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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

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Luis Bellido Salguero. El cura Bellido

 


LUIS BELLIDO SALGUERO. Jerez, 1923 – 2000. Párroco de San Dionisio.

Padre Corona

CORONA HUMANES, Francisco. Pedreras, Sevilla, 1882 – Jerez, 1959. Arcipreste.

Hijo de familia muy humilde, pronto dio muestras de preocupación por cuantos necesitados le rodeaban. Muy joven ingresó en el Seminario Diocesano de Sevilla, cursando allí su carrera sacerdotal  y obteniendo después el doctorado en Teología.

Llegó a Jerez en septiembre de 1919 para ocupar la plaza de párroco de Santiago. En principio se instaló en una pobre pensión de la calle de la Merced. Posteriormente estableció su domicilio en unas dependencias anejas de la propia iglesia de Santiago.

Poco tardaron en apreciar sus feligreses, sobre todo los más humildes y los de origen gitano, las enormes virtudes tanto pastorales como humanas del nuevo cura, en un barrio pobre como el de Santiago y en unos tiempos difíciles y de mucha carestía como los que le tocó vivir, sobre todo tras la Guerra Civil. Su vida estuvo dedicada por entero a sus feligreses enfermos, pobres y necesitados. Su extraordinaria sencillez, su trato afable y su profunda humildad, le hizo ganar rápidamente el cariño y el respeto de todos. Sería prolijo relatar toda una trayectoria de servicio y entrega callada a los demás. Sólo baste decir que, en los terribles tiempos de la posguerra, cuando se carecía de todo, cuando el hambre y la enfermedad asolaban a la población, son muchas las familias de gitanos que reconocen no haber sobrevivido sin la ayuda del Padre Corona, quien obtenía de mil formas y con mil argucias las ayudas necesarias en comida y ropa para los más necesitados. El Cardenal de Sevilla, Arzobispo Segura Sáenz, conociendo los enorme méritos de este párroco, se sirvió nombrarle Arcipreste de Jerez.

En junio de 1959 el Padre Corona recibió el homenaje de sus feligreses al celebrar sus bodas de oro sacerdotales, en un acto solemne al que asistieron todos los estamentos de la ciudad: autoridades, clero, órdenes religiosas y el pueblo liso y llano le demostraron con este motivo el cariño, respeto y veneración que se merecía.
         Seis meses más tarde, el 24 de diciembre de ese mismo año, las campanas de Santiago y La Victoria anunciaban que el Arcipreste Corona había muerto. Su sepelio fue una de las mayores manifestaciones de pesar que se hayan conocido en Jerez. Un sencillo ataúd a hombros de sus feligreses, quienes se disputaban el honor de llevarlo, atravesó todo Jerez hasta la plaza de las Angustias, para desde allí ser llevado a cementerio de la Merced. Una calle del polígono de San Benito lleva su nombre.

Fuentes y bibl.: Marín Cabezas A. y cols., Santiago, la historia de Jerez partiendo del barrio, Artes Gráficas Delcast, Jerez 1980. Otros testimonios de familiares y personas que le conocieron.
Foto: Archivo familiar de Juan Hurtado Corona.

El Varilla



     Nunca supe cual era su verdadero nombre, sólo sé que todos le llamaban “El Varilla”. Era un personaje muy conocido en Jerez a causa de sus excentricidades, posiblemente debidas a un incorrecto funcionamiento de su mente, unido a una asidua afición por el vino. Tenía una madre que lo adoraba, decían que era una “santa”, que lo cuidaba con cariño y esmero. Nunca supo lo que era la tristeza, siempre alegre, siempre contando un chiste o la última anécdota satírica; se reía hasta de su sombra. Su manía eran los disfraces, igual lo veíamos vestido de flamenco que con traje de gitana cuando era feria, o de torero cuando había corrida. A veces hasta con un bikini puesto encima de su ropa y con un paraguas a modo de sombrilla. Que los soldados del regimiento juraban bandera, pues el de legionario. Que llegaba la vendimia, entonces se cubría con hojas de parra y se colgaba racimos de uva. ¿De donde sacaba los disfraces? eso nunca logré averiguarlo. El caso es que sus originalidades se convertían en tema de conversación de casi todo Jerez.

         Era costumbre que muchos de los socios, ya mayores, del Casino Jerezano, cuando este se ubicaba en la calle Larga, se sentaran en la calle durante los meses veraniegos en unos sillones. Pues bien, en cierta ocasión, el Varilla apareció por allí con un saco lleno de cuernos de toro, que sabe Dios de donde los había sacado, y vaciándolo al pie de aquellos encopetados señores dijo: “que cada uno coja el suyo”. ¡La que se pudo formar! Algunos comenzaron a reír a carcajadas y no pararon hasta el día siguiente, pero no del detalle del Varilla, sino de la cara que pusieron algunos que se sintieron aludidos.

         Muchas veces iba por la calle y al que pasaba le pedía un duro, a veces con insistencia cuando no lo conseguía a la primera. Tanto le llegó a insistir a uno que se resistía a su petición, que al final accede diciéndole: “Toma el duro y vete ya”. A lo que el Varilla le contesta: “Anda, si te parece por un duro me quedo y encima te pinto la fachada”. En otra ocasión., otro le da un duro y le dice: “Toma pero no te lo gastes en vino”. La respuesta del Varilla fue: “No, si te parece me compro un cortijo”

         Cierto día apareció por la Casa de Socorro, llevaba colgado un pico y una pala, de esos que sirven para hacer boquetes en el suelo, producen ampollas en las manos, dolor en la región lumbar, y que temen más que a un Miura aquellos que no han doblado el espinazo en su vida. En la mano llevaba unas tiras de papel numeradas y de un botón de su camisa colgaba una caja de aspirinas. Entonces le pregunté: “¿Qué haces tú con un pico y una pala?- Es que las estoy rifando, me contestó. ¿Y esa caja de aspirina que llevas colgada? Esta no se rifa, es para regalársela a quien le toque el premio”, respondió con una sonrisa maliciosa. Y así siguió caminando por las céntricas calles de Jerez haciendo las delicias de la gente con las que se tropezaba.

         Acostumbraba también a ir algunas veces a la Bodega Domecq en la que ejecutaba algunas de sus ocurrencias, hasta que llegó un momento que aquello llegó a molestar a alguno de sus directivos dando orden al portero de que no volviera a dejarlo pasar. Y así cuando otro día volvió, el portero le dijo que no se le ocurriera dar un solo paso para dentro. El Varilla da media vuelta y, cuando parecía que se había marchado, vuelve tras sus pasos, se pone justo en el dintel de la entrada, levanta su pierna derecha, la extiende, traspasa con ella el límite de la entrada y, un centímetro antes de que su pie posara en el suelo se vuelve bruscamente, retrocede dos pasos, le hace un corte de manga al portero y le dice: “¿Ves como entraba?”

         Pasó algún tiempo sin que nadie volviera a verlo, decían que su madre había muerto, y que al no tener quien lo cuidara, lo había recogido en el Albergue de San Álvaro[1]. Pasaron varios meses, quizás un año, cuando nuevamente se volvió a ver al Varilla por las calles, pero ya no era el borrachín simpático y bonachón que habíamos conocido antes, era un vagabundo sucio y enfermo, ya no inspiraba risa o alegría, sólo una gran tristeza. El Albergue de San Álvaro había cerrado sus puertas por falta de recursos y el Varilla se había quedado en la calle en el más completo abandono. Dormía en cualquier rincón, pedía limosna y bebía para olvidar. Varias semanas después, sería allá por el año 1976, cuando una mañana lo vi tirado en la puerta del viejo Hospital de Santa Isabel. El pobre al sentirse muy enfermo encaminó sus pasos a este centro sin saber que un año antes lo habían cerrado. A la puerta de su entrada tapiada encontré al Varilla tendido. Fui a un bar cercano por un vaso de leche, se lo di a tomar y llamé a continuación a la policía municipal.

         Cuando ésta llegó, lo subieron al coche patrulla para trasladarlo a algún centro benéfico. Ya en el vehículo le dije a los agentes: cuídenlo, cuídenlo con todo cariño, pues, además de un ser humano es parte de Jerez, tanto como la torre de la Colegial o las palmeras de plaza del Arenal. Pocos días después supe que el Varilla había muerto en el Hospital de Mora de Cádiz, Su figura y sus ocurrencias quedaron para siempre en el recuerdo de todos aquellos que le conocimos.

De mi libro: La historia pequeña de Jerez de la Frontera
Foto: Cristóbal Peña Armario, por gentileza de Antonio Valenzuela Sorroche y Francisco Frías Reyes





[1] Era un centro municipal radicado en calle Bodegas, asilo de indigentes sin hogar.

Emilio "El Guardia"

Cuando nos creemos que esta sociedad moderna es una sociedad de personas libres, a veces me pregunto que dónde está esa libertad.  Y es que si lo pensamos bien veremos que son muchas las cosas que esclavizan al hombre moderno, porque los cauces donde discurre nuestra libertad son tan estrechos que a veces nos ahogan. Somos esclavos del trabajo, de la hipoteca, de la electrónica, de los bancos, de los hijos, de nuestras ambiciones, de nuestra rutina, del dinero, del que dirán, de las normas, de las prohibiciones, de las leyes y hasta del propio Estado.

            Sólo he conocido en toda mi vida a un hombre completamente libre, y este hace poco nos ha dejado para siempre. Fue Emilio Guerrero Lozano, más popularmente conocido como Emilio "El Guardia”. A pesar de su discapacidad tuvo la dicha de vivir libre como los pájaros, su libertad sólo tenía una frontera, la que marca en casco histórico de Jerez. Hacía lo que le gustaba y quería, disfrutaba del cariño de la gente y le importaba un pimiento tantas y tantas cosas que a los demás nos preocupa y aflige.

¿Quién no vio alguna vez a ese hombre con guantes blancos y  silbato encabezando cualquier procesión, cabalgata o desfile por las céntricas calle de Jerez? era Emilio “El Guardia”. Creo que pocos han sido ajenos a la figura de este hombre, muy metido en su papel de policía, serio como corresponde a su interpretación, vestido de corbata y traje gris, e indicando a la gente que se aparten y abran sitio porque llega el desfile procesional.

            Emilio, personaje entrañable donde los haya, nació allá por el año 1936. Según decía su hermana Luisa, a su madre, cuando estaba embarazada se le presentó una apendicitis aguda, por lo que hubieron de operarla de urgencia en el Hospital de Santa Isabel. La falta de medios en aquellos tiempos y lo rudimentaria de la anestesia a base de éter o cloroformo pudo causarle al feto alguna lesión cerebral irreparable. Aunque al nacer fue bautizado, al llegarle la edad en la que los niños hacen su primera comunión, nadie lo consideró capacitado para ello, por lo que tardaría en hacerla nada menos que 57 años, creo que ha sido el bautizado que la hizo con mayor edad.

            La vocación de guardia le vino al bueno de Emilio desde muy lejos, ya que cuando sólo tenía diez años de edad se solía poner junto a los guardias municipales que dirigían el tráfico y los imitaba. Un día de procesiones le cogió a su hermano mayor, que estaba haciendo la mili, sus guantes blancos del uniforme y se los colocó. Ya desde entonces esta prenda fue para él un inseparable símbolo de “autoridad” a la hora de prestar sus servicios en la vía pública.

            En cierta ocasión, y tras haber realizado su habitual labor encabezando los desfiles un día de Semana Santa, llegó a su casa más contento que unas pascuas, traía en el bolsillo un billete de 20 duros que le había dado como gratificación nada menos que Álvaro Domecq, a la sazón alcalde de la ciudad. Aquello fue para Emilio igual que el primer sueldo de un primer trabajo. Desde entonces ya se consideró como un miembro más de la plantilla de la guardia municipal.

Pero no sólo lo veíamos encabezando desfiles, sino que además hubo una época en la que cuando veía coches mal aparcados se indignaba y les ponía un papel en el parabrisas a modo de multa. Algo que también llamaba la atención era cuando Emilio, “escoltando” la custodia del Corpus, a su paso por las calles hacía un enérgico gesto con las manos como queriendo decir: ¡arrodíllese, arrodíllese!. Incluso llegó una vez a quitarle el sombrero de un manotazo a uno que no se había descubierto al paso del Santísimo como manda el respeto. Desde luego que no ha habido en Jerez un guardián voluntario más fiel y eficiente. Por ello, el 27 de marzo de 2007, la Asociación Santo Ángel de la Policía Nacional le rindió un emotivo homenaje en el que se le impuso una medalla con esta grabación: “Por muchos años de servicio en su condición de “Emilio el Guardia”. Emilio fue un personaje muy popular y querido por todos. Su popularidad llegó incluso a traspasar fronteras cuando, en agosto de 2011, la revista corporativa de la compañía aérea Vueling publicó en inglés una amplia semblanza de nuestro simpático, único e irrepetible Emilio “El Guardia”, ahí es nada.

El 14 de agosto de 2016 Emilio el Guardia se marchó para siempre a otro lugar, a esos espacios infinitos donde reina el Creador. Y aquí en su ciudad dejó para siempre el recuerdo de una figura única e irrepetible que permanecerá eterna en el corazón de todos aquellos que le conocimos. Una figura tan jerezana como el Gallo Azul o las palmeras de Plaza del Arenal .

En la foto: con Pepe Castaño, Emilio "El Guardia y Manolito "El del Huerto"


Don Juan del Junco y la Escuela Profesional de Comercio de Jerez



Hasta la implantación en Jerez, a principios de los setenta del pasado siglo XX de los estudios de Magisterio, Turismo y Derecho, la única opción para poder hacer en Jerez unos estudios técnicos superiores fue la Escuela Profesional de Comercio. Un centro prestigioso donde se formaron miles de alumnos a lo largo de más de sesenta años y que dio a nuestra ciudad y, por ende a nuestro país numerosos y notorios hombres de empresa, directores de bancos, ejecutivos, expertos profesores, administrativos, acreditados contables y economistas e incluso catedráticos de Universidad. 
La creación de la Escuela de Comercio de Jerez se debió sin duda alguna al trabajo y el empeño de un hombre llamado Juan José del Junco y Reyes. Aunque nació en Vejer de la Frontera en 1885, llegó a Jerez con su familia cuando sólo tenía diez años de edad, al ser trasladado su progenitor a esta ciudad para ocupar plaza de titular como médico de la Beneficencia Municipal. Cursó los estudios de Bachillerato en el Instituto General y Técnico de  Jerez, para marchar posteriormente a Cádiz donde ingresa en su Escuela Profesional de Comercio. En 1905 obtiene con premio extraordinario el título de Contador Mercantil y en 1909 el de Profesor Mercantil con la misma distinción.
Fue nada más volver a Jerez cuando comienzan sus esfuerzos por engrandecer a la ciudad. Cree que hay que incrementar su industria y su comercio; considera necesario aumentar las exportaciones y piensa que para todo ello Jerez necesita contar con una Escuela de Comercio que facilite la preparación de los técnicos comerciales imprescindibles para tal fin. En 1914 comienza a dar sus primeros pasos al crear la Asociación Pericial Mercantil, consiguiendo interesar al Ayuntamiento y a la Cámara de Comercio de nuestra ciudad para que ayuden a fundar una Escuela de Libre Comercio. La misma fue autorizada por el Ministerio de Instrucción Pública ese mismo año, cuyas clases de matemáticas y contabilidad comenzaron a ser impartidas por el propio Juan del Junco en unas aulas cedidas por el Instituto General y Técnico en la Alameda Cristina.
Pero su empeño en crear una Escuela de Comercio no cejaría hasta que, el 29 de abril de 1921, un Real decreto aprueba la creación en Jerez de una Escuela Pericial de Comercio, siendo designado Del Junco como vice-director y catedrático interino de Contabilidad y Matemáticas de la misma. Fue decisivo para ello el concurso de dos Diputados a Cortes por Jerez como fueron Juan Romero Martínez y Francisco Moreno Zuleta, conde de los Andes. De esta manera se logra ofrecer a los jóvenes jerezanos unos estudios profesionales de calidad que tantos buenos frutos llegarían a dar a lo largo de su dilatada existencia. Aquella Escuela fue instalada en una casa arrendada por el Ayuntamiento en calle Francos nº 30, y allí permanecería hasta 1928 que se trasladó a la calle Porvera 54, ocupando parte de lo que en su día fuese el convento de la Victoria. En 1946 la Escuela contaba con casi trescientos alumnos en sus aulas, así como cerca de un millar de matrícula no oficial.
            En 1923 Juan del Junco gana por oposición la Cátedra de Contabilidad en la Escuela Profesional de Comercio de Cádiz, donde destaca en poco tiempo como un gran pedagogo. Fruto de ello es la elaboración de su “Proyecto de Estudios de Comercio”, el cual es aprobado por aclamación por el claustro de profesores y, posteriormente, presentado en la Asamblea Nacional de Profesores de Comercio celebrada en Madrid  en febrero de 1926.
            En 1928 a petición del claustro de profesores de la Escuela, una R.O. nombra a Juan del Junco comisario regio y director de la Escuela de Comercio de Jerez, por lo que vuelve a nuestra ciudad estableciendo su domicilio familiar en el nº 4 de la calle Bizcocheros. A partir de ese momento su incansable labor le lleva a conseguir el afianzamiento institucional de la Escuela de Comercio y su ampliación material y cultural. Así llegamos a 1972, cuando la Escuela Profesional de Comercio de Jerez se incorpora a la Universidad de Sevilla como Escuela Universitaria de Estudios Empresariales, pasando cinco años más tarde a formar parte de la Universidad de Cádiz.
Por lo que respecta a don Juan José del Junco, diremos que publicó infinidad de estudios monográficos en prensa y revistas sobre temas económicos. Su trabajo titulado: El Banco Nacional Agrario de España fue premiado por la Federación Agrícola Catalano-Balear. También publicó los libros: La Banca inglesa, antecedentes históricos y estado actual (Madrid, 1930); y Tratado de contabilidad general (Jerez 1943), este último fue considerado durante muchos años como una obra básica en su género.
En su constante inquietud por difundir la cultura y, como presidente del Ateneo Jerezano, amplió su biblioteca, volvió a editar la Revista del Ateneo, potenció la organización de conferencias y creó en el seno de dicha entidad las cátedras de idiomas y ciencias. Fue académico correspondiente de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz, y estuvo en posesión de la Cruz de Alfonso X el Sabio. En reconocimiento a su entrega y meritoria labor, el 25 de septiembre de 1942, por acuerdo municipal, fue distinguido con el título de Hijo Adoptivo de Jerez. Tras una larga y penosa enfermedad Juan José del Junco y Reyes falleció el día 6 de julio de 1950 en su domicilio de la Plaza de Plateros nº 15. Un interminable compuesto por sus numerosos amigos, compañeros, alumnos y ex alumnos acompañó el féretro con sus restos mortales desde su casa hasta la Escuela de Comercio donde, al igual que a los grandes artistas, le fue rendido un emotivo homenaje póstumo. El Diario Ayer publicaba al día siguiente de su fallecimiento una extensa crónica resaltando sus grandes cualidades intelectuales y humanas así como su entrega a Jerez, tanto en su faceta intelectual y docente como en la de Alcalde de la ciudad. “Un hombre ejemplar y único que dedicó su vida a Jerez” decía entre otras cosas.
Una lápida erigida a su fallecimiento en el patio de aquella Escuela Profesional de Comercio nos recuerda una vida entregada toda ella a Jerez y al fomento de la cultura de sus jóvenes. También una calle de la barriada de la Plata lleva el nombre de este ilustre jerezano de adopción y de corazón.
Antonio Mariscal Trujillo

Foto: Retrato al óleo de  la pintora jerezana Luisa Puig
Publicado el 10.11.14 en mi sección del Diario de Jerez

La increíble historia de Don Roberto, el portero de La Cartuja de Jerez

Imafronte del templo de La Cartuja de Jerez


DON ROBERTO (*)

Roberto Lañas en La Cartuja
            Le conocí a finales de los años setenta del pasado siglo XX. Fue en la primera ocasión que tuve de visitar el interior del monasterio de La Cartuja de Jerez, cuando, al llamar a la puerta de ingreso a la zona de clausura, fue él mismo quien la abrió y me franqueó el paso. Era un hombre que rondaría los setenta años de edad, de alta estatura y muy buen porte, amable, correcto, distinguido y de un trato exquisito. Lo primero que me llamó la atención fue que no vistiera el hábito cartujano, sino que iba con pantalón y camisa como cualquier seglar. Había ingresado en el monasterio de la Cartuja en 1972 en calidad de “Familiar Cartujo”, es decir, sin vínculo canónico alguno, sólo espiritual. Su misión en el monasterio era la de portero, aunque también hacía otros trabajos como los de carpintería. Moraba con los monjes como si fuera uno más de ellos, observando cada una de las duras y rígidas reglas de la Orden de San Bruno.

            Más tarde, en el transcurso de una conversación le hice la clásica pregunta de qué hacía un hombre como él en un lugar como este. Me respondió que vino al monasterio buscando el silencio y la paz espiritual  que necesitaba. Desde su Colombia natal y, tras un breve paso por Madrid, me decía, llegó a la Cartuja jerezana para pasar un mes en completo retiro y meditación y aquí llevaba ya cinco años. También me confesó que algún día tendría que volver a su país, porque allí vivían los hijos de una de sus hermanas, tenía una finca de su propiedad en la que, al igual que en Jerez, se criaban buenos caballos. Fueron varias las ocasiones posteriores en las que pude hablar con él en mis siguientes visitas a aquel monasterio, que dicho sea de paso es una de las Cartujas más espléndidas del mundo. 

     Don Roberto volvió a su tierra americana en 1987 durante un corto período de tiempo, posiblemente para arreglar sus asuntos personales, entre ellos su testamento, volviendo de nuevo a Jerez donde se quedó para siempre. Dos años después y, tras haberse confesado con el entonces Prior, el P. Arteche, al volver a su celda quiso tomar un baño, y sintiendo que no se encontraba bien se echó en su cama dejando de existir, parece ser que murió a consecuencia de un infarto. Tras los años de locuras de su pasado la Gracia Divina había tocado su corazón, dando lo mejor de sí en los últimos diecisiete años de su vida. Su cuerpo, cubierto únicamente con un lienzo blanco, fue enterrado tras las preceptivas honras fúnebres  en el patio del claustro grande también llamado del cementerio. Allí yace en una tumba anónima con una cruz de madera clavada sobre un túmulo de tierra como única señal de su inhumación, al igual que cualquier otro monje de los más de dos centenares que en ese santo lugar reposan desde hace siglos.

     En cierta ocasión que visitó Jerez el insigne escritor y Premio Nóbel mexicano Octavio Paz, éste fue llevado a conocer el monasterio cartujano. Al llegar allí junto con dos acompañantes jerezanos y tocar la aldaba de la puerta que da acceso a la zona de clausura, abre dicha puerta don Roberto ante el asombro del Nóbel mexicano. Pasados los primeros momentos de sorpresa, ambos se fundieron en un abrazo. Los dos hombres habían sido amigos desde los tiempos en que ambos vivían en Nueva York, al parecer trabajaban en las embajadas de sus respectivos países[1]. Octavio Paz no salía de su asombro ¿Cómo era posible que aquel hombre que en otros tiempos llevó una vida de lujo y comodidad, que había sido amado por las más bellas mujeres y ocupado importantes cargos en Ginebra y Washington hubiese cambiado poder y honores por la soledad, la austeridad y la dura vida cartujana? No se lo podía explicar. Al terminar la visita, el Prior salió a la puerta del monasterio para despedir al escritor, y con ellos don Roberto. Un fuerte y emocionado abrazo de despedida volvió a fundir a los dos hombres. Al cerrase las puertas, Octavio Paz, según me contaron, volvió la cabeza atrás con los ojos enrojecidos y alguna que otra lágrima intentando aflorar a sus mejillas.

    Hasta aquí, aquello de lo que fui testigo o me contaron de primera mano. Pero, ¿Quién era en realidad aquel don Roberto?. Lo cierto es que este personaje despertó siempre mi curiosidad. Aparte de en la Cartuja, llegué a verlo alguna que otra mañana en la céntrica cafetería La Vega, siempre con un par de amigos tomando un café, lo saludaba y me decía que había venido a la ciudad para hacer alguna gestión referente al monasterio. Y mi curiosidad aumentaba por saber algo más de aquel personaje, cosa nunca satisfecha hasta hace poco con la ayuda de Internet. Tras buscar, buscar y buscar, pude encontrar algunos artículos de prensa de diversa procedencia, así como un par de libros que tratan sobre un tema relacionado con él, como después veremos, tal es el espionaje en Estados Unidos a favor del régimen nazi. De esta manera he podido componer el rompecabezas que aclara la verdadera historia de este cartujano, que nunca fue fraile, que no hizo los votos canónicos de pobreza, castidad y obediencia, ni tampoco vistió el hábito de la Orden de San Bruno; pero que vivió entre los monjes observando fielmente su disciplina hasta el mismo día de su muerte.

            Roberto Lañas Vallecilla, este era su nombre, nació en Cali (Colombia) en el año 1908. Hijo de una distinguida y acomodada familia caleña, cursó sus estudios primarios en los Maristas y luego en los Franciscanos, con estos últimos descubre su vocación religiosa e ingresa en su noviciado. Tiempo más tarde es enviado a Roma para estudiar Teología en la Universidad de la Sapiencia y hacerse sacerdote. Todo fue bien, hasta que un día conoció a una hermosa vendedora de flores de la cual se enamoró, de modo que cuelga sus hábitos, vuelve a Colombia con su amante y trabaja como recepcionista en un hotel de su ciudad natal. En 1936 rompe aquella relación y marcha a París, había ganado una beca para estudiar en la Sorbona Ciencias Políticas y Derecho Internacional. Una vez concluido estos estudios y dominando al menos cinco idiomas, se establece en Ginebra donde ocupa un puesto como traductor en la Oficina Internacional del Trabajo. Y fue precisamente en un cabaret de esta ciudad suiza donde entra en contacto un nazi reclutador de espías. Parece ser que bajo los auspicios de los servicios secretos alemanes llega a Nueva York en 1940 para trabajar como lingüista. En aquellos años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, parece ser que Roberto Lañas no ocultaba su posición abiertamente pro alemana, por lo que en su lujoso apartamento congregaba a menudo a un grupo de germanófilos para debatir en prolongadas tertulias y oír la propaganda nazi de Radio Berlín.

Un destacado investigador sobre el espionaje alemán, el húngaro Ladislas Farago, en su libro “El juego de los zorros” hace referencias a un tal Roberto L, nombre que aparece en unos microfilms que encontró en unos archivos y dice de él: ¿Quién fue en realidad este hombre? ¿Cuál fue su papel en el espionaje alemán? ¿Cuáles fueron sus misiones? ¿Cómo sobrevivió después del juicio en el que todos sus compañeros resultaron condenados a muerte?. Estos interrogantes hicieron que el periodista colombiano Víctor Diussaba investigara muy a fondo sobre este apasionante tema. Fruto de ello fue la publicación por Editorial Planeta en 2011 de su libro “El espía que compró el cielo”. A través de esta obra hemos podido saber que nuestro personaje despilfarraba dinero en su etapa neoyorquina sin tener fuentes visibles de ingresos, que vestía elegantes y costosos trajes hechos a medida, que se rodeaba de las más hermosas mujeres, y que tenía tal encanto personal que le abría las puertas más refinadas de la sociedad neoyorquina de la época.

No se sabe a ciencia cierta que tipo de espionaje hacía Roberto Lañas, algunas informaciones apuntan a que era sobre la producción de armas, el caso es que en 1941 el FBI alertado por una modelo llamada Andry Dubal, al parecer despechada porque nuestro hombre la había rechazado, comenzó a seguir la pista de un supuesto espía al servicio de los alemanes que se hacía llamar Gabriel Reyes. Durante dos años estuvieron siguiéndole la pista sin éxito, hasta que en 1943 fue entregado por una novia suya, hija de un contralmirante de la marina de los Estados Unidos, la cual encontró unas cartas escritas con tinta en la que informaba de la fabricación en EE.UU de 7000 aviones de los cuales 4.000 iban destinados a Inglaterra. Dicha carta iba destinada a un enlace que tenía en Lisboa. Aquella amante sintiéndose indignada al haber comprendido que el colombiano no la amaba sino que la utilizaba para obtener información, llamó de inmediato al FBI denunciándolo. Fue detenido en el propio apartamento de ella y juzgado. En el proceso asumió su propia defensa y fue condenado a morir en la silla eléctrica. No se saben los motivos por los que se salvó de una ejecución inmediata, ya que otros cinco detenidos por el mismo delito sí fueron ajusticiados. Quizás le valió librarse de la muerte la evidencia de que toda la información que le habían interceptado estaba copiada del Boletín Panamericano y otras publicaciones, por lo tanto nada secretas, y que lo único que perseguía con su actividad era ganar dólares para sostener su buena vida, aunque ello no obviaba su delito contra la seguridad de los Estados Unidos en tiempo de guerra. Un testigo declaró en el juicio que muchas de las informaciones que vendía a los alemanes carecían de autenticidad y hasta eran inventadas por él.

Cinco años permanecería en el corredor de la muerte hasta que, en 1948, sus abogados convencieron a la justicia que Lañas era un pícaro colombiano más que un verdadero espía, y lo que en realidad hizo fue sacarle dinero a los alemanes a cambio de humo. De este modo su condena a muerte fue conmutada y gracias a la intervención del presidente de Colombia, López Pumarejo, fue excarcelado y deportado a Colombia. Allí trabajó algún tiempo como inspector de policía y secretario de la oficina de Circulación y Tránsito. Posteriormente pasó a dar clases en la Universidad del Valle como profesor de filosofía durante un período de 19 años. Al jubilarse vino a Madrid donde impartió clases en la Universidad Autónoma y tuvo oportunidad de relacionarse con personas de las altas esferas de la Capital.

Pienso que, posiblemente, alguna persona influyente con las que tenía relaciones en Madrid le habló de la Cartuja e incluso le facilitó el contacto con su prior, a la sazón el Padre Arteche. El caso es que no sabemos si por arrepentimiento de su licenciosa vida anterior o por necesitar del silencio, la oración y la meditación, se vino a Jerez para ingresar en monasterio y vivir bajo las severas reglas de la Orden de San Bruno durante un tiempo que se prolongó hasta el día de su muerte.

Hasta aquí la historia, brevemente resumida, de don Roberto Lañas Vallecilla, un hombre de mundo, un galán, un erudito, un lingüista que dominaba siete idiomas, y un espía que quiso alcanzar el cielo a través del silencio, el trabajo y la oración en la Cartuja jerezana.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.

Referencias:
Ladislas Farago, El juego de los zorros, Laser Press, Mexico 1980. Victor Diussaba, El espía que compró el cielo, Ed. Planeta, Bogotá 2011. Castaño Rubiales, J., Historias y Leyendas de la Cartuja de Jerez, Jerez 2004. José E. Rojas, Desde Cali con amor, en El País.com, 7/11/2010. Otros artículos de prensa publicados en el New York Times en noviembre de1943.

(*) Este trabajo lo publiqué en Diario de Jerez el 27 de octubre de 2014
Fotos: A. Mariscal


Claustro grande o del cementerio donde fueron inhumados los restos de D. Roberto Lañas




[1] Circunstancia ésta que no hemos podido comprobar

José Luis Gallegos Arnosa

JOSÉ LUIS GALLEGOS ARNOSA. Jerez 1880 – Sevilla 1942

            Este jerezano, nacido en la calle Escuelas nº 27, pasó a la historia del deporte futbolístico por haber sido el fundador del Sevilla Club de Fútbol.  Hijo de Adolfo Gallegos y de Francisca Arnosa, vivió en su ciudad natal hasta 1890, fecha en la que su padre, empleado de una bodega, fue trasladado a Sevilla por motivo profesionales.
           
 En los inicios de su adolescencia, el joven José Luís, que se había aficionado al cante flamenco e incluso cantiñeaba con buen compás, hizo amistad con el que luego sería afamado intérprete de ese arte Silverio Franconetti, una amistad que al padre  del muchacho llegó a preocuparle en extremo, máxime cuando supo que ambos frecuentaban la Alameda de Hércules, lugar que siempre gozó de pésima reputación.

            Por dicho motivo Adolfo Gallegos decide enviar a su hijo a estudiar a Londres. Allí permanecería José Luís durante varios años cursando estudios de Comercio, parte de los cuales los haría en la Universidad de Oxford, demostrando durante su formación ser un estudiante muy inteligente y destacado. En la capital británica no sólo se gradúa como Perito Mercantil, sino que llega a aprender y dominar otros idiomas además del inglés, tales como: italiano, francés y alemán. Allí comienza a practicar el “foot ball” y a dominar técnicas y reglamento de este deporte.

      Años más tarde vuelve a Sevilla estableciéndose como consignatario de buques y agente de aduanas, por cuyo motivo establece muy buenas relaciones con varios ingleses, entre ellos un tal Adam Wood que era un gran aficionado al fútbol.

       Hombre sencillo, abierto, emprendedor y amante de los deportes, solía organizar partidos de fútbol entre chavales, así como darles clases de teoría y reglamento de este deporte. Ello le lleva, junto con su amigo Adam Wood a fundar en 1905 el Sevilla Club de Fútbol, siendo su primer presidente hasta 1909 y repitiendo dicho cargo en los años 1913 y 1914. Contrajo matrimonio en contra de la voluntad de su familia con una señorita de humilde familia de Morón de la Frontera llamada Soledad Bellido Caro, nueve años menor que él, de cuya unión nacieron cuatro hijas: María Luisa, Josefina, María del Carmen y Pilar, esta última falleció siendo muy niña victima de la meningitis.

            Su actividad extra profesional no se limitó sólo a la fundación del citado Club de Fútbol, sino que también fundó el Club Náutico y el Círculo Mercantil de Sevilla. Fue un hombre profundamente religioso y gran entusiasta de la Semana Santa y sus Cofradías, a una de las cuales, la de Jesús del Gran Poder, estuvo íntimamente vinculado durante toda su vida.

         José Luis Gallegos estableció su domicilio familiar en la barriada sevillana del Tiro de Línea, concretamente en calle Teatinos 40, una casa con jardín a la que llamó "Villa Pilar" en recuerdo de su pequeña hija fallecida años antes. Según nos cuenta una de sus nietas, Pilar Ramos Gallegos, siempre estuvo volcado en el afán por mejorar su barrio a través de numerosas iniciativas.

          Falleció en Sevilla de forma inesperada en el año 1942 cuando contaba 62 años de edad, hecho que dejó a su esposa en una precaria situación económica. El nombre de este ilustre jerezano cayó injustamente en el olvido, y no sería hasta 63 años más tarde cuando su nombre volvería a salir a la luz con motivo del centenario de la fundación del Sevilla C.F.

            Por último debemos dejar constancia que José Luís Gallegos Arnosa no fue, como se podía pensar, hermano del famoso pintor y escultor jerezano José Gallegos Arnosa, ya que, aparte de la diferencia de edad, 21 años, el padre del pintor era José y el de José Luis era Adolfo. Sí que eran primos, hijos de matrimonio entre dos hermanos con dos hermanas, de ahí la coincidencia de sus apellidos.

Antonio Mariscal Trujillo
Centro de Estudios Históricos Jerezanos



José Ramón Fernández Lira

FERNÁNDEZ LIRA, José Ramón. Jerez 1935 – 2010. Profesor de Arte, escritor y dibujante. Foto: M.A. Velo

            Artista polifacético, maestro y figura entrañable para sus convecinos, destacó sobre todo por su gran amor a Jerez. Y es que la ciudad  que le vio nacer fue sin dudas su punto de mira artístico y emotivo. Todo giraba en torno a su ciudad: sus dibujos, sus carteles, sus escritos, sus fotografías, su docencia, y podríamos decir que hasta su propia vida. Los que le conocieron afirman que fue un hombre entrañable y a la vez afortunado, ya que siempre hizo lo que deseaba sin ataduras de ninguna clase, y ello le granjeó la amistad y la estima de sus conciudadanos, y como no, de los miles de alumnos que a lo largo de más de cuatro décadas recibieron sus enseñanzas.
           
       Nació en 1935 y ya desde muy joven sintió inclinación por el arte, ciertamente de la mano de su querido profesor Muñoz Cebrián. Así en 1954, cuando contaba 19 años de edad, comienza su carrera profesional publicando el cartel de la VII Fiesta de la Vendimia de Jerez. Desde entonces sus carteles anunciaron la Semana Santa, la Feria, el Corpus Christi, las Ferias del Libro o cualquier otro evento de los celebrados en Jerez. Una actividad para la que también era requerido por otras ciudades andaluzas, tales como: El Puerto de Santa María, Almería, Granada o Cádiz, donde sus carteles anunciaron los acontecimientos más variados: turismo fiestas, manifestaciones religiosas, congresos, etc.

            Su actividad docente la inició como profesor de dibujo en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Jerez, empleo que simultaneó en el Colegio de la Salle
hasta su jubilación en el año 2000.

            Ilustró libros, pregones, discos, revistas. Decoró capillas, como las de las Dominicas del Beaterio, la del Cristo del Amor, la de la Parroquia de San José, las de los Colegios de La Salle-Buen Pastor y de San José en Jerez, así como la del Colegio de San Francisco en Sanlúcar de Barrameda. Diseñó azulejos religiosos, fue comisario de diversas exposiciones y colaboró en la mayoría de los medios de comunicación locales.
            En su faceta de escritor publicó infinidad de artículos en prensa y revistas, así como los libros: Seis momentos de arte y cofradías (1978); “Collage”, apuntes sobre el patrimonio artístico de las Hermandades jerezanas (1984); Semblanza de la imaginería jerezana (1985); Jerez Semana Santa, (años 2003, 2004 y 2005); La Semana Santa de Jerez y sus Cofradías –Tomo IV; Pepe Guerra, 50 años de Belenismo (1997). Como coautor fueron sus publicaciones: Semana Santa en las Diócesis de Cádiz y Jerez (4 tomos, 1988) así como su obra póstuma en colaboración: Un paseo por Jerez, (Jerez 2010)

            Otra de sus importantes facetas artísticas fue sin duda la de fotógrafo. Siempre con su cámara en mano, dejando una colección de 61.000 fotografías de todos los aspectos imaginables de Jerez, muy especialmente de su Semana Santa. Como bibliófilo y coleccionista, logró reunir en su biblioteca 7.500 volúmenes de las más variadas temáticas, 3.500 revistas y catálogos, 600 películas en vídeo, amén de miles de postales, planos, carteles, bocetos, esculturas, dibujos y otras obras de arte. En 1997 y con el patrocinio del Ayuntamiento de Jerez fue inaugurado en la Plaza de los Ángeles el denominado “Fondo Documental Fernández Lira”, el cual desde ese momento legó a la ciudad de Jerez.

            El 2 de marzo de 1989, en sesión solemne fue recibido como Académico Numerario en la Real Academia de San Dionisio de Ciencias Artes y Letras, en la que desempeñó el cargo de vicepresidente y responsable de la sección de Arte. Ostentó también la condición de miembro de número del Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Falleció repentinamente el día 19 de julio de 2010. Sus exequias, a la que asistió la Alcaldesa de la ciudad, constituyeron un multitudinario testimonio de pesar. Al día siguiente todos los medios de comunicación locales y algunos provinciales publicaban tan triste noticia destacando que fue todo un símbolo para el Arte de su ciudad.

De mi libro: "Jerezanos para la Historia" Editorial Tierra de Nadie, Jerez 2011


Fuentes y bibl.: 20 Artistas profesores 20 - Escuelas de Artes Aplicadas de Jerez y Cádiz. Cajasur 1988; Siglo y medio de Arte Gaditanos 1834-1984, Caja de Ahorros de Jerez; Gran Enciclopedia de Andalucía (Tomo IV) 1979, Promociones Culturales Andaluzas; Diccionario Enciclopédico de la Provincia de Cádiz (Tomo III) Caja de Ahorros de Jerez, 1985; Historia del Arte en Andalucía (Tomo VIII) Ed. Gever, 1994.

Rafael Bellido Caro, Obispo


BELLIDO CARO, Rafael. Arcos de la Frontera, 1924 – Sevilla, 2004. Obispo de Jerez.

        Nacido el 10 de marzo de 1924, estudió bachillerato en el colegio de Ntra. Señora de las Nieves de su ciudad natal. Muy pronto sintió que su vocación iba por la vida religiosa, por lo que a la edad de 17 años ingresó en el Seminario Metropolitano de Sevilla, donde cursaría estudios de filosofía y teología, recibiendo la ordenación sacerdotal de manos del cardenal arzobispo de Sevilla D. Pedro Segura Sáez.

Sus primeros años de vida sacerdotal los pasa en Sanlúcar de Barrameda, donde fue profesor y director del Seminario Menor de dicha ciudad y después del Colegio Nuestra Señora de los Reyes en Bonanza. Posteriormente es destinado como párroco a la de San Andrés en Sevilla. Pasó más tarde como profesor y formador al Seminario Mayor de San Telmo, siendo designado a la vez delegado diocesano de suburbios y consiliario de las ramas juveniles de Acción Católica Diocesana.

Durante 14 años fue capellán de las religiosas Irlandesas de Castilleja de la Cuesta y profesor numerario de religión del Instituto San Isidoro de Sevilla. Pero su labor más destacada en la capital hispalense fue la del apostolado seglar en sus distintas facetas. Por un lado la Acción Católica en el ámbito rural, y por otro, las hermandades y cofradías, donde durante nueve años y como presidente adjunto de su Consejo, desarrollaría una destacadísima labor.

El 1 de diciembre de 1973, Pablo VI lo elevó a la prelatura nombrándole Obispo Auxiliar de Sevilla con dedicación especial a la zona gaditana del Arzobispado Hispalense. Fue consagrado por el cardenal D. José María Bueno Monreal el día 30 del mismo mes, en la parroquia de Santa María de Arcos, haciendo su entrada oficial en la zona pastoral de Jerez el día de Reyes de 1974. Es a partir de este momento cuando comienza a consolidarse lo que será la futura diócesis de Jerez. En 1980 se crea por fin la nueva diócesis de Asidonia-Jerez y monseñor Bellido pasará a ocupar el cargo de Obispo de la misma.

Veintiséis años se mantuvo al frente de su ministerio en Jerez, destacándose siempre por un profundo amor a todos los estamentos de la sociedad, muy especialmente a los pobres, marginados, drogodependientes, parados y enfermos. Rafael Bellido fue siempre un hombre bueno, sencillo, humilde, enemigo de pompas y boatos, querido por la inmensa mayoría de sus feligreses y, también, por que no decirlo, denostado por unos pocos que nunca comprendieron algunas de sus decisiones.

El 15 de octubre de 1999 el Ayuntamiento de Jerez en un pleno extraordinario acordó concederle el título de Hijo Adoptivo de la ciudad, en reconocimiento a los méritos contraídos durante sus veinticinco años de ministerio. También acordó rotular con su nombre una calle cercana a la Catedral.

De entre sus escritos pastorales caben destacar: Iglesia en marcha, dividida en tres partes (diciembre 1988, octubre 1997 y diciembre 1998); Sobre el diaconado permanente en nuestra diócesis, (octubre 1992 y octubre 1993); y Reflexiones sacerdotales, amén de su Carta del Obispo que puntualmente podíamos leer cada domingo en la prensa local.

En 1999, al cumplir 75 años de edad, presentó al Papa su disponibilidad para ser sustituido en su cargo en el momento que la Santa Sede lo estimara oportuno. La sustitución tuvo lugar un año después, cuando el 29 de junio de 2000 se dio a conocer la designación como nuevo Obispo de la Diócesis de Asidonia-Jerez de don Juan del Río Martín. A partir de ese momento, D. Rafael Bellido fijó su residencia en un pequeño piso de Castilleja de la Cuesta en Sevilla donde vivían sus hermanos. A finales de febrero de 2004, una dolencia cardiaca requirió su ingreso en el Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla, donde fallecería el día 16 de marzo de ese mismo año, siendo enterrado junto a su madre en el Cementerio de la Merced. Desde diciembre de 2012 sus restos descasan en la Catedral de Jerez.

De mi libro: Jerezanos para la historia

Francisco Lorente Roldán, pintor


LORENTE ROLDÁN, Francisco. Jerez, 1905 – Madrid, 1945. Pintor. Foto: Album familiar de R. Lorente

   Nace este afamado pintor jerezano en la casa de las cadenas, antiguo palacio de los Morlas y Melgarejos de la calle San Juan, el día 18 de julio de 1905, siendo el segundo de una numerosa familia compuesta por nueve hermanos.

     Sus primeros estudios los realiza en el colegio de las Carmelitas de la plaza de San Marcos, pasado luego a realizar los de bachillerato en el Instituto P. Luis Coloma de la Alameda Cristina. Acabados dichos estudios, se prepara durante unos meses en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad, siendo esta la única academia a la que asiste en toda su vida, por lo que su formación pictórica puede decirse que fue plenamente autodidáctica. Su primer estudio de pintura lo establece la plaza de San Andrés, trasladándose más tarde a Pescadería Vieja junto a la plaza del Arenal.

     Poco tiempo permanecería en Jerez, ya que en 1926 cuando contaba 21 años de edad se marcha a Madrid para cumplir su servicio militar y allí se establecería definitivamente. Parece ser, que al conocer sus mandos militares sus cualidades artísticas, lo licenciaron anticipadamente para que pudiese ejercitar sus dotes como pintor. Acto seguido abrió un estudio en Bravo Murillo 25.

      Durante sus estancias en Jerez, en dos ocasiones al año, solía frecuentar el desaparecido Café Fornos de la calle Larga, donde se reunía a diario en una tertulia siempre rodeada de pedigüeños, ya que el pintor tenía fama de ser muy desprendido y generoso. Tocaba la guitarra, cantaba flamenco y a veces escribía algunos apuntes poéticos llenos de frescura, ingenuidad y de un profundo lirismo pictórico.

Paco el pintor, como era cariñosamente conocido por sus amigos, murió en la flor de su vida a los 39 años de edad cuando estaba preparando su próxima boda. Dejó una obra magnífica y, para orgullo de Jerez, un nombre aureolado de gloria. Su obra pictórica se conserva casi por entero en manos de particulares, de las mismas citaremos: La familia y el mar, Descendimiento, El segador, Bodegón, Gente marinera, La echadora de cartas y Florero.

De mi libro: "Jerezanos para la historia" Editorial Tierra de Nadie, Jerez 2011

HERMANO TOMÁS


BENGOA LARRINAGA, Ezequiel. Hermano Tomás. Dima, (Vizcaya) 1886 – Griñón, (Madrid) 1984. Religioso lasaliano.

      Todavía hoy perdura el recuerdo en Jerez de aquel venerable Hermano de la Salle de pelo blanco y rostro bondadoso, a través del que se traslucía un alma llena de santidad. Su inconfundible figura, siempre vestida con el traje talar propio de su congregación, fue algo familiar por las calles de nuestra ciudad. Niños y mayores se acercaban a él para besarle la mano allá por donde se lo cruzaran. Veintisiete años permaneció en nuestra ciudad, primero en la Escuela de San José de la calle Porvera, y luego en la del Sagrado Corazón en el Mundo Nuevo. En dicho período educó y formó para la vida a miles de jerezanos que jamás pudieron olvidar sus enseñanzas. Su carácter afable y cariñoso, serio, sencillo y siempre abierto a oír y ayudar a todo el mundo.

      Nació el Hermano Tomás el día 10 de abril de 1886 en un pequeño pueblo vasco llamado Dima en la provincia de Vizcaya. Su padre, Vicente Bengoa, un humilde labrador que enviudó al nacer el quinto de sus hijos, luchó con denuedo para poder sacarlos a todos adelante. Con pocos años Ezequiel comenzó a ir al colegio, un colegio que como en todos los de España se impartían las clases en castellano, idioma que él no comprendía, pues nunca oyó otra lengua que el vascuence, por lo que en el colegio, como él decía, tenían que valerse de un traductor durante los primeros meses de enseñanza.

      Cuando contaba 14 años de edad, la llamada de la vocación le sonó muy fuerte, tras una visita que hizo con su padre a Bilbao para ver a su hermano mayor, que era ya religioso de las Escuelas Cristianas. Poco después haría su ingreso en el seminario de Bujedo donde permanecería hasta 1904, fecha en la que concluido su período de formación, es trasladado la Escuela de San José en Cádiz. Al año siguiente fue destinado a Madrid, de allí a La Felguera y nuevamente a Madrid, pero ya como director. Vuelve a Bujedo en Burgos, de donde marcha a Griñón. En este último destino le coge el estallido de la Guerra Civil, la cual pasará de cárcel en cárcel y de checa en checa, sufriendo vejaciones, calamidades y siempre amenazado con el paredón. Vivió aterrado el asesinato muchísimos religiosos, entre ellos su hermano Juan Antonio, el cual sería fusilado en Paracuellos del Jarama junto a otros centenares de personas sólo por su condición religiosa.

      En 1948 el Hermano Tomás llega Jerez, ciudad en la que habría de permanecer durante casi tres décadas. Aquí, como en otros lugares por donde pasó, dejaría huella profunda entre los jóvenes que tuvieron la fortuna de formarse con tan ejemplar maestro. Primero como director de la Escuela de San José y posteriormente en la del Sagrado Corazón. A esta última llegó en 1954 con la ilusión de ampliar las posibilidades educativas de aquel, entonces apartado barrio conocido como Mundo Nuevo, con una escuela de formación profesional, dado que la única existente en Jerez era la de los Salesianos, situada ésta en el otro extremo de la ciudad.

      El primer obstáculo que debería superar era el de la compra de un campo anexo al colegio. Pero de momento no podía contar con ello, ya que sus propietarios se negaban a venderlo. Un día surgió el milagro: los dueños de la finca le ofrecieron todo el terreno que necesitara a un precio de favor, a 75 pesetas el metro cuadrado. Habían comprendido que se trataba de una obra tan laudable como la de educar a la juventud de aquel barrio. Pero se hacía necesario otro milagro, el dinero para construir. De modo que el Hermano Tomás se fue a ver al marqués de Domecq siempre favorecedor de la obra lasaliana en Jerez. Y el marqués le prestó un millón de pesetas que, al acabarse y estando lejos de verse terminada la obra, obligó al Hermano Tomás a volver a requerir su ayuda. En esta nueva ocasión le prestó otro millón y le condonó la deuda anterior. Ello unido a varias donaciones anónimas, entre ellas una de doscientas mil pesetas y una ayuda de quinientas mil enviada por el ministro de Educación, el jerezano Lora Tamayo, hicieron posible la total realización de tan anhelado proyecto. Las obras finalizaron el 21 de octubre de 1964.

      En julio de 1965 llegó la noticia de que el Ministerio de Educación había concedido al Hermano Tomás la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio, como recompensa a toda una vida ejemplar dedicada a la enseñanza. Al mes siguiente todo Jerez le tributó un gran homenaje al que asistieron autoridades, compañeros, claustro de profesores del Instituto P. Luis Coloma y académicos de la de San Dionisio. Por su parte, el secretario de Ayuntamiento dio lectura al acta por la que se le nombraba Hijo Adoptivo de la ciudad, así como la rotulación con el nombre de Hermano Tomás Bengoa a una calle del barrio de Vallesequillo, cercana al colegio del Sagrado Corazón.

      El 13 de enero de 1975 cuando ya contaba con 89 años de edad, el Hermano Tomás abandonaría para siempre nuestra ciudad. Le había llegado la hora del retiro. Acompañado de otro hermano marchó a Griñón, aquella residencia lasaliana que en ocasiones había calificado como “antesala del cielo”. Allí permanecería nueve años más colaborando en forma activa hasta pocos días antes de su muerte ocurrida el 9 de diciembre de 1984.

Fuentes y bibl.: Hermano Ezequiel Bengoa Larrinaga, autobiografía, archivo Colegio La Salle-Buen Pastor, Jerez; AMJF, Archivo histórico reservado 19, 7. Otros testimonios de personas que le conocieron y recuerdos personales del autor.
Foto: Archivo Colegio La Salle-Buen Pastor.

EL PINTOR MONTENEGRO CAPEL


MONTENEGRO CAPEL, José. Cádiz, 1856 – Jerez, 1929. Pintor costumbrista.

     Artista bohemio, autor de infinidad de obras pictóricas que en su mayoría tienen como escenario los más diversos rincones de Jerez y de Sevilla, fue muy poco valorado durante la mayor parte de su vida y muchas de sus obras se perdieron por desconocimiento y escaso aprecio de sus compradores, para quienes la única motivación en la adquisición de uno de sus cuadros era, en múltiples ocasiones, la de dar una limosna al pobre para ayudarle a sobrevivir. Otras muchas de sus pinturas desaparecieron por lo efímero del material que utilizaba.

    Alto, delgado, de aspecto esperpéntico y siempre vestido de negro, vivió durante los últimos veinte años de su vida una existencia bohemia y errante. En dicha época pintaba diariamente un cuadro sobre cualquier trozo de madera y lo vendía por 4 o 5 pesetas. Con dicho importe pagaba cinco reales en la posada de la Paz en plaza de Vargas donde a veces dormía, con otras dos pesetas compraba pescado frito, una rosca de pan y su diaria ración de vino; el resto, para la necesaria pintura. En los días que no tenía dinero para pagar la pensión se le podía ver durmiendo en cualquier banco de la Alameda Cristina.

    Pintor escénico, enamorado de Jerez y de sus rincones, de pincelada impresionista y cálidos colores, puede decirse que fue el reportero gráfico del Jerez de entre siglos. A través de sus tablas podemos conocer como eran sus calles, patios y rincones urbanos, muchos de ellos lamentablemente desaparecidos.

      Montenegro presumía de haber pintado un cuadro en Sevilla, en el mismísimo palacio del duque de Montpensier, y que el mismo lo había adquirido el rey Alfonso XII en 1.225 pesetas. De su abundante producción, las mejores obras fueron aquellas que realizó hasta 1910, cuando contaba con el apoyo y mecenazgo de las más adineradas familias jerezanas, es ésta su denominada “época gloriosa”. Posteriormente se le fueron cerrando puertas, viviendo en forma menesterosa y abusando de la bebida hasta su muerte. Éste último período del pintor se ha dado en llamar la “época de la venganza”, dado que, a los que pretendían aprovecharse de su miseria el pintor les pagaba con obras de muy baja calidad. Tales fueron los casos del droguero que le cambiaba tubos de pintura, a veces defectuosos, por cuadros o, el del carpintero que le exigía un óleo por tres o cuatro tablas de madera mala.

En marzo de 1929, después de pintar el que sería su último cuadro en los jardines de la capilla de El Calvario, sintiéndose muy enfermo, dirigió sus pasos al Hospital de San Isabel donde falleció el día 11 de una parada cardiaca. Su último domicilio conocido en Jerez fue en la calle Juan Sánchez número 1. En el diario El Guadalete apareció el 15 de marzo una reseña que decía entre otras cosas: “en el hospital de Santa Isabel ha muerto, sin que nadie, salvo una benemérita Hija de San Vicente de Paúl, haya recogido su último suspiro, un artista notable, prototipo de la bohemia, cuya firma pasará a la posteridad...”.

     Fueron centenares, quizá miles, las obras que pintó a lo largo de su vida, sin que exista constancia cierta de la fecha exacta en que fueron realizadas muchas de ellas. La casi totalidad de su obra se encuentra en colecciones privadas. A nuestro juicio sus obras más destacadas fueron: La Vendimia, 60 x 105 ctms, 1893; Patio del Espíritu Santo, 1896; Patio de los naranjos, 78,5 x 51 ctms, 1890; Apartado de la corrida en la dehesa de Tablada, 1900; Patio de bandera, 72 x 60 ctms. 1892; Salón de embajadores del Alcázar de Sevilla, 1889; Patio de la casa de Ponce de León,74 x 46 ctms. 1901; Jardines de Tempul, (primeros pasos) 1902.

Actualmente su obra está muy cotizada y sus tablas en los últimos años han adquirido altos precios, hasta el punto de que existen muchísimas falsificaciones. En 1989 en una galería de Londres, uno de sus cuadros, Patio del Alcázar en Sevilla, alcanzó la cifra de 3.300 libras esterlinas. Existe una tesis doctoral sobre este artista que fue defendida por el profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Hispalense, doctor Juan Abad Gutiérrez.

Fuentes y bibl.: Necrológica con motivo del fallecimiento de Montenegro Capel, en El Guadalete, Jerez, 15.III.1929; Abad Gutiérrez, J. El pintor jerezano Montenegro Capel, Jerez, conferencia pronunciada en Bodegas González Byass en la tertulia “Noches Jerezanas”, 17.IV.1997; Palomo, B, La Pintura en Jerez, revisión histórica, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Jerez, Jerez 1998; Simo, J.P., “Hombre de un solo retrato”, en Diario de Jerez, Jerez, 20.IV.2003; Archivo privado de José M. Martín Barbadillo.
Foto: Autorretrato de Montenegro Capel
De mi libro: JEREZANOS PARA LA HISTORIA. Editorial Tierra de Nadie, Jerez 2011