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Del Orvietán al Visitador Médico




  En cierta ocasión, con motivo de mi visita a unos importantes laboratorios farmacéuticos de Madrid, tuve la ocasión de recrearme y disfrutar con una colección de deliciosos anuncios de específicos del primer tercio del siglo XX que adornaban una de sus dependencias.

  Creo que en los tiempos actuales nadie, absolutamente nadie, tiene duda de la tremenda importancia de la publicidad para la comercialización y venta de cualquier producto. No es posible vender mercancía, servicio o idea sin una divulgación adecuada y certeramente dirigida al potencial cliente o usuario. Y esto no es algo que como tantas innovaciones haya sido inventado por el hombre del siglo XX, pues a fe mía que la publicidad existe desde que el “homo sapiens” pobló la tierra y tuvo capacidad de pensar. Por ello se me ocurre hacer un breve recorrido por la historia de la publicidad del medicamento. Veamos:

   Los primeros que en los siglos XVII y XVIII se dedicaron a la promoción directa de brebajes que todos lo curaban, no tenían, como cabe suponer, la menor relación con los actuales técnicos en venta y promoción de productos farmacéuticos. Pioneros de estos profesionales, hemos de confesar, no eran otra cosa más que charlatanes. Inventores, elaboradores y vendedores de remedios de dudosa eficacia, cuando no nocivos para la salud. Y para conseguir venderlos se armaban de una palabrería fácil, frente a ignorancia y deseo de salud de una sociedad castigada por todo tipo de enfermedades y epidemias.

   Aunque no es posible saber quien fue el primer charlatán de la historia, en el siglo XVII aparecen los primeros de los que tenemos noticias. Uno de ellos, Cristóforo Contugi, inventa una medicina que sirve para todo y además consigue venderla gracias a su palabrería fácil y convincente. Otro, Hierónimus Ferreti, elabora en 1642 su famosa “triaca”, compuesta de opio y otros ingredientes, consiguiendo también muy buenos beneficios. Ambos fueron conocidos por el nombre de “orvietanes”, por el hecho de que ambos procedían de una pequeña ciudad de la Umbría italiana llamada Orvieto. La historia también cita a otro orvietan llamado Ferrante, quien al igual que los antes citados elabora y vende su particular triaca. Era esta una variante inocua de la anterior, pero que llega a tener enorme éxito en el París de la época. A partir de ahí orvietán u orvietano, queda convertido en sinónimo de charlatán y, triaca, en droga de éstos. Pero el mayor éxito “charlatanero” fue, sin duda alguna, el de Moyse Charas, inventor de la denominada “Gran Triaca” o “Triaca Magna”. La fórmula de este invento la componían nada menos que 74 substancias distintas; poco más o menos todo lo que se conocía por aquel entonces con alguna propiedad curativa. Al llevarlo todo, teóricamente todo lo curaba. Y allá que se lanza nuestro hombre por los caminos de media Europa convenciendo a la gente y vendiendo incansable su “descubrimiento”. Charas no se conforma sólo con elaborar y vender su invento, sino que escribe y edita un manual al que bautiza como Tratado de la Triaca. En él se describen sus maravillosas propiedades contra el envenenamiento por serpientes y otras mordeduras, toda clase de pestes y fiebres así como lombrices, diarreas, disentería, cólera morbo, cólico miserere, epilepsia, enfermedades del cerebro, vejiga y espermáticas entre otras muchas. Tan milagroso fármaco llegó a figurar en el Codex, aunque posteriormente las Academias europeas de Ciencias Médicas lo fueron rechazado como falso.

   El Tratado de la Triaca de Charas podría muy bien considerarse como la primera monografía publicitaria de un medicamento y, por tanto, precursora de las actuales literaturas de información técnico-farmacéuticas. Pero no sería hasta mediados del siglo XVIII cuando comiencen a aparecer en Francia los primeros anuncios publicitarios de medicamentos insertados en los periódicos: Journal D`Anonces y Journal D´Affigues. Dichos anuncios se publican por encargo de un tal monsieur Renedort, quien por esta causa podría considerarse el primer publicista farmacéutico.

Antonio Mariscal Trujillo
Centro de Estudios Históricos Jerezanos

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