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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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9 de octubre de 1964. Siete siglos de la Reconquista de Jerez






    












       El día 9 de octubre de 1964 celebraba Jerez una importante efemérides: la conmemoración del 700 aniversario de la reconquista de la ciudad por Alfonso X el Sabio. Un acontecimiento que cambió para siempre la historia jerezana al ser incorporada ésta a los dominios castellanos y, con ello, a la cultura occidental a la cual pertenecemos hoy.

        A eso de las diez de la mañana de aquel señalado día y al pié del primer templo jerezano, una sección del regimiento de Artillería 74 con escuadra, estandarte y banda de música esperaba la llegada de la procesión cívica presidida por el entonces alcalde D. Tomás García Figueras que, bajo mazas, venía desde el Ayuntamiento. Acompañaban al Alcalde de Jerez los de Córdoba y de Lorca (Murcia) invitados especialmente a dicho acto. El primero, como recuerdo de los inestimables servicios que la caballería cordobesa prestó a Jerez durante los numerosos asedios que sufrió la ciudad cuanto estuvo en “frontera” frente al reino nazarí de Granada. El segundo por la hermandad establecida entre las dos ciudades cuando en caballero jerezano, Alonso Fernández de Valdespino, y el de Lorca, Beltrán de Guevara, ganasen a los benimerines en 1343, durante la Batalla de Salado, el viejo pendón conocido como “Rabo de Gallo”. Sabido es que ante la disputa entre los de Jerez y los de Lorca por la posesión del mismo, el rey Alfonso XI decidió en una solución salomónica dar a Jerez el dicho pendón y el asta a los de Lorca.
         
        Una vez el cortejo en el interior del templo, el Alcalde de Jerez subió al altar y pidió el Pendón de la ciudad que allí se hallaba custodiado como marcaba la tradición. Ante ello, el recordado P. Torres Silva requirió a García Figueras el juramento preceptivo de que al terminar los actos sería devuelto a la Colegial. Aquel día el Pendón de Jerez, volvía a pender después de seis siglos de su asta original, la misma que los de Lorca guardaron celosamente desde 1343 y que había sido traída por su Alcalde para esta efemérides. García Figueras hizo entrega del Pendón al alcalde de Lorca quien lo portó durante toda la ceremonia junto al estandarte del Regimiento de Artillería 74.
         
      Al terminar la misa y tras los honores de ordenanza, el cortejo se trasladó a la plaza de la Asunción y, en un altar levantado al pie del monumento a la Asunción presidido por la imagen de San Dionisio Areopagita se entonó un solemne Tedeum de acción de Gracias, tras lo cual el Alcalde de Córdoba procedió a la entrega al pueblo de Jerez de una reproducción del Potro que se alza en la plaza del mismo nombre de la capital cordobesa. Dicha reproducción había sido colocada sobre una columna con el escudo de Córdoba en la cercana placita de Belén. Tras unas breves palabras de agradecimiento en nombre de Jerez por parte de su Alcalde y la correspondiente contestación de el de Córdoba, la comitiva volvió de nuevo a la Colegial para devolver el Pendón a su Cabildo.

      A continuación y al pie de los muros del Alcázar se descubrió una estatua con la figura de Alfonso X el Sabio, la misma que tanto en esta primera ubicación como en la de la Porvera siempre fue ultrajada, pintarraqueada y hasta mutilada en actos de vandalismo, lo que obligó a ponerla definitivamente dentro del Alcázar. Con una recepción en el Ayuntamiento terminó aquella memorable ceremonia. Por la tarde en el Teatro Villamarta, el escritor Francisco Montero Galvache, exaltó con su inigualable lírica aquella efemérides, tras lo cual se hicieron entrega de los premios histórico-literarios que se habían convocado, cerrando el acto la Orquesta Sinfónica y el Orfeón Jerezano interpretando las “Cantigas del Rey Alfonso”. Una exposición de documentos en la Biblioteca Municipal, otra de numismática y otra de filatelia completaron aquellos brillantes actos conmemorativos de 1964. También con este motivo el alcalde de Lorca hizo entrega al de Jerez de un repostero bordado con los escudos de Lorca y Jerez. El mismo, al igual que el viejo Pendón, nadie tiene idea de donde se encuentra actualmente.

     Como curiosidad diremos que los Alcaldes de Lorca, Jerez y Córdoba, son a la vez Alcaldes Honorarios de cada una de estas respectivas ciudades y, que desde 1341 los concejales de Lorca tienen el privilegio de poseer voz y voto en el Ayuntamiento de Jerez y, los de Jerez en los de Lorca. No tenemos conocimiento de que esta privilegio haya sido derogado nunca.

       Desde hace veinte años tenemos un Pendón nuevo, pero nuestro viejo e histórico “Rabo de Gallo”, protagonista de tantos y tantos hechos como éste, se encuentra desaparecido por causa de la ineptitud, la indiferencia, la apatía y el desconocimiento de quienes tenían la obligación de custodiarlo. En el pasado mes de diciembre, en un trabajo firmado por el que esto escribe en la página del “Centro de Estudios Históricos Jerezanos” en Diario de Jerez titulado: ¿Dónde está el Pendón?, quise dar la voz de alarma de su desaparición, tras haber hecho innumerables indagaciones y haber alertado a algún que otro edil para que se preocuparan en buscarlo. Poca atención se le prestó. Tuvo que salir este asunto en la primera plana de muchos periódicos andaluces para que ciudadanos y autoridades tomaran conciencia de la irreparable pérdida de esta reliquia histórica y arqueológica. Al menos será un consuelo si por causa de este incalificable asunto y como afirmación jerezana, el pueblo de Jerez haya tomado conciencia y, al menos, asiste de forma numerosa en el día del Patrón a la ceremonia del Pendón, que creo este año será en San Dionisio.
Antonio Mariscal Trujillo
Fotos: archivo Jose A. Cirera

Dr. Manuel Ruiz de la Rabia, 1802-1878


      El Dr. Ruiz de la Rabia se puede contar como uno de los más prestigiosos médicos no sólo de Jerez, sino posiblemente de toda la España del XIX. Nació en Comillas (Santander) en Julio de 1802. A los 9 años de edad lo enviaron a Jerez con su tío Pedro que era presbítero en esta ciudad, cursando el bachillerato de filosofía en la Universidad de Sevilla, estudios que concluyó en 1818. A continuación cursa los estudios de Medicina en Cádiz donde se graduó en 1824.


      Nuestro ilustre médico, al parecer, no quedó del todo satisfecho con las enseñanzas recibidas en Cádiz, y acto seguido se marcha a París, donde se matricula en su Facultad de Medicina, obteniendo en 1828 el título de Doctor por dicha Universidad.



      De vuelta a Jerez, ejerció como médico y cirujano, estableciendo su consulta en el nº 42 de la calle Francos, practicando especialmente la rama de tocoginecología. Se dice que asistió al nacimiento del 70% de los jerezanos de su época. Su fama trascendió allende nuestras fronteras, tanto es así, que hasta del extranjero venían enfermos a su consulta. Fue siempre un defensor incansable de la nueva corriente conocida como medicina racionalista, o lo que es lo mismo: la basada en conocimientos reales.



     De su prestigio personal y profesional, así como su arraigada inserción en el tejido social de su tiempo, dan idea los numerosos nombramientos que poseía. Así el Dr. Ruiz de la Rabia fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País; de la Academia Médica Matritense y correspondiente de la Academia de Ciencias Médicas de Montpellier. Disfrutó de los honores de Médico de la Real Casa y estuvo en posesión de la Gran Cruz de Carlos III y de la Encomienda de Isabel la Católica. Con estos datos creemos que el lector puede hacerse una idea de la alta consideración social y profesional que gozaba este médico en su tiempo.



      Pero dejemos que hable el prestigioso Dr. Revueltas y Montel, que se consideraba discípulo suyo, en una necrológica publicada en El Guadalete pocos días después de su muerte, decía entre otras cosas: “El bisturí en sus manos era el lápiz en las de un pintor; no hacía heridas, trazaba líneas, formando con ellas figuras geométricamente exactas que le daban el resultado conveniente. Fue la figura que representó las glorias del ayer, realidades de hoy, esperanzas del mañana. Y por su carácter y amor a la humanidad, modelo de desprendimiento, de largueza y generosidad”.



     Al día siguiente de su muerte, ocurrida el 30 de julio de 1878, la Academia Médico Quirúrgica Jerezana celebró sesión extraordinaria en memoria de su fundador. El Ayuntamiento por su parte, en otra sesión celebrada el 7 de agosto de ese mismo año, acordó rotular con su nombre la antigua plaza de las Cadenas, cercana a la casa donde tuvo su domicilio, así como concederle a título póstumo en título de Hijo Adoptivo de Jerez. También y por suscripción popular se construyó un artístico mausoleo en el antiguo cementerio de Santo Domingo, el mismo, del que desde 1958 se desconoce su paradero, fue realizado en Italia por el escultor florentino Augusto Franci. En su ciudad natal, Comillas, hemos podido comprobar cómo una de sus calles principales lleva el nombre de tan distinguido médico.



Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J

El ingeniero jerezano Pedro Miguel González Quijano


      Este eminente ingeniero y matemático nació el 23 de abril de 1870 en la calle Porvera nº 30. Hijo de montañeses llegados a Jerez dos años antes, estudió bachillerato en el Instituto de E.M. de nuestra ciudad, obteniendo matrícula de honor en la mayoría de sus asignaturas. Terminados dichos estudios marcha a Madrid para cursar la carrera de Ingeniería. Una vez obtenida su licenciatura en 1894, vuelve a Jerez donde lo vemos como miembro fundador del Ateneo Jerezano. Ya entonces comienza a publicar artículos en Madrid Científico y en Revista Hispanoamericana de Matemáticas, así como en otras publicaciones francesas del mismo género.

     En 1897 logra su primer trabajo como ingeniero en Murcia, donde es el encargado de realizar un proyecto para la defensa de las inundaciones en dicha capital. Terminados estos trabajos vuelve a Cádiz, donde entre otros proyectos interviene en el del Pantano de Guadalcacín y el sifón de la Junta de los Ríos, este último fue, en su día, el asombro de muchos expertos por su innovación tecnológica. Decisiva fue su participación, junto al también ingeniero Antonio Gallegos,en la realización del trazado de la línea férrea Jerez-Almargen.

    González Quijano vuelve a Madrid, en esta ocasión para trabajar como experto en diversas e importantes comisiones oficiales. En dicha condición viaja a Portugal, Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza, Checoslovaquia, Italia y Egipto. Para entonces ya es reconocido como un genial y sabio científico español. El 19 de octubre de 1915 presentó una ponencia en el Congreso Internacional de Ingeniería, la cual contribuyó a catapultar su celebridad como matemático. Desde entonces la denominada “Función Quijano” es estudiada en la mayoría de las carreras científicas.

     En 1920 fue requerido por la “Sociedad Matemática Hispanoamericana” para desarrollar un curso de Geometría en la Universidad Central de Madrid. En 1922 es profesor de Hidrología en la Escuela de Ingenieros de Caminos y obras Hidráulicas de Madrid y sus méritos son ya reconocidos por el propio Estado que le otorga el “Premio del Consejo de Obras Públicas” de dicho año. En 1925 sería recibido como académico de la de Real de Ciencias Exactas y Naturales, acto en el que pronunció una brillantísima conferencia bajo el título: Azar y determinismo. Publicó no menos de veinte obras sobre temas de obras públicas e hidráulicas de las que citaremos algunas: El problema del agua, 1906; Aguas y montes, 1911; Aprovechamiento de las aguas españolas, 1913; Política hidráulica y repoblación forestal, 1915; Futura transformación de Andalucía por el desarrollo y el regadío, 1915; El pantano de Guadalcacín y las obras hidráulicas, 1915; Hidrología general agrícola, 1922; La ciencia en la civilización moderna, 1929; Leyes de probabilidad, 1931; Acequias y regueras, 1935; Mapa pluviométrico de España, 1946. También fue redactor jefe de la revista Obras Públicas. Falleció en Madrid en 1958. Hasta 1979, la jerezana calle Francos estuvo rotulada con el nombre de “Ingeniero González Quijano”.

Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.

Del Orvietán al Visitador Médico




  En cierta ocasión, con motivo de mi visita a unos importantes laboratorios farmacéuticos de Madrid, tuve la ocasión de recrearme y disfrutar con una colección de deliciosos anuncios de específicos del primer tercio del siglo XX que adornaban una de sus dependencias.

  Creo que en los tiempos actuales nadie, absolutamente nadie, tiene duda de la tremenda importancia de la publicidad para la comercialización y venta de cualquier producto. No es posible vender mercancía, servicio o idea sin una divulgación adecuada y certeramente dirigida al potencial cliente o usuario. Y esto no es algo que como tantas innovaciones haya sido inventado por el hombre del siglo XX, pues a fe mía que la publicidad existe desde que el “homo sapiens” pobló la tierra y tuvo capacidad de pensar. Por ello se me ocurre hacer un breve recorrido por la historia de la publicidad del medicamento. Veamos:

   Los primeros que en los siglos XVII y XVIII se dedicaron a la promoción directa de brebajes que todos lo curaban, no tenían, como cabe suponer, la menor relación con los actuales técnicos en venta y promoción de productos farmacéuticos. Pioneros de estos profesionales, hemos de confesar, no eran otra cosa más que charlatanes. Inventores, elaboradores y vendedores de remedios de dudosa eficacia, cuando no nocivos para la salud. Y para conseguir venderlos se armaban de una palabrería fácil, frente a ignorancia y deseo de salud de una sociedad castigada por todo tipo de enfermedades y epidemias.

   Aunque no es posible saber quien fue el primer charlatán de la historia, en el siglo XVII aparecen los primeros de los que tenemos noticias. Uno de ellos, Cristóforo Contugi, inventa una medicina que sirve para todo y además consigue venderla gracias a su palabrería fácil y convincente. Otro, Hierónimus Ferreti, elabora en 1642 su famosa “triaca”, compuesta de opio y otros ingredientes, consiguiendo también muy buenos beneficios. Ambos fueron conocidos por el nombre de “orvietanes”, por el hecho de que ambos procedían de una pequeña ciudad de la Umbría italiana llamada Orvieto. La historia también cita a otro orvietan llamado Ferrante, quien al igual que los antes citados elabora y vende su particular triaca. Era esta una variante inocua de la anterior, pero que llega a tener enorme éxito en el París de la época. A partir de ahí orvietán u orvietano, queda convertido en sinónimo de charlatán y, triaca, en droga de éstos. Pero el mayor éxito “charlatanero” fue, sin duda alguna, el de Moyse Charas, inventor de la denominada “Gran Triaca” o “Triaca Magna”. La fórmula de este invento la componían nada menos que 74 substancias distintas; poco más o menos todo lo que se conocía por aquel entonces con alguna propiedad curativa. Al llevarlo todo, teóricamente todo lo curaba. Y allá que se lanza nuestro hombre por los caminos de media Europa convenciendo a la gente y vendiendo incansable su “descubrimiento”. Charas no se conforma sólo con elaborar y vender su invento, sino que escribe y edita un manual al que bautiza como Tratado de la Triaca. En él se describen sus maravillosas propiedades contra el envenenamiento por serpientes y otras mordeduras, toda clase de pestes y fiebres así como lombrices, diarreas, disentería, cólera morbo, cólico miserere, epilepsia, enfermedades del cerebro, vejiga y espermáticas entre otras muchas. Tan milagroso fármaco llegó a figurar en el Codex, aunque posteriormente las Academias europeas de Ciencias Médicas lo fueron rechazado como falso.

   El Tratado de la Triaca de Charas podría muy bien considerarse como la primera monografía publicitaria de un medicamento y, por tanto, precursora de las actuales literaturas de información técnico-farmacéuticas. Pero no sería hasta mediados del siglo XVIII cuando comiencen a aparecer en Francia los primeros anuncios publicitarios de medicamentos insertados en los periódicos: Journal D`Anonces y Journal D´Affigues. Dichos anuncios se publican por encargo de un tal monsieur Renedort, quien por esta causa podría considerarse el primer publicista farmacéutico.

Antonio Mariscal Trujillo
Centro de Estudios Históricos Jerezanos

El ingeniero Antonio Gallegos, 1867-1932. El padre de la Vía Verde de la Sierra de Cádiz


       Un proyecto, una ilusión, un sueño acariciado durante más de medio siglo que nunca se hizo realidad: el Ferrocarril de la Sierra. Una aspiración que, de haberse materializado en su tiempo, hubiese hecho adelantar en medio siglo el desarrollo económico y cultural hacia la modernidad actual de las siempre deprimidas poblaciones de la serranía de Cádiz. Su artífice y promotor: el ingeniero jerezano Antonio Gallegos y Sánchez.

      Ameno conversador, amante de la ciencia y la cultura, constante impulsor de actividades culturales y de espíritu altruista, dijo en cierta ocasión, cuando le quisieron pagar las clases que impartía en el Instituto de Enseñanza Media, no comprender que lo que él enseñaba pudiese ser recompensado económicamente. Entusiasta propagandista de los vinos jerezanos, gozaba con su afición al estudio, cultivo y crianza de nuestros caldos. Fue un hidalgo caballero de otros tiempos, su ejemplar conducta profesional y su carácter afable, le hizo ganar la estima de todos los que le conocieron. Vivió en la calle Mora 8.

       En el año 1900, gracias a su tenaz iniciativa y el concurso de otros jerezanos como el marqués de Bonanza o el abogado Amalio Saíz de Bustamante, se constituyó en Jerez una sociedad denominada “Estudios del Ferrocarril de Jerez a Villamartín y Setenil”, iniciándose a continuación los oportunos estudios de viabilidad. Dichos trabajos fueron llevados a cabo por el propio Antonio Gallegos, para lo cual, y con los arcaicos y escasos medios de la época, recorrió palmo a palmo todo el futuro trazado, levantando planos, analizando suelos y contactando con los propietarios de las fincas afectadas de posible expropiación. La cabecera del trazado se situaría en Jerez y llegaría hasta Setenil, enlazando así las poblaciones de Arcos, Bornos Villamartín, Coripe, Algodonales y Olvera. La construcción, por la falta de medios económicos y numerosas vicisitudes, no pudo iniciarse hasta veintisiete años más tarde con el gobierno de Primo de Rivera, que hizo suyo el proyecto y le imprimió un gran impulso, aunque desgraciadamente no llegaría a concluirse. Los difíciles años de la República, la Guerra Civil y la posguerra, impidieron su terminación. Por fin en el año 1961 y en vía de ensayo, una locomotora hizo el trayecto desde Jerez hasta Arcos. Fue el primer viaje y también el último. La construcción del pantano de Bornos inundó kilómetros de vías, las estaciones fueron arruinándose y los terrenos devueltos a sus primitivos dueños. Así acabó aquel sueño de Antonio Gallegos. Gran parte del desmonte y terraplenado del trazado aún podemos verlo, se utiliza en la actualidad como incomparable vía verde para la práctica del excursionismo.

       Otros dos sueños de este jerezano sí llegaron a hacerse realidad: el Pantano de Guadalcacín, que puso en regadío miles de hectáreas de tierras, y la carretera de Jerez a Cortes, que estableció comunicación entre todo el ancho termino de Jerez enlazó esta última ciudad y su aislada comarca de la provincia de Málaga con nuestra ciudad. Antonio Gallegos fue el ingeniero de las fantasías; sin amigos, dinero ni influencias para realizarlas; siempre a solas con el delirio de un cerebro inflamado por su amor a Jerez que él llevaba en lo más profundo de su corazón.

      Falleció en Jerez, soltero y sin descendencia, a la edad de sesenta y cinco años. Hasta 1979 la actual calle Cartuja estuvo rotulada con el nombre de “Ingeniero Antonio Gallegos”, actualmente dicho nombre lo lleva una calle de nueva apertura al final de la de Arcos.

Carmen Carriedo Soto, María de Xerez (1880-1956)


        Dama de noble porte, trato exquisito y clara inteligencia, vino al mundo en una casa de la calle Prieta el día 6 de noviembre de 1880. Como todas las damas de su tiempo fue educada para ser una buena ama de casa, esposa y madre. Pero en ella bullía algo más que eso: sentía verdadera pasión por la literatura. Su carrera literaria empieza algo tardía, cuando ya contaba treinta y ocho años de edad, sus hijos eran ya mayores y ello le permitía dedicar más tiempo a su vocación literaria. Comenzó a publicar artículos en el desaparecido periódico El Guadalete con el seudónimo de “María de Xerez”, y ya no dejó de escribir hasta poco antes de su muerte. Su último artículo apareció el 11 de junio de 1956 en el Diario de Cádiz. Participó y aglutinó la mayoría de los movimientos culturales desarrollados en Jerez, muy especialmente los del Ateneo como vocal de literatura.
     
      Fue una excepcional cronista de la ciudad, sus trabajos siempre se relacionaron con la historia, las costumbres, el vino y el arte. Aparte de los periódicos antes citados, colaboró también con ABC, Diario Ayer, Revista Portuense, Correo de Andalucía, Sevilla, Diario Salmantino, Mujeres Españolas, etc. Cultivó sobre todo la novela, siendo publicada la primera de ellas, La niña azul en 1922, obra premiada por Biblioteca Patria, editorial que también le otorgó otros premios por Despertar, y En la aldea. Otras novelas suyas fueron El castillo de Nichopa (1926), El ciego de San Francisco y Cantabria invicta (1928), En plena epopeya (1937). Otras dos quedaron inéditas tras su muerte. Conocida y admirada en todos los ambientes literarios de España, cinco años después de su fallecimiento y bajo la presidencia del entonces alcalde de Jerez, Tomás García Figueras, se le rindió un homenaje póstumo en los salones de la Caja de Ahorros de Jerez, en el mismo intervinieron entre otros, Jesús de las Cuevas, Pilar Paz Pasamar y el P. Miguel María Barbero. Una lápida de mármol colocada en la fachada de la casa donde habitó durante casi toda su vida en calle Bizcocheros, recuerda a esta insigne escritora: Carmén Carriedo, MARÍA DE XEREZ para el mundo de la literatura.

FUENTES Y BIBL.: RÍOS RUIZ, M. Diccionario de escritores gaditanos, Instituto de Estudios Gaditanos, Jerez 1973; RODRIGO DE MOLINA, “Un nombre para el recuerdo. María de Xerez”, en Diario de Jerez. 13-1-1991; RUIZ MATA. J., Mil años de escritores y libros de Jerez de la Frontera, Colección Patrimonio. Jerez 2001. Mariscal Trujillo, Antonio, "Jerezanos para la historia" Libros El Laberinto, Jerez 2006
FOTO: Archivo familiar

Ciudades para el siglo XXI. JEREZ

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El Museo de Farmacia de Jerez


     En la ciudad de Bagdad hacia el siglo VIII aparece por primera vez documentada una botica regida por un farmacéutico. En esa misma época el hospital Nuri de Damasco poseía una botica muy bien equipada. También en la Sevilla islámica se tiene conocimiento de la existencia de boticas. Marrakech, capital de imperio almohade, poseía ya en el año 1190 un gran hospital con una sección denominada “farmacia” en la que se preparaban y componían fármacos con hierbas cultivadas en el propio jardín del hospital. La farmacia más antigua de nuestro país se encuentra en Livia (Lérida) data del siglo XV a la que le sigue en antigüedad la de Peñaranda del Duero, que data de 1697. Son célebres por su belleza los museos de farmacia del Monasterio de Silos en Burgos, el de Farmacia Hispana de la Universidad Complutense de Madrid, así como el espléndido Museo de Farmacia del Palacio Real de Madrid

   Pero vamos a referirnos a la Farmacia Municipal de Jerez, la misma data del siglo XVIII. Es la que aparece expuesta en el Palacio de Villavicencio del Alcázar jerezano, y que prestó servicio al Hospital Municipal de Jerez, llamado entonces de La Merced desde el año 1838 hasta su cierre definitivo. Dicha farmacia atendía tanto la demanda del propio hospital donde estaba ubicada, como la los pacientes acogidos a la Asistencia Pública Domiciliaria. Durante la primera mitad del siglo XX llegó a dispensar hasta cincuenta mil prescripciones anuales, la mayoría de ellas fórmulas magistrales. Era atendida por un farmacéutico titular, tres monjas y cinco auxiliares. En 1972 tras el cierre definitivo del Hospital Municipal, la botica se instaló en un edificio de la misma plaza de la Merced, atendiendo desde entonces a los pacientes ambulatorios de la Beneficencia Municipal exclusivamente. En 1988, al desaparecer la Beneficencia y quedar todos los ciudadanos integrados en la Red de Asistencia Sanitaria de la Seguridad Social, esta farmacia dejó de prestar servicio, siendo desmontada guardada y olvidada durante dos décadas.

   En el año 2001, tras un magnífico trabajo de restauración de uno de sus artísticos estantes, el único que se pudo recuperar, se enriqueció con unas bellísimas estanterías procedentes de la antigua farmacia de don Adulfo Luque, que estuvo establecida en la calle Larga 73 desde mediados del siglo XIX, pudiéndose así dar cabida a la totalidad de rico material disponible.

    En este Museo de Farmacia podemos admirar una valiosa colección de albarelos del siglo XIX de los denominados isabelinos, tanto de forma cilíndrica como de copa en número aproximado a los trescientos ejemplares. También existen algunos de cerámica de Talavera del siglo XVIII, al parecer procedentes de la Cartuja de Jerez, y un número importante de botámenes de cristal decorados en oro. Otros en forma de matraz para contener líquidos, así como un importante número de tarros de cristal de diversos tamaños con tapón hermético del mismo material. Jaraberos, dosificadores, moldes para píldoras, morteros, probetas, estufas de cultivo, balanzas, autoclaves etc., junto a una buena colección de libros de farmacopea de los siglos XVII al XIX, completan esta interesante colección. Hemos de destacar que la pieza más antigua expuesta es un mortero de mármol del siglo XV.
También podemos admirar una magnífica colección de material de cristal del antiguo Laboratorio Municipal. Con todo ello podemos asegurar que el Museo de Farmacia de Jerez puede contarse entre los más interesantes de toda España.

   Por último cabe destacar que, todos los botámenes expuestos contienen sus correspondientes sustancias medicinales, por lo que a la riqueza decorativa de los mismos se añade el interés farmacéutico-químico de la pervivencia a lo largo de casi dos siglos de unos compuestos, muchos ya olvidados o casi desconocidos que antaño remediaron las dolencias de la humanidad.

Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.
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Establecimientos balnearios en el Jerez del siglo XIX



Desde la más remota antigüedad el hombre utilizó el agua para curar sus enfermedades, pudiéndose asegurar que, durante milenios, y junto con las hierbas recogidas por sabios y hechiceros de aquellas sociedades primitivas, fue el único remedio que la humanidad pudo disponer para aliviar sus males. Ya Hipócrates, padre de la Medicina, distinguía entre aguas sulfurosas, nitrosas, bituminosas y ferruginosas. Los romanos fundaron estaciones de baños a todo lo largo y ancho de su imperio. También los indios de América del Norte conocían las virtudes curativas de las aguas termales. No vamos a mencionar en este trabajo ninguno de los numerosos baños y termas que de las diversas civilizaciones se tiene conocimiento a través de la historia, de cuya existencia, dan fe innumerables edificios y yacimientos arqueológicos; ya que ello sería motivo de un trabajo distinto del que ahora nos ocupa. Aunque si diremos que los pueblos de la antigüedad, agradecidos por los beneficios recibidos por estas aguas, las colocaron siempre bajo el amparo de sus divinidades, levantando en no pocas ocasiones suntuosos edificios, algunos de los cuales han llegado en aceptable estado de conservación hasta nuestros días.

Las actuales bases terapéuticas del termalismo fueron establecidas en Inglaterra a mediados del S. XVIII; pero no fue hasta la siguiente centuria cuando la vieja terma romana adquiere carta de naturaleza y, la práctica de tomar las aguas, comienza claramente a definirse en Europa. La edad de oro de la balneoterapia fue ciertamente el período comprendido entre 1880 y 1915. En nuestro país, abundantes fueron en esta época los establecimientos balnearios y fuentes de aguas medicinales que se abren al público,(1) muchas de cuyas instalaciones, confortables y lujosamente decoradas, se convirtieron en centros de moda y recreo de la nobleza y de la alta burguesía española y europea; citemos a modo de ejemplo las lujosas ciudades balnearias Vichy en Francia y de Karlovy Vary en la Rep. Checa.

La medicina siempre se sirvió de las aguas minerales como remedio para el tratamiento de enfermedades crónicas. Es sabido el escaso arsenal terapéutico disponible en tiempos pasados, por lo que la práctica balneoterápica sirvió, de forma eficaz, como alivio de dolencias que no eran posibles remediarlas o paliarlas por ningún otro método. Claro que en el peor de los casos, unos días de descanso y relax en una confortable estación balnearia con el convencimiento pleno de su beneficio terapéutico, obraba el milagro que las sales disueltas en el agua no eran capaces de conseguir. Y es que, ya se sabe: el organismo humano es una entidad psicosomática en la que casi siempre la psiquis prevalece sobre la soma, de ahí muchas curaciones asombrosas y a veces inexplicables por la ciencia. Ahora ya, entremos de lleno en el tema que nos ocupa haciendo un breve recorrido por el panorama sanitario local de la época.

Las enfermedades más frecuentes en el Jerez de la segunda mitad del XIX eran los problemas gastrointestinales en verano y las afecciones respiratorias en invierno. Otras enfermedades muy comunes fueron las fiebres tifoideas, la tisis y los reumatismos debidos a la insalubridad de muchas viviendas y a la mala alimentación en muchos casos. Enfermedades crónicas de la piel como eczemas, tiñas, pruritos, sarna, herpes e impétigos eran también muy frecuentes como consecuencia de la falta de higiene. Problemas de hígado y estómago como consecuencia del abuso alcohólico, así como úlceras de piernas, sífilis, viruela y degeneraciones cancerosas castigaban a una población en la que escaseaban los medios sanitarios. Por último, el paludismo producido por las numerosas charcas existentes en los alrededores de la ciudad, completaban el abanico de la patología habitual. En estas circunstancias, la tasa anual de mortalidad daba la escalofriante cifra de 3,30 por cien habitantes.

LOS BAÑOS DE GIGONZA

En el término municipal de Jerez a escasos veinticinco kilómetros de esta ciudad, entre San José del Valle y Paterna de Rivera, se encuentra el denominado castillo de Gigonza. Construido posiblemente en el siglo XIV como refugio de los moros del reino de Granada para sus frecuentes incursiones contra la ciudad de Jerez. Dicho castillo, de planta casi cuadrada de dos cuerpos y cerca con patio de armas, se encuentra muy bien conservado, ya que desde finales del siglo XV que pasó a propiedad del caballero don Rodrigo Ponce de León siempre estuvo habitado. Este caballero realizaría diversas reformas adosándole una capilla y una posada para huéspedes.

Parece ser que desde mucho antes de la construcción del castillo, ya existía allí un pequeño manantial de aguas sulfurosas a la que los lugareños le atribuían propiedades curativas. Pero no sería hasta el año 1848 cuando los marqueses de Ponce de León, descendientes del antes citado caballero D. Rodrigo Ponce de León se decidieran a explotar las aguas del mencionado manantial, dado sus propiedades curativas “cuasi milagrosas” para desarreglos de la menstruación y enfermedades de la piel. Por este motivo y emprendiendo determinadas reformas en la hospedería con la que contaba el castillo, se establece un balneario desde entonces conocido con el nombre de “Baños de Gigonza”. Como en tantos otros balnearios de la época, en este que nos ocupa no sólo recibían tratamiento de baños con agua caliente y fría los pacientes allí hospedados, sino que además se vendían botellas de agua procedentes del manantial que entre zarzas manaba con un pequeño caudal de nueve litros por minuto. El balneario de Gigonza contó desde su apertura con el favor de las clases acomodadas jerezanas que allí iban a “tomar las aguas” sobre todo con la intención de curar enfermedades de la piel tales como eczemas, impétigos, úlceras y pruritos a base de tratamiento tanto interno (bebido) como externo (baños). Aunque deducimos que debido el escaso caudal del manantial, debería estar limitado el número de usuarios de los baños por inmersión, sobre todo en los meses estivales en los que como es normal las fuentes de nuestra tierra ven disminuido de forma importante su caudal.

Tras la Guerra Civil, y después de cuatro siglos y medio de pertenencia a la familia Ponce de León, el castillo y todas sus tierras de labor fue vendido a una familia apellidada Pineda. Por último, hemos de añadir, que desconocemos la fecha en la que el balneario fue cerrado al público, aunque con toda probabilidad lo fue en los primeros años de la década de los sesenta. La causa de su cierre pudo deberse a la apertura en Jerez en el año 1859 de un nuevo balneario en la finca de Rosa Celeste, más cercano, confortable y mejor dotado, a cargo de otro miembro de la saga de los Ponce de León: don Manuel. Durante muchos años por causa de la excavación en sus proximidades de algunos pozos para el riego, el manantial dejó de existir, sin embargo, hace unos años pudimos comprobar que el manantial había vuelto a manar.


BALNEARIO DE ROSA CELESTE

La hacienda de Rosa Celeste estuvo situada en el denominado pago de la Canaleta a la salida de Jerez en la carretera de Cortes. Comprendía las tierras sobre las que hoy se asientan la barriada de la Vid y el antiguo cuartel de Ntra. Señora de la Cabeza, hoy desaparecido, en cuyos terrenos se encuentra actualmente el Campus Universitario de Jerez. Pues bien, a mediados del siglo XIX, dicha finca estaba dividida en varias suertes de tierra y cada una arrendada a diferentes colonos. Uno de estos, excavó un pozo a fin de suministrarse agua para el regadío. Horadando el suelo, tropezó con una capa muy dura de roca caliza y, al romperla, saltó con fuerza un chorro de agua que llenó todo el pozo en poco tiempo. Aunque el agua era cristalina, pronto el labrador pudo percibir un nauseabundo olor a huevos podridos, pese a lo cual comenzó a regar con ella. Muy pronto pudo descubrir que las plantas se cubrían de un polvo blanquecino y muchas de ellas no crecían.

Pasado el tiempo, estas tierras fueron adquiridas por D. Manuel Ponce de León el cual se percató que el olor del manantial se debía exclusivamente a ser de agua sulfurosa, por lo que reunió en la finca a los más destacados médicos de la ciudad como: Ruiz de la Rabia, Ramón Coloma, Francisco Revueltas, Manuel Fontán y Domingo Grondona, los cuales tras analizar su composición química, le animaron a la iniciación de un proyecto que culminaría con la apertura del nuevo balneario.

Según nos cuenta el médico Domingo Grondona, esta casa de baños tenía forma rectangular con cuatro fachadas y ocupaba una superficie de seiscientas noventa varas cuadradas. Al frente, nos describe, presentaba una bonita escalinata con balaustrada de hierro que conducía a la puerta principal, sobre la que se ostentaba el escudo de armas de los Ponce de León. A uno y otro lado de la puerta había un bonito balcón y una ventana cuadrilonga. En la fachada norte había tres puertas que daban entrada a los baños generales y, la del centro, al cuarto de calderas. Al entrar por la puerta principal se hallaba un espacioso salón de descanso, tras de este, un alegre patio rodeado de galerías cuyos techos estaban sostenidos por columnas de hierro del mejor gusto. A uno y otro lado, elegantes puertas góticas daban entrada a los cuartos de baño; en ellos hay espaciosas bañeras de vistosos azulejos con dos llaves o grifos: uno de cristal para el agua mineral y otro de bronce para el agua caliente. El balneario tenía 14 habitaciones individuales y dos familiares; estas últimas con capacidad para tres personas. Todas las habitaciones estaban dotadas de todo lo necesario para la comodidad de los bañistas, como perchas, mesas y espejos. También disponía en el exterior de dos baños generales o pequeñas piscinas: uno para damas y otro para caballeros

Como hemos podido ver este establecimiento balneario, que sin ser muy grande, contaba con todo lo necesario para su función, además de ser bastante elegante por la decoración y buen gusto. A lo que hemos de añadir que estaba rodeado por hermosos jardines y situado en unos parajes que debieron ser muy hermosos, hoy difícil de imaginar en una zona de alta densidad de población y repleta de impersonales bloques de pisos.

Como director médico de este establecimiento figuraba el antes citado Dr. Domingo Grondona. Prestigioso médico de la Beneficencia Municipal y consiliario de la Real Sociedad Económica Jerezana. Nacido en Cádiz pero jerezano de adopción, era un experto en este campo de la terapéutica; no en vano, fue director por oposición de los Baños de Arenosillo (Córdoba) y de los de Fuensanta en Buyeres de Nava (Oviedo).

Debió ser importante la aceptación por parte de los jerezanos de este balneario de Rosa Celeste, si tenemos en cuenta que el número de usuarios durante los tres primeros años de su funcionamiento fue de 661, y también, por los numerosos testimonios de curaciones habidas. Algunos de estos pacientes habían estado antes en los Baños de Gigonza sin haber encontrado alivio, habiéndose curado en Rosa Celeste. Veamos dos de estos testimonios:

Joaquín Ádago, de 40 años de edad, padecía ha mucho tiempo un acné rosáceo en nariz, mejilla y frente que resistía a todos los medios internos y externos empleados para su curación, ha usado los baños de Rosa Celeste en las dos últimas temporadas, y el alivio obtenido ha sido muy notable.

Manuel González de 40 años de edad, albañil, que vive en calle Berrocalas 2, padecía eczemas en las manos con profundas hendiduras que le impedían trabajar. El año 1860 tomó 40 baños a la temperatura ordinaria, y bebió el agua curándose la afección, sin que hasta hoy se haya vuelto a presentar.

Al igual que éstas, el Dr. Grondona cita diversas curaciones maravillosas operadas por las aguas medicinales. Desde psoriasis, lepra, herpes y pitiriasis; hasta cicatrices viciosas producidas por armas de fuego, pasando por afecciones catarrales, digestivas, infartos de hígado, bazo y matriz, sífilis y debilidades nerviosas y sanguíneas. Desconocemos la fecha exacta, así como las causas del cierre de Rosa Celeste, sólo poseemos datos hasta el año 1862.

EL BALNEARIO DE SAN TELMO

A finales del siglo, y tras diversos trabajos de investigación, quedó patente que el manantial de aguas sulfurosas existentes en las playas de San Telmo, a escasos dos kilómetros de Jerez, en el lugar denominado llanos de la Brea, que por su olor a huevos podridos muchos pensaban fuese un yacimiento de petróleo, tenía propiedades medicinales. La noticia corrió por toda la ciudad como un reguero de pólvora, y muy pronto la gente comenzó a ir allí a llenar sus cacharros. Aquel agua se revelaba como eficaz solución para el tratamiento de muchos males.

La gran aceptación popular de estas aguas y sus patentes propiedades curativas, indujo a don Manuel Críspulo González Soto, marqués de Bonanza a construir en estos terrenos de su propiedad un balneario. Como consecuencia de ello y por Real Orden de 27 de Julio de 1899, esta aguas Clorurado-sódica sulfurosas” son declaradas de utilidad pública.

Dirigió el centro un prestigioso oftalmólogo madrileño llamado Manuel Alexandre, que durante la temporada oficial de baños – del 15 de junio al 15 de octubre – se trasladaba aquí, pasando consulta tanto en balneario como en la ciudad al precio de 7,50 pesetas.

Las aguas del Balneario de San Telmo emergían de un profundo pozo de nivel constante de 10 metros de profundidad y 3,70 de diámetro, que suministraba un importante caudal de 150.000 litros al día a la temperatura constante de 15 grados. Agua de fuerte mineralización que, al ponerla en un vaso, se veía clara y transparente con olor a huevos podridos y sabor salado, desprendiendo burbujas a intervalos que se adherían a las paredes del vaso opalizándolo. De alta concentración en sales, predominando el cloruro sódico y el ácido sulfídrico, y en menores cantidades: bromuros, fósforo, calcio, hierro, yodo y magnesio entre otros iones.

Sus indicaciones, según se aseguraba, eran tan sumamente variadas e importantes, que a fe nuestra podrían sustituir con ventaja a cualquier moderno centro de salud, farmacia incluida; no en vano trataba con éxito enfermedades de la piel como: eczemas, forunculosis y herpes genital; linfatismo en sus diversas manifestaciones y sífilis en todos su estadíos. Daba energía a los niños y personas debilitadas, y excelentes resultados en amenorrea, dismenorrea, endomedtritis y otras enfermedades del útero. Las manifestaciones reumáticas, artropatía, y osteopatía encontraban rápido alivio con esta agua, sin olvidar las enfermedades nerviosas como neuralgias e histeria.

En cuanto a la administración de tan beneficioso líquido, eran utilizadas todas las vías posibles: desde la simple ingestión, hasta los baños y duchas tanto caliente como fría; pasando por irrigaciones vaginales y nasales, pulverizaciones, baños de asiento y gargarismos. El precio del servicio oscilaba entre 1 y 2,50 pesetas por sesión. También se vendía el agua embotellada a 1 peseta el litro en Jerez y 1,25 en cualquier otro lugar de España.

Ahora, veamos, cómo era el inmueble que albergaba nuestro balneario. El edificio, que llegamos a conocer muy deteriorado por el paso de tiempo, tenía unos treinta metros de fachada principal y se mantuvo de pié hasta principios de los setenta, en que fue derribado. Debió ser un centro un tanto elegante y bien dotado si nos atenemos a la descripción que un folleto de la época nos hace. Dice así:
Está formado por amplia y elegante construcción, con una espaciosa terraza desde la que se contempla un pintoresco panorama. Posee despachos para el director y el administrador, un salón destinado al descanso de los bañistas con un piano, servicio completo de escritorio y mesa de lectura con todo tipo de diarios y periódicos ilustrados. Esta sala da paso a un patio central cuadrilongo que mide 14 metros de lado, rodeado de galería cubierta en la que hay instalada una báscula. Una hermosa palmera en su centro sirve de adorno, en el que hay además, dos kioscos para el servicio de agua mineral en bebida y venta de tikets.

A través de la galería se llega a los cuartos de baño, la mayor parte de ellos con pila de mármol y aparato de ducha. En una de las habitaciones se halla instalado el baño de asiento con hidro-merelador, con ducha vaginal, rectal, perineal y lumbar. A la izquierda están los departamentos de pulverización e irrigación nasofaríngea y auricular, sala para respiración de gases y baño de ducha y vapor. En la parte superior se encuentra el salón destinado a buffet, lujosamente ornamentado con alto zócalo de azulejos, ladrillos labrados y pintados al óleo y a través de tres puertas que se comunica con otra terraza se sale a un hermoso jardín.

Dos edificios más componían este complejo de baños: uno destinado a sala de máquinas con dos potentes motores de vapor de 10 caballos cada uno, a fin de elevar el agua y dotar de calefacción a todo el edificio. El tercero era el destinado a soldados y pobres de solemnidad a quienes el Dr. Alexandre, atendía en consulta gratuita de 8 a 9 de la mañana.

El Balneario de San Telmo, durante su corta existencia, constituyó no sólo un lugar donde recuperar la salud perdida, sino un centro social en el que se reunía lo más selecto de aquel Jerez de principios del XX. Así nos lo cuenta la escritora María de Xerez en uno de sus escritos:

El conjunto del edificio no podía ser más agradable, respondiendo a todas las exigencias de higiene y comodidad. El espléndido prócer que le construyó, el marqués de Bonanza, no olvidó nada y hasta objetos antiguos de su pertenencia, llevó para adornar y embellecer aquel gran salón que servía de restaurant y por el que pululaban numerosos camareros vestidos de blanco.
También se utilizó el balneario para fiestas nocturnas. Los chinescos farolillos dieron sus policromas luces e irradiaron sus pálidos fulgores sobre terraza, galería y patio, donde a los sones de la música, damitas y galanes rieron y flirtearon en las alegres buñoladas que allí se celebraron.

Pocos años se mantuvo en funcionamiento el Balneario de San Telmo ya que en 1911 cerró sus puertas. La causa fue que su propietario y fundador el marqués de Bonanza, se lo vendió a un forastero. El nuevo titular, al parecer por ineptitud o desconocimiento del negocio, hizo los suficientes méritos como para lograr ahuyentar a toda la clientela, por lo que el balneario se cerró y sus instalaciones quedaron abandonadas. Con el paso de los años, se estableció allí una cerámica y fábrica de ladrillos. En la década de los cincuenta, siendo alcalde don Tomás García Figueras y, a causa de graves inundaciones por el desbordamiento del Guadalete a su paso por Cartuja, se utilizaron las instalaciones del otrora distinguido edificio, para alojar a un determinado número de familias damnificadas, las cuales permanecieron allí hasta bien entrados los años setenta. A continuación y tras su desalojo, fueron derribadas las construcciones. Hoy una docena de centenarias palmeras siguen allí fuertes y erguidas, quizá como mudos testigos del breve pero esplendoroso pasado del aquel elegante Balneario de San Telmo.

Antonio Mariscal Trujillo

Foto: Entrada principal al Balneario de San Telmo

José Cádiz Salvatierra



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José Cádiz Salvatierra nació en Huelva en 1905. Hijo de un distinguido y galardonado notario de aquella población, hizo los estudios de bachillerato en el Instituto General y Técnico de su ciudad natal, marchando en 1922 a la Universidad Literaria de Sevilla, en cuya facultad de Filosofía y Letras obtendría, en el año1926, su licenciatura en la especialidad de Ciencias Históricas.

Seis años pasarían hasta iniciar su labor docente. La desahogada posición de su padre le permitió pasar durante ese período de tiempo largas estancias en Madrid estudiando e investigando en sus bibliotecas. En 1932 entra a trabajar en calidad de profesor aspirante en el Instituto-Escuela de la capital de España, siendo encargado de las visitas a museos. Un año después pasaría a ocupar plaza de profesor en dicho centro.

Los años de la Guerra Civil los pasó en Jaén como profesor, secretario y director de su Instituto. Allí vivió en zona republicana las tragedias de dicha guerra. Acabado el conflicto, gana por oposición una plaza de catedrático en Osuna, llegando a Jerez en 1942 como profesor de Geografía e Historia en el Instituto Padre Luis Coloma, siendo nombrado más tarde Director de dicho centro, cargo que ocuparía hasta su muerte.

En 1949 tomó parte en la fundación de la Academia Jerezana de San Dionisio de Ciencias Artes y Letras. Con el tiempo dicha entidad llegaría a convertirse en Real Academia y destacado referente de la cultura local. Cuatro años más tarde, en 1953, Cádiz Salvatierra sería elegido presidente de dicha corporación, cargo que ostentaría hasta su fallecimiento.

      Su labor durante los veinticinco años que trabajó en Jerez fue muy prolífica, siendo destacada su enorme calidad docente y humana, puestas por completo al servicio de sus alumnos en particular y de la cultura en general. 

"Mis alumnos son para mí los hijos que Dios no me dio"


Es esta una frase salida de su boca y que revela el porqué de su total vocación al magisterio y a la juventud. En diciembre de 1967 al poco de comenzar las vacaciones de Navidad fallecería víctima de una afección cardiovascular. La prensa local resaltó en grandes titulares tan triste noticia, y su sepelio constituyó una inmensa manifestación de duelo y de pesar en toda la ciudad de Jerez. En 1969, costeado mediante aportaciones populares y con la subasta de un bastón del general Primo de Rivera, así como una de sus inseparables pipas, donada ésta por su viuda Blanca de Aragón, se le erigió un monumento en el patio del Instituto donde ejerció su magisterio durante un cuarto de siglo. Una hermosa avenida contigua a dicho Instituto fue rotulada con su nombre por acuerdo del Cabildo Municipal. En 1972 fueron publicadas sus memorias bajo el título: Mi labor, obra exhaustiva en la que, curso tras curso a lo largo de su vida académica, recoge sus experiencias docentes. Incluye la misma una interesante autobiografía.

Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.

Julio González Hontoria


GONZÁLEZ HONTORIA, Julio. Sanlúcar de Barrameda, 1845 – Jerez 1929. Industrial, político y Alcalde de Jerez.

    Tras cursar los estudios primarios en su ciudad natal, realiza los de bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Jerez. En 1862, cuando contaba 17 años comienza a trabajar en las bodegas de González Byass propiedad de su tío, el cual decide enviarlo primero a Londres y luego a la Escuela Superior de Comercio de París para completar su formación, ocupando a su regreso el cargo de gerente de escritorios. Su interés por la política le lleva a realizar varios viajes por diversas provincias españolas donde contacta con determinados personajes de la política que, en 1868, serían protagonistas de la revolución conocida por La Gloriosa, entrando a formar parte de la Junta Revolucionaria por el Partido Republicano. En 1881 fue elegido Diputado Provincial por Sanlúcar de Barrameda, cargo que desempeñaría en diversas ocasiones. En 1893 abandona su militancia en el Partido Republicano pasándose a las filas de Sagasta en el Partido Liberal. En noviembre de 1901 fue elegido concejal del Ayuntamiento jerezano, siendo nombrado alcalde poco tiempo después. En dicho puesto permanecería durante cuatro legislaturas hasta 1919.

        Durante su mandato como alcalde se realizaron en Jerez muchas e importantes obras públicas. De las que han llegado hasta nuestros días destacan el parque que lleva su nombre, marco incomparable de la internacionalmente famosa Feria del Caballo. Suya fue también la iniciativa para la construcción de la desaparecida línea ferroviaria Jerez-Sanlúcar de Barrameda. Hábil negociador y mediador, mereció en 1902 el reconocimiento del gobierno de la nación y la felicitación de S.M. el Rey, al haber solucionado una complicada huelga de los trabajadores agrícolas, evitando por todos los medios el empleo de la fuerza u otras medidas coercitivas tan al uso en aquellos tiempos. Tan acertada intervención, que logró un acuerdo favorable entre todas las partes implicadas, hizo que el Ministerio de la Gobernación cursara orden a los gobernadores de todas las provincias españolas para que en el Boletín Oficial de cada una de ellas, se hiciese mención del proceder de González Hontoria, con el ánimo de que sirviera de ejemplo a las demás autoridades. El 11 de julio de 1902 el Ayuntamiento de Jerez le concedió el título de “Hijo Adoptivo”.
Fue fundador y vicepresidente de la Compañía Jerezana de Electricidad y cónsul de Dinamarca en Jerez, siendo acreedor a varias e importantes condecoraciones, entre las que destacan: la cruz de la Orden de Carlos III y la cruz del Mérito Militar con distintivo blanco. Una calle de su ciudad natal está rotulada con su nombre. En Jerez, un busto en bronce con su figura, obra del escultor valenciano Ramón Chaveli, preside los jardines de la Rosaleda en el parque que él creara. Falleció en Jerez el día 19 de junio de 1929 en su casa de la plaza del Banco.

       A lo largo de su dilatada vida mereció el aprecio y el respeto de todos, sin distinción de clase o color político, hasta el punto que aun habiendo sido alcalde de la monarquía, el día 29 de abril de 1931, al poco tiempo de instaurarse en España la 2ª República, fue inaugurado el antes mencionado busto por parte del nuevo ayuntamiento. El acto estuvo presidido por el primer teniente de alcalde, Antonio Roma, acompañado por ediles de los distintos partidos que gobernaban el municipio, comenzando con el descubrimiento del mencionado bronce oculto por la bandera republicana y al compás de himno de Riego. El Sr. Roma alabó las gestiones del ex alcalde y su labor, que no dudaba de meritoria, lo que hacía que su nombre fuese respetado y recordado. A continuación el cortejo se dirigió al cementerio católico donde fue depositado un ramo de flores sobre su tumba.

Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.

Alberto Durán Tejera



Nacido en 1898, fue un hombre que desde su infancia sintió que su vocación era la de ser marino, pero la misma quedaría frustrada al morir su padre, circunstancia que le haría elegir la carrera de magisterio. En 1921 tras terminar sus estudios, su primer destino sería en una pequeña población cercana a Las Palmas de Gran Canaria, donde ejerció como maestro hasta 1923, fecha en la que se traslada a Grazalema (Cádiz), población en la que llegaría a ocupar el cargo de Alcalde hasta 1929. Ese mismo año ocupa por oposición una plaza en el Instituto Padre Luis Coloma de Jerez

Durán Tejera fue siempre un hombre polifacético, inquieto y preocupado por todo lo concerniente a la ciudad que le vio nacer. Ello le llevó a trabajar como concejal de Parques y Jardines en el Ayuntamiento jerezano, ocupando a partir de la segunda mitad de la década de los cuarenta del siglo XX el cargo de teniente alcalde. En su etapa como segunda autoridad municipal tuvo la feliz idea de crear en 1948 un parque zoológico y botánico. Para ello contó con la inestimable ayuda y colaboración de un gran conocedor de las especies animales como fue el conocido especialista Manuel Barea. Aprovechando el bello recinto ajardinado de propiedad municipal que rodeaba a los depósitos de agua de Tempul, en aquellos años bastante descuidado, instaló y dirigió en el mismo lo que en principio fue una modesta colección zoológica. Algunos monos, lobos, zorros, rapaces, un león, así como una buena variedad de aves acuáticas procedentes del Coto de Doñana, iniciaron algo que muy pronto se convertiría en uno de los lugares preferidos de los niños jerezanos. Poco a poco el mencionado parque se fue enriqueciendo con nuevas especies y reformas hasta alcanzar en unos años la cifra de mil ochocientos ejemplares entre aves, mamíferos y reptiles; llegando a ser modelo y referente nacional, en cuanto a la riqueza de su contenido y actividad científica en favor de especies en peligro de extinción como lo es en la actualidad.

Por esa misma época Alberto Durán junto al prestigioso cirujano Luis Romero Palomo y otros destacados jerezanos como Juan Valencia y Vicente Fernández de Bobadilla, fundaron la desaparecida “Fiesta de la Vendimia del Sherry”, de la que Durán fue su comisario durante muchos años, desviviéndose siempre porque la misma fuese a más en cada edición, logrando así convertirla en un evento festivo de primer orden. Una fiesta que gozó de gran repercusión en los más importantes periódicos y revistas internacionales, y que atraería el interés por nuestra ciudad y nuestros vinos de políticos, embajadores, artistas, hombres de negocios, periodistas y famosos de todo el mundo, llegándose a convertir en la mejor promoción que nuestros caldos hayan tenido en toda su historia.

Por esta causa Alberto Durán Tejera fue distinguido con diversos honores, tales como la Orden del Mérito Civil, la de Cisneros y las de Caballero Oficial de la Corona de Bélgica y de la República Italiana. Fue además miembro fundador de la Real Academia de San Dionisio de Jerez y académico correspondiente de la Hispano-Americana de Cádiz. Falleció en 1979
Extinguida la Fiesta de la Vendimia en los años ochenta del pasado siglo XX por razones nunca justificadas, la memoria de este insigne jerezano cayó injustamente en el olvido, incluso el nombre de “Alberto Durán” que llevaba el parque zoológico que él creara fue eliminado.

Hace unos años pedimos al Ayuntamiento que una calle de Jerez fuese rotulada con su nombre. Nuestra petición fue aprobada, siendo comunicada esta decisión en un escrito que la Sra. Alcaldesa dirigió a su sobrina, Carmina Durán. Decía que el lugar de emplazamiento de dicha calle sería en La Granja Sur, sin más datos. Yo particularmente no he podido dar con ninguna calle en toda esa zona donde haya un rótulo con el nombre de Alberto Durán.

Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.