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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

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AQUEL JARDÍN


    Fue aquel hermoso jardín de mi niñez, florido como nunca vi otro igual. Era majestuosa pradera de brillante hierba. Era misterioso e intrincado bosquecillo. Eran románticos paseos entre verdes pérgolas y marmóreas estatuas. Era cristalino murmullo de fuentes y pájaros. Era grandiosa estampa de centenarios árboles recortando luces a las sombras.
    
    En los lejanos ya recuerdos, siempre quedará el añorado paraíso, edén particular de cada ser humano. Una plaza, una calle, una casa, una alameda, un jardín, un... lugar.

    Fui poseedor de un paraíso, a veces pienso si sólo lo soñé; pero no, no fue un ensueño, mi paraíso existe, aún existe, puedo verlo, está ahí todavía. El progreso solamente le pudo destruir una parte: su bosquecillo, nada más. Todo lo demás sigue igual que antaño, allí junto a la gran bodega, y puedo verlo. ¡Cuánta belleza ¡Cuánta luz! ¡Qué admiración!

   Cuando subo por la empinada cuesta que lo bordea, puedo verlo tras la verja de hierro. ¡Está ahí!. Veo la pradera, veo majestuosos árboles que parecen querer cubrirme con su sombra. Veo coloridos rosales. Veo naranjos, almendros y cerezos cubiertos de blancas y rosadas flores. Veo reflejos de nubes sobre el cristal del agua. Veo ese cristal roto al paso de un cisne y veo como se recompone tras de él.
    
    Yo jugué en ese jardín, también lo hacían otros niños. Niños que llegaban en bonitos coches de caballos conducidos por cocheros de uniforme. Niños muy bien vestidos que bajaban de la mano de mujeres extranjeras a las que llamaban “Mis” y que hablaban de otro modo. En cierta ocasión me dijeron que venían de Inglaterra, y que eran algo así como la maestra de mi colegio pero sólo para tres o cuatro hermanos. Hablaban una extraña lengua que yo no entendía.
    
    Recuerdo que uno de aquellos niños me acusó una vez de coger las fresas que el jardinero tenía sembradas para ellos. Aquella falsa acusación me dolió tanto que estuve mucho tiempo sin volver al jardín.
   
   Pasados los años vi con asombro cómo grandes máquinas invadieron salvajemente la zona del bosquecillo que estaba junto a mi casa. Iban a construir una enorme nave para embotellar el vino de la gran bodega. Destruyeron mi cabaña de palos y palmas y desde aquel día no volví más por allí. El jardín ya nunca fue el mismo, todo cambió desde entonces. Al mismo tiempo yo también cambié: comencé a hacerme hombre.

    Este fue mi particular paraíso entre árboles, flores, estanques y praderas. Parte de una niñez que en la lejanía del tiempo me haría dudar si fue sueño o realidad; a no ser por que el jardín sigue todavía ahí, aunque ya no está a mi alcance.

    Aún existe, puedo ver mi jardín junto a la gran bodega que fuera de los Domecq. Pero... ¿por qué digo mi jardín? Ya no es mío, hace lustros me dejó de pertenecer. Mi particular edén se alejó para siempre, al igual que aquella infancia que yo recuerdo feliz y que tal vez lo fuera.
Antonio Mariscal Trujillo

2 comentarios:

  1. Por ese mismo jardín he paseado decenas de veces durante mi corta estancia laboral en la bodega que ya ni es de los Domecq, ni siquiera española.
    En mi infancia yo jugaba en los jardines de la bodega de la Atalaya, donde estaba y sigue estando el Museo de relojes (los hijos del guarda eran amigos).
    Por cierto, la cuesta que bordea tu jardín en la actualidad es proyecto de mi hermano.
    Un saludo. Rafael Tarín.

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  2. Hermoso relato que mer recuerda mis visitas al jardín... Una de las veces, pude recorrerlo detenidamente, em marzo de 1995, con el entonces Jefe de R. Públicas, D. J., Manuel Álvarez Pasage y mi amigo J.A. Márquez cuando hicimos un primer inventario de las especies de la hermosa arboleda que conserva y que luego remitimos a la Bodega... En el paseo nos acompañó ambién D. Beltrán Domecq González, un enamorado de los árboles, muy interesado en conocer a fondo los ejemplares más singulares y quien nos enseñó algunos patios interiores de la bodega donde se conservan también árboles muy especiales... Fue una delicia. La misma que he sentido al leer este hermoso relato.

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