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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

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CRUCE DE LA VICTORIA


Encrucijada en la que convergen cuatro emblemáticas vías de la ciudad: Ancha, Lealas, Ponce y Porvera.  Lugar donde se levantó el tramo más alto de las poderosas murallas que envolvieron la vieja medina almohade de la ciudad, con su fuete torre octógona que protegía el ángulo norte  de este muro defensivo, hoy casi cubierta por las edificaciones de su entorno. Calle Ancha, que también se llamó hasta 1979 Canalejas, en recuerdo del que fuera presidente del gobierno español entre 1910 y 1912 y que fuera asesinado por un anarquista en noviembre de 1912 mientras miraba el escaparate de una librería.

Calle Ancha donde hasta la llegada de la década de los 70 veíamos la pintoresca estampa del paso de un tren cargado de botas de vino, arrastrado por la popular “maquinilla”. Tren bodeguero que, sin ningún recato, paraba con todos sus vagones en esta calle, mientras su maquinista tomaba café o copa en un bar de esta calle

          Al frente, la calle de las Lealas, que un día estuviese dedicada al prestigioso General jerezano del XIX, Sánchez Mira que tan destacado papel jugara en la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. A mediados de la calle, en la esquina con la de San Francisco Javier, una casa con una hornacina donde las hermosas hijas de un tal Sr. Leal se encargaban cada día poner flores a la cruz allí colocada. Al final de la calle terminaba la ciudad.

          Pero volvamos al cruce de la Victoria, de donde parte la calle Ponce, y que recuerda al jurado Pedro Ponce de Trujillo. Recreémonos en la graciosa torre manierista  del antiguo convento de los Mínimos, que en el siglo XVII levantara el alarife jerezano Antón Martín Calafate. Justo al frente, esquina donde hoy se alza un moderno edificio de viviendas, el recordado empresario del Villamarta, Francisco Riba Gabaldá, levantó a principios de los años 60 una moderna sala cinematográfica, que tomó como nombre de su apellido: “Cine Riba”. Una sala en la que, durante la época de la Transición, pudimos ver muchas de las películas que nos estuvieron vedadas en tiempos de la dictadura, al transformarse ésta en “Sala de Arte y Ensayo”. Pero el paso del tiempo, y con ello el cambio de hábitos, hizo que aquel magnífico cine fuera languideciendo, hasta cerrar sus puertas a mediados de los 80, siendo convertido posteriormente en una de las mejores discotecas de la provincia, la “Only Night”, que tampoco pervivió muchos años y terminó por cerrar, siendo derribado el edificio.

 


Paseando por la historia de Jerez

       
Con  la tranquilidad y el sosiego que otorga un tiempo en el que ya la vorágine laboral de la vida desapareció para siempre a causa de una merecida jubilación, trato a veces, paseando sin prisas, redescubrir y rememorar por sus viejas calles algunas cosas de este nuestro amado Jerez, de sus hombres preclaros, de sus monumentos, de su historia, de sus aconteceres…

            Ello me llevó hace poco a admirar nuevamente el primoroso ventanal plateresco esquinado de la antigua casa de los Ponce de León en  Carpintería Alta. Creado en 1537 al parecer por un alarife llamado Francisco Álvarez, en la parte inferior del mismo, si nos fijamos, aparecen dos curiosas leyendas: omnia pretervnt preter amare devm (Todo perece excepto el Amor de Dios) y vanitas vanitatvm et omnia vanitas (Vanidad de vanidades y todo vanidad). Leyendas en estas centenarias piedras que ciertamente hacen meditar.
            A continuación, justo enfrente, me asomé al atrio del convento de Santa María de Gracia con la intención de comprar a través del torno un pequeño surtido de sus exquisitos dulces navideños. Un convento de  monjas agustinas fundado en 1526 gracias a la generosidad de una dama de nombre Francisca de Trujillo, la cual donó su casa y otros bienes para fundar el mismo. Me vino entonces a la memoria un hecho insólito que ocurrió en el año 1784, cuando un grupo de catorce monjas, sin que nunca se llegaran a conocer las causas, se rebeló contra la madre abadesa, a la que tras quitarle el báculo y las llaves, salieron en procesión hasta el Convento de San Cristóbal donde permanecieron refugiadas durante más de un año, se supone que hasta la destitución de la abadesa por parte de la autoridad eclesiática.

            Llevado por los sueños continué hacia San Juan de los Caballeros, donde en mi imaginación traté de revivir la historia de aquellos adalides, también llamados Caballeros 24, que en la capilla de la Jura, allá por el año 1285, escribieran con la sangre de sus venas una misiva al rey Sancho IV el Bravo pidiéndole socorro ante el asedio sarraceno que había sido impuesto a Jerez.  Socorro que llegó a tiempo de impedir aquella grave amenaza que se cernía sobre nuestra ciudad.
           
Pasé luego junto a la iglesia de Santiago el Mayor, símbolo y emblema de ese arrabal del mismo nombre, cubierta andamios y vallas, con la esperanza que algún día pueda volver a lucir todo su gótico esplendor. Ruina que, como ahora, sufrió este templo en varias ocasiones, la primera en 1695 con el hundimiento de su nave central. Otros graves deterioros los sufrió también a lo largo del siglo XIX, hecho que volvió a ocurrir a mediados del XX, y por último en nuestros días (1). Casualmente y coincidiendo con el hundimiento habido en Santiago en 1695 fue cuando se iniciaron las obras para la construcción de nuestra Catedral. Obra que se paró ese mismo año al poco de comenzar, reemprendiéndose diecisiete años después gracias a una donación de cien mil pesos por parte del Arzobispo de Sevilla, Mons. Arias, el cual legó además en su testamento otros doscientos mil que nunca se pudieron cobrar.

            Luego, al llegar a la calle de la Sangre me detuve ante la capilla del antiguo Asilo de San José, para contemplar sobre el dintel de su puerta la réplica de un valioso altorrelieve del siglo XIII, cuyo original se encuentra depositado en el Museo Arqueológico. En el mismo representa al Señor saliendo victorioso del sepulcro con uno de sus pies sobre el sicario que lo custodiaba. No pude entonces dejar de recordar una efeméride, tal fue la heroica batalla que tuvo lugar en 1909 en los campos de Taxdirt al sur de Melilla, librada por el 4º Escuadrón del Regimiento de Cazadores Alfonso XII con guarnición en Jerez contra los insurrectos indígenas. En memoria de dicha gesta y el regreso de  aquella unidad a nuestra ciudad, dado que a la sazón se había iniciado la construcción  el hoy desaparecido cuartel de Caballería de Tempul, se rotuló esta calle con el nombre de dicha batalla y en recuerdo de aquellos valientes jinetes.
Otra de estas mañanas navideñas, contemplando en nuestra Plaza del Arenal esos poco favorecidos y anodinos edificios construidos en las dos esquinas de la Lancería allá por los años sesenta, así como el precioso reloj de Losada escondiéndose tras un árbol como avergonzado que la gente lo vea sin vida, me vino a la mente el trágico suceso acontecido en este arenal el 25 de agosto de 1664. Resulta que acuartelados en su paso por Jerez con destino a Portugal de un tercio compuesto por 1.400 soldados de alemanes al mando del conde Porcia, ocurrió un grave altercado con unos carreteros locales por cuestión del agua para las caballerías. Comenzó por ello una gran discusión y varios soldados tudescos maltrataron a un carretero, saliendo en su defensa varias docenas de jerezanos a los que se enfrentaron otros tantos alemanes. A la vista del cariz que estaba tomando la situación, un hombre subió a la torre del reloj de San Dionisio y tocó arrebato. En pocos minutos acudieron centenares de jerezanos y otros tantos soldados alemanes. Fue tan feroz y enconada la pelea que en la plaza quedaron como cuenta la historia, no sé si exagerado, más de cuatrocientos muertos y heridos entre soldados y locales. Como consecuencia de estos sucesos el rey Felipe IV envió a Jerez un delegado especial con la misión de esclarecer lo sucedido y castigar a los culpables. El asunto estuvo a punto de costarle a nuestra ciudad el título de “Muy Noble y Muy Leal”.

Después me senté reposadamente a tomar un café en el Consistorio. En una mesa contigua oí a unos agricultores lamentándose no haber podido sembrar a causa del tiempo que llevaba sin caer una gota de agua, y lo poco que habían sembrado estaba ya al límite de perderse. Entonces recordé la costumbre de sacar en procesión al Cristo de las Aguas de San Dionisio en rogativas por la lluvia, en la que siempre el inolvidable cura Bellido portaba un paraguas por si acaso aquello daba resultado. También recordé lo que relata el historiador Sebastián Marocho en su crónica “Cosas notables ocurridas en Xerez de la Frontera” cuando el domingo 2 de febrero de 1672 llovió tanto en Jerez que la gente que estaba en las misas no pudieron salir de los templos por las grandes inundaciones, cosa que obligó a los frailes de Santo Domingo a dar de comer a los asistentes a la misa. A este respeto cuenta también el citado historiador que, en 1656 en el entierro de la hija de un Villavicencio, llovió tanto y tan fuerte que para el sepelio de la difunta en lugar de trasladar el féretro a hombros como era costumbre,  hubo de utilizarse un coche de caballos de los pocos que había por aquel entonces en Jerez. Consignando este hecho como un acontecimiento local, ya que fue la primera vez que ello se hacía de ese modo.

Ya de vuelta, en lugar de tomar por Plateros, lo hice por la calle de atrás, por la de Chapinería, donde parece ser que en una tienda allí situada se vendió por primera vez tabaco en Jerez, ello fue en 1655. Es de suponer que en principio aquel negocio tuviera poca clientela, poco más o menos como las diversas tiendas para la venta de cigarrillos electrónicos que no hace mucho proliferaron en Jerez, las cuales en su mayoría han cerrado o cambiado de actividad.

También por aquel tiempo llegó a Jerez desde las Américas un producto que con el tiempo gozaría de gran favor entre la gente. Se trataba del chocolate, y fue precisamente  a parar en un principio al convento del Espíritu Santo. Bebida de los cielos que vino a sumarse a las exquisitas bizcotelas que las monjas elaboraban allí al menos desde el siglo XVII. Años más tarde se establecerían en Jerez las llamadas chocolaterías, antecesoras que fueron de las  botillerías o cafeterías, de las que fueron pioneras en nuestra ciudad, ya en el siglo XIX, La Junquera, La Veracruz  o el Café del Conde.

Y así termino por hoy este paseo por el desván de los perdidos recuerdos en un soleado día de invierno que más bien parecería primavera, a no ser por las pardas hojas que tapizan las calzadas de esta viejas calles y plazas que tienen vida y tienen alma, que guardan secretos, aconteceres e historias bajo los claros resplandores de otros cielos, de otros tiempos, de otros amaneceres, de otros ocasos, de otras noches estrelladas.                                        (1) El templo de Santiago fue de nuevo abierto al culto tras once años cerrado y una costosa rehabilitación el 23 de julio de 2016


DEL PASEO DE CAPUCHINOS A LA AVENIDA ÁLVARO DOMECQ

Paseo de Capuchinos a principios del siglo XX


Antigua iglesia de Capuchinos


          

Hagamos un breve recorrido por la historia del más hermoso de los paseos de Jerez: el de Capuchinos. Nombre que toma naturalmente del convento de los frailes capuchinos establecidos allí desde el siglo XVII y que antaño se iniciaba a la altura del Mamelón. Según refiere en uno de sus trabajos el ínclito historiador y archivero municipal Adolfo Rodríguez del Rivero, en el año 1784 se construyó un trozo de carretera con unas barandas de madera a ambos lados de ella en lo que hasta entonces había sido el inicio del camino que conducía a Sevilla. Sería al año siguiente cuando comenzara la pavimentación del camino de Jerez a Sevilla para convertirlo así en calzada o carretera con firme de piedra partida, para lo que se emplearon dos mil hombres divididos en varias cuadrillas. Son estas las primeras noticias escritas que conocemos de nuestro Paseo de Capuchinos. En cuanto a las antes aludidas barandas que separaban la zona destinada a la circulación de carruajes del paseo propiamente dicho, subsistieron hasta el invierno de 1810, fecha en la que una división del ejército español al mando del duque de Alburquerque en retirada hacia Cádiz, perseguida por los franceses, pernoctó allí y las quemaron para calentarse.

        En 1817 se invirtieron 1.779 reales en la plantación diversas especies arbóreas a lo largo de todo el paseo. En 1824 el Ayuntamiento recibe la orden de adecentar las entradas y salidas de la ciudad con motivo de la visita de las infantas de Portugal.  Por esta causa se efectúan importantes reparaciones para lo que se hizo necesario arrancar los árboles que se  sembraron siete años antes. La última y definitiva plantación arbórea que se lleva a cabo en el paseo que nos ocupa se efectúa 1852, siendo alcalde de la ciudad don José Barba y Mateo. Dicha arboleda, de la que aún quedan algunos centenarios ejemplares, subsistió hasta la construcción en 1957 de la actual avenida Álvaro Domecq. El historiador Joaquín Portillo, en su obra Noches Jerezanas, publicada en 1839, nos describe este paseo de la siguiente manera:

      "La entrada a la ciudad por esta parte es el ameno paseo llamado de Capuchinos, porque termina con el ex convento de esta orden. Le adornan y embellecen una porción de huertas regadas con sus respectivas norias, que con su arbolado despiden un gas tan benigno como saludable. Tiene 800 pasos de largo y se eleva no poco sobre el resto de la campiña. Principia el paseo por una glorieta o plaza circular compuesta de dieciséis ochavas, y continúa en línea recta por unos muros que forman medias lunas con sus adornos en la cúspide, casi hasta entrada de la espaciosa calle de Sevilla."

            Y ahora avancemos en el tiempo para recordar cómo era este paseo hasta la primera mitad del siglo XX, cuando se construyó la Avenida Álvaro Domecq, que dicho sea de paso recibió dos nombres antes del actual como fueron: Gran Avenida y Avenida de América. Dicha avenida, como recordaremos, la conformaba lo que era la carretera a Sevilla propiamente dicha, la cual partía desde el Convento de Capuchinos con una ancha calzada de cuatro carriles en el centro y dos laterales menores delimitados por hileras de árboles que le daban un sello muy característico. Nada más comenzar, a la derecha donde está el Consejo Regulador, se ubicaba una fábrica de harinas y, en el lado izquierdo, varios palacetes y casonas entre espesa arboleda de los que aún sobrevive Villa Elena, así como el edificio que fuera clínica del prestigioso traumatólogo Dr. José Girón Segura, centro donde dicho médico efectuara uno de los primeros injertos óseos de los que se hicieron en España. El mismo lugar donde el 10 de junio de  1948 descansara un buen rato tras su viaje el descubridor de la penicilina y premio Nobel Sir Alexander Fleming y donde a través de los micrófonos de Radio Jerez se dirigiera a los jerezanos, actuando como traductor el recordado Dr. José Arcas Gallardo.

       En los terrenos donde hoy se alza el Instituto P. Luis Coloma se encontraban los viveros municipales, hoy ubicados en el Parque del Retiro. Justo enfrente, en la acera izquierda y el mismo lugar donde hoy se encuentra una urbanización de chalets, teníamos la plana mayor de la denominada Yeguada Militar, unidad de caballería que años después pasaría al Cortijo de Vicos.

      Y vamos ahora con una anécdota curiosa. Junto a la citada Yeguada existió una finca denominada Huerta de la Verbena en la que sucedió lo que a continuación voy contar. Resulta que, a finales del siglo XIX y principios del XX, hubo en España una gran escasez y encarecimiento del tabaco con motivo de la pérdida de Cuba tras la guerra de España con los Estados Unidos, en la que sufrimos la destrucción de nuestra flota de guerra y como consecuencia nuestras últimas colonias. Ello propició enormemente el contrabando de tabaco desde Gibraltar. Por esta causa se montó una extraordinaria vigilancia en los accesos a la ciudad tanto por parte del cuerpo de Carabineros como en las casetas de arbitrios implantadas en todas las entradas a la población. Para evadir estos controles, un grupo de contrabandistas que traían sus alijos de tabaco desde Gibraltar a lomos de mulos y a través de los montes por intrincados caminos, establecieron su base en la mencionada Huerta de la Verbena, por aquel entonces lugar solitario a las afueras de la ciudad. ¿Y saben cómo introducían el tabaco en la ciudad? Pues lo efectuaban por la noche de una forma ingeniosa y nada arriesgada, lo hacían nada menos que valiéndose de perros adiestrados que transportaban en sus lomos la mercancía a diversas casas de la ciudad, así de sencillo. No he hallado noticias de que aquellos contrabandistas fuesen descubiertos.

       Ya llegando a la plaza del Caballo, como muchos recordarán, se situaba una huerta conocida popularmente como “de las lechugas”, en la que tras una visita al cementerio de Santo Domingo era casi obligado degustar sus hermosas lechugas bien enjuagadas con la fresca agua de un pozo, costumbre muy arraigada entre nuestra gente por aquellos tiempos. Recordamos también un bonito olivar donde hoy se alza Jerez-74.

            Aquel paseo de Capuchinos siempre tuvo un encanto especial. Agradable paseo bajo la sombra de su magnífica arboleda en las luminosas mañanas dominicales o en las tardes estivales, en un constante ir y venir de niños y mayores, mientras el barquillero con su bombo cargado de barquillos de canela o los vendedores del popular “pirulí de la Habana” pregonaban y atraían a los niños cual moderno Flautista de Hamelín. Y qué decir de aquellos bellos jardines de la Rosaleda, hace años lamentablemente abandonados a su suerte, con sus pérgolas, sus estatuas, sus floridos arriates y su densa y fresca arboleda bajo la cual soñaron tantas parejas de enamorados. No olvidemos tampoco aquella rústica venta de Benjamín, a la que daba la bienvenida el busto de don Julio González Hontoria, y nos invitaba a descansar y a deleitarnos con un buen refrigerio entre buganvillas y enredaderas.

El silencio, el sosiego y el canto de los pajarillos invadían todo el ambiente, solamente roto de vez en cuando por el paso de algún viejo Austin, de un ruidoso camión o el alegre trote de un coche de caballos.  En fin, una estampa bucólica de unos tiempos que quedaron en el recuerdo. Aunque dejando a un lado historias y nostalgias, es preciso reconocer que nuestra Avenida sigue siendo la más hermosa, noble y señorial de todas las que existen en la ciudad. Digno pórtico de entrada a Jerez para orgullo de propios y admiración de extraños
Antonio Mariscal Trujillo

 Publicado en Diario de Jerez el 17/11/2014

Aquella Plaza de Plateros




Plaza de Plateros a finales del siglo XIX


Aquella Plaza de Plateros

         En plena canícula veraniega y sentado bajo la fresca sombra de sus grandes árboles en el velador de una cervecería, una imaginaria máquina del tiempo me trasladó hasta aquella otra plaza de Plateros de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, cuando la misma era lugar de obligado paso, ágora ciudadana, centro comercial abierto e imaginario patio de una casa de vecinos.

         En la quietud y el silencio me recreé en todos y cada uno de sus edificios, y recordé a mi padre, con su inmaculada bata blanca, colocada sobre una impecable camisa, dejando asomar su bonita corbata, y su medio siglo elaborando fórmulas magistrales como encargado de aquella farmacia que fundara Onofre Lorente Roldán en el primer tercio del pasado siglo. Justo al lado de la botica, la panadería de Consuelito, mujer alegre y salerosa como ninguna, que hasta pudo haber sido mi madre, ya que la madre de ella estuvo empestillada en casarla con mi progenitor cuando éste apenas tenía 18 años. Cosa que no consiguió puesto que mi padre se enamoró de una niña llamada Catalina que vivía encima de la farmacia, y que a base de bajar muchas veces a llamar por teléfono consiguió su propósito.

         Junto a la panadería, la frutería de Mariano Ramírez, místico y cofrade, uno de los mejores vestidores de imágenes que hubo en Jerez. En la puerta de al lado, la tintorería Amaya con su encargada Lolita Calle, una mujer de bandera como se decía antes. Un poco más allá Borga, de Bohórquez y García, donde se vendieron los primeros motocultores mecánicos y los primeros Vespinos. O aquel Bar Victoria, regentado por Enrique, un gallego “suigenéris” con el mejor café de Jerez y que por no arriesgar mucho en su negocio sólo tenía una marca de vino: el fino Gaditano, así como dos clases de tapas: filete a la plancha y caballa en aceite. En frente, junto a la torre de la Atalaya, la barbería de los Manolos, como yo les llamaba y donde siempre había antológicas tertulias en las que se hablaba de todo en animado coloquio. Aquellos tres Manolos eran totalmente desiguales, uno alto y delgado, otro bajito y rechoncho, y el tercero menudito y poquita cosa. El gordo muy hablador y el bajito que repetía con sorna el final de las frases que el primero decía.

         En la acera de enfrente, la Papelería Salido, del padre de los Salido Freire, con el Sr. Bárcenas como encargado de toda la vida y el artista Pepe Guerra como ayudante. Junto, el almacén de Agustín Pina y más tarde la tienda donde se vendieron los primeros colchones de muelles: el colchon-muelle “Sema”. Pegado a este comercio el de muebles de un tal Camacho, del que popularmente se decía este slogan: “Para antes y después del gazpacho Muebles Camacho”. Siguiendo por la misma acera la relojería y platería “Roán” de Rosario Lorente y Angelita Lorca. Una vieja droguería, la Droguería España de D. Antonio Jiménez Canto, gran profesional del ramo y al que muchos llamaban con el cariñoso apelativo de “Don Cumplido” por su excesiva amabilidad hacia los clientes.

         Rebasando la estrecha calleja de Álvar López, la imprenta y litografía de Salido, a su vera el puesto de chucherías y baratijas de Miguel, el único que todavía subsiste, ahora en manos de sus hijos. Y donde dejar el viejo bar Recreo, regentado por dos hermanos, uno se llamaba Antonio y el otro era conocido por todos como “El Pájaro”. Buenísima persona y servicial donde los hubiere, con un torrente de voz que se le podía oír en toda la plaza. Este apelativo que nada tiene que ver con el que hoy conocemos como persona poco dada a la honradez, sino porque así se le llamaba en otros tiempos al pretendiente de alguna muchacha. Una tía mía que vivió en Barcelona hasta su muerte me aseguraba que dicho mote se lo puso ella cuando éste andaba pretendiéndola.

         Por fin, donde hoy está la cervecería El Gorila, la Magistratura del Trabajo, donde su magistrado, D. Eduardo Mozón, resolvía los conflictos laborales, a la vez que cuidaba amorosamente de su único hijo afectado del síndrome de Donw. En el lateral de este edificio y en el solar que dejara una casa derribada, unos puestos en los que se vendían periódicos, pescado y churros, y en la acera de enfrente un popular tabanco, el “Número Uno” con su tabernero Juan de toda la vida y el mejor “Maestro Sierra” fresquito, y servido en vasucos a su genuina clientela. Plaza toda ella de doble circulación, en una de cuyas aceras había una parada de taxis, posiblemente los mejores y más modernos de la ciudad. Recuerdo los nombres de algunos taxistas como los de Paco Fernández, Berro, Chica o Coiras.

         Una plaza con un incesante ir y venir de gente, con un comercio bullicioso, alegre y animado, en la paz y el sosiego de unos tiempos en el que toda su encantadora gente formaba parte de una verdadera familia y que ya nunca volverá.

                                                                  Antonio Mariscal Trujillo


                            Plaza de Plateros años 60                Foto: Luis Vázquez Calderón


En el cruce de la Victoria



CRUCE DE LA VICTORIA

Encrucijada en la que convergen cuatro emblemáticas vías de la ciudad: Ancha, Lealas, Ponce y Porvera.  Lugar donde se levantó el tramo más alto de las poderosas murallas que envolvieron la vieja medina almohade de la ciudad, con su fuerte torre octógona que protegía el ángulo norte  de este muro defensivo, hoy casi cubierta por las edificaciones de su entorno. Calle Ancha, que también se llamó hasta 1979 Canalejas, en recuerdo del que fuera presidente del gobierno español entre 1910 y 1912 y que fuera asesinado por un anarquista en noviembre de 1912 mientras miraba el escaparate de una librería.

Calle Ancha donde hasta la llegada de la década de los 70 veíamos la pintoresca estampa del paso de un tren cargado de botas de vino, arrastrado  por la popular “maquinilla”. Tren bodeguero que, sin ningún recato, se detenía en esta calle con todos sus vagones, y su maquinista bajaba a tomar café o copa en el bar Canalejas

         Al frente, la calle de las Lealas, que un día estuviese dedicada al prestigioso General jerezano del XIX, Sánchez Mira que tan destacado papel jugara en la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. A mediados de la calle, en la esquina con la de San Francisco Javier, una casa con una hornacina donde las hermosas hijas de un tal Sr. Leal se encargaban cada día poner flores a la cruz allí colocada. Al final de la calle terminaba la ciudad.

          Pero volvamos al cruce de la Victoria, de donde parte la calle Ponce, y que recuerda al jurado Pedro Ponce de Trujillo. Recreémonos en la graciosa torre manierista  del antiguo convento de los Mínimos, que en el siglo XVII levantara el alarife jerezano Antón Martín Calafate. Justo al frente, esquina donde hoy se alza un moderno edificio de viviendas, el recordado empresario del Villamarta, Francisco Riba Gabaldá, levantó a principios de los años 60 una moderna sala cinematográfica, que tomó como nombre de su apellido: “Cine Riba”. Una sala en la que, durante la época de la Transición, pudimos ver muchas de las películas que nos estuvieron vedadas en tiempos de la dictadura, al transformarse ésta en “Sala de Arte y Ensayo”. Pero el paso del tiempo, y con ello el cambio de hábitos, hizo que aquel magnífico cine fuera languideciendo, hasta cerrar sus puertas a mediados de los 80, siendo convertido posteriormente en una de las mejores discotecas de la provincia, la “Only Night”, que tampoco pervivió muchos años y terminó por cerrar, siendo derribado el edificio.
Calle Ancha en el cruce de la Victoria, año 1920