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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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Asomado a mi balcón en Semana Santa



           
Llegó la primavera y con ella la Semana Santa. Semana Mayor, unos días en los que cada año, como desde hace siglos, Jerez se viste de fiesta, fiesta sagrada y solemne para rememorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Túnicas, capirotes, espartos, zapatillas, cíngulos, chaquetas y mantillas salen de los armarios en los que han estado adormecidos entre aromas de alcanfores. El olor de las torrijas, los roscos y las canelas del arroz con leche bañan el aire jerezano hasta ahora aromado por la fragancia de sus mostos.
            Y es que hasta los naranjos de sus calles parecen querer colaborar en el esplendor de esta Semana Mayor estallando en azahares, como si quisieran perfumar junto con los inciensos el paso de las Dolorosas que a través de las calles jerezanas seguirán el camino del Nazareno en su Pasión. En los barrios de San Miguel, Santiago, San Pedro o la Plazuela una cruz de espejo y guía abre las viejas puertas de los templos para que los Cristos y las Vírgenes sobre canastillas de oro o bajo bordados palios sean por unas horas peregrinos sagrarios a hombros de sus hermanos costaleros.
            Las calles cargadas de historia serán testigos de ese milagro que se repite cada año en primavera. Plazas que como las de Cristina, Asunción o Rivero serán bellos escenarios para la representación del drama de la pasión en versión jerezana. En esas y otras plazas, así como en el dédalo de calles del viejo Jerez  veremos desfilar las más señeras cofradías junto a un pueblo arremolinado en torno a sus cortejos penitenciales, envueltos por la magia de una saeta, una marcha o el sonido de trompetas y tambores.
            ¡Que alegría bulliciosa la de esos niños lasalianos que con sus palmas y hosannas acompañan el Domingo de Ramos a un Jesús triunfante subido en su pollino!. El Lunes Santo quedaremos embriagados por ese grupo escultórico que el sanroqueño Ortega Brú realizara para la Hermandad de la Cena, que en la cercana parroquia alfonsí de San Marcos fuese fundada en la única noche que nevó en Jerez en todo el siglo XX. Al día siguiente, el Cristo cartujano de la Defensión que un día abandonara las orillas del Guadalete para venirse a vivir al convento de los Capuchinos nos inflamará el alma de emoción.
El miércoles desde el mismísimo corazón del viejo Jerez y con un sobrecogedor silencio, solamente roto por el rezo del Santo Rosario, el Señor de la Tres Caídas, talla salida de la gubia de aquel escultor de origen valenciano llamado Ramón Chaveli, arrastrará tras de si a multitudes fervorosas.
            Un breve descanso, una copa en amena conversación con amigos o familia nos hará reponer fuerzas y así preparar nuestro espíritu para contemplar la más bella imagen que imaginarse pueda: la del Nuestro Padre Jesús del Prendimiento que, precedida por cientos de nazarenos de rojos capirotes y albas túnicas, se detendrá ante una hermosa casa, antaño hogar del famoso ganadero Juan Pedro Domecq, hoy bellísimo hotel, y tendremos a Jesús al alcance de nuestra mano para embriagarnos con su mirada; mientras la saeta, gitano nudo en devota plegaria, rasgará el aire de toda la plaza Rivero bajo la mirada atenta del bronce de aquel gran alcalde que fuera don Rafael Rivero de la Tijera. Al alargar un poco la mirada en dirección a Plateros, unas todavía tenues luces del paso de  Nuestra Señora del Desamparo aparecerá y se irá acercando lenta y solemnemente por la estrecha calleja de los torneros. Palio, varales, bambalinas, manto, candelabros y cirios, en perfecta conjunción armónica, dirán sin palabras que a los andaluces todo nos parece poco para ataviar y alegrar a María en su más grande Desamparo a causa del Prendimiento del hijo.
            Bullicio y jolgorio familiar, sana alegría y tertulia. Que palcos sí o palcos no, la nueva carrera oficial es demasiado larga, yo prefiero como antes. Que si los estrenos, que donde nos vemos mañana para los Santos Oficios, que si el tiempo puñetero, que si lloverá o no lloverá. “Media de Tío Pepe, una de gallo, otra de chocos y media de jamón”, y así el discurrir de otro de los días grandes de nuestra Semana Mayor.
            Y llegó el Jueves Santo. Santos Oficios en San Marcos, Santo Domingo o San Miguel, café en calle Larga antes de emprender la tradicional visita a los Sagrarios. San Marcos, Las Mínimas, Reparadoras, Hermanas de la Cruz, Santa María de Gracia, Clarisas. “Bendito sea Jesús Sacramentado” “sea por siempre bendito y alabado” repetidos con voz queda una y otra vez tras cada Padre Nuestro.
          
  Ya se acerca desde el Carmen el cortejo de la silenciosa Lanzada, detrás el Ecce Homo y su Mayor Dolor de san Dionisio, con el omnipresente recuerdo de aquel inolvidable cura Bellido que supo imprimirle la misma fuerza que él puso durante los años sesenta para la restauración de su templo. Ya de retorno a San Juan, el de los Caballeros, la Veracruz, seguida de aquella Santa María de las Lágrimas, otrora objeto de devociones multitudinarias como copatrona de Jerez y que en la calle Medina tuvo capilla hace casi dos siglos.
   ¡Que viene el Cristo, el Cristo! ¿Qué Cristo? el de la capilla marinera de San Telmo, el de la Expiración, el de los gitanos, es Viernes Santo. ¡Que figura, que hermosura, que grandeza! De allí viene, desde la Hoyanca, desde las tierras del maestro Fuentes y las de Bernardó hasta la Plazuela, por una calle del Sol donde se embriagará de saetas y piropos. Sus cargadores, vistiendo túnicas plisadas y tocados egipcios, ponen el sabor diferente de un particular estilo ancestral que nunca se debió perder. Siguiendo sus pasos hasta la plaza Rivero, camina la Virgen del Valle, chiquita, morena y bonita como ella sola.
            El fúnebre cortejo del Santo Entierro pasará de vuelta a su Calvario por la calle de la Sangre, dejándonos la nostalgia de unos días vividos con intensidad y devoción; pero con la esperanza de que el domingo por la mañana veremos otra vez pasar a Jesús, aunque esta vez... ¡Aleluya, Aleluya! glorioso y triunfante. Cristo ha resucitado en Jerez ¡Aleluya!.                                                       

                                                                          Antonio Mariscal Trujillo

Aquellas Ferias de Mayo




            Mucho ha cambiado nuestra Feria desde aquellos años cincuenta del pasado siglo que es hasta donde alcanza mi memoria. No sé, si era  porque en aquellos tiempos la gente vivía con mayor intensidad esta fiesta, al ser, junto con la Semana Santa, lo único que rompía la monotonía cotidiana de una ciudad con afanes de pueblo como era el Jerez de antaño, o porque además era un sentimiento.

            De lo que sí estoy seguro es que aquellas ferias eran algo más que la propia diversión y jolgorio. La Feria era un lugar de encuentro con nuestras propias raíces sin formalismos y sin caretas, toda una expresión de lo nuestro. Días de confraternización, de amistad y de alegría ante una copa de vino entre la pura expresión de un folklore ancestral y único.

            Feria que esperábamos con ansiedad, recibíamos con alegría y despedíamos con tristeza. Para la que meses antes íbamos ahorrando en una hucha de barro que se rompía al llegar mayo. Hoy dicen que la Feria es cara para algunas economías, antes también, para ello ahorrábamos peseta a peseta.

            Tras el paseo obligado por la feria de ganados para ser testigos de tratos de compra y venta de ganados. Esos tratos de los que decía José María Pemán, en su elegía a la Feria de Jerez, que se gastaba diez duros en vino y almejas vendiendo una cosa que no valía tres.

Pero el marco indiscutible de aquellas  ferias eran, al igual que hoy, las casetas. Unas públicas y populares como las grandes casetas de la Tomatera, Lozano, La Gorda etc., en las cuales se permitía llevar la comida desde casa en cajas de zapatos, ya que entonces aún no se habían inventado los tuperwares. Ahí se llevaba la tortilla de patatas, los huevos duros y los filetes empanados, por lo que las familias sólo tenían que gastar en el vino, las gaseosas o las aceitunas que nos servían en las mesas. Otras, para uso y disfrute de los empleados de bodegas como las de González Byass, Williams o Domecq tenían precios muy ajustados. Algunas, pertenecientes a los distintos cuerpos militares con guarnición en la plaza, solían tener muy buen ambiente, al menos por la noche, con buenas orquestas y mejor baile. Otras casetas de construcción fija como las de los casinos Lebrero, Nacional, Labradores, Domecq o González Byass, acogían a la élite de la  sociedad jerezana. Por otra parte, los bailes de la gran caseta del Casino Jerezano, cuyos socios componían la escasa clase media más o menos acomodada de la ciudad, era por las noches la máxima atracción para muchos jóvenes, entre ellos yo, que de una u otra manera, nos las arreglábamos para colarnos pasándonos un amigo a otro una única invitación a través de las rejas.

            Pero sin lugar a dudas las más entrañables fueron, entre otras, las inolvidables casetas particulares de los Karcomedo, con los recordados Diego Asencio, Paco López Tubío, Miguel Ruiz y otros, los cuales siendo muy jóvenes  sellaron, en los años de la posguerra una amistad imperdurable en la Ermita de San Telmo. Y que decir de Los Lagartos de las familias Daza, Gutiérrez o Mata. Los Máscaras, que nunca llegué a saber si el nombre era por lo de las caretas o por que eran los más “caras” del mundo. La Fiesta Nacional junto con la del Tendido de los aficionados al arte de Cúchares. Los Leones, La Mahora, Peña Ciclista, Peña Nosotros y otras más, componían un abanico de inolvidables casetas familiares que por unos días se convertían en hogares efímeros de sus socios. Ferias de antaño que siempre guardaré en mis recuerdos. Más tarde vendrían las casetas de Hermandades y Peñas Flamencas, y su gran evolución hacia nuestra actual Feria del Caballo. Todo cambió y no sólo en su estética, sino en la forma de vivirla y sentirla.

            Ahora cuando veo a cientos y cientos de jóvenes haciendo botellón los días feriados en los jardines del Bosque, pienso cual será el futuro de nuestra incomparable Feria de Mayo cuando los que amamos la tradición vayamos desapareciendo.

Antonio Mariscal Trujillo


Villa del Duque

   
Foto: A Mariscal
         Hace algunos años junto a dos expertos en las lides turísticas como son Antonio Arcas y mi hijo Antonio, fuimos invitados por su director a visitar las Bodegas Valdivia establecidas en “Villa del Duque” en Picadueñas. Se trataba de visionar y dar nuestra opinión sobre un espectáculo multimedia denominado “Los duendes de Jerez” que dicha firma acababa de montar en una de las dependencias bodegueras.
            La verdad es que nuestro asombro no tenía límites al contemplar aquellos maravillosos liliputienses muy afanados en su trabajo y en sus cantes que parecían tener vida propia y, cómo, por arte de magia nos convertían en Gulliveres. Quedamos hechizados al contemplar aquel derroche de imaginación y arte virtual. Entonces supe que un tal Sr. Valdivia, industrial murciano, era el propietario de aquellas instalaciones. Dicho señor las había adquirido, entonces sin contenido, para establecer una nueva bodega y apostar fuertemente por el denominado “enoturismo”. Sus naves se volvieron a llenar, después de muchos años, con cientos de botas conteniendo magníficos vinos. Se había creado a la vez en su interior un pequeño complejo hotelero dotado de todos los servicios imaginables. Varias  salas de reuniones, restaurante, jardines y piscinas, así como ocho coquetonas suites completaban esta nueva industria bodeguera con el ánimo de ofrecer a sus potenciales visitantes algo único y distinto.
Aquella visita no sólo deleitó nuestros sentidos, sino que hizo alegrar nuestro ánimo al saber que aquellas instalaciones abandonadas y vacías desde hacía muchos años, donde se acunaron en otros tiempos uno de los mejores brandís de Jerez, ya no iban a ser pasto de la piqueta para construir bloques de viviendas, cosa habitual en las últimas décadas sobre  los solares que dejan tras su derribo las antaño catedrales del jerez.
Saboreando una copa de exquisito amontillado, mi memoria se remontó a los tiempos de antes de la expropiación de Rumasa, cuando aquel maravilloso complejo enclavado en el cerro de Picadueñas, en la calle que lleva el nombre del siempre recordado Zoilo Ruiz-Mateos, era el lugar emblemático de la división de vinos del holding Rumasa. Aunque no llegué a conocer “Villa del Duque” antes de 1983, mis referencias son que todo aquel que allí llegaba quedaba prendado del exquisito gusto que ornaba todos sus rincones y la manera de cómo era atendido. Por allí pasaron personalidades del mundo de la cultura, de las ciencias, de la política, del arte, de las letras, del comercio y de las finanzas, así como los más importantes clientes de la empresa. Las recepciones y agasajos que allí se ofrecieron dejaron siempre muy en alto el pabellón de Jerez, su nobleza y su hospitalidad.
Foto: Ftenorio
Fue entonces grande la satisfacción que sentí, digo más: que sentimos muchos jerezanos, máxime cuando todos aquellos que amamos a Jerez, que damos culto a uno de los grandes tesoros que Dios nos otorgó como son nuestros vinos, vemos con tristeza cómo muchas de nuestras emblemáticas bodegas y sus marcas, que siempre formaron parte de nuestro patrimonio tanto tangible como intangible, fueron cayendo una tras otra, subastadas, cual vulgar mercadería.
Da tristeza ver cómo muchos de los que recibieron ese gran tesoro de siglos, contenidos en mágicas botas de roble, no hayan sabido o podido continuar el camino de trabajo, progreso y de riqueza que un día emprendieron sus ancestros. También causa tristeza cuando vemos esas enormes catedrales que fueron del vino hoy convertidas en supermercados como las antiguas de Garvey. O peor las que fueran de los Díez frente a la Estación de ferrocarril, las de Valdespino en Divina Pastora o Bobadilla en las inmediaciones de la Merced, estas últimas totalmente abandonadas, expoliadas y amenazando ruina. Por ello muchos jerezanos nos preguntamos: ¿Dónde quedó aquel orgullo que antaño paseó el nombre de Jerez por el mundo entero?
Foto A. Mariscal
Ahora hemos de regocijarnos porque los nuevos propietarios de Villa del Duque, la sociedad José y Miguel Martín S.L., continúan la labor de conservar y mejorar este bellísimo trozo del patrimonio bodeguero jerezano que es Villa del Duque.
                                              
Antonio Mariscal Trujillo

             

EL BARRIO DE LA ALBARIZUELA Y SUS PERSONAJES


 Encajado entre las calles Rosario, Larga, Honda y Arcos hasta donde se alza la capilla de los Desamparados, se extiende el recoleto y coquetón barrio de San Pedro. Un arrabal en tiempos perteneciente a la collación de San Miguel y que podríamos dividirlo a su vez en tres zonas diferenciadas como son: las Atarazanas, que comprende las calles en torno a la plaza de San Andrés; la Albarizuela propiamente dicha, de construcciones populares y casas de vecindad con la ante citada la capilla de los Desamparados como edificio más singular, levantado a expensas de la histórica familia de los Villacreces en 1649; y por último la de San Pedro, vertebrada en torno a la calle Bizcocheros, de buenas y aburguesadas construcciones que en su mayoría denotan un acomodado nivel de sus habitantes. Todo es hoy un céntrico y evocador barrio en el que a pesar de su antigüedad, ya que surge en tiempos de la conquista de Granada, cuando fue expulsada la población judía de nuestra ciudad y cuya comunidad era propietaria de la mayor parte de los terrenos que hoy ocupa este barrio.  En el mismo podemos apreciar cómo sus calles no heredan el trazado islámico de calles tortuosas propio de las del interior del recinto amurallado, como ocurre en buena parte con el de San Miguel, sino que en su mayoría estas calles son rectas y paralelas, dando la impresión de haber sido trazadas con regla y cartabón muy al estilo colonial.

Ello tiene una explicación, y es que en el siglo XVII este barrio llegó a quedar abandonado y casi deshabitado, arruinándose por ello muchas de sus edificaciones. La alarmante despoblación que sufrió Jerez en aquel siglo debido a las epidemias y, posiblemente, a la masiva emigración a tierras americanas hizo mella en el mismo. Un siglo más tarde la zona comenzó a recuperarse con nueva edificaciones y vecinos, de ahí su aspecto propio del siglo XVIII.

            Muchas de sus calles llevan el nombre de personajes que en ellas vivieron, Recordemos en este sentido la calle de las Naranjas, hermanas conocidas popularmente como las beatas Naranjas hijas de un tal Pedro Naranjo, señoritas muy piadosas y solteras ellas, y al parecer, no muy bien tratadas por la naturaleza en cuanto a belleza se refiere. O la de Antona de Dios, virtuosa y caritativa dama que toma el cognomen “De Dios” por haber hecho votos de castidad convenido con su esposo, un tal Juan Rodríguez y que por tanto no tuvo hijos. El hijodalgo Juan Caracuel o un tal Ruy López, este último afamado médico-sangrador del siglo XVI que poseía un magnífico Palomar. No olvidemos a Gaspar Fernández, al que sus vecinos quisieron homenajear dedicándole esa calle por las fiestas con las que dotó al barrio. Calle de los Morenos, por los seis hijos de un tal Gonzalo Moreno que habitaron en ese lugar en el siglo XVI. Y qué decir de Gómez Carrillo, aquel héroe del Alcázar jerezano que luchando valientemente frente a los moros sublevados, en las almenas del Alcázar se defendió con tal coraje y resistencia que tuvieron que reducirlo con garfios. O ese señor Don Juan, que no era el célebre de la obra de José Zorrilla, sino don Juan Ponce de León, propietario de todas esas tierras llamadas de la Albarizuela antes de que existiera alguna edificación por aquellos contornos. O Álvar Núñez, descubridor de la Florida y primer hombre blanco que pisó el territorio de lo que con el tiempo serían los Estados Unidos y que dio nombre a la calle Arcos durante más de un siglo.

         
   Pasando del nomenclátor callejero emanado de tiempos lejanos, vayamos a épocas más cercanas para evocar otros personajes que nacieron o vivieron en este barrio, tales fueron José Camacho Gómez, excelente pintor costumbrista del siglo XIX que destacó por sus inigualables lienzos de bodegones y flores. El Dr. Vicente Florán Vélaz de Medrano, prestigioso odontólogo que ostentó el título nobiliario de marqués de Tabuérniga. El ínclito periodista Manolo Liaño que durante tantos años nos deleitó e informó en los diarios Ayer, la Voz del Sur y Diario de Jerez;  el ex alcalde Pedro Pacheco Herrera, el genial dibujante y caricaturista Sebastián Moya “Cachirulo”; el joven mártir tradicionalista Antonio Molle Lazo, torturado salvajemente y asesinado en Peñaflor por no renegar de su fe; Clara Monte Malvido, abuela del que fuera presidente de Cataluña Pascual Maragall; o Manolo Sevilla, fotógrafo y excepcional cantaor. Tampoco podemos dejar de nombrar a esas destacadas  familias jerezanas como la de Ricardo Ivison del Arco, prestigioso comerciante de vinos. O las de Belmonte García Fernández y la de García Barroso, estas últimas relacionadas con el mundo ganadero y de la tauromaquia.

            Pero qué decir de Antonio Gallardo Molina, gran poeta y compositor nacido en el número 23 de la calle Antona de Dios, autor de varios libros líricos como La Pasión según Jerez, Luna de Nisán, Apenas yo o La Berajah del Cante; de varias obras de teatro como El Anuncio, Noches de luna nueva, El público o Los novatos, así como de una larga lista de villancicos jerezanos. Composiciones como Tu carita divina, La hojita verde, A la rosa y el clavel o Al son de las panderetas. Autor también de más de setecientos temas musicales que fueron interpretados por artistas de la talla de La Paquera, Chiquetete, Manolo Caracol, Lola Flores o José Mercé. O Carmen Carriedo Soto, “María de Xerez” para el mundo de las letras, fallecida en 1956 y que en la calle Bizcocheros vivió y escribió inigualables y galardonadas novelas como cómo: La niña azul, Desertar, En la aldea, El castillo de Nichopa, El ciego de San Francisco, Cantabria invicta o  En plena epopeya.
           
   Un personaje singular y polifacético donde los hubiere fue el doctor Francisco Paz Genero nacido en calle Naranjas. Especialista en radiología y jefe del servicio de esta especialidad en el Hospital de la Seguridad Social de Jerez desde su inauguración. Fue elegido concejal del Ayuntamiento por el tercio de representación familiar en 1955, llevando la tenencia de alcaldía de Fiestas y Solemnidades durante más de doce años, prestando siempre un incondicional apoyo a la cultura local y a sus tradiciones. Fue presidente del Xerez Club Deportivo en la temporada 63-64, dándose la paradoja, debido a la rivalidad entre los dos equipos locales, de ser también presidente de honor del Jerez Industrial C.F. A principios de los años 80 y coincidiendo con su jubilación le fue concedida la Medalla al Mérito en el Trabajo

También el ámbito de la medicina también es preciso evocar muy especialmente al recordado y benemérito doctor Juan Carlos Durán Viaña nacido en la calle Honda. Un personaje cuyo nombre figura escrito con letras imborrables en el corazón de todos aquellos que tuvieron la fortuna de conocerlo. Su enorme prestigio profesional, su carácter afable, su gran humanidad, su vida dedicada por entero al que sufre, en una entrega casi sacerdotal siempre unida a su inagotable capacidad de trabajo y su amor al prójimo, llevado hasta la más alta cota del altruismo. O un hermano de éste por parte de padre, nada menos que el ilustre aviador Juan Manuel Durán González, tripulante del hidroavión Plus Ultra en el histórico primer vuelo transoceánico de la historia entre Palos de la Frontera y Buenos Aires, fallecido trágicamente en 1926 sobre el puerto de Barcelona en un fatal accidente aéreo cuando contaba solamente 27 años de edad.

También en este barrio de San Pedro, concretamente en calle Naranjas, vino al mundo en 1904 el científico y político Manuel Lora Tamayo. Químico, Farmacéutico, Ministro de Educación, director del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, catedrático de la Universidad Complutense, director del Centro Nacional de Química Orgánica, presidente del Instituto de España, académico de Farmacia y Presidente de la  Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Y vamos a terminar con una brevísima semblanza de uno de nuestros más ilustres paisanos del siglo XIX y principios del XX, tal fue sin lugar a dudas Sebastián Herrero y Espinosa de los Monteros. Jurista, autor dramático, poeta y sacerdote de vocación tardía, el mismo que fuera conocido por la historia como el Cardenal Herrero. Nació en la calle Bizcocheros nº 3 el 20 de marzo de 1822 donde discurrió su infancia y adolescencia. En 1856, cuando ocupaba la plaza de Juez en Morón de la Frontera, se desató una terrible epidemia de cólera que llevó a la tumba a sus mejores amigos. Ello le hizo cambiar su concepción de la vida, por lo que decidió abandonar su carrera e ingresar en el seminario de Cádiz para posteriormente ordenarse como sacerdote. Llegando a ocupar las sillas episcopales de Cuenca, Victoria Oviedo y Córdoba, siendo nombrado Arzobispo de Valencia en 1898 y elevado a la dignidad de Cardenal, en cuya sede falleció en 1903 tras haber asistido al Cónclave donde fue elegido el Papa Pío X.  

Y hasta aquí el breve paseo por ese encantador y querido barrio de San Pedro, testigo mudo de los mejores e inolvidables años de la adolescencia y juventud del que esto escribe. Un paseo realizado de la mano de sus personajes, pues no cabe la menor duda que las ciudades, sus barrios y sus calles no las hacen las piedras del pavimento, ni sus edificios notables, ni siquiera sus monumentos, las hacen sobre todo su gente. Y es esa gente que tuvo la fortuna de nacer, vivir, jugar, trabajar o morir en este entrañable pedazo del corazón de Jerez, son los que a través de estas líneas he querido traer a la memoria y rendir nuestro modesto homenaje, porque ellos han formado parte de la historia viva de ese apacible rincón de nuestra ciudad popularmente conocido como La Albarizuela.
Antonio Mariscal Trujillo



EMBRUJO EN UNA NOCHE JEREZANA




Corría el mes de marzo del año 1987 cuando le pedí a mi buen amigo Antonio Sánchez, de la desaparecida  bodega  Palomino & Vergara, nos cediera su hermosa “Sala del Consejo” para celebrar una nueva sesión de nuestra tertulia Noches Xerezanas. No podíamos imaginar aquel primer jueves del citado mes la inolvidable velada que nos aguardaba aquella noche y que sin duda sería el espaldarazo definitivo para la consolidación de nuestro naciente grupo tertuliano. El tema a debate establecido para aquella reunión fue sobre Jerez y sus cantes.

Aquella tertulia
Nuestra tertulia “Noches Xerezanas” había iniciado su andadura dos meses antes en la sede de la Peña Los Cernícalos, cuando un grupo de jerezanos inquietos por nuestra ciudad, su cultura, sus costumbres y sus tradiciones fundamos el grupo para, al igual que aquellas evocadoras y viejas tertulias de café, conversar y debatir sobre nuestro tema favorito: Jerez. Para ello, el día 4 de diciembre del año anterior y apadrinada por el recordado profesor de la Universidad de Cádiz, el Dr. Antonio Orozco Acuaviva, tertuliano, ateneísta y presidente a la sazón de la Real Academia Hispano Americana, dio el disparo de salida a un largo peregrinar cada primer jueves de mes por los lugares más entrañables y típicos de Jerez como bodegas, peñas, entidades, palacios o mesones. Un camino que se iba a prolongar durante un cuarto de siglo debatiendo, conversando e intercambiando ideas. En definitiva, disfrutando de la amistad mediante el don más maravilloso que posee el ser humano: la comunicación con sus semejantes, pero eso sí, alrededor de una copa de buen “jerez”

Aquel Salón del Consejo situado en la parte alta del edificio, hoy abandonado, de la calle Colón anexo a las bodegas, donde se encontraban sus elegantes y señoriales oficinas, uno de los escritorios más bellos que se haya conocido en Jerez. Lugar acogedor, bien decorado como corresponde a las funciones que tenía, que no eran otras que la de atender a sus visitantes y mejores clientes.

Como invitados tuvimos aquella noche a Juan de la Plata y Manuel Pérez Celdrán por la Cátedra de Flamencología, a Diego Alba creador y conservador de los “Archivos del Cante Andaluz”, a Joselito Méndez, perteneciente a la saga de los “paqueros” y que entonces ya despuntaba como excepcional cantaor; un jovencísimo chaval apodado el “Mijita” de la familia de los Carpio; un orondo y bonachón guitarrista llamado Pepe Ríos, y un personaje que a todos nos dejó impresionados, su nombre de pila: José Galán y su apodo era entonces “Bizco de los Camarones”, aunque hoy después de numerosos triunfos con su arte y de que le hayan “arreglado” su ojo derecho, es conocido como “José de los Camarones”. Alguien preguntó a este último el porqué de su apodo, y él con la velocidad de un disparo respondió: muy sencillo, no lo ve,  porque soy bizco y además vendo camarones.

            Fue aquella una tertulia antológica de la que todos los asistentes guardaremos siempre gratísima memoria. Tras las presentaciones de rigor, el flamencólogo Juan de la Plata nos habló del origen del cante y bailes flamencos tal como actualmente lo conocemos, así como sus antecedentes históricos hasta remontarse a las “Bailarinas de Gades” citadas por Estrabón en sus escritos y cuya representación gráfica puede muy bien ser la que muestra la terra sigilata conservada en nuestro Museo Arqueológico. También hizo referencia a un “flamenco” de los tiempos de Abderramán II apodado “El Pájaro Negro”. Tras un animado coloquio entre los estudiosos de nuestro arte, se analizaron las diferencias existentes entre los cantes de los dos barrios flamencos jerezanos: los de San Miguel y Santiago, tema en el que las opiniones eran encontradas entre los partidarios de uno y otro barrio por aquello de que “el libro de gustos está en blanco”. En plena discusión entró en escena el “Bizco de los Camarones” hasta ahora en silencio, para cortar en seco la polémica diciendo: “Lo mejó que tiene Santiago es lo mismo que tiene la Prazuela: los dos barrios son de Jerez.

Envueltos por la magia
            Tras esta sentencia el Bizco comienza a exponer su filosofía de la vida, demostrando a todos una sabiduría aprendida en esa popular y sabia universidad que es la calle. Una filosofía profunda y tan real que a todos nos dejó asombrados. El Bizco hablaba y hablaba y de su boca salía toda la sapiencia característica de lo andaluz, la misma que don José María Pemán dejara magistralmente recogida en su obra “El Séneca” ya que, según cuentan, éste no hizo más que darle forma literaria a los razonamientos filosóficos del capataz de una de sus viñas. Asombrados estábamos con aquella concepción de la vida de una persona que se ganaba el sustento cogiendo camarones en las aguas del Puerto de Santa María, para luego venderlos cocidos en su blanco canasto por las calles de Jerez.


Nos contó mil historias de la calle y mil anécdotas de su vida, de las que voy a referir solamente una. Resulta que trabajó durante algún tiempo como camarero en Barcelona. Un día apareció a última hora por aquel restaurante nada menos que Monserrat Caballé acompañada de otras dos personas. Cuando terminaron la cena, ya con el establecimiento casi vacío, el Bizco se acerca a la diva y le dice lo mucho que la admira por su arte, añadiendo a continuación que el también era cantante pero de flamenco, y que por ello y en prueba de su admiración le quería obsequiar con un cante. De modo que inmediatamente se arrancó por seguiriyas, contestándole la Caballé con un fragmento de aria. Luego el Bizco interpretó unas alegrías y la cantante otro fragmento lírico. Y así, mano a mano, formaron aquella noche el alboroto entre los empleados del establecimiento, los pocos clientes que allí quedaban y los viandantes que por la puerta pasaban.

El bizco hablaba, como quien dice, por bulerías, mientras Pepe Ríos acompañaba con el rasgueo de su guitarra aquellas “parrafadas filosóficas”. Al oír todo aquello quedamos plenamente convencidos que personajes como el Séneca aún existen en nuestra tierra. Después la noche tertuliana quedó inundada por sus cantes por segurillas, soleares, alegrías y no sé cuantas cosas más, con una maestría que a todos nos dejó asombrados.

La cultura de la sangre

            Y los cantes se sucedieron en aquella nuestra noche jerezana, y el sentimiento de nuestras tradiciones flamencas nos embrujó. Cantó Joselito Méndez, cantó el Mijita, replicó el Bizco por segurillas, soleares y alegrías, y todos nos sentimos embargados por la emoción en uno de esos momentos que sabíamos a ciencia cierta tardaría muchos años en repetirse. La cultura de la sangre y la enjundia de un pueblo que tanto llamara la atención de Lorca en aquel monstruo del cante como fue Manuel Torre, se hizo sentir en su máxima expresión aquella noche en la que la primavera se nos había adelantado. Eran las tres de la madrugada cuando embrujados levantamos la sesión para marchamos a casa. Siete horas de tertulia que jamás olvidaremos.

Artículo publicado en mi sección "Jerez en el recuerdo" de Diario de Jerez el 20/4/2015

Paisaje de antaño


Cuán lejos quedaron aquellas bucólicas imágenes de nuestra Alcubilla representadas en los grabados del siglo XIX mostrándonos un paisaje estético y evocador de nuestro viejo Jerez. El paso inexorable del tiempo y el crecimiento de nuestra ciudad fueron paulatinamente transformando su paisaje rural en urbano. Aquel panorama de tiempos pasados que, con la Ermita de Guía en primer plano, dejaba ver el sur de nuestra ciudad con sus murallas intactas para al cabo de pocos años ofrecernos la visión de unas magníficas bodegas construidas en los cerros de extramuros, mostrando al viajero la mejor  carta de presentación tal es nuestra historia y nuestra industria vinícola.

Alfareros de Cuatro Caminos
            En nuestros recuerdos del pasado quedó, aquella  alfarería de Cuatro Caminos a la que los niños íbamos a pedir un poco de arcilla para modelar, cuando aún no se había inventado la plastilina, y que su propietario nos regalaba amablemente. ¡Qué admiración! ver cómo aquel alfarero dando con los pies a una mesita redonda de madera  hacía girar sobre su eje una pequeña plataforma que vueltas endiabladas, mientras con sus manos daban forma  a todo tipo de cacharros. Botijos, macetas, lebrillos, cántaros y pucheros salían como por arte de magia de aquellas manos artesanales que, una vez secados al sol y cocidos en un horno de leña o carbón, eran vendidos para almacenar agua fresca, adornar patios con geranios y claveles o hacer un ajo o un potaje sobre el anafe de carbón.     
      
Justo al lado y en los inicios de la carretera a Sanlúcar y Rota, la “Ladrillería Jerezana” de Miguel Martín, donde nos quedábamos embobados al ver cómo de una máquina iban saliendo a presión como por arte de magia los ladrillos huecos llamados de “gafa” que luego, una vez secados serían cocidos en unos hornos cuyo combustible era el residuo seco resultante de la pisa de la uva de nuestra vendimia o el orujo también seco de los molinos de aceite, ambos eran magníficas fuentes de energía de bajo coste y alto poder calorífico que sustituían con ventaja a los combustibles actuales, biomasa que se denomina actualmente.

 Un poco más abajo en dirección al Portal, al pie de las tierras del Agrimensor, otro tejar mucho más primitivo. Allí se fabricaban ladrillos de los llamados toscos con los que se hacían los pilares de las construcciones de la época. En medio del campo y al aire libre con un molde de madera para dos ladrillos, el operario lo ponía en el suelo, lo rellenaba de arcilla, alisaba y quitaba el molde. De esa sencilla manera quedaban listos para que los rayos del sol y el viento los secara antes de cocerlos en el horno.

Hoy, quizás como testimonio de que aquella industria alfarera existió en Cuatro Caminos, una bien surtida tienda de cerámica todavía nos ofrece en la Glorieta del Consejo de Europa macetas, botijos, cántaros, tinajas, macetas y lebrillos, aunque ahora fabricados en otros lugares.

         Mencionemos también el eterno surtidor de gasolina que aún subsiste, uno de los pocos que sigue dando servicio desde la primera mitad del pasado siglo XX. La diferencia es que entonces para despachar aquel combustible de bajo octanaje había que hacerlo dando vueltas a una manivela que elevaba la gasolina desde un depósito subterráneo a unos vasos de cristal a la vista del cliente, fieles notarios éstos de que un litro era un litro, y de ahí al depósito del viejo coche o camión.

El tren de Sanlúcar
            La vía del llamado tren de Sanlúcar atravesaba este paraje desde la Estación hasta el apeadero existente en el lugar donde hoy se encuentra la glorieta dedicada al Consejo de Europa. ¡Cuánta gente veíamos allí los domingos veraniegos para viajar en ese tren hasta donde el Guadalquivir se torna mar y disfrutar, oh maravilla, de un día de playa!. Cinco o seis vagones de madera arrastrados penosamente por una pequeña locomotora de vapor que atravesaba resoplando los verdes viñedos de nuestra comarca, permitiendo a algunos de los viajeros bajarse en marcha desde el primer vagón, coger un racimo de uvas y volverse a montar en el de cola. Un tren al que llamaban la Carreta y que tardaba más de una hora en recorrer los veinticinco kilómetros de su recorrido, posiblemente era el tren más lento de toda España. Una línea férrea que fue inaugurada el 30 de agosto de 1877 y clausurada definitivamente en octubre de 1965 tras 88 años de servicio.

            No podemos olvidar aquella venta de Cuatro Caminos que regentara el padre del célebre restaurador Alfonso Rodríguez, dando la bienvenida al viajero para saciar hambre y sed. Auténtica y tradicional venta que muchas veces fuera escenario de las mejores juergas flamencas que se hayan conocido en Jerez. Con el paso del tiempo se modernizó transformándose en un magnífico restaurante y salón de celebraciones donde tantos y tantos jerezanos celebraron sus bodas, y donde algunos domingos tenían lugar bailes amenizados con orquesta, quizá el único baile público que había en el Jerez de los sesenta.

La Ermita de Guía
            Todo un mundo de recuerdos y sensaciones de antaño de los que ya únicamente queda nuestra vieja y entrañable Ermita de Guía. Cuenta la historia que ya desde tiempos anteriores a la dominación musulmana existía a las afueras de Jerez una Casa de Guía camino de Cádiz en el sitio donde entra la marisma de la Mesa, llamada Laguna del Rey, en la que vivía un ermitaño, y que cuando Alfonso X conquistó Jerez en 1264 el estado de la misma era ruinoso, por lo que en 1285 se terminó una nueva.

Aunque popularmente es conocida como Ermita de Guía, esta denominación es errónea, ya que la misma fue derribada a mediados del siglo XVII, levantándose la actual en 1675 con el nombre de Capilla de San Isidro de donde salía todos los 15 de mayo una alegre romería con la que los agricultores homenajeaban a su santo patrón. En 1861 fue vendida a un particular conociendo desde entonces diversos usos tales como fábrica de aguardientes, establo, cuadra, etc. En 1930 fue adquirida por el marqués de Torresoto, haciéndole obras de reparación con la intención de abrirla de nuevo al culto, cosa que no llegó a ocurrir, ya que poco tiempo después se abrió en la misma un colegio para niños costeado por la bodega de González Byass. Diez años después desapareció el colegio y sirvió de almacén a la bodega.

Justo a su lado se instaló una de las seis fábricas de harina que existieron en Jerez a mediados del siglo XX, ésta denominada Asta Regia. Con la llegada de los años sesenta del pasado siglo llegó la nada. Allí permaneció la ermita sola, aislada y abandonada sirviendo de cuadra para los animales y soñando por verse un día restaurada y rodeada de hermosos jardines que embellecieran su entorno. En 1997 el Ayuntamiento la cedió a la Hermandad del Perdón para su sede canónica. Quince años después su entorno fue devorado por la sombra del mal llamado progreso. Así, un gigantesco bloque de hormigón nacido del mal corazón, de la falta de sensibilidad, de la ignorancia de unos, de la indolencia de otros, o acaso del afán especulativo surgió como un fantasma y la cubrió con su sombra. Ahora aparece como mucho más diminuta, igual que un pajarillo a los pies de un gran elefante.

La vieja fuente
A su lado, la bella y vieja fuente que llamaron “alcobillas de cuatro caños” de la que emana el nombre de estos parajes. Por ella salía el agua que a los depósitos de la “alcobilla” situados bajo la ermita llegaba a través de una conducción subterránea desde los Albarizones con la que abastecer a las gentes del lugar. Dicha fuente dejó de prestar servicio como tal cuando la traída de aguas desde los manantiales de Tempul en 1868. Su estructura de piedra almohadillada con sus tres artísticos pináculos, dos leones y los escudos de España y de Jerez labrados en la piedra son testigos mudos del paso de los siglos. Aunque recientemente restaurada, parece ser que se olvidaron reconstruir su pilón así como instalar un circuito cerrado como a cualquier otra fuente urbana para que de sus caños volviese a manar el agua. 

Publicado en mi sección "Jerez en el recuerdo" de Diario de Jerez el 23/2/2015

Arte y tradición de la Nochebuena en Jerez



¿Qué será la Navidad? Se oyen villancicos y la tristeza del mundo enajena en el olvido. 
 ¿Qué será la Navidad?  Huele a  anises y rosas  transformando en alegría todo lo  que  toca.

ARTE Y TRADICIÓN DE LA NOCHEBUENA JEREZANA

Cada año Jerez recobra su hermosa tradición en estos días que preceden a la Nochebuena. Una costumbre, la Zambomba, que se repite cada mes de diciembre con fuerza evocadora y nos hace revivir aquellas Nochebuenas de nuestra niñez, cuando, alrededor de una hoguera en los viejos y entrañables patios de las casas de  vecinos cantábamos al niño Dios, entre aromas de anises y pestiños, viejas coplas y villancicos al son de zambombas, panderetas, almirez y botella rayada de anís tañida con una cuchara en una feliz y casera algarabía popular. Fiestas en las que los mayores de hoy no podemos por menos que evocarlas con nostalgia. Aquellos en los que ante el aroma de pestiños hechos en los fogones comunes de las casas de vecindad, hombres, mujeres y niños salían al patio a probar los hechos por una u otra familia regándolos con una copita de aguardiente. Ello desbordaba inmediatamente la alegría y los cantos interpretados a coro. Villancicos primero, luego romances tradicionales cuyas estrofas nada tenían que ver con la Navidad y que casi siempre continuaban con coplas burlescas o irreverentes. Y como en muchas de las casas de vecindad de los barrios más castizos como los de Santiago o San Miguel vivía alguna que otra familia gitana, que aquí siempre convivimos mezclados, tanto villancicos como coplas solían terminar en muchas ocasiones por bulerías y frecuentemente acompañados del baile.

Para comprender el espíritu que acompañaba estas celebraciones es preciso decir que, en unos tiempos pretéritos en los que la mayoría de la gente vivía con la más absoluta modestia y pocas cosas rompían la monotonía cotidiana, la matanza de un pavo, la elaboración de pestiños o polvorones, la posesión de una botella de anís o el montaje de un sencillo nacimiento eran todo un acontecer en esas tardes de frío invierno, en los que el  brasero encendido con su amable y suave calor y su penetrante aroma de alhucema contribuía a llevar un poco de gozo a aquellos modestos hogares. Y los deseos de paz con la esperanza de un venidero tiempo mejor en la ya cercana Navidad  hacían el prodigio: exaltaba la fraternidad e invadía a todos los corazones.

Antaño estas fiestas populares, siempre surgidas espontáneamente, comenzaban el día de la Inmaculada y acababan la misma noche de la Nochebuena tras la misa del gallo. Recuerdo en mi niñez cuando al salir con mis padres tras la misa del gallo, ver a numerosos grupos de gente con zambombas y panderetas entonando villancicos por las calles y plazas de Jerez hasta bien entrada la madrugada; quizás por aquello de que “esta noche es Nochebuena y no es noche de dormir”. Antes de amanecer los ecos de las zambombas habían desaparecido y no volverían más hasta el año siguiente.

Y los patios quedaron en silencio
Con la llegada de la década de los sesenta del pasado siglo, estas manifestaciones populares comenzaron lentamente a languidecer e iban siendo escasos los patios en los que se podía oír una zambomba. Recuerdo que solamente en un patio de la Cruz Vieja y en una peña futbolística de esa misma plaza se siguieron celebrando, quizás alguna otra, pero no lo sé. La última de esas auténticas zambombas a la que tuve la suerte de asistir recuerdo que fue en la calle de La Merced en una casa conocida como la del “balcón de piedra”, hoy en proceso de restauración, en la que sus moradores quisieron ofrecerla a un antiguo vecino que había vuelto de Alemania tras muchos años residiendo en aquel país. Los tiempos habían cambiado y también las formas ancestrales de vida de los jerezanos. Como por encanto habían surgido por doquier modernos bloques de viviendas a las afueras de la ciudad y la mayoría gente se fue a vivir a ellos, quedándose aquellos floridos patios de nuestra niñez y, por ende, la convivencia vecinal y sus zambombas solamente en un recuerdo.
Cual ave Fenix

Tuvo que pasar un cuarto de siglo para que un día, mágicamente, aquella “pandereta suena que no se sabe por dónde va” volviera a sonar, y “los caminos se hicieron con agua viento y frío” hasta el “río de Cartuja que era de vino”, no sin antes pasar por “la calle de San Francisco que es larga y serena, que tiene cuatro faroles y bien merecía los cañones de la artillería”. Fue la magia de unos jerezanos que rescataron aquella tradición perdida, pero conservada en la memoria de los más viejos del lugar. Y aquellas coplas y aquel jolgorio de antaño volvió a llenar el aire de Jerez, ahora guardados en unos registros discográficos que editó nuestra desaparecida Caja de Ahorros, cosa que no hubiese sido posible sin la valiosísima aportación de la Cátedra de Flamencología, muy especialmente de su director Juan de la Plata y del célebre guitarrista Manuel Parrilla a los que, entre otros, se les debe el rescate de muchos de nuestros tradicionales villancicos y coplas navideñas.

No debemos olvidar aquí la gran labor hecha en aquella época por la Asociación de Belenistas de Jerez, que no sólo vino a potenciar y extender en nuestra ciudad la entrañable tradición navideña de montar un nacimiento, cosa que ya estaba siendo desplazada por la costumbre nórdica del árbol, sino que también fueron ellos junto con las Peñas Flamencas los primeros que contribuyeron a extender las zambombas en su nueva época.
A lo largo de los siglos estas coplas de la Nochebuena se vinieron transmitiendo  de forma oral generación tras generación. Salvo una recopilación que en los años treinta del pasado siglo hiciera el insigne maestro Germán Álvarez Beigbeder, nunca fueron recogidas en registros sonoros hasta hace algo así como veinticinco años. Como dato curioso, en los trabajos de campo realizados por algunos investigadores, como el flamencólogo Juan de la Plata, el recordado Manuel Parrilla antes citados, o la historiadora María Jesús Ruiz Fernández, siempre fueron mujeres, sobre todo las de mayor edad, las que mejor recordaban letras y canciones. Decenas fueron las coplas y villancicos que fueron aflorando y que habían estado conservados durante siglos en la memoria popular.

Del viejo romancero popular
Reconociendo ser un lego en temas musicales, a mí entender nuestros cantos de Nochebuena pueden ser divididas en dos grandes grupos, estos pueden ser: villancicos y coplas. Entre los primeros se encuadran los propios de Jerez y los populares españoles, muchos de estos últimos aflamencados. En el segundo grupo, no específicamente religioso, las coplas y tonadas profanas y hasta erótico-burlescas, así como cánticos de amor o desamor, muchos de ellos provenientes del romancero popular español típicos de le Edad Media con sus variaciones locales que, curiosamente, quedaron para ser cantadas sólo en las fiestas de Navidad, Este último apartado no deja de ser extraordinariamente interesante, pues, perdidas en la noche de los tiempos aquí se han conservado a través de los siglos.

Cuando los viejos patios de vecinos de Jerez se iban quedando vacíos, en patios se convirtieron las peñas flamencas, los locales de las cofradías, las asociaciones de vecinos, los portales de comunidades, las naves bodegueras y hasta las calles y plazuelas en las que alrededor de una hoguera se volvió a cantar y bailar anunciando la Nochebuena. Y así  la tradición volvió, con nuevas formas, pero volvió. Patrimonio intangible de un pueblo como el nuestro, siempre conservado en el arca de plata de la memoria para que cada año, al comenzar el mes de diciembre, se abra cual sonoro y colorido castillo de fuegos de artificio para inundar con sus sones el limpio aire de Jerez. Confiemos que el abuso, la desnaturalización o la mercantilización de nuestras zambombas no las lleven en un futuro a una nueva desaparición.

Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en Diario de Jerez el 22/12/2014

Jerez ¿tierra de olivares?



       Son diversas las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en nuestro término municipal en las que se han encontrado vestigios de almacenamiento tanto de vino como de aceite de oliva en el interior de lo que fueron depósitos subterráneos de determinadas “villas romanas”. Ello viene a decirnos que, desde los tiempos de la antigua Roma, e incluso desde épocas más remotas, el cultivo tanto de la vid como del olivo fueron habituales en nuestra tierra, por lo que podemos deducir que a la llegada de los árabes a la Península Ibérica en el siglo VIII, el cultivo del olivar estaba sólidamente asentado en nuestra campiña, existiendo diversas referencias escritas de que el Jerez medieval estaba rodeado de olivares.

     Esta circunstancia queda patente cuando en el Libro del Repartimiento encontramos alusiones a diversos molinos de aceite repartidos por el interior del recinto amurallado, e incluso una donación de Alfonso X al monasterio de Santo Domingo de 83 aranzadas de olivar y un molino de aceite situado en las inmediaciones del convento.

      De este modo podemos ir avanzando en el tiempo y, a través de la historia de nuestra ciudad, encontrar centenares de menciones referentes a olivares y molinos de aceite.

    En el período comprendido entre los siglos XVI y XVIII se pueden contabilizar alrededor de 30 molinos de aceite repartidos entre las collaciones de San Mateo, San Juan, San Marcos y San Dionisio, así como otros que van surgiendo en el arrabal de San Miguel, los cuales proliferan en dicho barrio hasta el punto de crear un problema de suciedad y malos olores. A este respecto en las actas capitulares del año 1612 encontramos lo siguiente: “Se da cuenta que el arpechín de varios de los molinos de aceite existentes en el barrio de San Miguel corría por la calle San Miguel desaguando en el Arenal, donde formaban grandes charcos con las consiguientes molestias y olores para los vecinos”. Aparte de estos molinos urbanos también existía un número indeterminado de almazaras situadas en los olivares de mayor extensión.

     Nombres de lugares que han llegado hasta nuestros días como: Olivar de Rivero o Pozo del Olivar, Puerta del Olivillo, refiriéndose a la de Santiago, y del Aceituno o Acebuche en relación a la Puerta de Rota. También calles como Oliva, Molineros o Molino del Viento, indican la notable relación del olivo con nuestra ciudad, cuya superficie cultivada en el siglo XVIII llegaba a casi igualar a la ocupada por la de la vid. Así en 1754 los olivares ocupaban unas 7.500 aranzadas y las viñas algo más, alrededor de 9.100.

    Conforme avanzaba el siglo XIX la superficie olivarera va disminuyendo paulatinamente. El importante auge que va tomando la industria vitivinícola, hace que miles de aranzadas dedicadas al olivar se vayan sustituyendo por la plantación de vides, proceso que se acelera a partir de 1870 por la demanda añadida de vinos por parte de Francia que ve arruinados sus viñedos a causa de la filoxera, una plaga que aquí tardaría aún quince años en llegar. Por todo ello, al terminar el siglo, la superficie destinada al olivar en el agro jerezano era solamente de unas de 2.500 aranzadas. Otro de los motivos que impulsa a desmontar olivares es la aparición a mediados de ese mismo siglo XIX del petróleo, producto que sustituirá al aceite de oliva como principal combustible para el alumbrado doméstico y que popularmente sería conocido como “mineral” para diferenciarlo del “vegetal” o de oliva. Hemos de mencionar que en siglos pasados el aceite de oliva tenía poco parecido con el actual, ya que lógicamente los procesos de refinado y filtrado eran muy primitivos, obteniéndose un aceite oscuro, de alta acidez y lleno de impurezas, por lo que la gente prefería las grasas animales como la del cerdo para la alimentación, usándose el aceite de oliva principalmente para alimentar las lamparillas y velones del alumbrado doméstico y, también, para la fabricación de jabones.

A pesar de ello, podemos encontrar en el magnífico Plano Parcelario del término de Jerez de Adolfo López-Cepero realizado en 1904, no menos de 25 olivares en las cercanías de nuestra ciudad. Nombres como: Olivar de San Jerónimo, de la Clavería, de Gigote, de Montegilillo, del Troval, de Visley, de la Peñuela, de la Compañía, de Domecq o de Vista Alegre, jalonan las tierras de nuestra comarca, sobre todo al norte y nordeste de la ciudad. Destacando por su extensión los situados en las tierras cercanas a la ermita de Salto al Cielo, que hasta la Desamortización de Mendizábal pertenecieron al Monasterio de la Cartuja. Recordemos la gran parcela donde hoy se asienta Jerez-74 junto al Parque González Hontoria, que hasta finales de los sesenta del pasado siglo fuera un olivar. Como mudo recuerdo de lo aquí expuesto, todavía hoy podemos contemplar una docena de centenarios olivos en el interior de una urbanización de unifamiliares ubicada en el Polígono de San Benito.

No hace mucho me decía un buen amigo agricultor, que estas tierras de albarizas últimamente despojadas de sus viñas y dedicadas a cultivos de secano, son magníficas para el cultivo del olivo, tanto de la variedad “Hojiblanca” como de la “Arbequina”, variedad, esta última, que en la actualidad se da únicamente en contadas comarcas de Cataluña. Produce unas olivas pequeñas en tamaño pero de una gran riqueza grasa, de ellas se obtiene un aceite de excepcional calidad y muy apreciado por los gourmets. Por ello me pregunto: ¿Sería ésta la gran alternativa a la actual decadencia de nuestra industria vitivinícola?.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.
Foto: Pie de olivo centenario en la Avenida Duque de Abrantes
Publicado en Diario de Jerez 14.10.2011.

Leyendas de un Jerez desconocido

Artículo publicado en Diario de Jerez el día 17/7/2011 de un interesante recorrido por un Jerez insólito por el que conduje a la periodista. 
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La historia de la humanidad a través de miniaturas artísticas





 Antonio Guerrero Andra fue en vida el padre de la posiblemente mejor colección de miniaturas históricas de España. Su asombrosa colección de figuras artísticas estaba compuesta por más de siete mil ejemplares, en los que se recrea la historia de la humanidad. Desde el hombre de neardental hasta el astronauta, pasando por las tropas de Aníbal, romanos, griegos cartagineses, medievo, Guerra de la Independencia, boers, tribus americanas, Guerra Civil española, personajes del Quijote y un largo etc. Todas documentadas y policromadas a mano, es el asombro de cuantos hemos tenido la suerte de contemplarla. Ello unido a una magnífica biblioteca de historia de más de 10.000 volúmenes, ahora de incierto destino ya que Antonio Guerrero carecía de herederos directos y por tanto su deseo fue donarlo a la ciudad de Jerez de la Frontera, sin que tras años de contactos con el Ayuntamiento, se hubiera podido materializar la aceptación de dicha donación para exposición pública permanente y disfrute de visitantes y estudiosos. Descanse en paz este artista jerezano.