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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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Arte y tradición de la Nochebuena en Jerez



¿Qué será la Navidad? Se oyen villancicos y la tristeza del mundo enajena en el olvido. 
 ¿Qué será la Navidad?  Huele a  anises y rosas  transformando en alegría todo lo  que  toca.

ARTE Y TRADICIÓN DE LA NOCHEBUENA JEREZANA

Cada año Jerez recobra su hermosa tradición en estos días que preceden a la Nochebuena. Una costumbre, la Zambomba, que se repite cada mes de diciembre con fuerza evocadora y nos hace revivir aquellas Nochebuenas de nuestra niñez, cuando, alrededor de una hoguera en los viejos y entrañables patios de las casas de  vecinos cantábamos al niño Dios, entre aromas de anises y pestiños, viejas coplas y villancicos al son de zambombas, panderetas, almirez y botella rayada de anís tañida con una cuchara en una feliz y casera algarabía popular. Fiestas en las que los mayores de hoy no podemos por menos que evocarlas con nostalgia. Aquellos en los que ante el aroma de pestiños hechos en los fogones comunes de las casas de vecindad, hombres, mujeres y niños salían al patio a probar los hechos por una u otra familia regándolos con una copita de aguardiente. Ello desbordaba inmediatamente la alegría y los cantos interpretados a coro. Villancicos primero, luego romances tradicionales cuyas estrofas nada tenían que ver con la Navidad y que casi siempre continuaban con coplas burlescas o irreverentes. Y como en muchas de las casas de vecindad de los barrios más castizos como los de Santiago o San Miguel vivía alguna que otra familia gitana, que aquí siempre convivimos mezclados, tanto villancicos como coplas solían terminar en muchas ocasiones por bulerías y frecuentemente acompañados del baile.

Para comprender el espíritu que acompañaba estas celebraciones es preciso decir que, en unos tiempos pretéritos en los que la mayoría de la gente vivía con la más absoluta modestia y pocas cosas rompían la monotonía cotidiana, la matanza de un pavo, la elaboración de pestiños o polvorones, la posesión de una botella de anís o el montaje de un sencillo nacimiento eran todo un acontecer en esas tardes de frío invierno, en los que el  brasero encendido con su amable y suave calor y su penetrante aroma de alhucema contribuía a llevar un poco de gozo a aquellos modestos hogares. Y los deseos de paz con la esperanza de un venidero tiempo mejor en la ya cercana Navidad  hacían el prodigio: exaltaba la fraternidad e invadía a todos los corazones.

Antaño estas fiestas populares, siempre surgidas espontáneamente, comenzaban el día de la Inmaculada y acababan la misma noche de la Nochebuena tras la misa del gallo. Recuerdo en mi niñez cuando al salir con mis padres tras la misa del gallo, ver a numerosos grupos de gente con zambombas y panderetas entonando villancicos por las calles y plazas de Jerez hasta bien entrada la madrugada; quizás por aquello de que “esta noche es Nochebuena y no es noche de dormir”. Antes de amanecer los ecos de las zambombas habían desaparecido y no volverían más hasta el año siguiente.

Y los patios quedaron en silencio
Con la llegada de la década de los sesenta del pasado siglo, estas manifestaciones populares comenzaron lentamente a languidecer e iban siendo escasos los patios en los que se podía oír una zambomba. Recuerdo que solamente en un patio de la Cruz Vieja y en una peña futbolística de esa misma plaza se siguieron celebrando, quizás alguna otra, pero no lo sé. La última de esas auténticas zambombas a la que tuve la suerte de asistir recuerdo que fue en la calle de La Merced en una casa conocida como la del “balcón de piedra”, hoy en proceso de restauración, en la que sus moradores quisieron ofrecerla a un antiguo vecino que había vuelto de Alemania tras muchos años residiendo en aquel país. Los tiempos habían cambiado y también las formas ancestrales de vida de los jerezanos. Como por encanto habían surgido por doquier modernos bloques de viviendas a las afueras de la ciudad y la mayoría gente se fue a vivir a ellos, quedándose aquellos floridos patios de nuestra niñez y, por ende, la convivencia vecinal y sus zambombas solamente en un recuerdo.
Cual ave Fenix

Tuvo que pasar un cuarto de siglo para que un día, mágicamente, aquella “pandereta suena que no se sabe por dónde va” volviera a sonar, y “los caminos se hicieron con agua viento y frío” hasta el “río de Cartuja que era de vino”, no sin antes pasar por “la calle de San Francisco que es larga y serena, que tiene cuatro faroles y bien merecía los cañones de la artillería”. Fue la magia de unos jerezanos que rescataron aquella tradición perdida, pero conservada en la memoria de los más viejos del lugar. Y aquellas coplas y aquel jolgorio de antaño volvió a llenar el aire de Jerez, ahora guardados en unos registros discográficos que editó nuestra desaparecida Caja de Ahorros, cosa que no hubiese sido posible sin la valiosísima aportación de la Cátedra de Flamencología, muy especialmente de su director Juan de la Plata y del célebre guitarrista Manuel Parrilla a los que, entre otros, se les debe el rescate de muchos de nuestros tradicionales villancicos y coplas navideñas.

No debemos olvidar aquí la gran labor hecha en aquella época por la Asociación de Belenistas de Jerez, que no sólo vino a potenciar y extender en nuestra ciudad la entrañable tradición navideña de montar un nacimiento, cosa que ya estaba siendo desplazada por la costumbre nórdica del árbol, sino que también fueron ellos junto con las Peñas Flamencas los primeros que contribuyeron a extender las zambombas en su nueva época.
A lo largo de los siglos estas coplas de la Nochebuena se vinieron transmitiendo  de forma oral generación tras generación. Salvo una recopilación que en los años treinta del pasado siglo hiciera el insigne maestro Germán Álvarez Beigbeder, nunca fueron recogidas en registros sonoros hasta hace algo así como veinticinco años. Como dato curioso, en los trabajos de campo realizados por algunos investigadores, como el flamencólogo Juan de la Plata, el recordado Manuel Parrilla antes citados, o la historiadora María Jesús Ruiz Fernández, siempre fueron mujeres, sobre todo las de mayor edad, las que mejor recordaban letras y canciones. Decenas fueron las coplas y villancicos que fueron aflorando y que habían estado conservados durante siglos en la memoria popular.

Del viejo romancero popular
Reconociendo ser un lego en temas musicales, a mí entender nuestros cantos de Nochebuena pueden ser divididas en dos grandes grupos, estos pueden ser: villancicos y coplas. Entre los primeros se encuadran los propios de Jerez y los populares españoles, muchos de estos últimos aflamencados. En el segundo grupo, no específicamente religioso, las coplas y tonadas profanas y hasta erótico-burlescas, así como cánticos de amor o desamor, muchos de ellos provenientes del romancero popular español típicos de le Edad Media con sus variaciones locales que, curiosamente, quedaron para ser cantadas sólo en las fiestas de Navidad, Este último apartado no deja de ser extraordinariamente interesante, pues, perdidas en la noche de los tiempos aquí se han conservado a través de los siglos.

Cuando los viejos patios de vecinos de Jerez se iban quedando vacíos, en patios se convirtieron las peñas flamencas, los locales de las cofradías, las asociaciones de vecinos, los portales de comunidades, las naves bodegueras y hasta las calles y plazuelas en las que alrededor de una hoguera se volvió a cantar y bailar anunciando la Nochebuena. Y así  la tradición volvió, con nuevas formas, pero volvió. Patrimonio intangible de un pueblo como el nuestro, siempre conservado en el arca de plata de la memoria para que cada año, al comenzar el mes de diciembre, se abra cual sonoro y colorido castillo de fuegos de artificio para inundar con sus sones el limpio aire de Jerez. Confiemos que el abuso, la desnaturalización o la mercantilización de nuestras zambombas no las lleven en un futuro a una nueva desaparición.

Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en Diario de Jerez el 22/12/2014

Jerezanos para la historia, siglos XIX y XX. Nueva edición ampliada



Esta obra permitirá conocer una importante faceta del pasado próximo de Jerez: la de sus protagonistas. Personajes que engrandecieron a su ciudad con afamadas industrias de proyección universal, o que sirvieron a su país desde la política, la milicia, las ciencias, las artes, las letras, la cultura o la religión con prestigio y entrega. De ellos son pocos los que aún permanecen en la memoria colectiva, pues la mayoría cayeron en el olvido cubiertos ya por esa patina que da del tiempo.

A través de las páginas de este libro el lector podrá conocer de forma sucinta y amena las biografías de 180 jerezanos célebres, ilustres o destacados que, a lo largo de las dos últimas centurias, formaron parte de la Historia, en unos casos de la historia local y en otros de la de España. Es esta una obra que no debería faltar en la biblioteca de toda aquella persona interesada en el conocimiento de la ciudad de Jerez de la Frontera. Un instrumento de útil consulta, amena lectura y gran rigurosidad histórica, fruto de muchos años de investigación.

Jerez ¿tierra de olivares?



       Son diversas las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en nuestro término municipal en las que se han encontrado vestigios de almacenamiento tanto de vino como de aceite de oliva en el interior de lo que fueron depósitos subterráneos de determinadas “villas romanas”. Ello viene a decirnos que, desde los tiempos de la antigua Roma, e incluso desde épocas más remotas, el cultivo tanto de la vid como del olivo fueron habituales en nuestra tierra, por lo que podemos deducir que a la llegada de los árabes a la Península Ibérica en el siglo VIII, el cultivo del olivar estaba sólidamente asentado en nuestra campiña, existiendo diversas referencias escritas de que el Jerez medieval estaba rodeado de olivares.

     Esta circunstancia queda patente cuando en el Libro del Repartimiento encontramos alusiones a diversos molinos de aceite repartidos por el interior del recinto amurallado, e incluso una donación de Alfonso X al monasterio de Santo Domingo de 83 aranzadas de olivar y un molino de aceite situado en las inmediaciones del convento.

      De este modo podemos ir avanzando en el tiempo y, a través de la historia de nuestra ciudad, encontrar centenares de menciones referentes a olivares y molinos de aceite.

    En el período comprendido entre los siglos XVI y XVIII se pueden contabilizar alrededor de 30 molinos de aceite repartidos entre las collaciones de San Mateo, San Juan, San Marcos y San Dionisio, así como otros que van surgiendo en el arrabal de San Miguel, los cuales proliferan en dicho barrio hasta el punto de crear un problema de suciedad y malos olores. A este respecto en las actas capitulares del año 1612 encontramos lo siguiente: “Se da cuenta que el arpechín de varios de los molinos de aceite existentes en el barrio de San Miguel corría por la calle San Miguel desaguando en el Arenal, donde formaban grandes charcos con las consiguientes molestias y olores para los vecinos”. Aparte de estos molinos urbanos también existía un número indeterminado de almazaras situadas en los olivares de mayor extensión.

     Nombres de lugares que han llegado hasta nuestros días como: Olivar de Rivero o Pozo del Olivar, Puerta del Olivillo, refiriéndose a la de Santiago, y del Aceituno o Acebuche en relación a la Puerta de Rota. También calles como Oliva, Molineros o Molino del Viento, indican la notable relación del olivo con nuestra ciudad, cuya superficie cultivada en el siglo XVIII llegaba a casi igualar a la ocupada por la de la vid. Así en 1754 los olivares ocupaban unas 7.500 aranzadas y las viñas algo más, alrededor de 9.100.

    Conforme avanzaba el siglo XIX la superficie olivarera va disminuyendo paulatinamente. El importante auge que va tomando la industria vitivinícola, hace que miles de aranzadas dedicadas al olivar se vayan sustituyendo por la plantación de vides, proceso que se acelera a partir de 1870 por la demanda añadida de vinos por parte de Francia que ve arruinados sus viñedos a causa de la filoxera, una plaga que aquí tardaría aún quince años en llegar. Por todo ello, al terminar el siglo, la superficie destinada al olivar en el agro jerezano era solamente de unas de 2.500 aranzadas. Otro de los motivos que impulsa a desmontar olivares es la aparición a mediados de ese mismo siglo XIX del petróleo, producto que sustituirá al aceite de oliva como principal combustible para el alumbrado doméstico y que popularmente sería conocido como “mineral” para diferenciarlo del “vegetal” o de oliva. Hemos de mencionar que en siglos pasados el aceite de oliva tenía poco parecido con el actual, ya que lógicamente los procesos de refinado y filtrado eran muy primitivos, obteniéndose un aceite oscuro, de alta acidez y lleno de impurezas, por lo que la gente prefería las grasas animales como la del cerdo para la alimentación, usándose el aceite de oliva principalmente para alimentar las lamparillas y velones del alumbrado doméstico y, también, para la fabricación de jabones.

A pesar de ello, podemos encontrar en el magnífico Plano Parcelario del término de Jerez de Adolfo López-Cepero realizado en 1904, no menos de 25 olivares en las cercanías de nuestra ciudad. Nombres como: Olivar de San Jerónimo, de la Clavería, de Gigote, de Montegilillo, del Troval, de Visley, de la Peñuela, de la Compañía, de Domecq o de Vista Alegre, jalonan las tierras de nuestra comarca, sobre todo al norte y nordeste de la ciudad. Destacando por su extensión los situados en las tierras cercanas a la ermita de Salto al Cielo, que hasta la Desamortización de Mendizábal pertenecieron al Monasterio de la Cartuja. Recordemos la gran parcela donde hoy se asienta Jerez-74 junto al Parque González Hontoria, que hasta finales de los sesenta del pasado siglo fuera un olivar. Como mudo recuerdo de lo aquí expuesto, todavía hoy podemos contemplar una docena de centenarios olivos en el interior de una urbanización de unifamiliares ubicada en el Polígono de San Benito.

No hace mucho me decía un buen amigo agricultor, que estas tierras de albarizas últimamente despojadas de sus viñas y dedicadas a cultivos de secano, son magníficas para el cultivo del olivo, tanto de la variedad “Hojiblanca” como de la “Arbequina”, variedad, esta última, que en la actualidad se da únicamente en contadas comarcas de Cataluña. Produce unas olivas pequeñas en tamaño pero de una gran riqueza grasa, de ellas se obtiene un aceite de excepcional calidad y muy apreciado por los gourmets. Por ello me pregunto: ¿Sería ésta la gran alternativa a la actual decadencia de nuestra industria vitivinícola?.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.
Foto: Pie de olivo centenario en la Avenida Duque de Abrantes
Publicado en Diario de Jerez 14.10.2011.

Jerez en 1960

Magnifico e interesante reportaje de 20 minutos de duración realizado por British Pathé. El Puerto, Arcos, Cádiz, Jerez y su Feria, fiestas de la vendimia, bodegas, cortijos, toros, ciudad, etc. Pulsa este ENLACEEnlace

Leyendas de un Jerez desconocido

Artículo publicado en Diario de Jerez el día 17/7/2011 de un interesante recorrido por un Jerez insólito por el que conduje a la periodista. 
Pulsa AQUÍ

AQUEL JARDÍN


    Fue aquel hermoso jardín de mi niñez, florido como nunca vi otro igual. Era majestuosa pradera de brillante hierba. Era misterioso e intrincado bosquecillo. Eran románticos paseos entre verdes pérgolas y marmóreas estatuas. Era cristalino murmullo de fuentes y pájaros. Era grandiosa estampa de centenarios árboles recortando luces a las sombras.
    
    En los lejanos ya recuerdos, siempre quedará el añorado paraíso, edén particular de cada ser humano. Una plaza, una calle, una casa, una alameda, un jardín, un... lugar.

    Fui poseedor de un paraíso, a veces pienso si sólo lo soñé; pero no, no fue un ensueño, mi paraíso existe, aún existe, puedo verlo, está ahí todavía. El progreso solamente le pudo destruir una parte: su bosquecillo, nada más. Todo lo demás sigue igual que antaño, allí junto a la gran bodega, y puedo verlo. ¡Cuánta belleza ¡Cuánta luz! ¡Qué admiración!

   Cuando subo por la empinada cuesta que lo bordea, puedo verlo tras la verja de hierro. ¡Está ahí!. Veo la pradera, veo majestuosos árboles que parecen querer cubrirme con su sombra. Veo coloridos rosales. Veo naranjos, almendros y cerezos cubiertos de blancas y rosadas flores. Veo reflejos de nubes sobre el cristal del agua. Veo ese cristal roto al paso de un cisne y veo como se recompone tras de él.
    
    Yo jugué en ese jardín, también lo hacían otros niños. Niños que llegaban en bonitos coches de caballos conducidos por cocheros de uniforme. Niños muy bien vestidos que bajaban de la mano de mujeres extranjeras a las que llamaban “Mis” y que hablaban de otro modo. En cierta ocasión me dijeron que venían de Inglaterra, y que eran algo así como la maestra de mi colegio pero sólo para tres o cuatro hermanos. Hablaban una extraña lengua que yo no entendía.
    
    Recuerdo que uno de aquellos niños me acusó una vez de coger las fresas que el jardinero tenía sembradas para ellos. Aquella falsa acusación me dolió tanto que estuve mucho tiempo sin volver al jardín.
   
   Pasados los años vi con asombro cómo grandes máquinas invadieron salvajemente la zona del bosquecillo que estaba junto a mi casa. Iban a construir una enorme nave para embotellar el vino de la gran bodega. Destruyeron mi cabaña de palos y palmas y desde aquel día no volví más por allí. El jardín ya nunca fue el mismo, todo cambió desde entonces. Al mismo tiempo yo también cambié: comencé a hacerme hombre.

    Este fue mi particular paraíso entre árboles, flores, estanques y praderas. Parte de una niñez que en la lejanía del tiempo me haría dudar si fue sueño o realidad; a no ser por que el jardín sigue todavía ahí, aunque ya no está a mi alcance.

    Aún existe, puedo ver mi jardín junto a la gran bodega que fuera de los Domecq. Pero... ¿por qué digo mi jardín? Ya no es mío, hace lustros me dejó de pertenecer. Mi particular edén se alejó para siempre, al igual que aquella infancia que yo recuerdo feliz y que tal vez lo fuera.
Antonio Mariscal Trujillo

SIMPLEZAS, nada más


     La naturaleza al igual que la vida de las personas está llena de hermosa sencillez. ¡Cuán acostumbrados estamos a oír historias complicadas, a veces retorcidas hasta el límite de la imaginación!.

      Los relatos, a veces ciertos y reales, pueden convertirse en pura ficción pintada a modo de caricatura macabra y deformante, para de este modo captar la atención de posible lector.

    En otras ocasiones, una historia se convierte en algo tan exquisito e idealizado, que nos hace sentir seres insignificantes a los que de manera normal pasamos por la vida. No por ser sencilla la vida de cualquier ser deja de tener belleza.

     O..., ¿no es hermosa la vida de un centenario árbol, de una grácil gacela, o la de un multicolor pajarillo? ¿Cuándo llega a ser vulgar la existencia de cualquiera de estos seres? La respuesta es bien sencilla: cuando al pajarillo se le encierra en una jaula, a la gacela se le lleva a un zoológico o al árbol se le convierte en ridículo bonsai. A mi entender, no llevan razón aquellos que tachan de vulgar a otros por el simple hecho de no profanar los principios naturales para los que todo ser viviente fue creado.

    Creo que las historias más sublimes y hermosas son las que quedaron en el recuerdo de nuestra ya lejana niñez. Porque sólo entonces pudimos ser pajarillo sin jaula, gacela en libertad o árbol silvestre.

     Cuando nuestra diaria preocupación era ir al colegio bajo la lluvia o el sol a través de unas calles tranquilas, sin coches, sirenas o semáforos. Jugar en una apacible plazoleta con bolindres de arcilla pintados de colores, huesos de albaricoques, la codiciada bola de acero, el bailarín trompo de madera, o el hermoso pandero hecho con cañas y papel de periódico que volaba majestuoso en las afueras de la ciudad.

      Me viene al recuerdo aquel carrito de madera que rodaba sobre viejos cojinetes con el que bajábamos endiabladamente por la pendiente calle. También aquella llanta oxidada de bicicleta dirigida por una guía de alambre con la que paseábamos orgullosos delante de las niñas que jugaban a la comba. Todo ello en contraste con el vistoso coche teledirigido, la consola de videojuegos o los verdes e infernales monstruos de plástico con el que se asesina la imaginación del niño actual.

  Recuerdo aquel gran “tesoro” de conchas y trozos de loza escondidos en un hoyo como oculto valor secreto que destapábamos a diario sólo para ver si seguía allí; hasta que un día otro niño lo descubría y saqueaba obligándonos a hacer otro en un lugar más seguro.

     La cabaña de palmas y palos que, en un bosquecillo cercano, era nuestro más apreciado refugio en las tardes lluviosas de otoño, cuando nos cobijábamos en ella para sentir el inmenso placer de ver llover comprobando que nuestra obra nos protegía del agua. Unos granos de trigo depositados en el solar de la derruida casa de enfrente se transformaban en hierba y luego en espiga, causándonos la infinita satisfacción de haber obtenido nuestra particular cosecha.
Una casa contigua en la que vivía nuestro amigo de siempre y donde había una cuadra, nos hacía soñar con poseer uno de aquellos caballos cartujanos con el que poder ir a la feria al igual que sus acaudalados propietarios. Un pajar en la parte superior de aquella estancia; oscuro, misterioso, donde sólo se podía subir trepando, para, por un pequeño agujero en la pared, contemplar inocentemente a una hermosa niña de ojos azules peinar sus rubios cabellos frente al espejo.

     La sirena de la gran bodega cercana que nos decía a las ocho que había que dejar la cama para ir al colegio. Una tartana tirada por un mulo que traía diariamente la leche para el desayuno, mientras, una vieja pregonaba cada mañana: ¡¡molletes calentitooos, que calentitos van!!, y un chaval de la casa de al lado ensillaba su burrito para ir a trabajar al campo. Poco después el repartidor de correos con voz de tenor gritaba desde la puerta: ¡el carterooo!.

    Un palomar en nuestra azotea nos infundía el ardiente deseo de volar por el cálido aire de las tardes de verano en las que, tumbados en una hamaca, oíamos por la radio a Valderrama o Caracol a la vez que calmábamos nuestra sed con el agua de un fresco botijo.

     Así transcurría apaciblemente la vida de aquellos años cincuenta en un patio cubierto por enredadera y jazmín. Patio grabado a fuego en mi mente y que en los domingos estivales hacía de humilde sucedáneo de playa o piscina, al colgar en alto una lata agujereada por la que salía el agua que un tubo de goma llevaba hasta a ella desde un grifo. Agua que, al caer sobre nuestros cuerpos semidesnudos, nos hacía evocar aquella maravillosa playa de El Puerto a la que solamente teníamos acceso una o dos veces al año.

   No existe un recuerdo más hermoso que el de aquellos domingos en los que la playa era nuestra al fin tras los correspondientes preparativos del día anterior: comprar alpargatas de esparto, un sombrerillo de paja y preparar la comida que nos llevaríamos. Un levantarse al amanecer y caminar hasta un tren que nos llevaría a un paraíso de arena y mar. Una imborrable jornada que nos serviría de apoyo y nostálgico recuerdo para todo el año.

     Este era el transcurrir de una infancia sencilla al sur de una Andalucía apacible, en una vieja ciudad con afanes de pueblo, en una casa encalada, con un patio, un jazmín, un palomar, un corral, ventana verde y azotea desde donde se veía la torre de la iglesia Colegial.

    Con el paso de los años notamos que algo extraño pasaba. La voz se nos tornaba grave y el vello asomaba a través de nuestra piel. De pronto nos dimos cuenta que estábamos dejando de ser niños y comenzamos a soñar. Soñamos con un mundo pintado de azul y un amor maravilloso entre románticas melodías de Modugno que desde Italia nos hacían volar.

    Terrazas de cine en verano, comedias de lujo americano, ensueños de amor italianos, monedas en la fuente, vacaciones en Roma o Capri con Maruzella y Diana. ¡Cuantas historias en la mente adolescente transformándose continuamente en maravillosos sueños! Cuantas quimeras en Roma, Venecia, París o Nueva York.
Luego, un primer sueño de amor adolescente no correspondido, un segundo amor que si lo fue y las circuntancias lo hicieron fracasar, quedando para siempre en nuestros recuerdos. Guateques de azotea al ritmo de Carosone, Marini, Anka o Latinos. Ilusión de un futuro que haría realidad todos los sueños y nos igualaría a los galanes de las películas. Dinero, brillante futuro, coche, viajes, amor; todo se presentaba cual maravilloso escaparate.

     Inesperadamente y al ritmo de “rock and roll” que, como algo mágico nos llegó desde una ciudad norteamericana llamada Menphis, nos enteramos que ya éramos adultos cuando nos colocan un uniforme de soldado que, al quitarlo pasado un tiempo, nos deja al descubierto un mundo que en nada se parecía al que soñamos, invadiéndonos un sentimiento de frustración al descubrir que eran sólo eso: Sueños.

¡Sí, sí, cantad, soñad niños pobres! Pronto al amanecer de vuestra adolescencia la primavera os asustará como un mendigo, enmascarada de invierno. ¡Vámos Platero!

   Esta es una simple historia de la sencillez de una infancia y adolescencia: la de un ser al que se le puede llamar vulgar, como vulgar puede ser la historia de la mayoría de las personas. Simplezas que son hermosas, porque llenan el alma en el recuerdo y ello forma parte de la propia existencia.
Antonio Mariscal Trujillo

Rafael del Águila y Aranda. Jerez, 1900 - 1976



Un maestro de maestros en el arte de la guitarra

    No es mucho lo que sabemos sobre la infancia y juventud de este maestro de la guitarra. Fue quizás uno de los pocos guitarristas de su tiempo que había estudiado música y solfeo. Las primeras noticias que poseemos nos dicen que se inició en este arte con el afamado profesor jerezano Javier Molina “El Brujo de la Guitarra” en su academia de la calle Prieta. No sospechaba entonces Rafael que, con el tiempo, estaría llamado a ser el fiel transmisor del arte de aquel genial maestro a las generaciones futuras.

     En sus primeros años como profesional Rafael del Águila acompañó con su toque a numerosos artistas del momento, como Pericón de Cádiz, Vicente Pantoja, Juaniquí, Manolo Caracol o Juan Jambre. A partir de 1930, sin que sepamos las causas, Rafael abandonó definitivamente todo tipo de actuaciones en público para dedicarse por entero a la enseñanza.

     Fue un auténtico bohemio y como tal vivió. Descuidado en su vestimenta y en su aspecto, se levantaba todos los días a las siete de la tarde para comenzar sus clases, las cuales duraban en muchas ocasiones hasta bien entrada la madrugada. De hecho, en más de una ocasión, cuando algún alumno llegaba antes de las siete de la tarde le echaba una increíble bronca por haberle despertado. Su casa-academia en la barriada Torresoto, que casi nunca limpiaba ni ordenaba y que se asemejaba más a una cobacha que a otra cosa, estaba toda atestada de libros, partituras y recuerdos. Allí, y a la luz de una triste bombilla, transmitió su arte a los más destacados guitarristas de Jerez como lo han sido José Luis Balao, Parrilla de Jerez, Antonio Jero, Paco Cepero o Manolo Santos entre otros. Recuerdo en los años sesenta cuando tuve la fortuna de ir por allí para recibir algunas clases, cómo en ocasiones enseñaba a tocar a algunos de sus alumnos piezas de música clásica española de Albéniz, Granados o Tárrega, decía que eso sólo se lo enseñaba a los más listos.

    En 1967 y en reconocimiento a su labor, la Cátedra de Flamencología le concedió el Premio Nacional de Enseñanza y Maestría y, en 1975, un año antes de su fallecimiento, la Peña Flamenca Los Cernícalos de Jerez le rindió un merecido homenaje. Una placa en la casa donde vivió y enseñó recuerda a este gran maestro. Nunca podremos olvidar el haber tenido la dicha de haber recibido sus clases en la penumbra de una covacha llena de recuerdos. Allí en el arrabal jerezano del “Reventón de Quintos” sembró la semilla de su arte para orgullo de Jerez, y su memoria quedó imborrable en la mente de todos los que cada noche fuimos por aquellas oscuras y estrechas callejas donde Rafael del Águila dejó para siempre el lamento de una cuerdas acariciadas por sus viejas y geniales manos.
Antonio Mariscal Trujillo
Foto: Archivo de Pedro Caravante

Manuel Rodríguez "MARO", un genial humorista gráfico





MANUEL RODRÍGUEZ ROMERO. Conocido en el mundo gráfico por su seudónimo de MARO, figuró entre de los dibujantes humorísticos mas destacados del siglo XX, no sólo de Andalucía, yo diría que también de España.

    A su extraordinario talento y maestría como dibujante, se unió siempre su gran personalidad, su amenidad en el trato y su cortesía exquisita. De carácter serio y perspicaz, sus justas y sabias palabras nunca dejaban traslucir el profundo y agudo sentido del humor que demostraba con su lápiz. Defensor a ultranza de la libertad de expresión, fue crítico y mordaz hacia el poder político y sus dirigentes de cualquier tendencia o color. Actitud que, tanto en dictadura como en democracia, le acarreó no pocos problemas. El primero de ellos, allá por los años cincuenta del pasado siglo, estuvo a punto de llevarlo a la cárcel, al caricaturizar ácidamente a Álvaro Domecq a causa del importe en metálico (guante) que se exigía a familias sin recursos para la adjudicación de un piso en la barriada de la Constancia. Pero sin lugar a dudas sus críticas más mordaces y constantes se las llevó Pedro Pacheco durante la década de los ochenta. Ello le costó la expropiación forzosa, por una cantidad irrisoria, de una casa de su propiedad cercana a la que habitaba. Hecho del que siempre tuvo la certeza se debió a una represalia del poder municipal, ya que en Jerez existían, y siguen existiendo, cientos de inmuebles y solares en mayor estado de abandono y que nunca fueron expropiados por dicha causa.

      Pienso, al igual que muchos jerezanos que tuvimos la suerte de conocer a este genio del chiste gráfico y de la caricatura, que nunca fue valorado en su ciudad en toda la dimensión que se mereció, quedando encajado simplemente en “Maro el de los chistes del periódico”, cosa que ciertamente fue un mérito, que duda cabe. Un gran mérito que su inagotable imaginación le permitiera diariamente “sacar punta” con valentía y en tono de humor a todo cuanto acontecía en Jerez, y mucho más meritorio realizarlo cada día para cinco periódicos de otras tantas ciudades de la provincia, tal como lo vino haciendo durante los últimos diez o quince años de su vida.

Apadrinado por el genial Antonio Mingote en el mundo del periodismo de humor, llevó su arte incluso a revistas extranjeras, entre ellas una de Nueva York. Colaboró en su tiempo con publicaciones tan emblemáticas como Hermano Lobo, La Codorniz, Dígame, Siete Fechas y El Correo de Andalucía. Realizó varias exposiciones tanto en España como en México; publicó tres “comics denuncia” nada menos que sobre las vidas de Lucrecia Borgia, Eduardo VIII y Catalina La Grande, así como un libro de enseñanza, titulado: Sea usted caricaturista, y otros dos de humor, El “jerez” en el humor y, Jerez visto por Maro, teniendo además en su haber importantes galardones internacionales obtenidos en Méjico, Bulgaria (1997) y Uruguay (2004).

En su faceta humana es preciso destacar su gran preocupación por el estado de los presos en las cárceles. A la de Jerez iba diariamente a dar clases de gimnasia a los reclusos y atenderles en lo que podía, como a modo de trabajador social cuando esta figura no existía en los presidios. Esta inquietud le llevó en 1963 a fundar, legalizar y presidir la denominada Coordinadora Pro-Derechos de los Presos de Andalucía “Codepa”.

     Personaje siempre jovial, elegante, correcto y amigo de sus amigos; sentía y amaba a la tierra que le vio nacer en lo más profundo de su ser, por ello jamás quiso abandonar Jerez, a pesar de que buenas ofertas nunca le faltaron. No me cabe la menor duda de que si se hubiese asentado en Madrid, su fama habría traspasado fronteras y su nombre estaría hoy escrito con letras de oro en la historia del periodismo gráfico español. De todas formas, las hemerotecas son y serán en los siglos venideros, fieles notarios de que, el ingenio, el arte y el humor de Manuel Rodríguez MARO, marcaron toda una época del periodismo gráfico español. Confío que algún día Jerez sepa rendirle el merecido homenaje, al menos con una placa en su casa de la plaza de Rivero donde vivió y trabajó la mayor parte de su vida. Una casa llena de recuerdos, de figuras policromadas, de altorrelieves, de cuadros, de caricaturas, de libros, de archivos, de óleos y pinceles, de... recuerdos, que nos hacen evocar un tiempo pasado que nunca volverá, y que su amada esposa, Mami, como fiel guardiana, nos muestra orgullosa con alguna que otra lágrima aflorando por sus mejillas.
Antonio Mariscal Trujillo

Plano parcelario del término de Jerez en 1904

PLANO PARCELARIO del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Señor D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000

Versión original:

- Un plano en diez hojas col. 70 x 98 cm. (343’67x200’91 cm una vez montado).
- Impresión Talleres Litográficos Barral Hermanos. Barcelona, 1906.
- Colección de la Iltma. Marquesa de los Álamos de Guadalete.

Versión digital:

- Un solo plano de 339’33 x 192’84 cm. a 200 ppp. (Se ha recortado el fondo un poco, que no escalado).

Agradecimientos:

La realización de este trabajo ha sido posible a la gentileza de la Ilustrísima Marquesa de los Álamos del Guadalete que tuvo a bien facilitarnos un original y permitirnos la reproducción digital del mismo para su posterior publicación en Internet.

Por otro lado tengo que agradecer a don Juan Manuel González Montero su siempre inestimable ayuda, que esta ocasión consistió en escaneo de los 10 planos originales.

Advertencias:

Tengo noticias de que este documento cartográfico, más bien los distintos originales que existen, están siendo utilizados en distintos procesos sobre servidumbres de paso y linderos, entre otras causas. Es por ello que me veo en la obligación de advertir que durante su montaje digital descubrimos que en las zonas de solapamiento de las distintas hojas, algunos linderos, ríos o caminos no coincidían, no eran muchos pero se editaron y corrigieron para una mejor lectura del mapa. Es por ello que se han dejado visibles los bordes de las distintas hojas, por el perímetro del plano, para que el investigador o lector sepa en la hoja y en la zona que se encuentra, por si la localización de su interés coincidiera aproximadamente con la vertical u horizontal de los bordes de una de las hojas.

Se han respetado al máximo posible los datos originales, tan sólo se han modificado algunas líneas para hacerlas coincidir y el coloreado de algunas parcelas, que por encontrarse dividida entre hojas distintas hojas presentaban distinta coloración por la propia impresión, desgaste o contaminación.

Pulsa aquí

Plano parcelario del término de Jerez de la Frontera, por D. Adolfo López Cepero. Año de 1904


Es un trabajo de digitalización para el Seminario http://agustindehorozco.uca.es/ realizado por Francisco de B. Zuleta Alejandro.