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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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Aquel colegio de las Carmelitas de Jerez



Si mal no recuerdo, cuatro han sido los centros de enseñanza regidos por congregaciones religiosas femeninas que desaparecieron de nuestra ciudad en las últimas décadas. El Servicio Doméstico en el Arroyo, las Oblatas en San Benito, el Santo Ángel en la Tornería y las Carmelitas en San Marcos, Este último me voy a permitir evocarlo por el hecho de haber sido mi primer colegio y el de muchísimos jerezanos.

Su fundación
Ubicado en dos grandes casas contiguas separadas por un patio que ocupaban toda una manzana entre las calles Compañía y San José con fachada principal frente al templo de San Marcos, el Colegio de las Carmelitas en el que tantos cientos de jerezanos aprendimos nuestras primeras letras e hicimos nuestra Primera Comunión, permaneció en ese lugar entre los años 1905 y 1970. Centro de enseñanza regido por las Hermanas Carmelitas de la Caridad, una congregación religiosa fundada por santa Joaquina de Vedruna cuya misión era la de atender a enfermos y menesterosos.

Las primeras religiosas de esta congregación que llegaron a la provincia de Cádiz en 1860 fueron diez monjas enfermeras que se establecieron en San Roque con la misión de atender a los heridos de la guerra en Marruecos comenzada en octubre de 1859 ante la amenaza de las cábilas rifeñas de invadir Ceuta y Melilla. Acabado dicho conflicto, las hermanas pasaron a prestar sus servicios humanitarios en el Hospital de Mujeres de Cádiz. Posteriormente fundaron diversos colegios tanto en la capital como en el Puerto de Santa María y Jerez, ante la apremiante necesidad de centros en los que impartir educación a niños y sobre todo niñas de las clases más desfavorecidas donde escasamente llegaba la instrucción pública. Estas monjas se establecen en Jerez el año 1869, abriendo un colegio para niñas en el entonces deshabitado desde 1835 Convento del Carmen. De allí y bajo los auspicios de la caritativa dama Juana de Dios Lacoste se trasladaron en 1885 al palacio de Ponce de León propiedad de dicha señora, hoy colegio y comedor de el Salvador en la calle que lleva su nombre, donde continuaron su labor docente así como con la denominada “Cocina Económica” en la que dar alimento a los necesitados y que doña Juana de Dios mantenía a sus expensas. Ese mismo edificio fue donado en testamento por su hijo Luis de Ysasi al Ayuntamiento de Jerez para centro de enseñanza. El 8 de marzo de 1905 las Hermanas Carmelitas se trasladan al edificio de San Marcos, y son las monjas de la Caridad de San Vicente de Paúl las que se hacen cargo tanto del centro de enseñanza como del comedor para pobres.

Un día de 1948
Al colegio de las Carmelitas de Jerez llegué en septiembre de 1948 de la mano de mi madre vestido con uniforme azul de marinerito. Eran tiempos aciagos, nuestro país aún no se había repuesto de aquella tragedia que lo asoló durante la Guerra Civil. Una época de penuria económica, escasez, hambre, racionamiento y estraperlo.  El día 18 de  agosto del año anterior la terrible explosión de un depósito de minas submarinas almacenadas en Cádiz hizo saltar por los aires a una buena parte de esa ciudad, arrasando completamente el barrio de San Severiano y provocando la mayor catástrofe de su historia. Hubo cientos de muertos y más de 5.000 heridos. La tremenda detonación se sintió en Jerez con gran intensidad, produciendo la ruptura de muchísimos cristales y provocando una gran alarma entre la población. Pocos días después, concretamente el 27, toda España lloraba la trágica muerte en la Plaza de Linares al mayor ídolo de la torería de todos los tiempos: Manuel Rodríguez “Manolete”. Cuentan que fue uno de los veranos más secos y calurosos que se recuerdan.

            Aún recuerdo las imágenes de aquel colegio. Un edificio, estimo que del siglo XIX o anterior, de aspecto serio e institucional del que desconozco su origen, pero que pudo ser anteriormente residencia de noble o acaudalada familia y que supongo sería vendido o legado por sus antiguos propietarios a las Hermanas Carmelitas para la instalación de su nuevo centro docente.

Por la puerta situada frente a San Marcos se accedía, nada más cruzar el zaguán, a una escalera situada a la derecha que conducía al piso alto en el que se encontraban algunas clases de niñas, así como un taller de costura y bordados denominado Obrador de San José, en el que jóvenes muchachas aprendían el oficio de costureras y bordadoras, donde además se confeccionaban artísticos mantos, faldones y palios para las imágenes de las dolorosas de nuestra Semana Santa, así como otras vestiduras y ornamentos sagrados. También recuerdo que se elaboraban allí las obleas que luego se convertirían en hostias consagradas.

            Desde el antes citado zaguán y, a través de un primer patio, se accedía a un segundo. Un patio con naranjos y arriates en los que crecían verdes enredaderas, moradas buganvillas y blancos jazmines. También había una gruta con una imagen de la Virgen de Lourdes con una fuente. Justo al lado de la gruta se abría la puerta de una pequeña y preciosa capilla.


También en la planta baja estaban las clases de los niños además de otras aulas para niñas que eran educadas gratuitamente. Estas niñas, procedentes de clases necesitadas no pagaban mensualidad ni llevaban uniforme, sólo un babi blanco que cubría sus humildes ropas. Las mismas no entraban al colegio por la puerta principal, sino que lo hacían directamente por una lateral que daba a la calle San José, la misma por donde también accedían los niños. Desde luego que no voy a entrar en este asunto que hoy sería calificado como discriminación, pero entonces era así y todo el mundo lo daba por bueno, es más, supongo que los padres de estas niñas estarían muy agradecidos a las monjas por escolarizarlas y darles una buena enseñanza de forma gratuita en unos tiempos en los que la instrucción pública no alcanzaba a todos y menos a las niñas. Lo cierto es que la pequeña cuota mensual que pagaban unos, servía para que aquellos que no tenían nada recibiesen la misma enseñanza aunque lo hiciesen en clases separadas. Para comprender esto hoy sería preciso ponerse en la mentalidad de la época.

            A pesar de los años transcurridos, llevo grabado en mi memoria el rostro de la Hermana Carmen, nuestra tutora. Su sereno semblante, su cara aterciopelada y su grave aunque dulce voz, me quedaron impresas para siempre en ese lugar de la mente donde se deben almacenar los recuerdos más sublimes de la infancia.

Nuestra clase estaba presidida por una imagen del Niño Jesús de Praga, cuya devoción nunca he olvidado a pesar de los años transcurridos. Hasta el punto que cuando en el año 1999 visité por primera vez la capital de la República Checa, sacrifiqué una tarde de nuestra estancia turística allí, tratando de encontrar el templo donde se veneraba. Mi esposa y yo preguntamos y preguntamos haciéndonos entender como buenamente podíamos, chapurreando francés, inglés y hasta por señas sin que nadie nos entendiera ni supiera darnos norte.  Por fin, después de mucho indagar pudimos encontrar la iglesia de Santa María de la Victoria, y postrarnos a orar ante la pequeña imagen del Niño Jesús que allí se venera desde 1628, año en el que una dama, María Manrique de Lara, casada con el canciller de Bohemia lo llevó allí desde España.


El final de una larga etapa
Pues bien, un día, a finales de 1970, al pasar por mi antiguo colegio vi un letrero sobre el dintel de la puerta que decía: “Colegio San Juan de Ávila”. Supe después que aquellas Hermanas Carmelitas, después de más de un siglo en Jerez, se habían marchado para siempre y aquel colegio estaba ahora en manos de una nueva congregación religiosa. Resulta que unos meses antes, en junio de ese mismo año de 1970, dos monjas de la congregación de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón llegaron a Jerez procedentes de Barcelona para ver la posibilidad de ocupar aquel Colegio que cerraba sus puertas para ellas continuar en el mismo su labor docente, como así lo hicieron

            De esta manera, el día 4 de noviembre de aquel mismo año de 1970 un grupo de ocho hermanas de la congregación antes citada vinieron de Barcelona para tomar el relevo de las Carmelitas con la mayor de las ilusiones, en la seguridad de que su obra docente en nuestra ciudad daría en un plazo no muy lejano los frutos deseados.

Pero el paso del tiempo no perdona a nadie, tampoco a las viejas edificaciones. Aquella casa de más de dos siglos de antigüedad se caía de puro viejo, por lo que la seguridad de los alumnos no estaba garantizada. Ante tal circunstancia las monjas llegaron a un acuerdo con el empresario José María Ruiz Mateos para la permuta de aquel viejo caserón por unos terrenos en Montealto a fin de edificar uno nuevo. El viejo colegio de las Carmelitas fue derribado y en su lugar se alza desde entonces un edificio de viviendas.


                                                                                                 Antonio Mariscal Trujillo
Fotos: Archivo de Antonio Mariscal y Manuel Román

BREVE OJEADA AL JEREZ DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

Considero que es uno de los períodos más interesantes en la historia de Jerez, dado que de ese tiempo parte la fisonomía de la ciudad y del centro urbano que ha llegado hasta nosotros. Es una época en la que Jerez deja de ser una ciudad anclada en un pasado ya añejo, “ciudad convento”, como la denominan algunos historiadores, para pasar a ser una ciudad agroindustrial con grandes transformaciones urbanas y sociales.

Dicho siglo comenzó de una manera trágica con la terrible epidemia de Fiebre Amarilla de 1800 que llevó a la tumba a miles de jerezanos, así como la invasión napoleónica, diez años después, que dejó a la ciudad en la ruina. Ello no fue óbice para Jerez se fuera poco a poco recuperando de aquellos aciagos tiempos. Avanzada la centuria y tras la desamortización de Mendizábal en 1835 muchos conventos quedaron deshabitados. Años  más tarde algunos de ellos son derribados y convertidos en plazas públicas, tal es el caso de las del Progreso, Veracruz, Doña Blanca o del Banco. Se construyen numerosas casas señoriales de bellas portadas y surgen nuevos barrios como el de Mundo Nuevo. También los arrabales de San Miguel y Santiago se pueblan cada vez más hasta el punto de acoger a una gran parte de la población. Baste con decir que el área que abarcaba entonces la parroquia de San Miguel llegó a tener más habitantes que todo el resto de la ciudad. Con el auge del comercio de nuestros vinos se va construyendo un cinturón industrial de cascos bodegueros que envolverá por completo a la población y convivirá con ella en plena armonía hasta el último tercio del pasado siglo XX. Y el negocio del vino va tomando auge inusitado, hasta convertirse en la primera fuente de divisas por exportación de nuestro país, generando a su vez grandes capitales sólo comparables con los que producía la industria textil  catalana.

Son derribadas las cuatro puertas de la muralla por considerarlas ya inútiles y entorpecer la comunicación con los barrios de extramuros, quedando consolidada como zona céntrica y comercial, entre otras, las actuales zonas de Plateros, Consistorio, Algarve, Larga, San Francisco, Arenal y Cristina. En 1829 se hace un proyecto para la construcción de un “camino de hierro” hasta el Portal, línea férrea que pudo haber sido la primera de España, aunque debido a diversas circunstancias no se pudo materializar hasta 1854 con la línea Jerez - Puerto de Santa María - Trocadero. Se hacen buenas obras de urbanización, con empedrado y alcantarillado, así como la instalación en 1847 de alumbrado público en las calles y plazas del centro urbano con farolas alimentadas por gas. Bajo la presidencia del ilustre marino Francisco de Basurto y Vargas, se crea la Sociedad Económica de Amigos del País, con cuyo patrocinio se ensayan con éxito nuevos cultivos como el arroz  y la patata, promoviendo el desarrollo de las artes y la cultura así como la edición de periódicos ilustrados.

     Pero, ¿cómo era la ciudad de nuestros tatarabuelos? Comencemos dando unos retazos de aquel Jerez de entre siglos. Para ello veamos lo que dicen algunos viajeros ilustrados que a modo de reporteros de la época nos lo cuentan. Así Juan A. Estrada en su obra Población de España dice:

        Xerez de la Frontera, ciudad grande y hermosa sobre las riveras del Guadalete, en un terreno fértil y bien cultivado con buenos árboles, cercada de murallas, con calles anchas, limpias y de buen piso, una plaza grande, una casa Ayuntamiento, una insigne colegiata donde reside un vicario general del Arzobispo de Sevilla, y una Sociedad Económica”.

        Otro viajero, el famoso Antonio Ponz, en su obra Viage a España (sic) publicada en 1794, dice entre otras cosas:

         Al instante que entré en Jerez, conocí lo que puede un magistrado celoso y activo; comparando sus calles actuales con lo que eran antes; esto es, barranco de inmundicias y albañales casi todas ellas. Por lo mismo que las calles de la ciudad son anchas y espaciosas, mejor que las de otras principales ciudades de Andalucía, era mayor la incomodidad de andarlas en tiempos lluviosos; ahora son verdaderamente cómodas y magníficas, con sus ánditos de losas a los lados, mejores que los de esa corte, de modo que cuando estén todas concluidas y empedradas en la forma que las hechas hasta ahora, será Jerez, por este término, una de las más lindas ciudades de dentro y fuera de España, y tendrán motivo sus vecinos de acordarse del señor don José Eguiluz, su actual corregidor.

       Sin embargo unos años más tarde el vicecónsul inglés en la ciudad, Jorge W. Suter, escribe todo lo contrario. Dice que Jerez es un pueblo grande y destartalado, que no existen coches de alquiler, solo particulares y muy anticuados. Ninguna calle tiene alcantarillado, pavimento ni alumbrado. Cuando llueve el lodo llega a media pierna por lo que es difícil atravesar las calles, sobre todo de noche por la absoluta falta de alumbrado; por lo que se hace preciso que un criado vaya delante con un farol en la mano y un garrote en la otra para protegerse de atracos.

      De todas maneras diremos que, como bien escribe A. Ponz, durante la época del corregidor Eguiluz, a finales del siglo de las Luces, fueron muchas las obras de saneamiento y empedrado que se llevaron a cabo en Jerez, por lo que puede deducirse alguna parcialidad o animadversión del vicecónsul inglés hacia nuestra ciudad. Lo que sí podemos tener por cierto es que las viviendas de la gente modesta eran en su mayoría lóbregas, húmedas y faltas de ventilación, dado el trazado angosto de las calles del casco antiguo. Casi todas las casas solían tener patio que servía de desahogo y ventilación; pero, por otro lado, el hacinamiento de familias numerosas en una o dos habitaciones, la falta de agua corriente y de servicios higiénicos favorecería la transmisión de enfermedades.

 La vieja muralla con casas adosadas a uno y otro lado seguía envolviendo a lo que fue la ciudad islámica. Y en la zona de extramuros seguían creciendo los populosos barrios de San Miguel al Este y el de Santiago al Oeste, además de los de La Santísima Trinidad y San Pedro. Es precisamente en esa época cuando, debido al gran auge de nuestra industria vinícola, se comienza a construir un gran cinturón industrial compuesto por grandes naves bodegueras que irán reemplazando a las antiguas de intramuros  mucho más pequeñas y con planta alta para guardar el grano.

           En el capítulo educativo, se comienzan a crear escuelas gratuitas para niños y niñas hasta ese tiempo casi inexistente, ensayándose nuevos sistemas pedagógicos sobre la memoria y la lectura en la llamada Escuela de Estudios Mutuos instalada en el palacio de Villapanés. Mediante el testamento del bodeguero Juan Sánchez de la Torre se crea un Instituto de Humanidades, el cual se transformaría años más tarde en Instituto de Segunda Enseñanza, hoy P. Luis Coloma. En el ámbito sanitario se proyecta la reunión de los cuatro pequeños hospitales de la ciudad en un Hospital Municipal, el de la Merced, más tarde llamado de Santa Isabel, mucho más amplio y mejor dotado que los anteriores. También se introducen notables mejoras en la Casa-cuna. Por aquel tiempo se adapta el que fuera convento de Belén para cárcel de la ciudad,  derribándose la establecida en la plaza de San Dionisio o de Escribanos. El historiador Portillo nos dice que una vez terminadas las obras de adaptación, esta cárcel podía contarse entre las mejores de Andalucía por su embaldosado, aseo, amplitud y vistosa fachada.

Jerez contaba a mediados de la centuria con una población de derecho de unos cincuenta mil habitantes, los cuales habitaban en sus 40 plazas y 227 calles y callejuelas. Se suministraba del agua de numerosos pozos y aljibes particulares así como de 7 fuentes públicas. Poseía 4 relojes de campana y 625 farolas de gas para el alumbrado nocturno de las calles, las cuales eran vigiladas por 44 serenos armados.
Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en Diario de Jerez el 12 de enero de 2015


En la festividad de los Reyes Magos

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?.  Y al entrar en la casa vieron al niño con su madre María, y postrándose ante él lo adoraron.


 EN LA FESTIVIDAD DE LOS REYES MAGOS
     Poco más dice el relato bíblico de San Mateo sobre un hecho que fue  progresivamente adornado durante la Edad Media. Poco a poco y a través del tiempo los Magos se convirtieron en Reyes y se les dio los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar. Como es sabido, la tradición cuenta que los tres Reyes Magos vinieron de Oriente y que guiándose por una estrella llegaron a Belén, buscaron al Niño Jesús recién nacido y le adoraron, ofreciéndole oro como  Rey, incienso como Dios y mirra como Hombre. De ahí emana la entrañable tradición española y de otros países hispanoamericanos de ofrecer regalos a los niños en  la noche del 5 al 6 de enero, en los últimos tiempos compitiendo con la introducción del Papá Noel en las costumbres navideñas debido a la influencia de otras culturas del norte de Europa y sobre todo anglosajonas.

Juguetes, golosinas y ropa de abrigo
Con respecto a nuestra ciudad, me he permitido buscar en diversos números de los primeros días de enero de finales del siglo XIX y primera década del XX del viejo periódico El Guadalete, para ver que decían de esta tradición en sus páginas. Salvo algunos anuncios de establecimientos como el del Sr. Gutiérrez en la calle Algarve 8 y 10 del que vemos cada año anuncios en vísperas de Reyes, en los que se puede leer que hasta el día de 6 de enero mantiene su exposición de juguetes con precios fijos y al alcance de  todas las fortunas, no encontré ninguna noticia o evento relacionado con la festividad, a no ser algún baile en el Casino Jerezano e incluso, extrañamente,  algún otro de máscaras. También hay noticias de que el Sr. Luis de Ysasi, prócer jerezano que legara a nuestra ciudad su finca de El Retiro, regalaba el día de Reyes, en los albores del pasado siglo, ropa y juguetes a una relación de  niños necesitados de la ciudad.
Ya en tiempos de la II República hallamos noticias en prensa de la entrega de juguetes, ropa de abrigo y golosinas en algunos colegios de  nuestra ciudad con motivo de la festividad de Reyes, concretamente en el colegio que estaba situado en el interior del Real Alcázar, del que era protector y principal bienhechor el Sr. Salvador Díez, quien a sus expensas se encargaba de adquirir dichos  regalos. Cercano a este centro, en la Maternal de calle Armas, también en dicho tiempo y a cargo del Ateneo se regalaban juguetes y ropas a los escolares.


 Cabalgata de Reyes, un poco de historia
En cuanto a la tradición de una cabalgata para anunciar la llegada de los Reyes Magos es muy antigua, la misma se remonta al año 1866 cuando en la ciudad alicantina de Alcoy se organiza la primera cabalgata de reyes de las que se tiene noticia en España. En Jerez no sería hasta el año 1923 cuando sus calles vieran por primera vez el paso de una Cabalgata de Reyes. La cual, al igual que en Sevilla que la venía haciendo desde 1918,  era el Ateneo quien se encargaba de su organización, con el único afán de llevar regalos e ilusión a los escolares más necesitados. Tanto el coste de los juguetes a comprar que, según las normas había que hacerlo a comerciantes de la ciudad, así como los gastos de la cabalgata eran obtenidos a base de donaciones particulares que el Ateneo se encargaba de recaudar, también se obtenía alguna pequeña ayuda del propio Ayuntamiento. Ni que decir tiene que aquellas cabalgatas eran de lo más austero y en nada parecido a las de ahora, desde luego sin carrozas, ni camellos. Según nos cuenta Pepe Castaño en su precioso libro sobre los Reyes Magos, el cortejo que acompañaba a sus Majestades de Oriente en aquellas primeras cabalgatas lo abría una banda militar de cornetas y tambores, tras la misma, una serie de figurantes disfrazados de egipcios y árabes, nada más.
Con el advenimiento de la Guerra Civil el Ateneo Jerezano quedó prácticamente inactivo, sus comisiones desaparecieron y con ellas la encargada de organizar la cabalgata. Acabada la contienda se hicieron algunos actos aislados organizados por el Frente de Juventudes con motivo del día de Reyes, tales como un concurso de dibujo infantil, una velada teatral o un concurso literario sobre este tema. También a mediados de aquella década de los cuarenta, aparece en la prensa la noticia que unos magos disfrazados habían desfilado por el centro de Jerez. Poco más hemos podido encontrar en hemeroteca. Será en el año 1949 cuando de nuevo se restablezca la Cabalgata de Reyes, en la que mi viejo y recordado amigo José María López-Cepero representó al rey Baltasar junto a Juan Manuel Rodríguez Almodóvar y Alberto González de la Peña. En dicha ocasión los reyes desfilaron montados en sendos caballos. Por cierto, el Ayuntamiento no participó aquel año aduciendo que no tenía dinero.
Evocación
En mis recuerdos de la niñez quedaron aquellos días de la ilusión y sus juguetes. El carrito de madera hecho a mano por un carpintero amigo de la familia, el cochecito pulga que se le daba cuerda por debajo, la cabeza de caballo de cartón piedra unida a un palo, los juegos de mesa de parchís y la oca, o aquel tren de resorte al que mi padre le ponía una bombillita conectada a una pila de petaca y me decía que era un tren eléctrico. También, en los días previos a la festividad de los Reyes, recuerdo aquellos grupos niños, tan pobres que nada tenían, tiznada su cara con un tapón de corcho quemado, pidiendo a coro por las calles unos céntimos para poderse comprar algún juguete. Eran los llamados “Tostaíllos”. Y lo hacían con tal gracia bajo los balcones de las casas que casi siempre les caía alguna moneda. Cantaban esto:
Somos cuatro tostaíllos que venimos a dar el tostooón
A la doña, doña Juana, la que está en el balcooón.
Una perra pá jabón, pá quitarme los churreeetes.
Pero quizás el recuerdo más entrañable es para mí, sin duda, aquella noche de Reyes cuando, tras la cabalgata, nos acostábamos muy pronto después de dejar los zapatos detrás de la ventana, “no sea que los reyes vayan a venir y estéis despiertos y se marchen sin dejar nada” nos decía mi madre. Digo mi madre porque mi padre no estaba en casa. Y es que él junto con otro amigo y mi padrino se encontraban en Casa Brotons disfrazándose de rey mago. De esa guisa alquilaban un coche de caballos en la Alameda Cristina y se dedicaban a ir casa por casa de los 18 ahijados que tenía mi padrino, Antonio Barrones se llamaba. Creo que Antonio nació para ser padrino, lo fue también de mis dos hermanas, y no de alguno de mis hijos porque cuando nacieron ya al pobre le había tocado marcharse para siempre. Pues bien, aquel alegre trío se pasaba toda la noche de reyes visitando las casas de ahijados y amigos, despertando a los niños y entregándoles sus regalos en la propia cama.
Pum, pum, sonaba el llamador de la puerta. ¿Quién es? Somos los Reyes, se oía desde la calle. Y nosotros que no habíamos podido conciliar el sueño hacíamos como que dormíamos y nos tapábamos la cabeza. Ni que decir tiene cual era la sensación que nos causaba aquella “visita real”. Habría que ver nuestros semblantes ante aquellos magos, no sé si era una mezcla de ilusión y de miedo a la vez, que sólo se desvanecía cuando los oíamos salir por la puerta y éramos dueños de todo el tesoro. Como es natural y por descontado,  en cada casa que “sus majestades” visitaban siempre caían una o dos copitas de aguardiente para acompañar un pestiñito o un polvorón, por lo que al terminar la “faena”, ya a las claras del día, la que “sus majestades” llevaban encima podría ser de acera a acera, circunstancia de la que no estaba excluido el cochero, que por descontado no se mantenía al margen de las generosas invitaciones. Mi padre, al que siempre le tocaba ir de rey negro, frecuentemente recordaba aquello como los mejores momentos de su vida, y yo los guardo en lo más profundo de ese lugar del corazón donde se conservan los recuerdos más queridos.
Hoy, cuando veo esos muñecos gordinflones de barba blanca, vestidos de rojo con los que algunos pretenden sustituir nuestra ancestral tradición y que por descontado gozan de todos mis respetos, pienso que los que todavía seguimos creyendo en los Reyes Magos de Oriente somos unos afortunados.
Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en mi sección "Jerez en el recuerdo" de Diario de Jerez el día 5/1/2015

EL ANTIGUO HOSPITAL MUNICIPAL DE SANTA ISABEL DE JEREZ



Estos días el Instituto de Enseñanza Secundaria Santa Isabel de Hungría celebra sus bodas de plata como centro docente. Los jóvenes alumnos que allí cursan sus estudios posiblemente nunca se hayan parado a pensar que una vez su gran patio, su regia escalera y los viejos muros que aún se conservan del antiguo monasterio de la Merced fueron antaño mudos testigos de una buena parte de la historia de Jerez. Una historia de de enfermedades, de sufrimiento, de dolor, de llanto y muchas veces de muerte. También, cómo no, de asistencia ejemplar, de éxitos médicos, de curaciones y de gozosos nacimientos. Por ello sería conveniente dar un repaso a su historia aunque sea de forma concisa.
Su puesta en marcha
Tras varias y terribles epidemias de Fiebre Amarilla y Cólera Morbo que afligieron a nuestra ciudad llevándose a la tumba a miles de ciudadanos, por fin, el 26 de septiembre del año 1841 tras varios meses de obras de acondicionamiento fue abierto el nuevo Hospital Municipal de Jerez para la asistencia exclusiva de hombres, ampliándose cinco años más tarde para mujeres. Denominado de la Merced, al estar ubicado en las dependencias que fueran convento de los Padres Mercedarios,  propiedad que era del Municipio desde 1835 a resultas de la Desamortización de Mendizábal. Hemos de decir que, con la apertura de dicho establecimiento hospitalario es superado en nuestra ciudad el concepto de hospital de caridad dependiente de asociaciones piadosas imperante desde tiempo inmemorial, para convertirse en derecho ciudadano al ser sostenido con los fondos públicos del Ayuntamiento y del Estado. Por razones lógicas del espacio disponible en esta sección me van a permitir saltar todo un siglo en su historia para situarnos en los años que siguieron a la Guerra Civil española.
La lucha antituberculosa
La mayor plaga sanitaria en aquellos tiempos era sin duda la tuberculosis, la cual a veces se cebaba en familias enteras. Agravada por la miseria y las malas condiciones higiénicas, obliga a las autoridades locales de 1937, tras  las órdenes recibidas por parte del Gobierno Civil de Cádiz, a crear en Jerez el denominado Patronato Nacional Antituberculoso a fin de luchar contra la alarmante propagación del bacilo y prestar asistencia a los afectados. Se crea para ello un Dispensario Antituberculoso, el cual en un principio se establece en la plaza del Carbón para luego trasladarse al nº 1 de la plaza de Santa Isabel,  nombrándose director del mismo al Dr. Juan Vega y López Soldado. En el mismo edificio se instala además otro dispensario: el Antivenéreo, que junto al  Antipalúdico de la calle Lechugas ayudarán a luchar contra estos males. De esa manera  se intenta dar respuesta a los tres mayores problemas sanitarios que azotaban a  nuestra ciudad.
Los penosos años de la posguerra
Por lo que respecta al Hospital Municipal fueron muy penosos en los tiempos de la posguerra. Del triste panorama de hambre, miseria y desolación que envolvió a nuestro país no se libró este centro. Algunas personas que allí trabajaron en aquellos años y a las que llegamos a conocer fueron testigos de aquel sombrío panorama sanitario. Salas abarrotadas de enfermos graves con escasísimos medios para atenderlos. Faltaba comida, faltaban medicamentos, faltaba instrumental, faltaba jabón, apósitos, desinfectantes; faltaba de casi todo. Por decenas se podían contar los pobres desgraciados que aquellos aciagos días llegaban a las puertas del Hospital desnutridos y moribundos, víctimas de disentería, tifus exantemático, tisis, escorbuto, infecciones y otras muchas enfermedades propias de la carestía y la pobreza imperante.


Hacia un hospital moderno         
       En 1948, nueve años después de acabar la guerra, se inicia la última etapa en la vida de nuestro viejo hospital. Como decíamos antes, los  años de la posguerra y sus secuelas de hambre y enfermedades habían creado una situación que se transformó en caótica por falta de recursos. Por ello, la Comisión de Beneficencia Municipal decide acometer una profunda reforma en aquel centro hospitalario. Se procede a elaborar un nuevo reglamento interno y a dotar al centro de mejores recursos económicos. Los cambios que se operan son muy profundos y a la vez novedosos, tanto es así que se mantuvieron inalterables hasta su cierre un cuarto de siglo después. Se nombra entonces a un administrador con categoría de funcionario municipal, cargo que recayó sobre el Sr. Segismundo Sañudo Romano,  el cual ejercerá además como jefe de personal. A las monjas de la Caridad se les exige formación sanitaria, estableciéndose un servicio médico de guardia. Se organizan, además, turnos y horarios de visitas para familiares regulados por pases y tarjetas, y se reorganizan los servicios de Medicina Interna, Cirugía, Toco-ginecología, Pediatría, Urología, Radiología, Anestesia y Transfusiones.

Al objeto de superar el alarmante deterioro que el edificio y su mobiliario habían sufrido durante los años anteriores, en 1954 se realizan una serie de mejoras que son calificadas como “trascendentales”. Se procede por tanto a montar una nueva y moderna cocina en la que se invierte la nada despreciable cifra de 500.000 pesetas. Se reforma la lavandería con nueva maquinaria que garantiza la desinfección de toda la ropa lavada. Se renuevan colchones, pijamas, sábanas, batas y mantas. Se amplía el departamento de mujeres y se mejora la sala de niños. Se pintan todas las dependencias y se procede a la instalación de una central de amplificación con un micrófono, un receptor y 22 altavoces repartidos por todo el centro así como una centralita telefónica.

           En cuanto a su capacidad, el hospital contaba con casi doscientas camas repartidas entre los servicios de Medicina Interna, Cirugía, Oftalmología, Urología, Toco-ginecología, Radiología y Pediatría. Por ese tiempo accede al cargo de Farmacéutico Municipal el Ldo. D. Lorenzo Alonso quien sustituye a D. Eduardo Ballesteros. Como hemos podido ver, y con todas las limitaciones de su tiempo, ya queda planteado el concepto de un hospital que podemos calificar como moderno para su época.  Ese mismo año de 1954 fueron 55.744 las estancias benéficas y 8.164 las de pago, con una ocupación media diaria de 175 camas. Los gastos para el Ayuntamiento en este período fueron de 2.391.241 pesetas y los ingresos de 357.241, 00. Lo que nos da una diferencia de 2.034.107 pesetas, que era lo que el Hospital le costaba anualmente al Ayuntamiento, cifra muy respetable para dicha época (*).

Ocaso y cierre
        En 1968 tras la apertura de la nueva Residencia Sanitaria “General Primo de Rivera” en la carretera de circunvalación, llega el ocaso del  Hospital de Santa Isabel, el cual pierde la hospitalización de los enfermos de la Seguridad Social y, por ende, la práctica totalidad de sus ingresos económicos que ya en aquel tiempo era la mayor fuente del centro. El Hospital de Santa Isabel queda entonces sólo para la hospitalización militar y la de Beneficencia, por lo que su mantenimiento se hace insostenible para el Ayuntamiento. Ello hace al entonces alcalde Miguel Primo de Rivera plantearse de forma muy seria el cierre definitivo del hospital. Esta intención que no llegaría a materializarse hasta 1972, fecha en la que un derrumbe precipitó su cierre.
     A título anecdótico comentar que el último concierto de nuestro viejo Hospital Municipal con la Seguridad Social estaba estipulado al precio de 125 pesetas por cama y día, estuviesen o no ocupadas (que siempre lo estaban). A pesar de ello, y teniendo en cuenta que en aquella época el salario mínimo interprofesional no llegaba a las doscientas pesetas diarias, nos puede dar una idea de las estrecheces económicas con las que funcionaba el centro, sobre todo si la comparamos con los casi seiscientos euros de coste por enfermo y día del actual Hospital General de de Jerez.
            Los tiempos cambiaron y la sanidad también cambió afortunadamente para todos. Ahora, cuando contemplamos las modernas y avanzadas instalaciones, el personal especializado, los medios, la avanzada maquinaria y los servicios de nuestro Hospital de la Seguridad Social, no podemos por menos que recordar aquel vetusto y benemérito Hospital Municipal de  Santa Isabel de Hungría.
Antonio Mariscal Trujillo
(*) Fuente: A.H.M.J.  Memoria de la Beneficencia, año de 1954. Expediente 27.307, legajo 146
Fotos: Archivo de Segismundo Sañudo Romano por gentileza de Francisco Domouso, archivo A. Mariscal y Archivo Histórico Municipal de Jerez (A.H.M.J.)
Publicado en Diario de Jerez el 1 de diciembre de 2014


DEL PASEO DE CAPUCHINOS A LA AVENIDA ÁLVARO DOMECQ

Paseo de Capuchinos a principios del siglo XX


Antigua iglesia de Capuchinos


          

Hagamos un breve recorrido por la historia del más hermoso de los paseos de Jerez: el de Capuchinos. Nombre que toma naturalmente del convento de los frailes capuchinos establecidos allí desde el siglo XVII y que antaño se iniciaba a la altura del Mamelón. Según refiere en uno de sus trabajos el ínclito historiador y archivero municipal Adolfo Rodríguez del Rivero, en el año 1784 se construyó un trozo de carretera con unas barandas de madera a ambos lados de ella en lo que hasta entonces había sido el inicio del camino que conducía a Sevilla. Sería al año siguiente cuando comenzara la pavimentación del camino de Jerez a Sevilla para convertirlo así en calzada o carretera con firme de piedra partida, para lo que se emplearon dos mil hombres divididos en varias cuadrillas. Son estas las primeras noticias escritas que conocemos de nuestro Paseo de Capuchinos. En cuanto a las antes aludidas barandas que separaban la zona destinada a la circulación de carruajes del paseo propiamente dicho, subsistieron hasta el invierno de 1810, fecha en la que una división del ejército español al mando del duque de Alburquerque en retirada hacia Cádiz, perseguida por los franceses, pernoctó allí y las quemaron para calentarse.

        En 1817 se invirtieron 1.779 reales en la plantación diversas especies arbóreas a lo largo de todo el paseo. En 1824 el Ayuntamiento recibe la orden de adecentar las entradas y salidas de la ciudad con motivo de la visita de las infantas de Portugal.  Por esta causa se efectúan importantes reparaciones para lo que se hizo necesario arrancar los árboles que se  sembraron siete años antes. La última y definitiva plantación arbórea que se lleva a cabo en el paseo que nos ocupa se efectúa 1852, siendo alcalde de la ciudad don José Barba y Mateo. Dicha arboleda, de la que aún quedan algunos centenarios ejemplares, subsistió hasta la construcción en 1957 de la actual avenida Álvaro Domecq. El historiador Joaquín Portillo, en su obra Noches Jerezanas, publicada en 1839, nos describe este paseo de la siguiente manera:

      "La entrada a la ciudad por esta parte es el ameno paseo llamado de Capuchinos, porque termina con el ex convento de esta orden. Le adornan y embellecen una porción de huertas regadas con sus respectivas norias, que con su arbolado despiden un gas tan benigno como saludable. Tiene 800 pasos de largo y se eleva no poco sobre el resto de la campiña. Principia el paseo por una glorieta o plaza circular compuesta de dieciséis ochavas, y continúa en línea recta por unos muros que forman medias lunas con sus adornos en la cúspide, casi hasta entrada de la espaciosa calle de Sevilla."

            Y ahora avancemos en el tiempo para recordar cómo era este paseo hasta la primera mitad del siglo XX, cuando se construyó la Avenida Álvaro Domecq, que dicho sea de paso recibió dos nombres antes del actual como fueron: Gran Avenida y Avenida de América. Dicha avenida, como recordaremos, la conformaba lo que era la carretera a Sevilla propiamente dicha, la cual partía desde el Convento de Capuchinos con una ancha calzada de cuatro carriles en el centro y dos laterales menores delimitados por hileras de árboles que le daban un sello muy característico. Nada más comenzar, a la derecha donde está el Consejo Regulador, se ubicaba una fábrica de harinas y, en el lado izquierdo, varios palacetes y casonas entre espesa arboleda de los que aún sobrevive Villa Elena, así como el edificio que fuera clínica del prestigioso traumatólogo Dr. José Girón Segura, centro donde dicho médico efectuara uno de los primeros injertos óseos de los que se hicieron en España. El mismo lugar donde el 10 de junio de  1948 descansara un buen rato tras su viaje el descubridor de la penicilina y premio Nobel Sir Alexander Fleming y donde a través de los micrófonos de Radio Jerez se dirigiera a los jerezanos, actuando como traductor el recordado Dr. José Arcas Gallardo.

       En los terrenos donde hoy se alza el Instituto P. Luis Coloma se encontraban los viveros municipales, hoy ubicados en el Parque del Retiro. Justo enfrente, en la acera izquierda y el mismo lugar donde hoy se encuentra una urbanización de chalets, teníamos la plana mayor de la denominada Yeguada Militar, unidad de caballería que años después pasaría al Cortijo de Vicos.

      Y vamos ahora con una anécdota curiosa. Junto a la citada Yeguada existió una finca denominada Huerta de la Verbena en la que sucedió lo que a continuación voy contar. Resulta que, a finales del siglo XIX y principios del XX, hubo en España una gran escasez y encarecimiento del tabaco con motivo de la pérdida de Cuba tras la guerra de España con los Estados Unidos, en la que sufrimos la destrucción de nuestra flota de guerra y como consecuencia nuestras últimas colonias. Ello propició enormemente el contrabando de tabaco desde Gibraltar. Por esta causa se montó una extraordinaria vigilancia en los accesos a la ciudad tanto por parte del cuerpo de Carabineros como en las casetas de arbitrios implantadas en todas las entradas a la población. Para evadir estos controles, un grupo de contrabandistas que traían sus alijos de tabaco desde Gibraltar a lomos de mulos y a través de los montes por intrincados caminos, establecieron su base en la mencionada Huerta de la Verbena, por aquel entonces lugar solitario a las afueras de la ciudad. ¿Y saben cómo introducían el tabaco en la ciudad? Pues lo efectuaban por la noche de una forma ingeniosa y nada arriesgada, lo hacían nada menos que valiéndose de perros adiestrados que transportaban en sus lomos la mercancía a diversas casas de la ciudad, así de sencillo. No he hallado noticias de que aquellos contrabandistas fuesen descubiertos.

       Ya llegando a la plaza del Caballo, como muchos recordarán, se situaba una huerta conocida popularmente como “de las lechugas”, en la que tras una visita al cementerio de Santo Domingo era casi obligado degustar sus hermosas lechugas bien enjuagadas con la fresca agua de un pozo, costumbre muy arraigada entre nuestra gente por aquellos tiempos. Recordamos también un bonito olivar donde hoy se alza Jerez-74.

            Aquel paseo de Capuchinos siempre tuvo un encanto especial. Agradable paseo bajo la sombra de su magnífica arboleda en las luminosas mañanas dominicales o en las tardes estivales, en un constante ir y venir de niños y mayores, mientras el barquillero con su bombo cargado de barquillos de canela o los vendedores del popular “pirulí de la Habana” pregonaban y atraían a los niños cual moderno Flautista de Hamelín. Y qué decir de aquellos bellos jardines de la Rosaleda, hace años lamentablemente abandonados a su suerte, con sus pérgolas, sus estatuas, sus floridos arriates y su densa y fresca arboleda bajo la cual soñaron tantas parejas de enamorados. No olvidemos tampoco aquella rústica venta de Benjamín, a la que daba la bienvenida el busto de don Julio González Hontoria, y nos invitaba a descansar y a deleitarnos con un buen refrigerio entre buganvillas y enredaderas.

El silencio, el sosiego y el canto de los pajarillos invadían todo el ambiente, solamente roto de vez en cuando por el paso de algún viejo Austin, de un ruidoso camión o el alegre trote de un coche de caballos.  En fin, una estampa bucólica de unos tiempos que quedaron en el recuerdo. Aunque dejando a un lado historias y nostalgias, es preciso reconocer que nuestra Avenida sigue siendo la más hermosa, noble y señorial de todas las que existen en la ciudad. Digno pórtico de entrada a Jerez para orgullo de propios y admiración de extraños
Antonio Mariscal Trujillo

 Publicado en Diario de Jerez el 17/11/2014

Don Juan del Junco y la Escuela Profesional de Comercio de Jerez



Hasta la implantación en Jerez, a principios de los setenta del pasado siglo XX de los estudios de Magisterio, Turismo y Derecho, la única opción para poder hacer en Jerez unos estudios técnicos superiores fue la Escuela Profesional de Comercio. Un centro prestigioso donde se formaron miles de alumnos a lo largo de más de sesenta años y que dio a nuestra ciudad y, por ende a nuestro país numerosos y notorios hombres de empresa, directores de bancos, ejecutivos, expertos profesores, administrativos, acreditados contables y economistas e incluso catedráticos de Universidad. 
La creación de la Escuela de Comercio de Jerez se debió sin duda alguna al trabajo y el empeño de un hombre llamado Juan José del Junco y Reyes. Aunque nació en Vejer de la Frontera en 1885, llegó a Jerez con su familia cuando sólo tenía diez años de edad, al ser trasladado su progenitor a esta ciudad para ocupar plaza de titular como médico de la Beneficencia Municipal. Cursó los estudios de Bachillerato en el Instituto General y Técnico de  Jerez, para marchar posteriormente a Cádiz donde ingresa en su Escuela Profesional de Comercio. En 1905 obtiene con premio extraordinario el título de Contador Mercantil y en 1909 el de Profesor Mercantil con la misma distinción.
Fue nada más volver a Jerez cuando comienzan sus esfuerzos por engrandecer a la ciudad. Cree que hay que incrementar su industria y su comercio; considera necesario aumentar las exportaciones y piensa que para todo ello Jerez necesita contar con una Escuela de Comercio que facilite la preparación de los técnicos comerciales imprescindibles para tal fin. En 1914 comienza a dar sus primeros pasos al crear la Asociación Pericial Mercantil, consiguiendo interesar al Ayuntamiento y a la Cámara de Comercio de nuestra ciudad para que ayuden a fundar una Escuela de Libre Comercio. La misma fue autorizada por el Ministerio de Instrucción Pública ese mismo año, cuyas clases de matemáticas y contabilidad comenzaron a ser impartidas por el propio Juan del Junco en unas aulas cedidas por el Instituto General y Técnico en la Alameda Cristina.
Pero su empeño en crear una Escuela de Comercio no cejaría hasta que, el 29 de abril de 1921, un Real decreto aprueba la creación en Jerez de una Escuela Pericial de Comercio, siendo designado Del Junco como vice-director y catedrático interino de Contabilidad y Matemáticas de la misma. Fue decisivo para ello el concurso de dos Diputados a Cortes por Jerez como fueron Juan Romero Martínez y Francisco Moreno Zuleta, conde de los Andes. De esta manera se logra ofrecer a los jóvenes jerezanos unos estudios profesionales de calidad que tantos buenos frutos llegarían a dar a lo largo de su dilatada existencia. Aquella Escuela fue instalada en una casa arrendada por el Ayuntamiento en calle Francos nº 30, y allí permanecería hasta 1928 que se trasladó a la calle Porvera 54, ocupando parte de lo que en su día fuese el convento de la Victoria. En 1946 la Escuela contaba con casi trescientos alumnos en sus aulas, así como cerca de un millar de matrícula no oficial.
            En 1923 Juan del Junco gana por oposición la Cátedra de Contabilidad en la Escuela Profesional de Comercio de Cádiz, donde destaca en poco tiempo como un gran pedagogo. Fruto de ello es la elaboración de su “Proyecto de Estudios de Comercio”, el cual es aprobado por aclamación por el claustro de profesores y, posteriormente, presentado en la Asamblea Nacional de Profesores de Comercio celebrada en Madrid  en febrero de 1926.
            En 1928 a petición del claustro de profesores de la Escuela, una R.O. nombra a Juan del Junco comisario regio y director de la Escuela de Comercio de Jerez, por lo que vuelve a nuestra ciudad estableciendo su domicilio familiar en el nº 4 de la calle Bizcocheros. A partir de ese momento su incansable labor le lleva a conseguir el afianzamiento institucional de la Escuela de Comercio y su ampliación material y cultural. Así llegamos a 1972, cuando la Escuela Profesional de Comercio de Jerez se incorpora a la Universidad de Sevilla como Escuela Universitaria de Estudios Empresariales, pasando cinco años más tarde a formar parte de la Universidad de Cádiz.
Por lo que respecta a don Juan José del Junco, diremos que publicó infinidad de estudios monográficos en prensa y revistas sobre temas económicos. Su trabajo titulado: El Banco Nacional Agrario de España fue premiado por la Federación Agrícola Catalano-Balear. También publicó los libros: La Banca inglesa, antecedentes históricos y estado actual (Madrid, 1930); y Tratado de contabilidad general (Jerez 1943), este último fue considerado durante muchos años como una obra básica en su género.
En su constante inquietud por difundir la cultura y, como presidente del Ateneo Jerezano, amplió su biblioteca, volvió a editar la Revista del Ateneo, potenció la organización de conferencias y creó en el seno de dicha entidad las cátedras de idiomas y ciencias. Fue académico correspondiente de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz, y estuvo en posesión de la Cruz de Alfonso X el Sabio. En reconocimiento a su entrega y meritoria labor, el 25 de septiembre de 1942, por acuerdo municipal, fue distinguido con el título de Hijo Adoptivo de Jerez. Tras una larga y penosa enfermedad Juan José del Junco y Reyes falleció el día 6 de julio de 1950 en su domicilio de la Plaza de Plateros nº 15. Un interminable compuesto por sus numerosos amigos, compañeros, alumnos y ex alumnos acompañó el féretro con sus restos mortales desde su casa hasta la Escuela de Comercio donde, al igual que a los grandes artistas, le fue rendido un emotivo homenaje póstumo. El Diario Ayer publicaba al día siguiente de su fallecimiento una extensa crónica resaltando sus grandes cualidades intelectuales y humanas así como su entrega a Jerez, tanto en su faceta intelectual y docente como en la de Alcalde de la ciudad. “Un hombre ejemplar y único que dedicó su vida a Jerez” decía entre otras cosas.
Una lápida erigida a su fallecimiento en el patio de aquella Escuela Profesional de Comercio nos recuerda una vida entregada toda ella a Jerez y al fomento de la cultura de sus jóvenes. También una calle de la barriada de la Plata lleva el nombre de este ilustre jerezano de adopción y de corazón.
Antonio Mariscal Trujillo

Foto: Retrato al óleo de  la pintora jerezana Luisa Puig
Publicado el 10.11.14 en mi sección del Diario de Jerez

La increíble historia de Don Roberto, el portero de La Cartuja de Jerez

Imafronte del templo de La Cartuja de Jerez


DON ROBERTO (*)

Roberto Lañas en La Cartuja
            Le conocí a finales de los años setenta del pasado siglo XX. Fue en la primera ocasión que tuve de visitar el interior del monasterio de La Cartuja de Jerez, cuando, al llamar a la puerta de ingreso a la zona de clausura, fue él mismo quien la abrió y me franqueó el paso. Era un hombre que rondaría los setenta años de edad, de alta estatura y muy buen porte, amable, correcto, distinguido y de un trato exquisito. Lo primero que me llamó la atención fue que no vistiera el hábito cartujano, sino que iba con pantalón y camisa como cualquier seglar. Había ingresado en el monasterio de la Cartuja en 1972 en calidad de “Familiar Cartujo”, es decir, sin vínculo canónico alguno, sólo espiritual. Su misión en el monasterio era la de portero, aunque también hacía otros trabajos como los de carpintería. Moraba con los monjes como si fuera uno más de ellos, observando cada una de las duras y rígidas reglas de la Orden de San Bruno.

            Más tarde, en el transcurso de una conversación le hice la clásica pregunta de qué hacía un hombre como él en un lugar como este. Me respondió que vino al monasterio buscando el silencio y la paz espiritual  que necesitaba. Desde su Colombia natal y, tras un breve paso por Madrid, me decía, llegó a la Cartuja jerezana para pasar un mes en completo retiro y meditación y aquí llevaba ya cinco años. También me confesó que algún día tendría que volver a su país, porque allí vivían los hijos de una de sus hermanas, tenía una finca de su propiedad en la que, al igual que en Jerez, se criaban buenos caballos. Fueron varias las ocasiones posteriores en las que pude hablar con él en mis siguientes visitas a aquel monasterio, que dicho sea de paso es una de las Cartujas más espléndidas del mundo. 

     Don Roberto volvió a su tierra americana en 1987 durante un corto período de tiempo, posiblemente para arreglar sus asuntos personales, entre ellos su testamento, volviendo de nuevo a Jerez donde se quedó para siempre. Dos años después y, tras haberse confesado con el entonces Prior, el P. Arteche, al volver a su celda quiso tomar un baño, y sintiendo que no se encontraba bien se echó en su cama dejando de existir, parece ser que murió a consecuencia de un infarto. Tras los años de locuras de su pasado la Gracia Divina había tocado su corazón, dando lo mejor de sí en los últimos diecisiete años de su vida. Su cuerpo, cubierto únicamente con un lienzo blanco, fue enterrado tras las preceptivas honras fúnebres  en el patio del claustro grande también llamado del cementerio. Allí yace en una tumba anónima con una cruz de madera clavada sobre un túmulo de tierra como única señal de su inhumación, al igual que cualquier otro monje de los más de dos centenares que en ese santo lugar reposan desde hace siglos.

     En cierta ocasión que visitó Jerez el insigne escritor y Premio Nóbel mexicano Octavio Paz, éste fue llevado a conocer el monasterio cartujano. Al llegar allí junto con dos acompañantes jerezanos y tocar la aldaba de la puerta que da acceso a la zona de clausura, abre dicha puerta don Roberto ante el asombro del Nóbel mexicano. Pasados los primeros momentos de sorpresa, ambos se fundieron en un abrazo. Los dos hombres habían sido amigos desde los tiempos en que ambos vivían en Nueva York, al parecer trabajaban en las embajadas de sus respectivos países[1]. Octavio Paz no salía de su asombro ¿Cómo era posible que aquel hombre que en otros tiempos llevó una vida de lujo y comodidad, que había sido amado por las más bellas mujeres y ocupado importantes cargos en Ginebra y Washington hubiese cambiado poder y honores por la soledad, la austeridad y la dura vida cartujana? No se lo podía explicar. Al terminar la visita, el Prior salió a la puerta del monasterio para despedir al escritor, y con ellos don Roberto. Un fuerte y emocionado abrazo de despedida volvió a fundir a los dos hombres. Al cerrase las puertas, Octavio Paz, según me contaron, volvió la cabeza atrás con los ojos enrojecidos y alguna que otra lágrima intentando aflorar a sus mejillas.

    Hasta aquí, aquello de lo que fui testigo o me contaron de primera mano. Pero, ¿Quién era en realidad aquel don Roberto?. Lo cierto es que este personaje despertó siempre mi curiosidad. Aparte de en la Cartuja, llegué a verlo alguna que otra mañana en la céntrica cafetería La Vega, siempre con un par de amigos tomando un café, lo saludaba y me decía que había venido a la ciudad para hacer alguna gestión referente al monasterio. Y mi curiosidad aumentaba por saber algo más de aquel personaje, cosa nunca satisfecha hasta hace poco con la ayuda de Internet. Tras buscar, buscar y buscar, pude encontrar algunos artículos de prensa de diversa procedencia, así como un par de libros que tratan sobre un tema relacionado con él, como después veremos, tal es el espionaje en Estados Unidos a favor del régimen nazi. De esta manera he podido componer el rompecabezas que aclara la verdadera historia de este cartujano, que nunca fue fraile, que no hizo los votos canónicos de pobreza, castidad y obediencia, ni tampoco vistió el hábito de la Orden de San Bruno; pero que vivió entre los monjes observando fielmente su disciplina hasta el mismo día de su muerte.

            Roberto Lañas Vallecilla, este era su nombre, nació en Cali (Colombia) en el año 1908. Hijo de una distinguida y acomodada familia caleña, cursó sus estudios primarios en los Maristas y luego en los Franciscanos, con estos últimos descubre su vocación religiosa e ingresa en su noviciado. Tiempo más tarde es enviado a Roma para estudiar Teología en la Universidad de la Sapiencia y hacerse sacerdote. Todo fue bien, hasta que un día conoció a una hermosa vendedora de flores de la cual se enamoró, de modo que cuelga sus hábitos, vuelve a Colombia con su amante y trabaja como recepcionista en un hotel de su ciudad natal. En 1936 rompe aquella relación y marcha a París, había ganado una beca para estudiar en la Sorbona Ciencias Políticas y Derecho Internacional. Una vez concluido estos estudios y dominando al menos cinco idiomas, se establece en Ginebra donde ocupa un puesto como traductor en la Oficina Internacional del Trabajo. Y fue precisamente en un cabaret de esta ciudad suiza donde entra en contacto un nazi reclutador de espías. Parece ser que bajo los auspicios de los servicios secretos alemanes llega a Nueva York en 1940 para trabajar como lingüista. En aquellos años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, parece ser que Roberto Lañas no ocultaba su posición abiertamente pro alemana, por lo que en su lujoso apartamento congregaba a menudo a un grupo de germanófilos para debatir en prolongadas tertulias y oír la propaganda nazi de Radio Berlín.

Un destacado investigador sobre el espionaje alemán, el húngaro Ladislas Farago, en su libro “El juego de los zorros” hace referencias a un tal Roberto L, nombre que aparece en unos microfilms que encontró en unos archivos y dice de él: ¿Quién fue en realidad este hombre? ¿Cuál fue su papel en el espionaje alemán? ¿Cuáles fueron sus misiones? ¿Cómo sobrevivió después del juicio en el que todos sus compañeros resultaron condenados a muerte?. Estos interrogantes hicieron que el periodista colombiano Víctor Diussaba investigara muy a fondo sobre este apasionante tema. Fruto de ello fue la publicación por Editorial Planeta en 2011 de su libro “El espía que compró el cielo”. A través de esta obra hemos podido saber que nuestro personaje despilfarraba dinero en su etapa neoyorquina sin tener fuentes visibles de ingresos, que vestía elegantes y costosos trajes hechos a medida, que se rodeaba de las más hermosas mujeres, y que tenía tal encanto personal que le abría las puertas más refinadas de la sociedad neoyorquina de la época.

No se sabe a ciencia cierta que tipo de espionaje hacía Roberto Lañas, algunas informaciones apuntan a que era sobre la producción de armas, el caso es que en 1941 el FBI alertado por una modelo llamada Andry Dubal, al parecer despechada porque nuestro hombre la había rechazado, comenzó a seguir la pista de un supuesto espía al servicio de los alemanes que se hacía llamar Gabriel Reyes. Durante dos años estuvieron siguiéndole la pista sin éxito, hasta que en 1943 fue entregado por una novia suya, hija de un contralmirante de la marina de los Estados Unidos, la cual encontró unas cartas escritas con tinta en la que informaba de la fabricación en EE.UU de 7000 aviones de los cuales 4.000 iban destinados a Inglaterra. Dicha carta iba destinada a un enlace que tenía en Lisboa. Aquella amante sintiéndose indignada al haber comprendido que el colombiano no la amaba sino que la utilizaba para obtener información, llamó de inmediato al FBI denunciándolo. Fue detenido en el propio apartamento de ella y juzgado. En el proceso asumió su propia defensa y fue condenado a morir en la silla eléctrica. No se saben los motivos por los que se salvó de una ejecución inmediata, ya que otros cinco detenidos por el mismo delito sí fueron ajusticiados. Quizás le valió librarse de la muerte la evidencia de que toda la información que le habían interceptado estaba copiada del Boletín Panamericano y otras publicaciones, por lo tanto nada secretas, y que lo único que perseguía con su actividad era ganar dólares para sostener su buena vida, aunque ello no obviaba su delito contra la seguridad de los Estados Unidos en tiempo de guerra. Un testigo declaró en el juicio que muchas de las informaciones que vendía a los alemanes carecían de autenticidad y hasta eran inventadas por él.

Cinco años permanecería en el corredor de la muerte hasta que, en 1948, sus abogados convencieron a la justicia que Lañas era un pícaro colombiano más que un verdadero espía, y lo que en realidad hizo fue sacarle dinero a los alemanes a cambio de humo. De este modo su condena a muerte fue conmutada y gracias a la intervención del presidente de Colombia, López Pumarejo, fue excarcelado y deportado a Colombia. Allí trabajó algún tiempo como inspector de policía y secretario de la oficina de Circulación y Tránsito. Posteriormente pasó a dar clases en la Universidad del Valle como profesor de filosofía durante un período de 19 años. Al jubilarse vino a Madrid donde impartió clases en la Universidad Autónoma y tuvo oportunidad de relacionarse con personas de las altas esferas de la Capital.

Pienso que, posiblemente, alguna persona influyente con las que tenía relaciones en Madrid le habló de la Cartuja e incluso le facilitó el contacto con su prior, a la sazón el Padre Arteche. El caso es que no sabemos si por arrepentimiento de su licenciosa vida anterior o por necesitar del silencio, la oración y la meditación, se vino a Jerez para ingresar en monasterio y vivir bajo las severas reglas de la Orden de San Bruno durante un tiempo que se prolongó hasta el día de su muerte.

Hasta aquí la historia, brevemente resumida, de don Roberto Lañas Vallecilla, un hombre de mundo, un galán, un erudito, un lingüista que dominaba siete idiomas, y un espía que quiso alcanzar el cielo a través del silencio, el trabajo y la oración en la Cartuja jerezana.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.

Referencias:
Ladislas Farago, El juego de los zorros, Laser Press, Mexico 1980. Victor Diussaba, El espía que compró el cielo, Ed. Planeta, Bogotá 2011. Castaño Rubiales, J., Historias y Leyendas de la Cartuja de Jerez, Jerez 2004. José E. Rojas, Desde Cali con amor, en El País.com, 7/11/2010. Otros artículos de prensa publicados en el New York Times en noviembre de1943.

(*) Este trabajo lo publiqué en Diario de Jerez el 27 de octubre de 2014
Fotos: A. Mariscal


Claustro grande o del cementerio donde fueron inhumados los restos de D. Roberto Lañas




[1] Circunstancia ésta que no hemos podido comprobar