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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

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LA LEYENDA DE LOS CUATRO JUANES

 


Corría el año de 1407 cuando el Infante don Fernando de Antequera conquistó a los moros una de las más inexpugnables fortalezas de la provincia de Cádiz: la de Zahara de la Sierra. Tras la incorporación de ésta plaza a los dominios castellanos, el Rey don Juan II dejó en la misma una guarnición al mando de un alcaide y varios caballeros.

            En 1410 los caballeros jerezanos Juan Sánchez de Herrera, Juan García Picazo, Juan Fernández de Cuenca y Juan Fernández Núñez Catalán recibieron encargo de incorporarse a la dicha villa de Zahara para reforzar su defensa en caso necesario. De esta manera los citados caballeros emprendieron la marcha desde Jerez a su destino acompañados de dos criados y una mujer a los que se les unió en el camino un extranjero.

            Faltaban unas tres leguas para llegar a Zahara, cuando a lo lejos divisaron  un nutrido grupo de no menos veinticinco moros a caballo y a pie. Ante el peligro y lo desigual de las fuerzas decidieron esconderse. Pero ya era demasiado tarde, habían sido descubiertos, por lo que decidieron hacerles frente. Escondieron a los criados y a la mujer en el vado de un arroyo y se prepararon para enfrentarse en desigual batalla. Por su parte, el extranjero cogió su caballo y a todo galope huyó del lugar. Cuando llegó a Zahara contó al alcaide el fatal encuentro asegurando que  los jerezanos ya habrían muerto a manos de la morisma. Pese a ello el citado alcaide junto a un grupo de sus soldados salió de la villa con la intención al menos de dar su merecido a aquellos agresores.

            Cual sería su sorpresa cuando en el camino encontró a los cuatro Juanes que venían con un grupo de prisioneros. Se habían enfrentado ellos solos a 27 moros bien armados y los habían vencido. Catorce habían caído bajo sus espadas y otros trece habían sido capturados. Había nacido una leyenda y aquellos Cuatro Juanes quedaron desde entonces inscritos en la  historia. Durante mucho tiempo en Jerez no se hablaba de otra cosa, hasta el punto que a una calleja de Jerez llamada Poca Sangre por la que se accede hoy al boquete de la calle Larga  se le puso el nombre de ellos.

            Para terminar diremos que poco tiempo después de la hazaña de los Cuatro Juanes, el rey de Granada asaltó y saqueó la villa de Zahara permaneciendo en su poder hasta 1483, nueve años antes de la conquista de Granada. Desconocemos si durante este asalto perecieron aquellos jerezanos, puede que así fuese.

Antonio Mariscal Trujillo

Centro de Estudios Históricos Jerezanos

 


El vino de Jerez en la antigüedad




Las distintas variedades de cepas silvestres distribuidas a lo largo del Mediterráneo y en otros lugares de clima templado son las que dieron lugar a numerosas plantaciones de viñedos en estas mismas regiones. No se puede decir que la vid sea originaria de España ni tampoco sabemos a ciencia cierta quienes la introdujeron. El escritor romano Rufo Avieno escribió un libro de viajes titulado: Ora Marítima  en el que da cuenta de las peculiaridades de las tierras que rodean al Mediterráneo y el litoral Atlántico entonces conocido. Dice que fueron los fenicios quienes fundaron Cádiz (Gades) y Jerez (Xera) hacia el año 1.100 a.C. y que trajeron vides procedentes de la tierra de Canaam. Otros autores afirman que cuando los fenicios llegaron a nuestra zona  ya encontraron un vino mejor que el que ellos consumían. Lo cierto es que, como queda patente en diversas excavaciones arqueológicas tales como las del poblado fenicio de Doña Blanca entre Jerez y El Puerto de Santa María, desde la época fenicia se pueden observar depósitos domésticos en el subsuelo de algunas de las  viviendas que utilizaban para almacenar aceite y vino.

Cuando los romanos llegaron a nuestra tierra encontraron numerosas plantaciones de viñedos. En la tríada mediterránea, el trigo, el aceite y el vino fueron los productos básicos de la explotación agrícola, aunque varios edictos imperiales restringieron el cultivo de la vid a fin de favorecer la exportación los vinos producidos en la península itálica en detrimento de los de Hispania. Tan sólo se libraron de su destrucción las viñas béticas, así el vino producido en Ceret llegó a ser muy apreciado en la capital del imperio, por lo que era exportado por vía marítima en enormes ánforas de barro cocido. Vinum Ceretanum, Vinum Gaditanum y Vinum Hastense se documentan en diversas inscripciones. Por ello no es de extrañar que en los distintos yacimientos correspondientes a villas o cortijos  de ese tiempo también se hayan encontrado depósitos subterráneos y restos de ánforas para el almacenamiento de vino.

La obra escrita más antigua que sobre el cultivo de la vid y la crianza del vino en nuestra tierra data precisamente de la época  romana. El tribuno y agrónomo Lucio Junio Moderato Columela se ocupa de ello en su tratado Sobre la agricultura. Desde entonces han sido muchas las obras y referencias históricas que sobre este tema se han ido conociendo hasta llegar a nuestros días. En la España visigótica, San Isidoro de Sevilla cita en el año 634 de nuestra era en su obra De Laude Hispania doce clases de uvas destinadas a la mesa del rey.  La actividad vitivinícola en la actual zona del “jerez” no cesó ni tan siquiera durante los casi seis siglos de dominación musulmana. Se sabe que durante todo ese tiempo se siguió cultivando la vid, oficialmente para comer su fruto o para la elaboración de pasas, dado la prohibición coránica a los creyentes del consumo de alcohol, aunque se tiene la certeza de que también en  dicha época se elaboraba vino; es más la palabra “al-ambiq” proviene de la lengua árabe, y claro está que un alhambique sólo sirve para destilar alcohol (“al-kohl”). En el siglo XII existen ya pruebas documentales de embarques de vinos desde Jerez a la Britania del rey normando Enrique I  siendo ellos los que venían a buscarlos a nuestras costas.

Antonio Mariscal Trujillo

 

 

BANDO PARA LA SEMANA SANTA DE 1818(*)


         El Corregidor Sr. D. Fernando Reinoso y Roldán, capitán de fragata retirado, manda se observen puntualmente las siguientes advertencias durante estos días de Semana Santa.

            Se recuerda la Real Provisión del Consejo del 20 de febrero de 1777 en el que se prohíben los disciplinantes, empalados y otros espectáculos que puedan contribuir a la indevoción y desorden.
            Manda su señoría que los músicos instrumentales que concurran a dichas procesiones no toquen en ningún modo marchas alegres y sí devotas, dolorosas, piadosas y pianas acompañando solo los varios del Miserere y el Stabat Mater.
            También manda su señoría que los demandantes no pidan limosnas con voces descompuestas sino moderadas y devotas.
            Que por ningún título suban en la madrugada del Viernes Santo al Calvario hombres y mujeres juntos rezando la Vía Sacra, pues deben hacerlo las mujeres por la mañana y los hombres por la tarde, en la inteligencia de que en caso de contravenir esto se les exijan cuatro ducados de multa y se pondrán presos por 15 días.
            Que no se tolere los días de Miércoles, Jueves y Viernes Santo que dentro ni fuera de las iglesias existan rifas, porque además de ser esto prohibido del todo, debe observarse más particularmente en dichos días, con apercibimiento de perder todos los efectos que fuesen encontrados.
            Que en la noche del Jueves y Viernes Santo cierren todas las tabernas, mistelerías, pastelerías y bodegones, sin que por pretexto alguno se abran. El despacho para el sostenimiento preciso del vecindario lo ejecutarán por rejillas y ventanas hasta la hora de las nueve y no más, bajo multa consiguiente.
            Que no se pongan en dichos días en las calles y plazas mesas de comestibles y licores ni sean vendidos por ellas. Por último, que además de publicado por bando, serán en los barrios los cabos de la guardia responsables de que así se cumpla”.

            En aquellos tiempos salían en procesión las cofradías de Los Dolores que a las tres de la tarde del Miércoles Santo salía del convento de Belén. El Jueves Santo por la tarde seis eran las cofradías que hacían estación penitencial por las calles de Jerez:  San Juan Bautista del convento de San Agustín a las cuatro de la tarde; San Pedro de la parroquia de Santiago a las tres y media; El Dolor de la parroquia de San Dionisio a las cuatro; Las Cinco Llagas de la parroquia de San Juan a las tres y media; Las Lágrimas del convento de la Vera Cruz a las cuatro y el Dulce Nombre del convento de Santo Domingo también a las cuatro.

            Por lo que respecta a la madrugada del Viernes hacían estación de penitencia la de Nuestro Padre Jesús Nazareno del convento de San Francisco a las dos; La Piedad desde el Calvario a las cuatro, y El Desconsuelo de la parroquia de San Mateo a la misma hora.[1]

            Ya el Viernes Santo por la tarde desfilaban el Cristo de la Expiración que hacía su salida a las tres; el Santo Crucifijo de San Miguel a esa misma hora y, la Soledad una hora más tarde. Por su parte el Santo Entierro no tenía hora fija pues anunciaba su salida “a la hora que llegue a la ciudad”.

(*)De mi libro: "Historias de la historia de Jerez"





[1] Curiosamente no aparece en este año la salida procesional de Jesús Nazareno

Sucesos del antiguo Carnaval de Jerez

         Aunque existen noticias de la celebración del Carnaval en Jerez desde el siglo XVI, no sería hasta el XIX cuando estas fiestas alcanzan mayor esplendor y arraigo popular. Pero quizá fue durante el primer tercio del pasado siglo XX cuando adquieren mayor pompa con sus concursos de carruajes y disfraces, alumbrado extraordinario en calle Larga, comparsas, estudiantinas y bailes de máscaras por doquier.

         Voy a referir algunos de los sucesos que con motivo de dichas celebraciones ocurrieron en ese tiempo en nuestra ciudad. Así por ejemplo, en 1902, circularon billetes falsos de cien pesetas, lo que lógicamente produjo multitud de alborotos cuando la gente descubría que habían sido timados. La prensa de la época se hace eco de numerosos escándalos y altercados en la vía pública, así como la negación de la Banda Municipal de Música a actuar porque no se les pagaba, y ello ante la indignación del gentío. Los historiadores Manuel Ramírez y José A. Cirera nos cuentan que en 1904 los quince componentes de la comparsa Siglo XVIII fueron a parar a la cárcel por cantar coplas pornográficas y proferir graves insultos a las autoridades. Otros hechos delictivos como los de pedir dinero a personas pudientes y respetables bajo la amenaza de ponerlos en ridículo con sus coplas también eran frecuentes.

Por otro lado, ese mismo año de 1904 un guardia municipal borracho la emprendió a garrotazo limpio en la Rotonda de los Casinos con todo aquel que pasaba por su lado, siendo detenido por sus compañeros. También nos cuentan los citados historiadores que, en 1930, un hombre apareció en la calle Gravina con una cuchillada en el vientre, falleciendo posteriormente.

Pero el caso más grave tuvo lugar el día 26 de febrero de 1933 en plena República, cuando unos desconocidos colocaron una bomba en la puerta posterior del Casino Jerezano, la que daba a la calle Honda. La fuerte detonación se pudo oír en casi todo el centro de la ciudad. Hubo seis heridos y numerosos destrozos, tanto en el propio Casino como en las casas colindantes en las que saltaron la mayoría de los cristales. Aquello pudo haber sido una auténtica masacre a no ser porque media hora antes el baile infantil había terminado y todos los chavales se habían marchado a sus casas. El último carnaval que se celebró en Jerez lo fue en 1936, cuatro meses antes de comenzar la Guerra Civil, aunque ese año pasó ya sin pena ni gloria por el gran temor de la gente a lo que pudiese ocurrir. El Carnaval no se restableció en Jerez hasta bien entrada la década de los ochenta.


Los Reyes Magos de Jerez

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?.  Y al entrar en la casa vieron al niño con su madre María, y postrándose ante él lo adoraron.




 EN LA FIESTA DE LOS REYES
Poco más dice el relato bíblico de San Mateo sobre un hecho que fue  progresivamente adornado durante la Edad Media. Poco a poco y a través del tiempo los Magos se convirtieron en Reyes y se les dio los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar. Como es sabido, la tradición cuenta que los tres Reyes Magos vinieron de Oriente y que guiándose por una estrella llegaron a Belén, buscaron al Niño Jesús recién nacido y le adoraron, ofreciéndole oro como  Rey, incienso como Dios y mirra como Hombre. De ahí emana la entrañable tradición española y de otros países hispanoamericanos de ofrecer regalos a los niños en  la noche del 5 al 6 de enero, en los últimos tiempos compitiendo con la introducción del Papá Noel en las costumbres navideñas debido a la influencia de otras culturas del norte de Europa y sobre todo anglosajonas.
Juguetes, golosinas y ropa de abrigo
Con respecto a nuestra ciudad, me he permitido buscar en diversos números de los primeros días de enero de finales del siglo XIX y primera década del XX del viejo periódico El Guadalete, para ver que decían de esta tradición en sus páginas. Salvo algunos anuncios de establecimientos como el del Sr. Gutiérrez en la calle Algarve 8 y 10 del que vemos cada año anuncios en vísperas de Reyes, en los que se puede leer que hasta el día de 6 de enero mantiene su exposición de juguetes con precios fijos y al alcance de  todas las fortunas, no encontré ninguna noticia o evento relacionado con la festividad, a no ser algún baile en el Casino Jerezano e incluso, extrañamente,  algún otro de máscaras. También hay noticias de que el Sr. Luis de Ysasi, prócer jerezano que legara a nuestra ciudad su finca de El Retiro, regalaba el día de Reyes, en los albores del pasado siglo, ropa y juguetes a una relación de  niños necesitados de la ciudad.
Ya en tiempos de la II República hallamos noticias en prensa de la entrega de juguetes, ropa de abrigo y golosinas en algunos colegios de  nuestra ciudad con motivo de la festividad de Reyes, concretamente en el colegio que estaba situado en el interior del Real Alcázar, del que era protector y principal bienhechor el Sr. Salvador Díez, quien a sus expensas se encargaba de adquirir dichos  regalos. Cercano a este centro, en la Maternal de calle Armas, también en dicho tiempo y a cargo del Ateneo se regalaban juguetes y ropas a los escolares.

 
Anuncio en El Guadalete 1902
 Cabalgata de Reyes, un poco de historia
En cuanto a la tradición de una cabalgata para anunciar la llegada de los Reyes Magos es muy antigua, la misma se remonta al año 1866 cuando en la ciudad alicantina de Alcoy se organiza la primera cabalgata de reyes de las que se tiene noticia en España. En Jerez no sería hasta el año 1923 cuando sus calles vieran por primera vez el paso de una Cabalgata de Reyes. La cual, al igual que en Sevilla que la venía haciendo desde 1918,  era el Ateneo quien se encargaba de su organización, con el único afán de llevar regalos e ilusión a los escolares más necesitados. Tanto el coste de los juguetes a comprar que, según las normas había que hacerlo a comerciantes de la ciudad, así como los gastos de la cabalgata eran obtenidos a base de donaciones particulares que el Ateneo se encargaba de recaudar, también se obtenía alguna pequeña ayuda del propio Ayuntamiento. Ni que decir tiene que aquellas cabalgatas eran de lo más austero y en nada parecido a las de ahora, desde luego sin carrozas, ni camellos. Según nos cuenta Pepe Castaño en su precioso libro sobre los Reyes Magos, el cortejo que acompañaba a sus Majestades de Oriente en aquellas primeras cabalgatas lo abría una banda militar de cornetas y tambores, tras la misma, una serie de figurantes disfrazados de egipcios y árabes, nada más. En 1926 la cabalgata saldría a las siete de la tarde del Cuartel de Tempul, precedida de la banda de cornetas y tambores del regimiento de Villaviciosa, recorrería las calles principales del centro de la ciudad. También se anuncia a las seis de la tarde una función de fuegos artificiales en Alameda Cristina.

                       Con el advenimiento de la Guerra Civil el Ateneo Jerezano quedó prácticamente inactivo, sus comisiones desaparecieron y con ellas la encargada de organizar la cabalgata. Acabada la contienda se hicieron algunos actos aislados organizados por el Frente de Juventudes con motivo del día de Reyes, tales como un concurso de dibujo infantil, una velada teatral o un concurso literario sobre este tema. También a mediados de aquella década de los cuarenta, aparece en la prensa la noticia que unos magos disfrazados habían desfilado por el centro de Jerez. Poco más hemos podido encontrar en hemeroteca. Será en el año 1949 cuando de nuevo se restablezca la Cabalgata de Reyes, en la que mi viejo y recordado amigo José María López-Cepero representó al rey Baltasar junto a Juan Manuel Rodríguez Almodóvar y Alberto González de la Peña. En dicha ocasión los reyes desfilaron montados en sendos caballos. Por cierto, el Ayuntamiento no participó aquel año aduciendo que no tenía dinero.
José María López Cepero,
Rey Baltasar en 1949

Evocación
En mis recuerdos de la niñez quedaron aquellos días de la ilusión y sus juguetes. El carrito de madera hecho a mano por un carpintero amigo de la familia, el cochecito pulga que se le daba cuerda por debajo, la cabeza de caballo de cartón piedra unida a un palo, los juegos de mesa de parchís y la oca, o aquel tren de resorte al que mi padre le ponía una bombillita conectada a una pila de petaca y me decía que era un tren eléctrico. También, en los días previos a la festividad de los Reyes, recuerdo aquellos grupos niños, tan pobres que nada tenían, tiznada su cara con un tapón de corcho quemado, pidiendo a coro por las calles unos céntimos para poderse comprar algún juguete. Eran los llamados “Tostaíllos”. Y lo hacían con tal gracia bajo los balcones de las casas que casi siempre les caía alguna moneda. Cantaban esto:
Somos cuatro tostaíllos que venimos a dar el tostooón
A la doña, doña Juana, la que está en el balcooón.
Una perra pá jabón, pá quitarme los churreeetes.
Pero quizás el recuerdo más entrañable es para mí, sin duda, aquella noche de Reyes cuando, tras la cabalgata, nos acostábamos muy pronto después de dejar los zapatos detrás de la ventana, “no sea que los reyes vayan a venir y estéis despiertos y se marchen sin dejar nada” nos decía mi madre. Digo mi madre porque mi padre no estaba en casa. Y es que él junto con otro amigo y mi padrino se encontraban en Casa Brotons disfrazándose de rey mago. De esa guisa alquilaban un coche de caballos en la Alameda Cristina y se dedicaban a ir casa por casa de los 18 ahijados que tenía mi padrino, Antonio Barrones se llamaba. Creo que Antonio nació para ser padrino, lo fue también de mis dos hermanas, y no de alguno de mis hijos porque cuando nacieron ya al pobre le había tocado marcharse para siempre. Pues bien, aquel alegre trío se pasaba toda la noche de reyes visitando las casas de ahijados y amigos, despertando a los niños y entregándoles sus regalos en la propia cama.
Pum, pum, sonaba el llamador de la puerta. ¿Quién es? Somos los Reyes, se oía desde la calle. Y nosotros que no habíamos podido conciliar el sueño hacíamos como que dormíamos y nos tapábamos la cabeza. Ni que decir tiene cual era la sensación que nos causaba aquella “visita real”. Habría que ver nuestros semblantes ante aquellos magos, no sé si era una mezcla de ilusión y de miedo a la vez, que sólo se desvanecía cuando los oíamos salir por la puerta y éramos dueños de todo el tesoro. Como es natural y por descontado,  en cada casa que “sus majestades” visitaban siempre caían una o dos copitas de aguardiente para acompañar un pestiñito o un polvorón, por lo que al terminar la “faena”, ya a las claras del día, la que “sus majestades” llevaban encima podría ser de acera a acera, circunstancia de la que no estaba excluido el cochero, que por descontado no se mantenía al margen de las generosas invitaciones. Mi padre, al que siempre le tocaba ir de rey negro, frecuentemente recordaba aquello como los mejores momentos de su vida, y yo los guardo en lo más profundo de ese lugar del corazón donde se conservan los recuerdos más queridos.
Hoy, cuando veo esos muñecos gordinflones de barba blanca, vestidos de rojo con los que algunos pretenden sustituir nuestra ancestral tradición y que por descontado gozan de todos mis respetos, pienso que los que todavía seguimos creyendo en los Reyes Magos de Oriente somos unos afortunados.

Antonio Mariscal Trujillo

El vino de Jerez en tiempos remotos

Las distintas variedades de cepas silvestres distribuidas a lo largo del Mediterráneo y en otros lugares de clima templado son las que dieron lugar a numerosas plantaciones de viñedos en estas mismas regiones. No se puede decir que la vid sea originaria de España ni tampoco sabemos a ciencia cierta quienes la introdujeron. El escritor romano Rufo Avieno escribió un libro de viajes titulado: Ora Marítima  en el que da cuenta de las peculiaridades de las tierras que rodean al Mediterráneo y el litoral Atlántico entonces conocido. Dice que fueron los fenicios quienes fundaron Cádiz (Gades) y Jerez (Xera) hacia el año 1.100 a.C. y que trajeron vides procedentes de la tierra de Canaam. Otros autores afirman que cuando los fenicios llegaron a nuestra zona  ya encontraron un vino mejor que el que ellos consumían. Lo cierto es que, como queda patente en diversas excavaciones arqueológicas tales como las del poblado fenicio de Doña Blanca entre Jerez y El Puerto de Santa María, desde la época fenicia se pueden observar depósitos domésticos en el subsuelo de algunas de las  viviendas que utilizaban para almacenar aceite y vino.

Cuando los romanos llegaron a nuestra tierra encontraron numerosas plantaciones de viñedos. En la tríada mediterránea, el trigo, el aceite y el vino fueron los productos básicos de la explotación agrícola, aunque varios edictos imperiales restringieron el cultivo de la vid a fin de favorecer la exportación los vinos producidos en la península itálica en detrimento de los de Hispania. Tan sólo se libraron de su destrucción las viñas béticas, así el vino producido en Ceret llegó a ser muy apreciado en la capital del imperio, por lo que era exportado por vía marítima en enormes ánforas de barro cocido. Vinum Ceretanum, Vinum Gaditanum y Vinum Hastense se documentan en diversas inscripciones. Por ello no es de extrañar que en los distintos yacimientos correspondientes a villas o cortijos  de ese tiempo también se hayan encontrado depósitos subterráneos y restos de ánforas para el almacenamiento de vino.



            La obra escrita más antigua que sobre el cultivo de la vid y la crianza del vino en nuestra tierra data precisamente de la época  romana. El tribuno y agrónomo Lucio Junio Moderato Columela se ocupa de ello en su tratado Sobre la agricultura. Desde entonces han sido muchas las obras y referencias históricas que sobre este tema se han ido conociendo hasta llegar a nuestros días. En la España visigótica, San Isidoro de Sevilla cita en el año 634 de nuestra era en su obra De Laude Hispania doce clases de uvas destinadas a la mesa del rey.  La actividad vitivinícola en la actual zona del “jerez” no cesó ni tan siquiera durante los casi seis siglos de dominación musulmana. Se sabe que durante todo ese tiempo se siguió cultivando la vid, oficialmente para comer su fruto o para la elaboración de pasas, dado la prohibición coránica a los creyentes del consumo de alcohol, aunque se tiene la certeza de que también en  dicha época se elaboraba vino; es más: la palabra “al-ambiq” proviene de la lengua árabe, y claro está que un alhambique sólo sirve para destilar alcohol (“al-kohl”). En el siglo XII existen ya pruebas documentales de embarques de vinos desde Jerez a la Britania del rey normando Enrique I  siendo ellos los que venían a buscarlos a nuestras costas.

El pozo de la víbora

Pozo de la Víbora en tiempos pasados. 
Archivo Natividad Pérez
Muy antiguas son las referencias a este pozo situado al exterior de la antigua Puerta de Rota de la vieja muralla, lugar conocido como Picadueña Baja. Tan antigua son las noticias que ya a mediados del siglo XV en las actas capitulares se cita un pozo situado en esta zona en el sentido de  su reparación. Por su parte el historiador Luis de Grandallana en su obra Monumentos de Jerez nos habla en 1885 de una mina o galería que desde la Torre de Riquelme llegaba hasta el Pozo de la Víbora.

         Dicho pozo, actualmente cegado por estar en el área de un colegio, dio popularmente su nombre a toda la zona de su entorno. Una extraña denominación que dio lugar en tiempos pasados a toda clase de leyendas, historias, crímenes y suicidios. A ser sinceros, desconocemos el origen del apelativo  “de la víbora” En principio podría ser por haberse encontrado por allí algún ejemplar de este reptil venenoso, aunque es difícil que ello ocurriera, ya que la mayoría de este tipo de serpiente se da en el norte de la península, solamente hay una de ellas que habita al sur, y lo hace en zonas arbóreas. Pero en fin, no es raro que alguna inofensiva culebra por las inmediaciones del pozo apareciera y la gente pensara que era peligrosa víbora.

         Y ahora vamos a la leyenda, y decimos leyenda porque el hecho de desconocerse a ciencia cierta si la historia que vamos a relatar y que dio origen al nombre del pozo que aludimos ocurrió en realidad.


         La tradición popular cuenta, sin que se sepa cuándo,  que una mujer soltera y con dos hijos fruto de relaciones ilícitas se enamoró perdidamente de un hombre, el cual prometió desposarla con la condición que debería deshacerse de sus dos pequeños hijos, dándolos en adopción a alguna familia o dejarlos en una inclusa. Como la mujer no encontró quien se hiciera cargo de los niños, no vio otra solución que arrojarlos al pozo donde las pobres criaturas se ahogaron. Al día siguiente la mujer fue a ver al novio, y éste le preguntó que dónde había dejado a los niños. Ella le contestó que no había encontrado a nadie que se hiciera cargo de ellos y por lo tanto los había arrojado a un pozo. El hombre horrorizado al oír aquello fue inmediatamente a denunciar el hecho a la autoridad. Los cadáveres de los niños fueron sacados del pozo y la mujer apresada, juzgada y ejecutada. ¿Mito o realidad? nunca lo sabremos. Lo cierto es que una víbora con forma de serpiente o de mujer quedó reflejada para siempre en este lugar.

Leyenda de la imagen de la Virgen de Consolación


           


Nuestra Señora de Consolación
Una bella capilla que se sitúa en la intercesión de las dos naves del Real Templo de Santo Domingo de Jerez de la Frontera, en la que habitualmente se celebran las misas y demás ceremonias religiosas, ya que es el único lugar donde existe visibilidad total desde cualquier ángulo de este templo cuya planta tiene forma de T, es la Capilla de Consolación.
Su capilla
            Dicha capilla se construyó en 1537 a expensas de un noble jerezano llamado Jácome Adorno, siendo realizada por Pedro Fernández de la Zarza, alarife que tan magníficas intervenciones tuvo acerca de la construcción del templo de San Miguel por esa misma época como es su incomparable Capilla del Socorro. El interior de la Capilla de Consolación es un espacio barroco que puede contarse entre los más interesantes de la ciudad. Fue remodelado en los años setenta del siglo XVIII, realizándose el actual retablo para la imagen de la Virgen de Consolación a cargo del gran tallista jerezano Andrés Benítez. En cuanto a la imagen de la Virgen, motivo y eje central de la capilla, es una obra gótica de pequeño tamaño realizada en alabastro en el siglo XV, la cual se muestra sobre un trono de plata del siglo XVIII, tirado por dos bueyes. Un escudo de piedra, blasón de los Adorno, preside la parte superior de fachada de la capilla de Consolación, así como otros dos en cada enjuta del arco de dicha fachada,  ello indica inequívocamente  el patronazgo de esta familia sobre la capilla.
                Hasta aquí una breve descripción del lugar donde se venera esta advocación de la Virgen María co-patrona de la ciudad de Jerez y patrona de la abogacía jerezana de encendidas devociones a lo largo de la historia,  y que en épocas pretéritas era sacada en procesión cada 8 de septiembre  en su festividad.  En los tiempos modernos solamente la hemos podido verla salir en procesión el 20 de abril de 2013 con motivo de aquella magna celebración mariana denominada “Vía Lucis”
La leyenda
Ahora vayamos a la interesante leyenda sobre la que se basa la llegada a Jerez de dicha imagen. Como en cualquier otra leyenda, en ésta puede haber una base cierta a la que la fantasía popular a través de los años fue poniendo aditamentos más o menos fantásticos los cuales, mediante la tradición oral, se transmitieron de generación en generación hasta convertirse en creencia. Y este es el caso de la imagen de Nuestra Señora de Consolación.
La leyenda cuenta que, a mediados del siglo XV, por aguas del Mediterráneo y con rumbo a España navegaba un noble caballero genovés llamado Doménico Adorno. A caer la noche en el golfo de Rosas frente a la costa catalana, se levantó un horrible huracán que desarboló la nave dejándola a la deriva a merced del viento y de enormes olas. Los tripulantes del barco viéndose perdidos en la tempestad se encomendaron a la Virgen María, rogándole les salvara de aquel peligro extremo. Momentos después divisaron en la lejanía un vago resplandor que lentamente se acercaba a ellos. A medida que hacia la embarcación avanza aquella luz la violencia de las  olas fue perdiendo fuerza e intensidad. El temporal amaina y pronto pueden distinguir dos luces que suavemente se deslizan por el mar hasta llegar al costado del barco. Entonces echan un bote al agua y, al entrar en contacto con las luces, vieron asombrados una pequeña imagen de la Virgen. Doménico Adorno cogió la imagen entre sus brazos, subió a su nave y, entre aclamaciones de la tripulación, entrega a la Virgen el gobierno del barco y todos se van a descansar. Extenuado, Adorno queda profundamente dormido oyendo en su sueño a la Virgen que le dice: “Llévame a Xerez, al convento de los frailes predicadores que voy para consuelo de los jerezanos”.
Al clarear el día, los marineros despiertan y observan asombrados que en tan pocas horas los vientos y las corrientes habían arrastrado la nave inexplicablemente hasta la desembocadura del Guadalete en Puerto de Menesteo, hoy Puerto de Santa María. Desembarcan, y desde allí la imagen de la Virgen fue conducida a Jerez en una humilde carreta tirada por dos bueyes.
Pintura mural en la capilla de Gracias que representa
 la leyenda de la Virgen de Consolación
La llegada a Jerez 
Al llegar a la Ermita de Guía hizo alto el cortejo y Doménico Adorno procedió a colocar la imagen en el altar de su capilla, comunicando a continuación a la ciudad la nueva de la milagrosa visita. Preguntó quienes eran los frailes predicadores y le dijeron que los franciscanos se dedicaban a la predicación. Poco después llegó a la Ermita parte de la comunidad de franciscanos acompañada del Cabildo y numeroso público con la intención de llevarse la imagen al convento franciscano. Cosa que no fue posible ya que de ninguna manera pudieron mover la imagen del lugar donde estaba colocada.
Los dominicos, a los que más tarde llegó la sorprendente  noticia, acudieron también a la ermita. Después de orar postrados ante la imagen, fácilmente pudieron trasladarla a la carreta para conducirla a su convento. Pero como los ánimos de la gente no estaban a favor que la Virgen se fuera a Santo Domingo, lo frailes optaron por una sabia solución: dejar a los bueyes que libremente caminasen y fueran donde la voluntad de la Virgen les condujera.
Pasaron por varios templos sin que en ninguno parasen lo bueyes. Pero al llegar a Santo Domingo los animales se detuvieron instintivamente sin que fuese posible que dieran un paso más a pesar de los esfuerzos realizados para conseguirlo. De este modo los padres dominicos recibieron la bendita imagen entre aclamaciones y júbilo del numeroso público que presenciaba la escena. De esta manera la venerada imagen fue colocada en una capilla existente en el mismo lugar en el que se encuentra actualmente.
De encendidas devociones
En el siglo XVI un descendiente de Doménico Adorno, Jácome Adorno, mandó edificar a sus expensas la capilla en la que actualmente se encuentra. Ya que la devoción a esta imagen  se difundió rápidamente y gracias a su mediación se conocieron numerosos favores, en especial la curación de enfermos, sequías, epidemias o liberación de cautivos, hechos por los que en el año 1.600 fue votada como co-patrona de Jerez junto a la Virgen de la Merced. Tanto creció la devoción del pueblo jerezano hacia Nuestra Señora  de Consolación que pronto hubo de ampliarse la nave del Rosario, la que da a la Alameda Cristina, hasta las dimensiones que actualmente posee, derribándose previamente una qubba almohade allí existente. Posteriormente, en el siglo XVIII, se labró la hermosa fachada renacentista que da ingreso a este ala del templo dominicano.
Santo Domingo, portada de Consolación
Cuentan las crónicas que en octubre 1823 durante su estancia en Jerez del Rey Fernando VII y su esposa María Josefa de Sajonia, ambos acudieron al convento de Santo Domingo para orar y oír misa en la capilla de la Virgen del Rosario, teniendo ocasión de ver y admirar la imagen de  la Ntra. Sra. de Consolación que, por su pequeño tamaño y belleza, llamó poderosamente la atención de la soberana. Cuentan que la reina la miró y admiró cogiendo en sus manos la imagen con su corona de oro y diamantes, pero que sobre todo le hicieron mucha gracia los bueyes y la carreta de plata sobre la que se asienta.
Una historia, en parte leyenda y en parte realidad, pero lo cierto es que coincide en lo sustancial: Doménico Adorno trajo la sagrada imagen a Jerez desde su Génova natal. Una imagen que llegó a convertirse en un gran foco espiritual para los jerezanos, motivo incluso de peregrinaciones venidas de lugares alejados. Como decía en cierta ocasión nuestro buen amigo Eduardo Velo, una historia que habría que hacer revivir para todos aquellos que buscan consuelo en sus aflicciones, para que las nuevas generaciones no olviden que en Jerez existe una Virgen pequeñita pero con una devoción histórica muy grande.

Antonio Mariscal Trujillo


Doña Blanca de Borbón


Posiblemente sean muchos los que sepan que la populosa y comercial calle Doña Blanca de Jerez debe su nombre a la desventurada reina doña Blanca de Borbón, esposa que fuera del rey Pedro I el Cruel, la cual fue mandada asesinar por su esposo y enterrada en la cercana iglesia de San Francisco. Pero quizás sean menos los que conozcan la historia, por ello nos vamos a permitir ocuparnos de este hecho.
Existen algunas divergencias sobre la vida y el triste fin de aquella desgraciada reina que encontramos en las distintas fuentes que tratan este tema. Hemos consultado diversas obras como: Historia de Jerez y de los reyes que la dominaron del Padre Rallón, Monumentos de Jerez de Grandallana, Historia de Jerez de Adolfo de Castro, Crónica del rey Don Pedro de López de Ayala, Historia de Jerez de Bartolomé Gutiérrez o Historia del Alcázar de Jerez de Fernando Monguió, así como algunos  artículos de prensa histórica y de Wikipedia al objeto de exponer aquí algunos apuntes que nos acerquen de forma clara y a la vez concisa sobre este interesante hecho histórico sucedido en  nuestra ciudad.
Casamiento y reclusión
            El rey Pedro I llamado el Cruel por unos y el Justiciero por otros, nacido en 1334, fue hijo de Alfonso XI a quien sucedió en 1350. En 1353 contrajo matrimonio con doña Blanca de Borbón y Valois, una de las siete hijas del francés Duque de Borbón, a la cual abandonó a los tres días de la boda entre gran escándalo de la Corte. Aunque no está claro los motivos de este proceder, todo apunta a que el monarca después de haber recibido una sustanciosa dote por parte del padre de la novia, seguía estando enamorado y mantenía relaciones con doña Isabel de Padilla, al parecer consentidas por el marido de ésta don Alfonso de Alburquerque.
            Reseñan los historiadores que Doña Blanca era mujer hermosa, blanca, rubia, esbelta, de buen donaire y con la alegría y el candor de sus 18 años de edad. De nada le sirvió a aquel monarca el pudor y candor de su joven esposa, dado que a los tres días la abandonó para seguir sus amoríos con Isabel de Padilla, empeñándose en repudiar a su legítima esposa recluyéndola en el Castillo de Arévalo donde comenzó su calvario. Por defenderla públicamente el obispo de Segovia tuvo que exiliarse en Portugal. Inútil fue la mediación del Papa, quien influenciado por el Cardenal de Bolonia solicitó la libertad de la reina al rey don Pedro. Ello provocó que para mayor seguridad ordenase que Doña Blanca fuese trasladada al Castillo de Sidueña, conocido por dicha causa como Castillo de Doña Blanca. Tiempo más tarde la reina sería recluida en el Alcázar de Jerez donde terminarían sus días.
Del cautiverio a la muerte
            Cuenta la historia que conociendo el rey las censuras de los nobles de la corte y los romances que hacían los escritores en contra del martirio que sufría Doña Blanca, encargó a su médico privado que la envenenase, hecho al que se opuso el alcaide del Alcázar Diego Ortiz de Zúñiga, el cual prefirió renunciar a su cargo antes de permitir tal villanía.
            A la renuncia de Ortiz de Zúñiga fue encomendada tan sucia misión al un nuevo alcaide, el ballestero Juan Pérez de Rebolledo, el cual aceptó la misión sin el menor reparo. No se sabe de qué forma acabó éste con la vida de Doña Blanca, si fue con alguna pócima, un golpe de maza, apuñalada o cualquier otro procedimiento. Y aquella joven mujer, reina de España, hija de Borbón y descendiente de los reyes de Francia dejó de existir en el año 1361 a los 25 años de edad tras siete años de cautiverio.

Ni quito ni pongo rey
     Conocida en Francia la noticia del triste final, salieron para España varios caballeros franceses con su gente sedienta de venganza, entre ellos un hermano de la difunta, los cuales ingresaron en el ejército de don Enrique de Trastamara, hermanastro de don Pedro al que disputaba la corona. Entre estos caballeros figuraba el célebre Bertrand Du Guesclin  que en Montiel pronunció la famosa frase: “Ni quito ni pongo rey sólo ayudo a mi señor”, que como es sabido fue la causa que la corona pasara a manos de Enrique II por la muerte en aquel acto del rey don Pedro a manos de éste su hermanastro.


Cuando Jerez fue ocupado por los partidarios del Trastamara,  era alguacil mayor de Jerez Alonso Fernández de Valdespino, el cual, aunque en principio partidario de Don Pedro, se pasó al bando de los enriquistas. Su primera acción fue retener prisionero  en su casa a Pérez de Rebolledo, capturado cuando huía hacia Medina Sidonia, hasta su traslado a Sevilla, donde sería ejecutado como autor de la muerte de la esposa de Pedro I, Doña Blanca de Borbón. El ballestero fue ajusticiado en Sevilla, su cuerpo arrastrado por las calles y luego descuartizado. Hemos encontrado una referencia en cuanto a que los restos de Rebolledo fueron traídos a Jerez por su familia y enterrados en la capilla que llamaban de los Picaños en San Marcos.

Epitafio en San Francisco
            En cuanto a los restos de Doña Blanca, fueron depositados en la capilla mayor del templo de San Francisco de Jerez al lado del Evangelio. Y ello fue porque la reina había manifestado tal deseo cuando desde los torreones del Alcázar veía dicha iglesia. Cuando los Reyes Católicos visitaron Jerez en 1483, la reina Isabel ordenó se le diera sepultura al pie del altar mayor y se le rindieran los honores de reina. También ordenó poner una lápida de mármol con la siguiente inscripción:
“Consagrada a Cristo Sumo Bienhechor y Todopoderoso Señor Nuestro, Doña Blanca Reina de la Españas, hija de Borbón descendiente del ínclito linaje de los reyes de Francia, fue grandemente hermosa de cuerpo y costumbres, mas prevaleciendo la manceba, fue muerta por mandato del rey D. Pedro I el Cruel su marido. Año de Salud de 1361. Siendo ella de 25 años de edad”.

            Cuando se reedificó el templo de San Francisco a finales del siglo XVIII, hay noticias que los restos de Doña Blanca fueron depositados en una caja de cedro, guardándose en la celda del prior. Con el advenimiento de la Primera República en 1873, la caja de cedro fue depositada en el Archivo Municipal regresando al convento de San Francisco el 24 de febrero del año siguiente, colocándose en una pequeña cripta en el lado izquierdo del altar mayor.
La última noticia sobre la existencia de la mencionada caja nos la aporta en 1910 el que fuera archivero municipal Adolfo Rodríguez del Rivero, el cual dice que en esa fecha bajó a la cripta junto al entonces alcalde, el marqués de Campo Real, y allí estaba una desvencijada caja con los restos de aquella reina. Dentro de la misma, cuenta, había una lata que contenía un pergamino imposible de tocar pues se deshacía, dado su estado de descomposición. En cuanto a la lápida mandada a grabar por la reina Isabel la Católica se encuentra actualmente adosada al muro de la parte izquierda de presbiterio.

¿Jerez o Medina Sidonia?
Para terminar diremos que existen divergencias sobre el lugar donde fue asesinada esta reina, pues algunos historiadores sitúan el hecho en un torreón de la muralla de Medina Sidonia. Esta tesis, pensamos, se basa sobre todo en una placa que mandó colocar en dicho torreón en 1859 el heterodoxo escritor Mariano Pardo de Figueroa, más conocido por su seudónimo de “Doctor Tebussem”, en la cual se podía leer: “En esta torre estuvo presa y acabó sus días a manos del ballestero Juan Pérez de Rebolledo, en el año 1361 la virtuosa reina doña Blanca de Borbón esposa de Pedro de Castilla”  Si nos atenemos a algunos hechos resulta fácil deducir que no fue en Medina Sidonia donde tuvo lugar el suceso, por las siguientes causas: En primer lugar Juan Pérez de Rebolledo era alcaide del Alcázar jerezano y no de Medina cuando ocurrió el acontecimiento, y de hecho se le apresó cuando huía de Jerez camino de Medina Sidonia a la altura de la laguna. En segundo lugar, como decíamos anteriormente, la historia cuenta que la reina veía desde su encierro el templo de San Francisco y manifestaba querer ser enterrada allí. Por último no existe ningún documento, al menos que se sepa, que indique el traslado del cadáver de la reina a Jerez desde Medina Sidonia. También es posible la confusión al hecho de haber estado Doña Blanca recluida durante algún tiempo en el Castillo de Sidueña o Sadunia al pie de la Sierra de San Cristóbal, denominaciones que emanan de Saris Siduna,  nombre de Jerez en el Medievo, y ello puede relacionarse erróneamente con Medina Sidonia. El caso es que mientras no se demuestre lo contrario de forma fehaciente y, por las razones anteriormente expuestas, la muerte de Doña Blanca la deberemos situar en Jerez. 

EL COLEGIO LA SALLE DE LA ALAMEDA CRISTINA

           
   
Hace poco más de sesenta años y, coincidiendo con la llegada a Jerez del Hermano Eleuterio José como nuevo director de la Escuela de San José de la Porvera, iniciaría su prolífica andadura el colegio que hoy conocemos como La Salle-Buen Pastor.

    
 Pero repasemos un poco su historia. Sabido es que los primeros hermanos de la Congregación Lasaliana llegaron a Jerez en el año 1882 bajo los auspicios del acaudalado bodeguero Pedro Domecq Loustau, fundando su colegio en la plaza de Benavente esquina a Basurto. Siete años más tarde, en 1889,  fundan otro colegio, esta vez en el barrio del Mundo Nuevo con el nombre de Sagrado Corazón. Finalmente y por iniciativa del filántropo Francisco Díez y Pérez de Muñoz abren otro centro docente en la calle Antona de Dios, en el  lugar que anteriormente habían ocupado las bodegas Rivero. En todos estos centros, sostenidos por determinadas personas y entidades de la ciudad muy especialmente por las Bodegas Domecq, se impartían clases de forma gratuita. Por aquellos tiempos la enseñanza pública no alcanzaba ni a la mitad de los niños de nuestra ciudad.

      El que esto escribe había llegado a la Escuela de San José de la Porvera a los siete años de edad, pasando durante tres cursos por las clases de D. José Lebrato, D. Luis Romero y D. Camilo del Caso. Poco antes de comenzar el curso 1954-55 los Hermanos decidieron fundar su cuarto colegio en Jerez. En esta ocasión, y al contrario que los otros tres centros docentes que poseían, éste no habría de ser gratuito sino que  estaría sostenido por las cuotas mensuales de los propios alumnos. Los estudios que en este nuevo centro se habrían de impartir serían los de Comercio, desde peritaje a profesorado Mercantil. De esta manera en dos aulas de la planta baja de aquel edificio de la Porvera comenzaron las clases para los cursos de Ingreso y Primero de Comercio. Y como uno de esos primeros alumnos comencé allí mis estudios, unos estudios denominados por libre, en los que los alumnos tenían que pasar los exámenes al final del curso en la Escuela Profesional de Comercio para obtener las notas oficiales. Así las cosas, unas nuevas leyes de educación que fueron promulgadas por aquellos tiempos preveían en adelante el bachiller para cualquier carrera universitaria. Hasta entonces muchas de las carreras de grado medio, que hoy llamamos diplomaturas, se podían cursar directamente sin bachiller. Por ejemplo los de Comercio, Peritaje Industrial o Enfermería, estos últimos sólo necesitaban aprobar Fisiología e Higiene de tercero de bachiller para poder acceder a la escuela de Practicantes de la Facultad de Medicina.

       A la vista de esta nueva situación los Hermanos decidieron cambiar el rumbo y dedicar el colegio a los estudios de bachillerato que,  como muchos recordarán,  eran siete años, cuatro del Elemental y tres del Superior. Por esta causa, aquel verano de 1955, todos los del primer curso del nuevo Colegio de La Salle tuvimos clase diaria para en septiembre examinarnos del primer curso de bachiller en el Instituto P. Luis Coloma y así comenzar el curso 55-56 ya en segundo.

Llegado el mes de septiembre el nuevo colegio se trasladó desde la Escuela de San José a la Alameda Cristina, edificio que había sido Instituto de Enseñanza Media el cual ocupaba ya sus nuevas instalaciones en la Avenida Álvaro Domecq. En Cristina nuestro colegio compartió casa aquel primer año con la Delegación de Hacienda que ocupaba la planta alta. Un centro docente cuyo único equipamiento deportivo era una red en medio del patio para jugar en los recreos al balón bolea, balón que de vez en cuando se escapaba y rompía algún que otro cristal.

      Y así comenzó la historia de aquel cuarto colegio regentado por los Hermanos de la Salle en nuestra ciudad. Nuestra primera promoción fue avanzando en cursos y detrás vinieron numerosos alumnos en los cursos posteriores. Creo que ninguno de nosotros hemos podido olvidar a los beneméritos profesores que tuvimos, como fueron: Camilo del Caso, Juan Zapata, Hermano Teodosio, Hermano Gregorio, Hermano Luciano nuestro tutor, o el Hermano Eleuterio José director del centro.

      Aquellos profesores no sólo nos enseñaron matemáticas, historia, literatura, geografía o ciencias, sino que nos enseñaron a conocer la vida en rectitud, sentimientos, honradez y trabajo con los que poder llenar esos vasos vacíos e intangibles que todo ser humano posee desde que tiene uso de razón los cuales se van llenando a los largo de la vida.  En definitiva nos enseñaron a ser personas. Jamás se nos olvidarán aquellas meditaciones lasalianas antes de iniciar las clases en cada mañana. “Nunca seáis sepulcros blanqueados, blancos por fuera y llenos de podredumbre en el interior”. “Haced las cosas, pero hacedlas siempre bien, hasta el final, hasta último kilómetro”. “Que nunca prevalezca en vuestras vidas el verbo tener sobre el verbo ser”

En nuestro colegio no se necesitaban citas para “tutorías” con los padres como hoy, sino que cada domingo y tras la misa en San Juan de Letrán, en la que por cierto, nuestro coro cantaba como los propios ángeles, los padres departían con los profesores sobre la marcha de sus hijos. Esto junto con las notas semanales que llevábamos a casa hacía que en todo momento progenitores y profesores estuviesen al tanto en lo referente a la formación y comportamiento de los alumnos. Unos tiempos que yo recuerdo felices y que siempre llevaré grabado en ese lugar de la memoria donde se almacenan los más dulces momentos de la vida.

Y es que llegamos al colegio siendo niños y salimos ya hombres. Pero como todo, aquel período de la vida acabó y llegó el momento de separarnos, y cada uno de nosotros emprendió su nuevo camino. Muchos siguieron estudios universitarios o profesionales y con el tiempo llegaron a ser prestigiosos ingenieros, arquitectos, médicos, economistas, químicos o abogados. Incluso algunos de nuestra clase  alcanzaron a ocupar puestos de profesores en las  Universidades de Cádiz, Sevilla o Barcelona.

   
No nos volvimos a reunir hasta pasados más de cuarenta años. Así, el 7 de junio de 2002 nos reencontramos en el actual Colegio de la Salle-Buen Pastor de la calle Antona de Dios aquellos compañeros que a mediados de los años cincuenta iniciamos nuestra andadura en dicho colegio como alumnos de su primera promoción. Una treintena viejos amigos que crecimos juntos y aprendimos las enseñanzas de aquellos  religiosos de la congregación de La Salle. Unos afincados en Jerez y otros venidos desde distintos puntos de España tuvimos la fortuna de reunirnos, saludarnos, abrazarnos y contar nuestras historias de ese largo período de tiempo. Al día siguiente compartimos mesa y mantel exactamente en el mismo lugar de la Alameda Cristina donde nos educamos, ahora convertido en un moderno  hotel.

       Han pasado sesenta años, un tiempo inexorable en el que un niño se convierte en hombre, un hombre se hace viejo y un viejo se convierte en sólo un recuerdo. Algunos de aquellos compañeros nos dejaron ya para siempre, otros se asentaron en distintas ciudades donde establecieron su hogar, y los más siguen aquí en nuestra ciudad donde todavía tengo la dicha de saludarlos por la calle de vez en cuando, ya con el pelo blanco y el peso de los años y de la vida a sus espaldas.
Antonio Mariscal Trujillo

Publicado en Diario de Jerez el 3 de julio de 2015 en mi sección "Jerez en el recuerdo"