir estos controles, un grupo de contrabandistas que traían sus alijos de tabaco desde Gibraltar a lomos de mulos y a través de los montes por intrincados caminos, establecieron su base en la mencionada Huerta de la Verbena, por aquel entonces lugar solitario a las afueras de la ciudad. ¿Y saben cómo introducían el tabaco en la ciudad? Pues lo efectuaban por la noche de una forma ingeniosa y nada arriesgada, lo hacían nada menos que valiéndose de perros adiestrados que transportaban en sus lomos la mercancía a diversas casas de la ciudad, así de sencillo. No he hallado noticias de que aquellos contrabandistas fuesen descubiertos.

       Ya llegando a la plaza del Caballo, como muchos recordarán, se situaba una huerta conocida popularmente como “de las lechugas”, en la que tras una visita al cementerio de Santo Domingo era casi obligado degustar sus hermosas lechugas bien enjuagadas con la fresca agua de un pozo, costumbre muy arraigada entre nuestra gente por aquellos tiempos. Recordamos también un bonito olivar donde hoy se alza Jerez-74.

            Aquel paseo de Capuchinos siempre tuvo un encanto especial. Agradable paseo bajo la sombra de su magnífica arboleda en las luminosas mañanas dominicales o en las tardes estivales, en un constante ir y venir de niños y mayores, mientras el barquillero con su bombo cargado de barquillos de canela o los vendedores del popular “pirulí de la Habana” pregonaban y atraían a los niños cual moderno Flautista de Hamelín. Y qué decir de aquellos bellos jardines de la Rosaleda, hace años lamentablemente abandonados a su suerte, con sus pérgolas, sus estatuas, sus floridos arriates y su densa y fresca arboleda bajo la cual soñaron tantas parejas de enamorados. No olvidemos tampoco aquella rústica venta de Benjamín, a la que daba la bienvenida el busto de don Julio González Hontoria, y nos invitaba a descansar y a deleitarnos con un buen refrigerio entre buganvillas y enredaderas.

El silencio, el sosiego y el canto de los pajarillos invadían todo el ambiente, solamente roto de vez en cuando por el paso de algún viejo Austin, de un ruidoso camión o el alegre trote de un coche de caballos.  En fin, una estampa bucólica de unos tiempos que quedaron en el recuerdo. Aunque dejando a un lado historias y nostalgias, es preciso reconocer que nuestra Avenida sigue siendo la más hermosa, noble y señorial de todas las que existen en la ciudad. Digno pórtico de entrada a Jerez para orgullo de propios y admiración de extraños
Antonio Mariscal Trujillo

 Publicado en Diario de Jerez el 17/11/2014

Don Juan del Junco y la Escuela Profesional de Comercio de Jerez



Hasta la implantación en Jerez, a principios de los setenta del pasado siglo XX de los estudios de Magisterio, Turismo y Derecho, la única opción para poder hacer en Jerez unos estudios técnicos superiores fue la Escuela Profesional de Comercio. Un centro prestigioso donde se formaron miles de alumnos a lo largo de más de sesenta años y que dio a nuestra ciudad y, por ende a nuestro país numerosos y notorios hombres de empresa, directores de bancos, ejecutivos, expertos profesores, administrativos, acreditados contables y economistas e incluso catedráticos de Universidad. 
La creación de la Escuela de Comercio de Jerez se debió sin duda alguna al trabajo y el empeño de un hombre llamado Juan José del Junco y Reyes. Aunque nació en Vejer de la Frontera en 1885, llegó a Jerez con su familia cuando sólo tenía diez años de edad, al ser trasladado su progenitor a esta ciudad para ocupar plaza de titular como médico de la Beneficencia Municipal. Cursó los estudios de Bachillerato en el Instituto General y Técnico de  Jerez, para marchar posteriormente a Cádiz donde ingresa en su Escuela Profesional de Comercio. En 1905 obtiene con premio extraordinario el título de Contador Mercantil y en 1909 el de Profesor Mercantil con la misma distinción.
Fue nada más volver a Jerez cuando comienzan sus esfuerzos por engrandecer a la ciudad. Cree que hay que incrementar su industria y su comercio; considera necesario aumentar las exportaciones y piensa que para todo ello Jerez necesita contar con una Escuela de Comercio que facilite la preparación de los técnicos comerciales imprescindibles para tal fin. En 1914 comienza a dar sus primeros pasos al crear la Asociación Pericial Mercantil, consiguiendo interesar al Ayuntamiento y a la Cámara de Comercio de nuestra ciudad para que ayuden a fundar una Escuela de Libre Comercio. La misma fue autorizada por el Ministerio de Instrucción Pública ese mismo año, cuyas clases de matemáticas y contabilidad comenzaron a ser impartidas por el propio Juan del Junco en unas aulas cedidas por el Instituto General y Técnico en la Alameda Cristina.
Pero su empeño en crear una Escuela de Comercio no cejaría hasta que, el 29 de abril de 1921, un Real decreto aprueba la creación en Jerez de una Escuela Pericial de Comercio, siendo designado Del Junco como vice-director y catedrático interino de Contabilidad y Matemáticas de la misma. Fue decisivo para ello el concurso de dos Diputados a Cortes por Jerez como fueron Juan Romero Martínez y Francisco Moreno Zuleta, conde de los Andes. De esta manera se logra ofrecer a los jóvenes jerezanos unos estudios profesionales de calidad que tantos buenos frutos llegarían a dar a lo largo de su dilatada existencia. Aquella Escuela fue instalada en una casa arrendada por el Ayuntamiento en calle Francos nº 30, y allí permanecería hasta 1928 que se trasladó a la calle Porvera 54, ocupando parte de lo que en su día fuese el convento de la Victoria. En 1946 la Escuela contaba con casi trescientos alumnos en sus aulas, así como cerca de un millar de matrícula no oficial.
            En 1923 Juan del Junco gana por oposición la Cátedra de Contabilidad en la Escuela Profesional de Comercio de Cádiz, donde destaca en poco tiempo como un gran pedagogo. Fruto de ello es la elaboración de su “Proyecto de Estudios de Comercio”, el cual es aprobado por aclamación por el claustro de profesores y, posteriormente, presentado en la Asamblea Nacional de Profesores de Comercio celebrada en Madrid  en febrero de 1926.
            En 1928 a petición del claustro de profesores de la Escuela, una R.O. nombra a Juan del Junco comisario regio y director de la Escuela de Comercio de Jerez, por lo que vuelve a nuestra ciudad estableciendo su domicilio familiar en el nº 4 de la calle Bizcocheros. A partir de ese momento su incansable labor le lleva a conseguir el afianzamiento institucional de la Escuela de Comercio y su ampliación material y cultural. Así llegamos a 1972, cuando la Escuela Profesional de Comercio de Jerez se incorpora a la Universidad de Sevilla como Escuela Universitaria de Estudios Empresariales, pasando cinco años más tarde a formar parte de la Universidad de Cádiz.
Por lo que respecta a don Juan José del Junco, diremos que publicó infinidad de estudios monográficos en prensa y revistas sobre temas económicos. Su trabajo titulado: El Banco Nacional Agrario de España fue premiado por la Federación Agrícola Catalano-Balear. También publicó los libros: La Banca inglesa, antecedentes históricos y estado actual (Madrid, 1930); y Tratado de contabilidad general (Jerez 1943), este último fue considerado durante muchos años como una obra básica en su género.
En su constante inquietud por difundir la cultura y, como presidente del Ateneo Jerezano, amplió su biblioteca, volvió a editar la Revista del Ateneo, potenció la organización de conferencias y creó en el seno de dicha entidad las cátedras de idiomas y ciencias. Fue académico correspondiente de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz, y estuvo en posesión de la Cruz de Alfonso X el Sabio. En reconocimiento a su entrega y meritoria labor, el 25 de septiembre de 1942, por acuerdo municipal, fue distinguido con el título de Hijo Adoptivo de Jerez. Tras una larga y penosa enfermedad Juan José del Junco y Reyes falleció el día 6 de julio de 1950 en su domicilio de la Plaza de Plateros nº 15. Un interminable compuesto por sus numerosos amigos, compañeros, alumnos y ex alumnos acompañó el féretro con sus restos mortales desde su casa hasta la Escuela de Comercio donde, al igual que a los grandes artistas, le fue rendido un emotivo homenaje póstumo. El Diario Ayer publicaba al día siguiente de su fallecimiento una extensa crónica resaltando sus grandes cualidades intelectuales y humanas así como su entrega a Jerez, tanto en su faceta intelectual y docente como en la de Alcalde de la ciudad. “Un hombre ejemplar y único que dedicó su vida a Jerez” decía entre otras cosas.
Una lápida erigida a su fallecimiento en el patio de aquella Escuela Profesional de Comercio nos recuerda una vida entregada toda ella a Jerez y al fomento de la cultura de sus jóvenes. También una calle de la barriada de la Plata lleva el nombre de este ilustre jerezano de adopción y de corazón.
Antonio Mariscal Trujillo

Foto: Retrato al óleo de  la pintora jerezana Luisa Puig
Publicado el 10.11.14 en mi sección del Diario de Jerez

La increíble historia de Don Roberto, el portero de La Cartuja de Jerez

Imafronte del templo de La Cartuja de Jerez


DON ROBERTO (*)

Roberto Lañas en La Cartuja
            Le conocí a finales de los años setenta del pasado siglo XX. Fue en la primera ocasión que tuve de visitar el interior del monasterio de La Cartuja de Jerez, cuando, al llamar a la puerta de ingreso a la zona de clausura, fue él mismo quien la abrió y me franqueó el paso. Era un hombre que rondaría los setenta años de edad, de alta estatura y muy buen porte, amable, correcto, distinguido y de un trato exquisito. Lo primero que me llamó la atención fue que no vistiera el hábito cartujano, sino que iba con pantalón y camisa como cualquier seglar. Había ingresado en el monasterio de la Cartuja en 1972 en calidad de “Familiar Cartujo”, es decir, sin vínculo canónico alguno, sólo espiritual. Su misión en el monasterio era la de portero, aunque también hacía otros trabajos como los de carpintería. Moraba con los monjes como si fuera uno más de ellos, observando cada una de las duras y rígidas reglas de la Orden de San Bruno.

            Más tarde, en el transcurso de una conversación le hice la clásica pregunta de qué hacía un hombre como él en un lugar como este. Me respondió que vino al monasterio buscando el silencio y la paz espiritual  que necesitaba. Desde su Colombia natal y, tras un breve paso por Madrid, me decía, llegó a la Cartuja jerezana para pasar un mes en completo retiro y meditación y aquí llevaba ya cinco años. También me confesó que algún día tendría que volver a su país, porque allí vivían los hijos de una de sus hermanas, tenía una finca de su propiedad en la que, al igual que en Jerez, se criaban buenos caballos. Fueron varias las ocasiones posteriores en las que pude hablar con él en mis siguientes visitas a aquel monasterio, que dicho sea de paso es una de las Cartujas más espléndidas del mundo. 

     Don Roberto volvió a su tierra americana en 1987 durante un corto período de tiempo, posiblemente para arreglar sus asuntos personales, entre ellos su testamento, volviendo de nuevo a Jerez donde se quedó para siempre. Dos años después y, tras haberse confesado con el entonces Prior, el P. Arteche, al volver a su celda quiso tomar un baño, y sintiendo que no se encontraba bien se echó en su cama dejando de existir, parece ser que murió a consecuencia de un infarto. Tras los años de locuras de su pasado la Gracia Divina había tocado su corazón, dando lo mejor de sí en los últimos diecisiete años de su vida. Su cuerpo, cubierto únicamente con un lienzo blanco, fue enterrado tras las preceptivas honras fúnebres  en el patio del claustro grande también llamado del cementerio. Allí yace en una tumba anónima con una cruz de madera clavada sobre un túmulo de tierra como única señal de su inhumación, al igual que cualquier otro monje de los más de dos centenares que en ese santo lugar reposan desde hace siglos.

     En cierta ocasión que visitó Jerez el insigne escritor y Premio Nóbel mexicano Octavio Paz, éste fue llevado a conocer el monasterio cartujano. Al llegar allí junto con dos acompañantes jerezanos y tocar la aldaba de la puerta que da acceso a la zona de clausura, abre dicha puerta don Roberto ante el asombro del Nóbel mexicano. Pasados los primeros momentos de sorpresa, ambos se fundieron en un abrazo. Los dos hombres habían sido amigos desde los tiempos en que ambos vivían en Nueva York, al parecer trabajaban en las embajadas de sus respectivos países[1]. Octavio Paz no salía de su asombro ¿Cómo era posible que aquel hombre que en otros tiempos llevó una vida de lujo y comodidad, que había sido amado por las más bellas mujeres y ocupado importantes cargos en Ginebra y Washington hubiese cambiado poder y honores por la soledad, la austeridad y la dura vida cartujana? No se lo podía explicar. Al terminar la visita, el Prior salió a la puerta del monasterio para despedir al escritor, y con ellos don Roberto. Un fuerte y emocionado abrazo de despedida volvió a fundir a los dos hombres. Al cerrase las puertas, Octavio Paz, según me contaron, volvió la cabeza atrás con los ojos enrojecidos y alguna que otra lágrima intentando aflorar a sus mejillas.

    Hasta aquí, aquello de lo que fui testigo o me contaron de primera mano. Pero, ¿Quién era en realidad aquel don Roberto?. Lo cierto es que este personaje despertó siempre mi curiosidad. Aparte de en la Cartuja, llegué a verlo alguna que otra mañana en la céntrica cafetería La Vega, siempre con un par de amigos tomando un café, lo saludaba y me decía que había venido a la ciudad para hacer alguna gestión referente al monasterio. Y mi curiosidad aumentaba por saber algo más de aquel personaje, cosa nunca satisfecha hasta hace poco con la ayuda de Internet. Tras buscar, buscar y buscar, pude encontrar algunos artículos de prensa de diversa procedencia, así como un par de libros que tratan sobre un tema relacionado con él, como después veremos, tal es el espionaje en Estados Unidos a favor del régimen nazi. De esta manera he podido componer el rompecabezas que aclara la verdadera historia de este cartujano, que nunca fue fraile, que no hizo los votos canónicos de pobreza, castidad y obediencia, ni tampoco vistió el hábito de la Orden de San Bruno; pero que vivió entre los monjes observando fielmente su disciplina hasta el mismo día de su muerte.

            Roberto Lañas Vallecilla, este era su nombre, nació en Cali (Colombia) en el año 1908. Hijo de una distinguida y acomodada familia caleña, cursó sus estudios primarios en los Maristas y luego en los Franciscanos, con estos últimos descubre su vocación religiosa e ingresa en su noviciado. Tiempo más tarde es enviado a Roma para estudiar Teología en la Universidad de la Sapiencia y hacerse sacerdote. Todo fue bien, hasta que un día conoció a una hermosa vendedora de flores de la cual se enamoró, de modo que cuelga sus hábitos, vuelve a Colombia con su amante y trabaja como recepcionista en un hotel de su ciudad natal. En 1936 rompe aquella relación y marcha a París, había ganado una beca para estudiar en la Sorbona Ciencias Políticas y Derecho Internacional. Una vez concluido estos estudios y dominando al menos cinco idiomas, se establece en Ginebra donde ocupa un puesto como traductor en la Oficina Internacional del Trabajo. Y fue precisamente en un cabaret de esta ciudad suiza donde entra en contacto un nazi reclutador de espías. Parece ser que bajo los auspicios de los servicios secretos alemanes llega a Nueva York en 1940 para trabajar como lingüista. En aquellos años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, parece ser que Roberto Lañas no ocultaba su posición abiertamente pro alemana, por lo que en su lujoso apartamento congregaba a menudo a un grupo de germanófilos para debatir en prolongadas tertulias y oír la propaganda nazi de Radio Berlín.

Un destacado investigador sobre el espionaje alemán, el húngaro Ladislas Farago, en su libro “El juego de los zorros” hace referencias a un tal Roberto L, nombre que aparece en unos microfilms que encontró en unos archivos y dice de él: ¿Quién fue en realidad este hombre? ¿Cuál fue su papel en el espionaje alemán? ¿Cuáles fueron sus misiones? ¿Cómo sobrevivió después del juicio en el que todos sus compañeros resultaron condenados a muerte?. Estos interrogantes hicieron que el periodista colombiano Víctor Diussaba investigara muy a fondo sobre este apasionante tema. Fruto de ello fue la publicación por Editorial Planeta en 2011 de su libro “El espía que compró el cielo”. A través de esta obra hemos podido saber que nuestro personaje despilfarraba dinero en su etapa neoyorquina sin tener fuentes visibles de ingresos, que vestía elegantes y costosos trajes hechos a medida, que se rodeaba de las más hermosas mujeres, y que tenía tal encanto personal que le abría las puertas más refinadas de la sociedad neoyorquina de la época.

No se sabe a ciencia cierta que tipo de espionaje hacía Roberto Lañas, algunas informaciones apuntan a que era sobre la producción de armas, el caso es que en 1941 el FBI alertado por una modelo llamada Andry Dubal, al parecer despechada porque nuestro hombre la había rechazado, comenzó a seguir la pista de un supuesto espía al servicio de los alemanes que se hacía llamar Gabriel Reyes. Durante dos años estuvieron siguiéndole la pista sin éxito, hasta que en 1943 fue entregado por una novia suya, hija de un contralmirante de la marina de los Estados Unidos, la cual encontró unas cartas escritas con tinta en la que informaba de la fabricación en EE.UU de 7000 aviones de los cuales 4.000 iban destinados a Inglaterra. Dicha carta iba destinada a un enlace que tenía en Lisboa. Aquella amante sintiéndose indignada al haber comprendido que el colombiano no la amaba sino que la utilizaba para obtener información, llamó de inmediato al FBI denunciándolo. Fue detenido en el propio apartamento de ella y juzgado. En el proceso asumió su propia defensa y fue condenado a morir en la silla eléctrica. No se saben los motivos por los que se salvó de una ejecución inmediata, ya que otros cinco detenidos por el mismo delito sí fueron ajusticiados. Quizás le valió librarse de la muerte la evidencia de que toda la información que le habían interceptado estaba copiada del Boletín Panamericano y otras publicaciones, por lo tanto nada secretas, y que lo único que perseguía con su actividad era ganar dólares para sostener su buena vida, aunque ello no obviaba su delito contra la seguridad de los Estados Unidos en tiempo de guerra. Un testigo declaró en el juicio que muchas de las informaciones que vendía a los alemanes carecían de autenticidad y hasta eran inventadas por él.

Cinco años permanecería en el corredor de la muerte hasta que, en 1948, sus abogados convencieron a la justicia que Lañas era un pícaro colombiano más que un verdadero espía, y lo que en realidad hizo fue sacarle dinero a los alemanes a cambio de humo. De este modo su condena a muerte fue conmutada y gracias a la intervención del presidente de Colombia, López Pumarejo, fue excarcelado y deportado a Colombia. Allí trabajó algún tiempo como inspector de policía y secretario de la oficina de Circulación y Tránsito. Posteriormente pasó a dar clases en la Universidad del Valle como profesor de filosofía durante un período de 19 años. Al jubilarse vino a Madrid donde impartió clases en la Universidad Autónoma y tuvo oportunidad de relacionarse con personas de las altas esferas de la Capital.

Pienso que, posiblemente, alguna persona influyente con las que tenía relaciones en Madrid le habló de la Cartuja e incluso le facilitó el contacto con su prior, a la sazón el Padre Arteche. El caso es que no sabemos si por arrepentimiento de su licenciosa vida anterior o por necesitar del silencio, la oración y la meditación, se vino a Jerez para ingresar en monasterio y vivir bajo las severas reglas de la Orden de San Bruno durante un tiempo que se prolongó hasta el día de su muerte.

Hasta aquí la historia, brevemente resumida, de don Roberto Lañas Vallecilla, un hombre de mundo, un galán, un erudito, un lingüista que dominaba siete idiomas, y un espía que quiso alcanzar el cielo a través del silencio, el trabajo y la oración en la Cartuja jerezana.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.

Referencias:
Ladislas Farago, El juego de los zorros, Laser Press, Mexico 1980. Victor Diussaba, El espía que compró el cielo, Ed. Planeta, Bogotá 2011. Castaño Rubiales, J., Historias y Leyendas de la Cartuja de Jerez, Jerez 2004. José E. Rojas, Desde Cali con amor, en El País.com, 7/11/2010. Otros artículos de prensa publicados en el New York Times en noviembre de1943.

(*) Este trabajo lo publiqué en Diario de Jerez el 27 de octubre de 2014
Fotos: A. Mariscal


Claustro grande o del cementerio donde fueron inhumados los restos de D. Roberto Lañas




[1] Circunstancia ésta que no hemos podido comprobar

José Luis Gallegos Arnosa

JOSÉ LUIS GALLEGOS ARNOSA. Jerez 1880 – Sevilla 1942

            Este jerezano, nacido en la calle Escuelas nº 27, pasó a la historia del deporte futbolístico por haber sido el fundador del Sevilla Club de Fútbol.  Hijo de Adolfo Gallegos y de Francisca Arnosa, vivió en su ciudad natal hasta 1890, fecha en la que su padre, empleado de una bodega, fue trasladado a Sevilla por motivo profesionales.
           
 En los inicios de su adolescencia, el joven José Luís, que se había aficionado al cante flamenco e incluso cantiñeaba con buen compás, hizo amistad con el que luego sería afamado intérprete de ese arte Silverio Franconetti, una amistad que al padre  del muchacho llegó a preocuparle en extremo, máxime cuando supo que ambos frecuentaban la Alameda de Hércules, lugar que siempre gozó de pésima reputación.

            Por dicho motivo Adolfo Gallegos decide enviar a su hijo a estudiar a Londres. Allí permanecería José Luís durante varios años cursando estudios de Comercio, parte de los cuales los haría en la Universidad de Oxford, demostrando durante su formación ser un estudiante muy inteligente y destacado. En la capital británica no sólo se gradúa como Perito Mercantil, sino que llega a aprender y dominar otros idiomas además del inglés, tales como: italiano, francés y alemán. Allí comienza a practicar el “foot ball” y a dominar técnicas y reglamento de este deporte.

      Años más tarde vuelve a Sevilla estableciéndose como consignatario de buques y agente de aduanas, por cuyo motivo establece muy buenas relaciones con varios ingleses, entre ellos un tal Adam Wood que era un gran aficionado al fútbol.

       Hombre sencillo, abierto, emprendedor y amante de los deportes, solía organizar partidos de fútbol entre chavales, así como darles clases de teoría y reglamento de este deporte. Ello le lleva, junto con su amigo Adam Wood a fundar en 1905 el Sevilla Club de Fútbol, siendo su primer presidente hasta 1909 y repitiendo dicho cargo en los años 1913 y 1914. Contrajo matrimonio en contra de la voluntad de su familia con una señorita de humilde familia de Morón de la Frontera llamada Soledad Bellido Caro, nueve años menor que él, de cuya unión nacieron cuatro hijas: María Luisa, Josefina, María del Carmen y Pilar, esta última falleció siendo muy niña victima de la meningitis.

            Su actividad extra profesional no se limitó sólo a la fundación del citado Club de Fútbol, sino que también fundó el Club Náutico y el Círculo Mercantil de Sevilla. Fue un hombre profundamente religioso y gran entusiasta de la Semana Santa y sus Cofradías, a una de las cuales, la de Jesús del Gran Poder, estuvo íntimamente vinculado durante toda su vida.

         José Luis Gallegos estableció su domicilio familiar en la barriada sevillana del Tiro de Línea, concretamente en calle Teatinos 40, una casa con jardín a la que llamó "Villa Pilar" en recuerdo de su pequeña hija fallecida años antes. Según nos cuenta una de sus nietas, Pilar Ramos Gallegos, siempre estuvo volcado en el afán por mejorar su barrio a través de numerosas iniciativas.

          Falleció en Sevilla de forma inesperada en el año 1942 cuando contaba 62 años de edad, hecho que dejó a su esposa en una precaria situación económica. El nombre de este ilustre jerezano cayó injustamente en el olvido, y no sería hasta 63 años más tarde cuando su nombre volvería a salir a la luz con motivo del centenario de la fundación del Sevilla C.F.

            Por último debemos dejar constancia que José Luís Gallegos Arnosa no fue, como se podía pensar, hermano del famoso pintor y escultor jerezano José Gallegos Arnosa, ya que, aparte de la diferencia de edad, 21 años, el padre del pintor era José y el de José Luis era Adolfo. Sí que eran primos, hijos de matrimonio entre dos hermanos con dos hermanas, de ahí la coincidencia de sus apellidos.

Antonio Mariscal Trujillo
Centro de Estudios Históricos Jerezanos



La Antigua y Piadosa Hermandad Médico-Farmacéutica de San Cosme y San Damián de Jerez de la Frontera


Santos Cosme y Damián, obra del escultor Ramón Chabeli. Museo del Convento Carmelita de Jerez. Foto: A. Mariscal
            En 1932 un grupo de médicos, farmacéuticos y dentistas deciden formar una asociación cuyos fines eran sobre todo la formación continuada y actualización de sus conocimientos profesionales. Para ello deciden rescatar en el tiempo una vieja cofradía gremial del siglo XVI que llevaba el nombre de los santos patronos de los médicos y sangradores: los santos Cosme y Damián que tuvo su primitiva sede en la iglesia de San Juan de Letrán. De esta manera aquellos profesionales sanitarios reviven aquella cofradía estableciendo su sede y capilla en la parroquia de San Dionisio. Sus miembros estaban todos los relacionados con la sanidad: médicos, farmacéuticos, odontólogos y auxiliares de éstos. Convirtiéndose así en una de las escasas hermandades o cofradías de nuestra ciudad que, aunque confesional y con cultos religiosos previstos en sus estatutos, sus fines no eran los habituales en estas corporaciones religiosas tales como sacar una procesión en Semana Santa, sino que prioritariamente eran académicos además de misericordiosos. Sus primitivos estatutos del siglo XVI comenzaban así:

“En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo y de la Virgen Santísima, madre señora y abogada nuestra, de cuio purísimo vientre la segunda y Divina persona siendo Dios se hizo hombre para nuestro remedio.
         A quien la piadosa Congregación de los Profesores del Arte de los Sangradores flobotonianos y demás profesores de la Medisina naturales y vesinos desta fha Ciudad y fundadores de la hermandad dicha de los gloriosos Santos San Cosme y San Damián. Con  firme deseo pedimos nos de Grasia para perseberar en su Santo servisio y asierto para con perfesion establesca y aumenten esta nuestra hermandad que se dedica a exerser las obras de Misericordia y ayudarnos unos a otros en nuestras enfermedades, necesidades y aflisiones…” (Sic)

La primitiva Hermandad estaba compuesta por diversas categorías de Hermanos, estos se dividían en Hermanos numerarios, Hermanos adjuntos, Hermanos protectores, Hermanas adjuntas y Hermanas honorarias, estas últimas deberían ser esposas o viudas de Hermanos numerarios. Los hermanos numerarios se dividían a su vez en varios grupos, tales como: Apostólico y de organización de cultos, de Academia para los asuntos profesionales y deontológicos y Apostólico de obras de misericordia. Para poder pertenecer a la Cofradía era necesario poseer el título de Medicina, Farmacia u Odontología, o bien acreditar ser auxiliar de estos facultativos. Todos sus componentes tenían el compromiso de visitar a otros hermanos de la Cofradía que estuvieran enfermos o afligidos por alguna tribulación o desgracia, así como asistir a su entierro en caso de fallecimiento.



Al refundarse aquella hermandad en el año 1932, se introducen varias reformas en sus estatutos. Así, entre otros, se establece para su sostenimiento económico una cuota de entrada, así como otra cuota mensual entre sus componentes. También se establece que en actos oficiales y cultos fuera preceptivo ostentar una medalla con la imagen de sus santos patronos, cuyo cordón debería ser del color de la facultad en la que hubiesen cursado sus estudios. Con motivo de la Guerra Civil la Hermandad quedó sin actividad, volviendo a reanudarla en 1944, esta vez con sede en la basílica de El Carmen.

En 1959 esta Hermandad es la encargada de organizar la X Asamblea General de las Hermandades de San Cosme y San Damián de España. La misma se celebra en Jerez durante los días 9 al 12 del mismo año A dicha asamblea acuden representantes de 34 hermandades. El tema oficial de dicha asamblea sería  “La Deontología en Medicina Preventiva”. En el transcurso de sus sesiones de trabajo fueron numerosas las ponencias y comunicaciones sobre el tema. El último día los congresistas girarían una visita a las ciudades de Cádiz y San Fernando

         Conocimos en esa época como presidente al farmacéutico Onofre Lorente Roldán, el cual sería relevado por el digestólogo Miguel A. Ruiz Badanelli, y posteriormente en 1966 por el joven cirujano plástico Antonio Agarrado Porrúa, este último presidió la Hermandad hasta1976, año en el que sus actividades fueron languideciendo hasta desaparecer.

         Las sesiones científicas en la última etapa de su funcionamiento se celebraban en los salones de la Pescadería Vieja, donde tenía su sede la Academia de San Dionisio, para pasar más tarde a un salón de actos que la Caja de Ahorros de Jerez tenía en la plaza del Caballo, donde se organizaban infinidad de conferencias, mesas redondas, coloquios y proyecciones de documentales científico-médicos, etc., siempre tras rezar la preces de rigor, estas a cargo del P. Ramón O.P. que fue su consiliario en dicha época. A finales del mes de septiembre y coincidiendo con la festividad de sus santos patronos, tras una misa solemne en la Basílica de el Carmen, organizaban una cena de hermandad en la caseta del Casino Jerezano del Parque González Hontoria o bien en el Club Nazaret. A dicha cena solían asistir como invitados de honor el Alcalde de la ciudad y el Obispo de la diócesis. En el transcurso de la misma se entregaba al ganador el “Premio de Investigación” que cada año era convocado por esta entidad.

         Con respecto a la asistencia del Alcalde de la ciudad a la cena anual de esta Hermandad, diremos que a  mediados de los años sesenta, siendo alcalde de Jerez Miguel Primo de Rivera y Urquijo, éste asistió a la cena acompañado de su esposa embarazada de mellizos, los cuales al nacer fueron bautizados con los nombres de Cosme y Damián en honor a los santos patronos de la Hermandad.

 En 1976 la Hermandad de San Cosme y San Damián dejó de tener actividad y desapareció. Un intento de reactivarla a principios del siglo XXI por el Dr. Miguel Lizaso Solinís quedó sólo en intenciones con una conferencia en el salón de actos del Casino Jerezano a cargo del neurocirujano Enrique Rubio. Los tiempos habían cambiado.
Antonio Mariscal Trujillo

C.E.H.J.

LAS EXCLAUSTRACIONES DE LA CARTUJA DE JEREZ




      Tres fueron las ocasiones en las que los monjes tuvieron que abandonar la Cartuja, y todas ellas durante la primera mitad del siglo XIX. La primera lo fue el 30 de enero de 1810 con motivo de la inminente llegada de las tropas napoleónicas, cosa que sucedió tres días después. La comunidad religiosa tuvo que huir en una barcaza navegando por el Guadalete para refugiarse en Cádiz ante el fundado temor de ser represaliados por el ejército invasor, ya que el Padre Prior había encabezado un año antes le denominada "Junta de Defensa Local", creada al objeto de defender la ciudad de los franceses, acción que nunca se llevaría a cabo.

     El 3 de Febrero de 1810, las fuerzas napoleónicas al mando de José Bonaparte entraron en Jerez. Una comisión compuesta por las autoridades locales se vieron en la obligación aquel aciago día de salir al Altillo con objeto de recibir a los invasores, los cuales, en marcha triunfal, desfilaron por diversas calles hasta llegar a la plaza del Arenal ante el profundo y bien fundado temor de la mayoría de los ciudadanos. Jerez como el resto de las ciudades y pueblos españoles donde pusieron sus botas los franceses, no se libró de los terribles expolios y saqueos por parte de los soldados galos y de sus mandos,  y la Cartuja tampoco. Pero si grande fue el pillaje extranjero, en el caso del monasterio, fue aún peor el que sufrió por parte de los lugareños durante los tres días que transcurrieron entre la salida de la comunidad y la llegada del ejército francés. Hombres, mujeres, viejos y niños, todos, entraron a saco en lo que hasta unas horas antes había sido lugar de respeto y oración para robar todo lo que se pudiese vender o guardar. Los ilusos monjes no podían imaginar hasta donde puede llegar la rapiña humana. Cuando llegaron los franceses solamente se pudieron llevar algunas pinturas (que no era poco), las cuales al parecer, por causa de la propia incultura,  los saqueadores locales no les prestaron demasiada atención.

     En el verano de 1812, una vez las fuerzas de Napoleón hubieron abandonado nuestra tierra, vuelven los Cartujos a su casa que, como cabría suponer, la encontraron vacía de mobiliario, vestuario o decoración y, en el más deplorable de los estados. A pesar de todo, nuevamente es restablecida la vida monástica y poco a poco se van reparando las secuelas de los desmanes sufridos durante los dos últimos años.

     Pero esta aparente tranquilidad no les iba a durar mucho tiempo, ya que ocho años después, concretamente el 21 de noviembre  de 1820, una orden del Ministerio de Hacienda decreta la clausura de todos los conventos cerrados durante la Guerra de la Independencia. Por esta causa los frailes se ven de nuevo obligados a dejar su monasterio. En esta ocasión y como ya dijimos con anterioridad, todos los bienes de la Cartuja fueron incautados y vendidos en pública subasta. La Orden de San Bruno no volvería a Jerez hasta tres años después, una vez acabado el denominado "Trienio liberal”. A su vuelta la comunidad se afana por todos los medios en recuperar algunos de los bienes muebles, enseres y vasos sagrados que anteriormente les hubieron pertenecido.

     La tercera y definitiva exclaustración se produjo el 19 de agosto de 1835, como consecuencia del famoso decreto de Mendizábal que tanto daño causara al patrimonio histórico y artístico de nuestro País. Aquel fatídico día para nuestro legado cultural y monumental, en el que tras un inventario de los bienes, vasos sagrados y alhajas, los cuales fueron depositados en la Colegial, los monjes de la Cartuja de Santa María de la Defensión abandonaron definitivamente su monasterio después de cuatro siglos. Componían la comunidad en aquel momento 14 sacerdotes y cinco legos. Al cuidado de aquella incomparable joya arquitectónica quedó un solo guarda que no duraría  muchos años en su cargo. Paradójicamente, a pesar de su abandono, en 1856 fue declarado Monumento Nacional, gracias al interés y los denodados esfuerzos de la Academia de Bellas Artes de Cádiz, como única medida para salvar de la ruina y total desaparición al Monasterio jerezano de la Cartuja. 
      
     Para terminar diremos que, aunque en esta ocasión no fue una exclaustración como las tres del siglo XIX, en enero del año 2002 abandonaron la Cartuja de Jerez los últimos monjes que en ella quedaban. La falta de vocaciones unida otras circunstancias que no vamos a citar, hicieron que nuevamente este incomparable monasterio quedase deshabitado. Luego vinieron las monjas de la congregación francesa de Ntra. Sra. de Belén que son quienes lo habitan actualmente y mantienen el culto


En la foto: el imafronte del templo. Postal de los años veinte del pasado siglo

Al cumplirse el centenario de la publicación de la obra de Juan Ramón Jiménez PLATERO Y YO



JUEGOS DEL ANOCHECER

            Cuando en el crepúsculo del pueblo, Platero y yo entramos ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, el otro dice que no ve, otro se hace el cojo…

            Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ellas sabrán cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes.

            - Mi pare tié un reló de plata.
            - Y er mío, un cabayo.
            - Y er mío una ejcopeta.

            Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria…

            El corro, luego. Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz débil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, como una princesa:

                               Yo soy la viudita
                              del condee de oréé…

¡Sí, sí! ¡Cantad, soñad, niños pobres! Pronto al amanecer de vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno.


             ¡Vamos, Platero!                                    Foto: Album familiar de A. Mariscal

El Claustro gótico de Santo Domingo en Jerez

Foto: A. Mariscal
El Claustro gótico de Santo Domingo, conservado íntegramente, fue expropiado junto con las demás estancias, bodegas y huertas del convento con la Desamortización de 1835, por lo que actualmente tiene ingreso diferenciado. Es de sorprendentes dimensiones y en su derredor se sitúan las principales estancias conventuales. Sabemos que ya en 1436 había comenzado la construcción en este lugar de una galería de claustro. Sin embargo, la construcción actual se desarrolló casi en su integridad a lo largo de todo el XVI, pues consta su finalización en la década de los noventa de dicha centuria, cuando se levantó el cuerpo alto. De planta cuadrada, manifiesta, a pesar de su dilatado proceso constructivo, gran unidad formal. Sus galerías miden cuarenta metros de lado, compartimentadas mediante cinco arcos por tramo, apuntados en el cuerpo inferior y rebajados en el superior. Los arcos del cuerpo bajo, desarrollan a partir de las impostas una rica tracería gótica de cuadrilóbulos sobre arquillos trilobulados, que a su vez arrancan de un murete bajo. Las bóvedas correspondientes a cada uno de los tramos presentan crucería simple, mientras que en los ángulos incorporan terceletes.

El claustro comunica con dos grandes estancias: el Refectorio y el Dormitorio. Al primero se accede a través de una interesante portada del último tercio del XVI. Se compone de arco de medio punto flanqueado por sirenas y coronado por frontón recto, con destacada decoración de repertorios clásicos en friso y jambas. El interior de esta sala, de planta rectangular, se cubre mediante bóveda de cañón renacentista, dividida por arcos fajones que descansan en ménsulas y decorada con los relieves de santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Andrés y san Pablo. El Dormitorio, al que se accede por una portada academicista de orden jónico, fechada en 1776, presenta en su interior planta rectangular y bóvedas de crucería en tramos cuadrados.

En el ángulo Norte se encuentran otras dos portadas, actualmente cegadas, que en origen comunicaban el claustro con el Capítulo y la escalera. La primera de ellas fue levantada en el primer tercio del XVII. Es de potente orden rústico de modelo serliano, destacando por la inclusión de cerámica negra en el llagueado. La segunda, de orden jónico y arco escarzano es de igual cronología a la anterior y daba acceso a la escalera. Destaca igualmente en el ángulo Oeste la Capilla de Rivadeneira, obra del siglo XVI. A ella se accede a través de una portada renacentista compuesta de arco rebajado entre pilastras corintias sobre plintos, decoración de grutescos y reja contemporánea a la capilla. En su interior se conservan relieves pétreos renacentistas de los Cuatro Evangelistas, la Verónica y los atributos de la Pasión; todos ellos con policromía original. En ángulo con esta capilla se encuentra una portada recientemente descubierta, compuesta de arco de herradura realizado en piedra y enmarcada en alfiz. Puede considerarse obra de época islámica, tal vez perteneciente al enclave defensivo que existía frente a la Puerta de Sevilla y que fue donado por Alfonso X a los dominicos tras la Reconquista.

Originalmente el convento poseía varios claustros además del principal. El Claustro de la Enfermería, conservado en parte, aunque en malas condiciones, está integrado hoy en viviendas particulares detrás del convento y se accede a él a través de la Puerta del Campo. Fue ejecutado por los hermanos Antón Martín y Domingo Fernández Calafate a partir de 1623. De dos cuerpos, el inferior se organiza a través de arcos de medio punto sobre pilares de ladrillo. En un ángulo se encuentra una escalera monumental de dos tramos, cubierta por bóveda rectangular y decoración de yeserías, tal vez de los mismos arquitectos. También perteneció al convento el patio de arcos de medio punto sobre columnas de mármol de la casa de la calle Rosario nº. 8.

Texto: Miguel A. Mariscal y Pablo Pomar
Fotografía: Antonio Mariscal