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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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Transformación urbana de Jerez con motivo de la construcción de bodegas

Bodega del Marqués de Misa en 1898 preparada para
almuerzo a la escuadra francesa atracada en Cádiz 
Desaparecida bodega de calle Ponce
Bodegas dieciochescas
CON la llegada del siglo XVIII los vinos de Jerez eran ya reconocidos internacionalmente por su calidad, por lo que el aumento de las exportaciones llegaron a aumentar enormemente. Hasta esa época la estructura arquitectónica bodeguera se centraba en su mayoría en el modelo de bodega de mediano tamaño en la zona de intramuros, unos trescientos metros cuadrados de superficie o más con techos abovedados sostenidos por resistentes columnas de granito para soportar el peso del granero existente en el piso superior. Junto a ella se alzaba normalmente la vivienda de su propietario, generalmente dueño también de tierras de labor y viñedos, que de esa manera podía estar pendiente día y noche de su cosecha. Actualmente están inventariadas, según mis datos, unas 17 bodegas-granero de esa época. Un ejemplo representativo es la situada en plaza de las Cocheras que hasta hace pocos años se usó como restaurante. La misma está unida por un almizcate a la casa nº 2 que debió ser la vivienda de su propietario. Como decíamos eran las más numerosas, aunque ya en esa época existían algunas con tres o cuatro naves similares a las que hoy las conocemos. 

UnJerez decimonónico

     A causa del auge experimentado por el negocio del vino en Jerez hace necesario en aquellos momentos edificar nuevos cascos bodegueros, ahora de mayor capacidad, al objeto de hacer frente a la continua demanda de los caldos jerezanos desde el extranjero. Remontándonos a finales del siglo XVI, diremos que Jerez sufrió una enorme reducción en su población por diversas causas, hasta el punto que barrios enteros quedaron despoblados e incluso desaparecen como fue el de Picadueñas. Y la ciudad no vuelve a crecer en su perímetro urbano hasta la segunda mitad del XIX con la creación de un barrio en la finca denominada Vallesequillo, el conocido más tarde como Mundo Nuevo. Sin embargo, el creciente auge en el comercio del vino hace que numerosas familias enriquecidas con dicho negocio comiencen a edificar buenos edificios a extramuros para su residencia. Magníficas casas y palacios van surgiendo, entre otras, en las calles Caballeros, Pedro Alonso, Cruz Vieja, Albarizuela, Porvera, Llano de San Sebastián etc. Aparte de estas, las demás construcciones de dicha época sólo son bodegas. 


Imagen bodeguera a principios del siglo XX
Las bodegas catedrales del XIX
    El gran desarrollo en la construcción bodeguera sería a finales del XVIII, cuando Juan Hauríe tras ganar el histórico pleito al Gremio de la Vinatería que impedía almacenar vinos para envejecerlos, decide dedicar miles de metros cuadrados de superficie en un barrio ya muy degradado desde el siglo anterior como era el de San Mateo. Al ocupar estas bodegas, lugares donde hubo molinos, corralones y muladares, casas en ruina y alguna que otra calleja, impidió que el barrio se pudiera recuperar del funesto siglo XVII en cuanto a habitantes al llegar épocas de prosperidad. Calles como Valderrama, San Ildefonso, San Blas, Cordobeses, Rincón Malillo, Colores, Plaza del Cubo etc. discurren desde el final de la centuria exclusivamente entre bodegas. Otras como Justicia, Liebre, Campanillas o Cabezas sufren menos esta transformación urbana, pero ninguna de ellas se salvará de poseer algún almacenado de vinos. Ello ocurre también aunque en menor medida en collaciones de San Marcos y San Juan. Tampoco se escapa a esta vorágine el exterior de la vieja muralla almohade, en la calle que hoy conocemos como Muro. Entre sus torreones y lienzos también se adosan nuevas bodegas. Todo ello hace que, ante las numerosas peticiones hechas al Cabildo por los curas de las collaciones afectadas para que paren las nuevas construcciones de intramuros, el Ayuntamiento se vea obligado en 1794 a tomar un acuerdo encaminado a proteger estas collaciones de la preocupante despoblación que están sufriendo, por lo que pide al corregidor el cese en la construcción de nuevas bodegas y proponiendo se hagan en las zonas de extramuros. 

Cinturón industrial


      A mediados del siglo XIX la industria vinícola jerezana es ya imparable, el negocio sigue creciendo y nuevas firmas aparecen en el panorama económico local, cada una de ellas va ampliando su parcela de negocio y ganando nuevos mercados. Es entonces cuando comienza a surgir un cinturón industrial de enormes naves bodegueras alrededor de todo el perímetro de la ciudad. En calle Lechugas, tierras que un día pertenecieran a la Orden Militar de Santiago, Ruiz Hermanos levanta su complejo bodeguero. En la zona de Capuchinos las firmas Paúl y Wiliams & Humbert. Pemartín, Wisdom & Warter y Valdespino en la Manga del Toril, hoy calles Pozo Olivar y Pizarro. En la de Lealas Sánchez Romate. En el Ejido, actual zona de Madre de Dios, las de Díez Hermanos y Vergara-Gordon. Entre las calles Arcos y la antigua Huerta de Terry el acaudalado Manuel de Misa y Bertemati compra la bodega de Fernández y González en la que además levanta una de las más grandes naves conocidas hasta entonces: La Grande, con sus 133 metros de longitud por 35 de ancho y una altura hasta entonces desconocida, baste decir que en su interior se celebraron unas carreras de caballos antes de llenarla de botas. Por su parte, el acaudalado pariente y yerno del anterior, Manuel Bertemati y Troncoso, construye a sus expensas en 1875 la anterior a la actual plaza de toros de Jerez, edificando a su alrededor una serie de cascos de bodegas algunos de las cuales todavía existen, al menos las fachadas. J.M. Rivero tiene sus bodegas en calle Valientes y absorbe en su interior otra vieja calle llamada Roalabota para, ya entrado el siglo XX, establecerse en las calles Molino de Viento y Sancho Vizcaíno. Manuel A. de la Riva y Palomino & Vergara establecen sus complejos, el primero al final de la calle Arcos y el segundo en calle Cartuja. El marqués del Real Tesoro adquiere unas magníficas naves en calle Pajarete donde instala su negocio vinatero, al igual que el gaditano Agustín Blázquez que lo hace en entre el paseo de Capuchinos y Santo Domingo. González Byass entre el Alcázar y la Alcubilla; Patricio Garvey en calle Guadalete absorbiendo dentro de sus instalaciones otra vieja calle, la de Orca. Bobadilla en los terrenos que habían pertenecido al convento de la Merced. Y más recientemente en calle Clavel lo hacen Hidalgo y Delage.; Y así un largo etcétera hasta ocupar entre todas una superficie equivalente a 38 campos de fútbol.


    Y la ciudad de Jerez siguió creciendo, pasando de una población que rondaba los cuarenta mil habitantes en la primera década del siglo XIX, a los150.000 en 1965, por lo que la expansión urbana desbordó el cinturón industrial y las bodegas volvieron a quedar dentro del casco urbano. Y ahí han seguido conviviendo en armonía con el vecindario, por una sola razón: la industria del vino no produce humos, ruidos, malos olores ni otras molestias propias de una actividad fabril. 


El ocaso del patrimonio bodeguero

    A la finalización de la década de los ochenta del pasado siglo XX fue cuando todo comenzó a cambiar. Se inició una destrucción masiva del patrimonio industrial bodeguero, entre otras causas porque que los terrenos que ocupaban se habían convertido en algo muy valioso al ser transformado en suelo residencial. Se derribaron muchas de las monumentales 'catedrales del vino' como se les ha dado en llamar o bien fueron dedicadas a otras actividades. Se desmantelaron evocadoras y bellísimas bodegas incluidos sus patios y jardines como los Wiliams & Humbert, Garvey, Agustín Blezquez o Palomino & Vergara para construir en su lugar bloques de viviendas, viales o zonas comerciales. Otras circunstancias socioeconómicas como la salvaje huelga del sector de la vid de 1991, la expropiación del grupo de Rumasa en 1983, así como determinados intereses en los que no vamos a entrar, aceleraron el proceso destructivo de esta singular arquitectura bodeguera cambiando por completo la fisonomía de la ciudad, e incluso hasta el singular aroma de su aire. A cambio se construyeron otros nuevos y grandes complejos bodegueros en la zona sur como Las Copas de González Byass o Bodegas Internacionales de Rumasa al sur. Al oeste las del Grupo Estévez y La Mezquita de Domecq. Otras nuevas bodegas como Bobadilla en la carretera de Sanlúcar y Croft en la de Circunvalación, no han durado como tal más de cuarenta años, actualmente están vacías y en espera de la correspondiente reutilización del suelo que ocupan. 

Moderna bodega del grupo Estevez



Fuentes: González Gordon M. Jerez - Xerez - Sheris, Imp. Padura, Jerez 1935. De las Cuevas, Jesús y José, Vida y milagros del vino de Jerez. Editorial Sexta, Jerez 1979. Julian Jeff, El vino de Jerez, Servicio de publicaciones de la Universidad de Cádiz, Cádiz 1992. La construcción de la ciudad bodega. Jerez, siglo XIX Tesis Doctoral del arquitecto José Manuel Aladro Prieto (a quien agradecemos su asesoramiento), Sevilla 2012.

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