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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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El Varilla



     Nunca supe cual era su verdadero nombre, sólo sé que todos le llamaban “El Varilla”. Era un personaje muy conocido en Jerez a causa de sus excentricidades, posiblemente debidas a un incorrecto funcionamiento de su mente, unido a una asidua afición por el vino. Tenía una madre que lo adoraba, decían que era una “santa”, que lo cuidaba con cariño y esmero. Nunca supo lo que era la tristeza, siempre alegre, siempre contando un chiste o la última anécdota satírica; se reía hasta de su sombra. Su manía eran los disfraces, igual lo veíamos vestido de flamenco que con traje de gitana cuando era feria, o de torero cuando había corrida. A veces hasta con un bikini puesto encima de su ropa y con un paraguas a modo de sombrilla. Que los soldados del regimiento juraban bandera, pues el de legionario. Que llegaba la vendimia, entonces se cubría con hojas de parra y se colgaba racimos de uva. ¿De donde sacaba los disfraces? eso nunca logré averiguarlo. El caso es que sus originalidades se convertían en tema de conversación de casi todo Jerez.

         Era costumbre que muchos de los socios, ya mayores, del Casino Jerezano, cuando este se ubicaba en la calle Larga, se sentaran en la calle durante los meses veraniegos en unos sillones. Pues bien, en cierta ocasión, el Varilla apareció por allí con un saco lleno de cuernos de toro, que sabe Dios de donde los había sacado, y vaciándolo al pie de aquellos encopetados señores dijo: “que cada uno coja el suyo”. ¡La que se pudo formar! Algunos comenzaron a reír a carcajadas y no pararon hasta el día siguiente, pero no del detalle del Varilla, sino de la cara que pusieron algunos que se sintieron aludidos.

         Muchas veces iba por la calle y al que pasaba le pedía un duro, a veces con insistencia cuando no lo conseguía a la primera. Tanto le llegó a insistir a uno que se resistía a su petición, que al final accede diciéndole: “Toma el duro y vete ya”. A lo que el Varilla le contesta: “Anda, si te parece por un duro me quedo y encima te pinto la fachada”. En otra ocasión., otro le da un duro y le dice: “Toma pero no te lo gastes en vino”. La respuesta del Varilla fue: “No, si te parece me compro un cortijo”

         Cierto día apareció por la Casa de Socorro, llevaba colgado un pico y una pala, de esos que sirven para hacer boquetes en el suelo, producen ampollas en las manos, dolor en la región lumbar, y que temen más que a un Miura aquellos que no han doblado el espinazo en su vida. En la mano llevaba unas tiras de papel numeradas y de un botón de su camisa colgaba una caja de aspirinas. Entonces le pregunté: “¿Qué haces tú con un pico y una pala?- Es que las estoy rifando, me contestó. ¿Y esa caja de aspirina que llevas colgada? Esta no se rifa, es para regalársela a quien le toque el premio”, respondió con una sonrisa maliciosa. Y así siguió caminando por las céntricas calles de Jerez haciendo las delicias de la gente con las que se tropezaba.

         Acostumbraba también a ir algunas veces a la Bodega Domecq en la que ejecutaba algunas de sus ocurrencias, hasta que llegó un momento que aquello llegó a molestar a alguno de sus directivos dando orden al portero de que no volviera a dejarlo pasar. Y así cuando otro día volvió, el portero le dijo que no se le ocurriera dar un solo paso para dentro. El Varilla da media vuelta y, cuando parecía que se había marchado, vuelve tras sus pasos, se pone justo en el dintel de la entrada, levanta su pierna derecha, la extiende, traspasa con ella el límite de la entrada y, un centímetro antes de que su pie posara en el suelo se vuelve bruscamente, retrocede dos pasos, le hace un corte de manga al portero y le dice: “¿Ves como entraba?”

         Pasó algún tiempo sin que nadie volviera a verlo, decían que su madre había muerto, y que al no tener quien lo cuidara, lo había recogido en el Albergue de San Álvaro[1]. Pasaron varios meses, quizás un año, cuando nuevamente se volvió a ver al Varilla por las calles, pero ya no era el borrachín simpático y bonachón que habíamos conocido antes, era un vagabundo sucio y enfermo, ya no inspiraba risa o alegría, sólo una gran tristeza. El Albergue de San Álvaro había cerrado sus puertas por falta de recursos y el Varilla se había quedado en la calle en el más completo abandono. Dormía en cualquier rincón, pedía limosna y bebía para olvidar. Varias semanas después, sería allá por el año 1976, cuando una mañana lo vi tirado en la puerta del viejo Hospital de Santa Isabel. El pobre al sentirse muy enfermo encaminó sus pasos a este centro sin saber que un año antes lo habían cerrado. A la puerta de su entrada tapiada encontré al Varilla tendido. Fui a un bar cercano por un vaso de leche, se lo di a tomar y llamé a continuación a la policía municipal.

         Cuando ésta llegó, lo subieron al coche patrulla para trasladarlo a algún centro benéfico. Ya en el vehículo le dije a los agentes: cuídenlo, cuídenlo con todo cariño, pues, además de un ser humano es parte de Jerez, tanto como la torre de la Colegial o las palmeras de plaza del Arenal. Pocos días después supe que el Varilla había muerto en el Hospital de Mora de Cádiz, Su figura y sus ocurrencias quedaron para siempre en el recuerdo de todos aquellos que le conocimos.

De mi libro: La historia pequeña de Jerez de la Frontera
Foto: Cristóbal Iglesias, por gentileza de Antonio Valenzuela Sorroche y Francisco Frías Reyes





[1] Era un centro municipal radicado en calle Bodegas, asilo de indigentes sin hogar.

El vino de Jerez en tiempos remotos

Las distintas variedades de cepas silvestres distribuidas a lo largo del Mediterráneo y en otros lugares de clima templado son las que dieron lugar a numerosas plantaciones de viñedos en estas mismas regiones. No se puede decir que la vid sea originaria de España ni tampoco sabemos a ciencia cierta quienes la introdujeron. El escritor romano Rufo Avieno escribió un libro de viajes titulado: Ora Marítima  en el que da cuenta de las peculiaridades de las tierras que rodean al Mediterráneo y el litoral Atlántico entonces conocido. Dice que fueron los fenicios quienes fundaron Cádiz (Gades) y Jerez (Xera) hacia el año 1.100 a.C. y que trajeron vides procedentes de la tierra de Canaam. Otros autores afirman que cuando los fenicios llegaron a nuestra zona  ya encontraron un vino mejor que el que ellos consumían. Lo cierto es que, como queda patente en diversas excavaciones arqueológicas tales como las del poblado fenicio de Doña Blanca entre Jerez y El Puerto de Santa María, desde la época fenicia se pueden observar depósitos domésticos en el subsuelo de algunas de las  viviendas que utilizaban para almacenar aceite y vino.

Cuando los romanos llegaron a nuestra tierra encontraron numerosas plantaciones de viñedos. En la tríada mediterránea, el trigo, el aceite y el vino fueron los productos básicos de la explotación agrícola, aunque varios edictos imperiales restringieron el cultivo de la vid a fin de favorecer la exportación los vinos producidos en la península itálica en detrimento de los de Hispania. Tan sólo se libraron de su destrucción las viñas béticas, así el vino producido en Ceret llegó a ser muy apreciado en la capital del imperio, por lo que era exportado por vía marítima en enormes ánforas de barro cocido. Vinum Ceretanum, Vinum Gaditanum y Vinum Hastense se documentan en diversas inscripciones. Por ello no es de extrañar que en los distintos yacimientos correspondientes a villas o cortijos  de ese tiempo también se hayan encontrado depósitos subterráneos y restos de ánforas para el almacenamiento de vino.



            La obra escrita más antigua que sobre el cultivo de la vid y la crianza del vino en nuestra tierra data precisamente de la época  romana. El tribuno y agrónomo Lucio Junio Moderato Columela se ocupa de ello en su tratado Sobre la agricultura. Desde entonces han sido muchas las obras y referencias históricas que sobre este tema se han ido conociendo hasta llegar a nuestros días. En la España visigótica, San Isidoro de Sevilla cita en el año 634 de nuestra era en su obra De Laude Hispania doce clases de uvas destinadas a la mesa del rey.  La actividad vitivinícola en la actual zona del “jerez” no cesó ni tan siquiera durante los casi seis siglos de dominación musulmana. Se sabe que durante todo ese tiempo se siguió cultivando la vid, oficialmente para comer su fruto o para la elaboración de pasas, dado la prohibición coránica a los creyentes del consumo de alcohol, aunque se tiene la certeza de que también en  dicha época se elaboraba vino; es más: la palabra “al-ambiq” proviene de la lengua árabe, y claro está que un alhambique sólo sirve para destilar alcohol (“al-kohl”). En el siglo XII existen ya pruebas documentales de embarques de vinos desde Jerez a la Britania del rey normando Enrique I  siendo ellos los que venían a buscarlos a nuestras costas.

El pozo de la víbora

Pozo de la Víbora en tiempos pasados. 
Archivo Natividad Pérez
Muy antiguas son las referencias a este pozo situado al exterior de la antigua Puerta de Rota de la vieja muralla, lugar conocido como Picadueña Baja. Tan antigua son las noticias que ya a mediados del siglo XV en las actas capitulares se cita un pozo situado en esta zona en el sentido de  su reparación. Por su parte el historiador Luis de Grandallana en su obra Monumentos de Jerez nos habla en 1885 de una mina o galería que desde la Torre de Riquelme llegaba hasta el Pozo de la Víbora.

         Dicho pozo, actualmente cegado por estar en el área de un colegio, dio popularmente su nombre a toda la zona de su entorno. Una extraña denominación que dio lugar en tiempos pasados a toda clase de leyendas, historias, crímenes y suicidios. A ser sinceros, desconocemos el origen del apelativo  “de la víbora” En principio podría ser por haberse encontrado por allí algún ejemplar de este reptil venenoso, aunque es difícil que ello ocurriera, ya que la mayoría de este tipo de serpiente se da en el norte de la península, solamente hay una de ellas que habita al sur, y lo hace en zonas arbóreas. Pero en fin, no es raro que alguna inofensiva culebra por las inmediaciones del pozo apareciera y la gente pensara que era peligrosa víbora.

         Y ahora vamos a la leyenda, y decimos leyenda porque el hecho de desconocerse a ciencia cierta si la historia que vamos a relatar y que dio origen al nombre del pozo que aludimos ocurrió en realidad.


         La tradición popular cuenta, sin que se sepa cuándo,  que una mujer soltera y con dos hijos fruto de relaciones ilícitas se enamoró perdidamente de un hombre, el cual prometió desposarla con la condición que debería deshacerse de sus dos pequeños hijos, dándolos en adopción a alguna familia o dejarlos en una inclusa. Como la mujer no encontró quien se hiciera cargo de los niños, no vio otra solución que arrojarlos al pozo donde las pobres criaturas se ahogaron. Al día siguiente la mujer fue a ver al novio, y éste le preguntó que dónde había dejado a los niños. Ella le contestó que no había encontrado a nadie que se hiciera cargo de ellos y por lo tanto los había arrojado a un pozo. El hombre horrorizado al oír aquello fue inmediatamente a denunciar el hecho a la autoridad. Los cadáveres de los niños fueron sacados del pozo y la mujer apresada, juzgada y ejecutada. ¿Mito o realidad? nunca lo sabremos. Lo cierto es que una víbora con forma de serpiente o de mujer quedó reflejada para siempre en este lugar.