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Viejo puente de Cartuja


El viejo puente de Cartuja


     En el año 2006 fue inaugurado el moderno puente que en la carretera de Medina cruza el río Guadalete una vez se rebasa el monasterio de la Cartuja y que sirve de inicio a la autovía Jerez-Los Barrios. Al ver tan magnífica obra de ingeniería en la que se han utilizado las más modernas técnicas y materiales para que pueda soportar intenso tráfico  y pesados tonelajes, no tenemos más remedio que asombrarnos al ver como el otro, el viejo puente de Cartuja, construido hace siglos para que por él pasaran carretas, caballos y caminantes, haya soportado firmemente hasta nuestros días, no sólo el paso del tiempo, sino la pesada maquinaria de los actuales.

     Su magnífica y sólida construcción de sillería está compuesta por seis grandes arcos en su parte central y otros seis más pequeños en sus extremos. Antes de su edificación, parece ser que existían en el lugar unas especies de alcantarillas por las que circulaba el agua del río, pasando el  camino por encima de ellas. Claro que en épocas muy lluviosas no había más solución que pasar en barca, ya que el caudal del río desbordaba por completo el vado. Sobre la construcción de este viejo y entrañable puente son escasas las fuentes documentales de que disponemos si exceptuamos los recientes trabajos del investigador Manuel Romero Bejarano. El historiador Portillo dice que se comenzó a construir por orden del Ayuntamiento de Jerez en 1563, siendo rematado en 1591. Sin embargo, hemos encontrado noticias referentes a un acta capitular, en la que consta que en 1527 se le paga la tercera parte de 12.000 maravedíes que le correspondían cada año  a un tal Fortún de Ximénez, por la maestría de fabricar un puente en el vado de Medina.
        
     El viajero ilustrado Antonio Ponz en su Viage de España (sic), coincide en la misma época, ya que al referirse a este puente apunta que su construcción fue bajo el reinado de Felipe II.

     En 1755 este puente, al igual que muchos edificios de nuestra ciudad, sufrió los efectos del famoso terremoto de Lisboa, quedando en condiciones muy precarias. Por esta causa, dos años después, se hace un proyecto de reparación, cuyo coste se eleva a 918.525 reales de vellón. Para proveer dicho importe, se promulga una real disposición que obliga a contribuir a todos los pueblos existentes en 20 leguas a la redonda, siendo la ciudad de Cádiz la que aporta la mayor contribución. Esta fue de 115.776 r. v.. La aportación de Jerez fue de 29.770 r. v..

     Pero a pesar de todo,  numerosos serían los problemas e inconvenientes que habría de encontrar esta necesaria reparación, ya que no es hasta cinco años después cuando definitivamente se inician las obras de consolidación de este importante paso. En esta ocasión se designa para dirigir los trabajos al entonces arquitecto mayor de Cádiz, Torcuato Cayón de la Vega, autor de la magnífica cúpula de la Catedral de Jerez.

 .   El antes citado historiador Portillo nos da cuenta también del denominado Ventorrillo de la Cartuja, situado junto a este puente. Dice en sus Cartas a don Bruno Pérez, que es raro el día en que no haya en el mismo alegría, bromas y baile con la viveza propia de esta tierra andaluza con pandereta,  guitarra y castañuelas. Portillo también nos describe una clientela compuesta por contrabandistas que van y vienen a Gibraltar a lomos de buenos caballos, adornados con gallardos arreos, entre los que no faltan un par de trabucos. Añade también, que poseen caudal inagotable de canciones y romances antiguos sobre los moros y que con ellos aligeran sus continuas fatigas. Dicho ventorrillo permanece actualmente en el mismo lugar en la margen izquierda del río, habiendo sido reformado y modernizado tal como requieren los tiempos modernos. Se conserva aunque transformado, la casa pósito de un antiguo molino hidráulico para la fabricación de harina, el cual fue construido durante el último tercio del siglo XVI por el municipio. Presenta en su fachada los escudos de la ciudad y una inscripción referente a su conclusión en 1592

     Por último y antes de terminar, vamos a dejar que hable de este lugar un poeta jerezano-musulmán llamado Del qadi de Sharis Ben Lubbal, quien en el siglo XIII, con motivo de unas fiestas que tenían como escenario nuestro histórico río y, en las que era costumbre hacer navegar corriente abajo multitud de pequeños barquitos con velas de colores encendidas, decía esto:

  “Mira, ¡por vida mía! Los barcos que se lanzan a la carrera, como corceles que vienen uno tras otro.
  “El cuello del río estaba antes desnudo; mas ahora, en la tiniebla de la noche, está lleno de alhajas.
   “Las luces de las candelas brillan como luceros, y sus reflejos parecen lanzas hundidas en el río.
  “Los barquitos huyen, con los pies de sus remos, de los bajeles que avanzan, con el ala de sus velas, como escapa la liebre temerosa del halcón.”

     Hasta aquí la historia. Hace años que al venerable y entrañable Puente de Cartuja, cual laborioso y viejo artesano, le llegó su bien merecido retiro. En la última década, un joven sólido, fuerte, ancho y vigoroso, hijo de la moderna tecnología del acero y del hormigón, ocupa  el puesto que con todo mérito y dignidad mantuvo durante siglos el viejo puente de piedra.

      A su sombra y bajo sus ojos de color turquesa, ¡cuántas veces llegamos a rememorar las gestas heroicas de esta bendita tierra! La fecunda y calenturienta imaginación juvenil, del todo apasionada por la historia, nos llevaba vivir cada tarde la angustia de don Rodrigo traicionado por don Oppas con el trágico espectáculo de un ejército aniquilado y un reino perdido. Al dejar volar nuestra mente, no podíamos evitar ver también a las huestes de un Abu-Melek derrotado, emprendiendo una penosa retirada hacia el Estrecho; mientras, el caballero Diego Fernández Herrera, herido de muerte, cabalgaba por el camino del Baladejo hacia su casa de la plaza del Mercado. Y es que la placidez de aquellas tardes de verano después de un reconfortante y prohibido baño en las limpias aguas del Guadalete, nos permitía viajar por la historia a bordo de la más hermosa máquina del tiempo que jamás se hubiese creado: nuestra imaginación.

     Ahora el entrañable y viejo puente ha vuelto de nuevo a ser paso de niños, de hombres, de carretas y de borriquillos. Ahora se ve mucho más hermoso si cabe. Ya no es puente, ahora es monumento querido y mucho más, ahora es  pórtico y arco triunfal de las tierras de la Aina.

De mi libro Alrededor de Jerez

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