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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published

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Francisco Lorente Roldán, pintor


LORENTE ROLDÁN, Francisco. Jerez, 1905 – Madrid, 1945. Pintor. Foto: Album familiar de R. Lorente

   Nace este afamado pintor jerezano en la casa de las cadenas, antiguo palacio de los Morlas y Melgarejos de la calle San Juan, el día 18 de julio de 1905, siendo el segundo de una numerosa familia compuesta por nueve hermanos.

     Sus primeros estudios los realiza en el colegio de las Carmelitas de la plaza de San Marcos, pasado luego a realizar los de bachillerato en el Instituto P. Luis Coloma de la Alameda Cristina. Acabados dichos estudios, se prepara durante unos meses en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad, siendo esta la única academia a la que asiste en toda su vida, por lo que su formación pictórica puede decirse que fue plenamente autodidáctica. Su primer estudio de pintura lo establece la plaza de San Andrés, trasladándose más tarde a Pescadería Vieja junto a la plaza del Arenal.

     Poco tiempo permanecería en Jerez, ya que en 1926 cuando contaba 21 años de edad se marcha a Madrid para cumplir su servicio militar y allí se establecería definitivamente. Parece ser, que al conocer sus mandos militares sus cualidades artísticas, lo licenciaron anticipadamente para que pudiese ejercitar sus dotes como pintor. Acto seguido abrió un estudio en Bravo Murillo 25.

      Durante sus estancias en Jerez, en dos ocasiones al año, solía frecuentar el desaparecido Café Fornos de la calle Larga, donde se reunía a diario en una tertulia siempre rodeada de pedigüeños, ya que el pintor tenía fama de ser muy desprendido y generoso. Tocaba la guitarra, cantaba flamenco y a veces escribía algunos apuntes poéticos llenos de frescura, ingenuidad y de un profundo lirismo pictórico.

Paco el pintor, como era cariñosamente conocido por sus amigos, murió en la flor de su vida a los 39 años de edad cuando estaba preparando su próxima boda. Dejó una obra magnífica y, para orgullo de Jerez, un nombre aureolado de gloria. Su obra pictórica se conserva casi por entero en manos de particulares, de las mismas citaremos: La familia y el mar, Descendimiento, El segador, Bodegón, Gente marinera, La echadora de cartas y Florero.

De mi libro: "Jerezanos para la historia" Editorial Tierra de Nadie, Jerez 2011

FLAMENCO EN ESTADO PURO, AÑOS 50, Tía Juana la del Pipa, Capullo de Jerez, Tio Gregorio el Borrico Extraido del documental "An Andalucian Journey"
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Viejos cafés y tabancos de Jerez



DE LOS VIEJOS CAFÉS Y TABANCOS DE JEREZ

         Muchos fueron los bares afamados y desaparecidos en el Jerez del pasado siglo XX. Algunos siempre fueron recordados y añorados por muchos de nosotros y también por la generación que nos ha precedido. Establecimientos que fueron auténticas instituciones en nuestra ciudad y que dejaron recuerdo a propios y extraños por tres motivos: su ambiente, su cocina, su clientela y su dueño. Salvo en contadas excepciones estos negocios suelen acabar a la vez que su iniciador, ya que en pocas ocasiones pasan a una segunda generación y mucho menos a la tercera, hay excepciones. Pero remontémonos a la primera mitad del pasado siglo y veamos algunos:

La taberna de El Clavo
         Un artículo publicado en 1928 en el viejo periódico El Guadalete  decía que la vieja taberna de “El Clavo” había cerrado sus puertas después de muchos lustros. Hemos podido saber que dicho establecimiento fue propiedad de un personaje llamado Frasquito Fernández, el cual era ayudado por dos o tres mozalbetes de quince años, siempre vestidos con pantalones bombachos al estilo “charlestón”, camisa blanca remangada hasta los codos y chaleco oscuro. Al parecer fue un establecimiento que siempre tuvo magnífica clientela y visita obligada cuando la gente volvía del cementerio de Santo Domingo después del entierro de algún amigo o familiar, por aquello de que: “El que va a un entierro y no bebe vino el suyo viene por el camino”

         Allí se pedía el vino pero no así la tapa que estaba incluida en el precio. Ésta era servida por un orden estricto e implacable. El primer vasuco no tenía derecho a tapa alguna y había que tomarlo a “palo seco”; el segundo se acompañaba de carne mechada en salsa; el tercero con sábalo del Guadalete en adobo u otro pescado frito. Con el cuarto vaso de vino, he aquí su afamada especialidad, ponía bacalao con tomate. Este último manjar era tan exquisito y había adquirido tal fama que incluso muchos forasteros decían que cuando a Jerez llegaban iban a El Clavo sólo para degustarlo, no sin haber tomado previamente los tres correspondientes vasos de vino de Jerez, ya que el célebre Frasquito juraba por su madre que ni por un millón se saltaría la norma. Como en aquellos tiempos las damas no podían pisar este tipo de establecimientos, cuando alguna señora de postín se le antojaba saborear aquel manjar, no tenía otro remedio que mandar a varios de sus criados a tomarse los cuatro vasos de vino correspondientes y guardar en un cacharro el bacalao para la señora.

     Se cuenta una historia, de la que no hemos podido contrastar su verosimilitud, que cuando en 1928 derribaron el edificio en el que se enontraba esta taberna, al excavar un muro apareció un recipiente de cobre en cuyo interior había nada menos que treinta kilos de monedas de oro acuñadas en 1654, las cuales fueron depositadas  en el Ayuntamiento..


  
El Fornos
         Pero sin lugar a dudas el café más memorable de Jerez durante la primera mitad del siglo XX fue el Café Fornos. Estaba situado en los bajos de una hermosa casa  de la calle Larga que hacía esquina con plaza del Banco. Establecimiento siempre recordado y añorado por nuestros mayores y lugar reunión y tertulias de poetas, pintores y artistas en general.

         El edificio donde estaba situado dicho Café, similar al que hace esquina con la calle Algarve, fue construido por un señor llamado Rafael Torregrosa, invirtiendo para ello parte del capital que había traído de América. En los bajos de dicho edificio otro señor llamado Blas Gil instaló  en 1900 un café-cervecería al que denominó “Los Cisnes”, encargando para ello a una empresa de Zaragoza la decoración del local, el cual fue montado con todo lujo y bellamente decorado con artísticos espejos Dicho señor era dueño de un hotel del mismo nombre en el nº 53 de la propia calle Larga. El establecimiento estuvo posteriormente arrendado hasta 1922 a  un tal Agustín Pérez, quien parece ser fue el que le cambió su primitivo nombre por el de “Fornos”. Luego durante tres años fue regentado por Tomás Vergara, quien en 1925 lo traspasaría a Manuel Calero el cual instaló un servicio de restaurante. Es obligado decir que un hijo del Sr. Calero, prestigioso médico endocrinólogo de Cádiz, nos facilitó hace años algunos los datos aquí expuestos. Al morir Manuel Calero y después de unos años regentado por su viuda, ésta lo traspasó en 1937 a su último propietario, don Agustín Corrales y Rodríguez de Medina. Aquel afamado y emblemático Café jerezano, tantas veces recordado por nuestros mayores cerró definitivamente sus puertas el 24 de marzo de 1946. El bello edificio que lo albergaba fue vendido al Banco de Vizcaya quien procedió a su demolición edificando en su solar una nueva y anodina construcción de blanca fachada, anterior al que actualmente ocupa el lugar. Si aquel viejo y evocador café hubiese llegado hasta nuestros días, sería para Jerez lo que el Café Gijón es para Madrid o el Gambrinus para Nápoles: todo un emblema de la ciudad y un lugar de referencia para propios y extraños.
Interior del viejo Café Fornos
 De los viejos colmados de aquella época, en la actualidad y como reliquia salvaguardada por el paso del tiempo y que conserva todo el sabor de antaño, solamente queda la ya centenaria “Parra Vieja” de la calle San Miguel. Establecimiento fundado en 1888 por un montañés llamado Ceferino Marina Montes.


Otros bares de antaño
         Ya en época más cercana a nosotros y en la época de la posguerra recordaremos aquellos bares y cafés que le daban ambiente y sabor a nuestras calles más céntricas En el recuerdo, aquellos entrañables  establecimientos situados en torno a la calle Larga como fueron: “La Española” situado justo donde hoy de encuentra el edificios del Banco de Andalucía. “Los Caracoles” del inolvidable Joaquín que luego se trasladara a la Lancería y que hacía la mejor ensaladilla del mundo. “La Granja Soler”, que maridaba el más exquisito café con los mejores pasteles. “El Nuevo Bar” y sus buenos pescados y mariscos, entre los que se incluían los percebes y las ostras, algo casi desconocido y al alcance de muy pocos en aquellos tiempos. El pequeño pero elegante “Bar Pepín”, o “Los Gabrieles” con sus increíbles tertulias taurinas. “La Moderna” de la Lancería, bar de poetas y escritores, donde se gestara el recordado grupo Atalaya de poesía con Manolo Ríos Ruiz, Juan de la Plata, Manolo Pérez Celdrán o Sebastián Moya (Cachirulo). O aquel pequeño gran bar “La Venencia”, lugar de cita de los “bancarios” y donde se podían degustar los mejores desayunos de todo Jerez. Y qué decir del acreditado “Bar Antolín” o “Las Siete Puertas” en la calle San Cristóbal. De aquellos entrañables establecimientos actualmente tan sólo sobrevive la popular Moderna de la calle Larga.

Tabancos eran en Jerez
         Pero no podemos hablar de estos temas sin evocar a otros establecimientos de bebidas que antaño fueron también una verdadera institución, los tabancos. Un tabanco jerezano, siempre lo dijimos, nunca puede confundirse con una taberna, porque en las tabernas la gente iba a emborracharse y el vino era malo, “espirriaque”. Por el contrario en los tabancos se solía beber buen vino y la gente iba a conversar, y lo hacían en un lenguaje que muchos presumen de saber pero que pocos conocen. Hablaban en jerezano. De estos actualmente solamente quedan dos: El Pasaje de la calle Santa María y el Tabanco San Pablo, los cuales, aunque conservan su primitiva fisonomía, se han transformado en bares al tener tapas y cocina, cosa que nunca existió en un tabanco jerezano.

         De aquellos tabancos desaparecidos nos viene al recuerdo “La Pandilla” en calle Valientes. Todo decorado con las “esqueletomaquias” que el recordado émulo de González  Ragel, Luís Mateos, pintara en paredes y mostrador. Y sus creativos y ficticios carteles de toros en los que figuraban como matadores los nombres de muchos de los asiduos al establecimiento con sus simpáticos apodos, así como las caricaturas de muchos de ellos. Aquel tabanco tenía una particularidad, y era que junto al vino de Jerez se servía valdepeñas. Un valdepeñas que, guardado en barricas de roble envinadas con jerez, se convertía en pocos meses en el más exquisito de los tintos. Desde unos odres de barro, el vino tinto se hacía pasar por un serpentín en la nevera, y de ahí salía al vaso a su exacta temperatura Y claro, siempre mezclado con sifón de el de antes era una delicia veraniega.

         Podríamos seguir hablando de muchos de nuestros tabancos, como “La Jarra”, la “Viña T”, la Taberna Jerezana de la calle Doctrina o los denominados “Número1”. Pero terminaremos con el último que cerró sus puertas en Jerez y con el que desaparecieron para siempre estos tradicionales establecimientos jerezanos, me refiero al “Tabanco del Nono” en Plaza del Arenal. Era viejo, muy viejo, todo en él era rancio, cutre y obsoleto; todo, excepto su artístico y polvoriento mostrador de caoba tallada. Ahora que eso sí, conservaba todo el encanto de lo pretérito. Su propietario, que siempre tuvo fama de ser un buen taxidermista, lo tenía “decorado” con aves llenas de polvo de diversas especies disecadas por el mismo. Ello no espantaba a palomas y gorriones, que entraban por la puerta del tabanco como “perico por su casa” a comer lo que su propietario les ponía en el mostrador. Paradójicamente allí se bebía principalmente manzanilla de Sanlúcar. Pero lo mejor que tenía era su clientela. Sentarse en uno de sus viejos bancos con un vaso de vino en la mano nos hacía vivir una experiencia singular, que no era otra que el oír las conversaciones de sus parroquianos. Ellos si que hablaban en jerezano. Como hecho anecdótico contaré que una vez tuve la ocasión de tomar allí unas copas con el propietario de una importante bodega de Jerez. Yo le decía: si alguien te ve tomando manzanilla en un tabanco “cutre” como este teniendo en tu bodega lo mejor de Jerez, seguro que no creerá lo que ve.  Si contestó, pero es que a esta buena gente solamente la puedo oír aquí. El Nono cerró sus puertas definitivamente hace cuatro años y con ello una tradición que creemos no volverá y que fueron los Tabancos de Jerez.

Antonio Mariscal Trujillo
        

Viejo puente de Cartuja


El viejo puente de Cartuja


     En el año 2006 fue inaugurado el moderno puente que en la carretera de Medina cruza el río Guadalete una vez se rebasa el monasterio de la Cartuja y que sirve de inicio a la autovía Jerez-Los Barrios. Al ver tan magnífica obra de ingeniería en la que se han utilizado las más modernas técnicas y materiales para que pueda soportar intenso tráfico  y pesados tonelajes, no tenemos más remedio que asombrarnos al ver como el otro, el viejo puente de Cartuja, construido hace siglos para que por él pasaran carretas, caballos y caminantes, haya soportado firmemente hasta nuestros días, no sólo el paso del tiempo, sino la pesada maquinaria de los actuales.

     Su magnífica y sólida construcción de sillería está compuesta por seis grandes arcos en su parte central y otros seis más pequeños en sus extremos. Antes de su edificación, parece ser que existían en el lugar unas especies de alcantarillas por las que circulaba el agua del río, pasando el  camino por encima de ellas. Claro que en épocas muy lluviosas no había más solución que pasar en barca, ya que el caudal del río desbordaba por completo el vado. Sobre la construcción de este viejo y entrañable puente son escasas las fuentes documentales de que disponemos si exceptuamos los recientes trabajos del investigador Manuel Romero Bejarano. El historiador Portillo dice que se comenzó a construir por orden del Ayuntamiento de Jerez en 1563, siendo rematado en 1591. Sin embargo, hemos encontrado noticias referentes a un acta capitular, en la que consta que en 1527 se le paga la tercera parte de 12.000 maravedíes que le correspondían cada año  a un tal Fortún de Ximénez, por la maestría de fabricar un puente en el vado de Medina.
        
     El viajero ilustrado Antonio Ponz en su Viage de España (sic), coincide en la misma época, ya que al referirse a este puente apunta que su construcción fue bajo el reinado de Felipe II.

     En 1755 este puente, al igual que muchos edificios de nuestra ciudad, sufrió los efectos del famoso terremoto de Lisboa, quedando en condiciones muy precarias. Por esta causa, dos años después, se hace un proyecto de reparación, cuyo coste se eleva a 918.525 reales de vellón. Para proveer dicho importe, se promulga una real disposición que obliga a contribuir a todos los pueblos existentes en 20 leguas a la redonda, siendo la ciudad de Cádiz la que aporta la mayor contribución. Esta fue de 115.776 r. v.. La aportación de Jerez fue de 29.770 r. v..

     Pero a pesar de todo,  numerosos serían los problemas e inconvenientes que habría de encontrar esta necesaria reparación, ya que no es hasta cinco años después cuando definitivamente se inician las obras de consolidación de este importante paso. En esta ocasión se designa para dirigir los trabajos al entonces arquitecto mayor de Cádiz, Torcuato Cayón de la Vega, autor de la magnífica cúpula de la Catedral de Jerez.

 .   El antes citado historiador Portillo nos da cuenta también del denominado Ventorrillo de la Cartuja, situado junto a este puente. Dice en sus Cartas a don Bruno Pérez, que es raro el día en que no haya en el mismo alegría, bromas y baile con la viveza propia de esta tierra andaluza con pandereta,  guitarra y castañuelas. Portillo también nos describe una clientela compuesta por contrabandistas que van y vienen a Gibraltar a lomos de buenos caballos, adornados con gallardos arreos, entre los que no faltan un par de trabucos. Añade también, que poseen caudal inagotable de canciones y romances antiguos sobre los moros y que con ellos aligeran sus continuas fatigas. Dicho ventorrillo permanece actualmente en el mismo lugar en la margen izquierda del río, habiendo sido reformado y modernizado tal como requieren los tiempos modernos. Se conserva aunque transformado, la casa pósito de un antiguo molino hidráulico para la fabricación de harina, el cual fue construido durante el último tercio del siglo XVI por el municipio. Presenta en su fachada los escudos de la ciudad y una inscripción referente a su conclusión en 1592

     Por último y antes de terminar, vamos a dejar que hable de este lugar un poeta jerezano-musulmán llamado Del qadi de Sharis Ben Lubbal, quien en el siglo XIII, con motivo de unas fiestas que tenían como escenario nuestro histórico río y, en las que era costumbre hacer navegar corriente abajo multitud de pequeños barquitos con velas de colores encendidas, decía esto:

  “Mira, ¡por vida mía! Los barcos que se lanzan a la carrera, como corceles que vienen uno tras otro.
  “El cuello del río estaba antes desnudo; mas ahora, en la tiniebla de la noche, está lleno de alhajas.
   “Las luces de las candelas brillan como luceros, y sus reflejos parecen lanzas hundidas en el río.
  “Los barquitos huyen, con los pies de sus remos, de los bajeles que avanzan, con el ala de sus velas, como escapa la liebre temerosa del halcón.”

     Hasta aquí la historia. Hace años que al venerable y entrañable Puente de Cartuja, cual laborioso y viejo artesano, le llegó su bien merecido retiro. En la última década, un joven sólido, fuerte, ancho y vigoroso, hijo de la moderna tecnología del acero y del hormigón, ocupa  el puesto que con todo mérito y dignidad mantuvo durante siglos el viejo puente de piedra.

      A su sombra y bajo sus ojos de color turquesa, ¡cuántas veces llegamos a rememorar las gestas heroicas de esta bendita tierra! La fecunda y calenturienta imaginación juvenil, del todo apasionada por la historia, nos llevaba vivir cada tarde la angustia de don Rodrigo traicionado por don Oppas con el trágico espectáculo de un ejército aniquilado y un reino perdido. Al dejar volar nuestra mente, no podíamos evitar ver también a las huestes de un Abu-Melek derrotado, emprendiendo una penosa retirada hacia el Estrecho; mientras, el caballero Diego Fernández Herrera, herido de muerte, cabalgaba por el camino del Baladejo hacia su casa de la plaza del Mercado. Y es que la placidez de aquellas tardes de verano después de un reconfortante y prohibido baño en las limpias aguas del Guadalete, nos permitía viajar por la historia a bordo de la más hermosa máquina del tiempo que jamás se hubiese creado: nuestra imaginación.

     Ahora el entrañable y viejo puente ha vuelto de nuevo a ser paso de niños, de hombres, de carretas y de borriquillos. Ahora se ve mucho más hermoso si cabe. Ya no es puente, ahora es monumento querido y mucho más, ahora es  pórtico y arco triunfal de las tierras de la Aina.

De mi libro Alrededor de Jerez



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RITO Y GEOGRAFÍA DEL CANTE, EL VINO Y EL FLAMENCO
Jerez y el Flamenco en estado puro, su vino y su cante. Pansequito, Carmen Linares, Antonio Mairena, Manuel Morao, Perico el del Lunar, Tía Juana la del Pipa. Película grabada en 1973, pulsa este ENLACE, pon la pantalla grande, sube el volumen de los altavoces y disfruta.

HERMANO TOMÁS


BENGOA LARRINAGA, Ezequiel. Hermano Tomás. Dima, (Vizcaya) 1886 – Griñón, (Madrid) 1984. Religioso lasaliano.

      Todavía hoy perdura el recuerdo en Jerez de aquel venerable Hermano de la Salle de pelo blanco y rostro bondadoso, a través del que se traslucía un alma llena de santidad. Su inconfundible figura, siempre vestida con el traje talar propio de su congregación, fue algo familiar por las calles de nuestra ciudad. Niños y mayores se acercaban a él para besarle la mano allá por donde se lo cruzaran. Veintisiete años permaneció en nuestra ciudad, primero en la Escuela de San José de la calle Porvera, y luego en la del Sagrado Corazón en el Mundo Nuevo. En dicho período educó y formó para la vida a miles de jerezanos que jamás pudieron olvidar sus enseñanzas. Su carácter afable y cariñoso, serio, sencillo y siempre abierto a oír y ayudar a todo el mundo.

      Nació el Hermano Tomás el día 10 de abril de 1886 en un pequeño pueblo vasco llamado Dima en la provincia de Vizcaya. Su padre, Vicente Bengoa, un humilde labrador que enviudó al nacer el quinto de sus hijos, luchó con denuedo para poder sacarlos a todos adelante. Con pocos años Ezequiel comenzó a ir al colegio, un colegio que como en todos los de España se impartían las clases en castellano, idioma que él no comprendía, pues nunca oyó otra lengua que el vascuence, por lo que en el colegio, como él decía, tenían que valerse de un traductor durante los primeros meses de enseñanza.

      Cuando contaba 14 años de edad, la llamada de la vocación le sonó muy fuerte, tras una visita que hizo con su padre a Bilbao para ver a su hermano mayor, que era ya religioso de las Escuelas Cristianas. Poco después haría su ingreso en el seminario de Bujedo donde permanecería hasta 1904, fecha en la que concluido su período de formación, es trasladado la Escuela de San José en Cádiz. Al año siguiente fue destinado a Madrid, de allí a La Felguera y nuevamente a Madrid, pero ya como director. Vuelve a Bujedo en Burgos, de donde marcha a Griñón. En este último destino le coge el estallido de la Guerra Civil, la cual pasará de cárcel en cárcel y de checa en checa, sufriendo vejaciones, calamidades y siempre amenazado con el paredón. Vivió aterrado el asesinato muchísimos religiosos, entre ellos su hermano Juan Antonio, el cual sería fusilado en Paracuellos del Jarama junto a otros centenares de personas sólo por su condición religiosa.

      En 1948 el Hermano Tomás llega Jerez, ciudad en la que habría de permanecer durante casi tres décadas. Aquí, como en otros lugares por donde pasó, dejaría huella profunda entre los jóvenes que tuvieron la fortuna de formarse con tan ejemplar maestro. Primero como director de la Escuela de San José y posteriormente en la del Sagrado Corazón. A esta última llegó en 1954 con la ilusión de ampliar las posibilidades educativas de aquel, entonces apartado barrio conocido como Mundo Nuevo, con una escuela de formación profesional, dado que la única existente en Jerez era la de los Salesianos, situada ésta en el otro extremo de la ciudad.

      El primer obstáculo que debería superar era el de la compra de un campo anexo al colegio. Pero de momento no podía contar con ello, ya que sus propietarios se negaban a venderlo. Un día surgió el milagro: los dueños de la finca le ofrecieron todo el terreno que necesitara a un precio de favor, a 75 pesetas el metro cuadrado. Habían comprendido que se trataba de una obra tan laudable como la de educar a la juventud de aquel barrio. Pero se hacía necesario otro milagro, el dinero para construir. De modo que el Hermano Tomás se fue a ver al marqués de Domecq siempre favorecedor de la obra lasaliana en Jerez. Y el marqués le prestó un millón de pesetas que, al acabarse y estando lejos de verse terminada la obra, obligó al Hermano Tomás a volver a requerir su ayuda. En esta nueva ocasión le prestó otro millón y le condonó la deuda anterior. Ello unido a varias donaciones anónimas, entre ellas una de doscientas mil pesetas y una ayuda de quinientas mil enviada por el ministro de Educación, el jerezano Lora Tamayo, hicieron posible la total realización de tan anhelado proyecto. Las obras finalizaron el 21 de octubre de 1964.

      En julio de 1965 llegó la noticia de que el Ministerio de Educación había concedido al Hermano Tomás la Encomienda de la Orden de Alfonso X el Sabio, como recompensa a toda una vida ejemplar dedicada a la enseñanza. Al mes siguiente todo Jerez le tributó un gran homenaje al que asistieron autoridades, compañeros, claustro de profesores del Instituto P. Luis Coloma y académicos de la de San Dionisio. Por su parte, el secretario de Ayuntamiento dio lectura al acta por la que se le nombraba Hijo Adoptivo de la ciudad, así como la rotulación con el nombre de Hermano Tomás Bengoa a una calle del barrio de Vallesequillo, cercana al colegio del Sagrado Corazón.

      El 13 de enero de 1975 cuando ya contaba con 89 años de edad, el Hermano Tomás abandonaría para siempre nuestra ciudad. Le había llegado la hora del retiro. Acompañado de otro hermano marchó a Griñón, aquella residencia lasaliana que en ocasiones había calificado como “antesala del cielo”. Allí permanecería nueve años más colaborando en forma activa hasta pocos días antes de su muerte ocurrida el 9 de diciembre de 1984.

Fuentes y bibl.: Hermano Ezequiel Bengoa Larrinaga, autobiografía, archivo Colegio La Salle-Buen Pastor, Jerez; AMJF, Archivo histórico reservado 19, 7. Otros testimonios de personas que le conocieron y recuerdos personales del autor.
Foto: Archivo Colegio La Salle-Buen Pastor.

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Historias de la historia de Jerez


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EL PINTOR MONTENEGRO CAPEL


MONTENEGRO CAPEL, José. Cádiz, 1856 – Jerez, 1929. Pintor costumbrista.

     Artista bohemio, autor de infinidad de obras pictóricas que en su mayoría tienen como escenario los más diversos rincones de Jerez y de Sevilla, fue muy poco valorado durante la mayor parte de su vida y muchas de sus obras se perdieron por desconocimiento y escaso aprecio de sus compradores, para quienes la única motivación en la adquisición de uno de sus cuadros era, en múltiples ocasiones, la de dar una limosna al pobre para ayudarle a sobrevivir. Otras muchas de sus pinturas desaparecieron por lo efímero del material que utilizaba.

    Alto, delgado, de aspecto esperpéntico y siempre vestido de negro, vivió durante los últimos veinte años de su vida una existencia bohemia y errante. En dicha época pintaba diariamente un cuadro sobre cualquier trozo de madera y lo vendía por 4 o 5 pesetas. Con dicho importe pagaba cinco reales en la posada de la Paz en plaza de Vargas donde a veces dormía, con otras dos pesetas compraba pescado frito, una rosca de pan y su diaria ración de vino; el resto, para la necesaria pintura. En los días que no tenía dinero para pagar la pensión se le podía ver durmiendo en cualquier banco de la Alameda Cristina.

    Pintor escénico, enamorado de Jerez y de sus rincones, de pincelada impresionista y cálidos colores, puede decirse que fue el reportero gráfico del Jerez de entre siglos. A través de sus tablas podemos conocer como eran sus calles, patios y rincones urbanos, muchos de ellos lamentablemente desaparecidos.

      Montenegro presumía de haber pintado un cuadro en Sevilla, en el mismísimo palacio del duque de Montpensier, y que el mismo lo había adquirido el rey Alfonso XII en 1.225 pesetas. De su abundante producción, las mejores obras fueron aquellas que realizó hasta 1910, cuando contaba con el apoyo y mecenazgo de las más adineradas familias jerezanas, es ésta su denominada “época gloriosa”. Posteriormente se le fueron cerrando puertas, viviendo en forma menesterosa y abusando de la bebida hasta su muerte. Éste último período del pintor se ha dado en llamar la “época de la venganza”, dado que, a los que pretendían aprovecharse de su miseria el pintor les pagaba con obras de muy baja calidad. Tales fueron los casos del droguero que le cambiaba tubos de pintura, a veces defectuosos, por cuadros o, el del carpintero que le exigía un óleo por tres o cuatro tablas de madera mala.

En marzo de 1929, después de pintar el que sería su último cuadro en los jardines de la capilla de El Calvario, sintiéndose muy enfermo, dirigió sus pasos al Hospital de San Isabel donde falleció el día 11 de una parada cardiaca. Su último domicilio conocido en Jerez fue en la calle Juan Sánchez número 1. En el diario El Guadalete apareció el 15 de marzo una reseña que decía entre otras cosas: “en el hospital de Santa Isabel ha muerto, sin que nadie, salvo una benemérita Hija de San Vicente de Paúl, haya recogido su último suspiro, un artista notable, prototipo de la bohemia, cuya firma pasará a la posteridad...”.

     Fueron centenares, quizá miles, las obras que pintó a lo largo de su vida, sin que exista constancia cierta de la fecha exacta en que fueron realizadas muchas de ellas. La casi totalidad de su obra se encuentra en colecciones privadas. A nuestro juicio sus obras más destacadas fueron: La Vendimia, 60 x 105 ctms, 1893; Patio del Espíritu Santo, 1896; Patio de los naranjos, 78,5 x 51 ctms, 1890; Apartado de la corrida en la dehesa de Tablada, 1900; Patio de bandera, 72 x 60 ctms. 1892; Salón de embajadores del Alcázar de Sevilla, 1889; Patio de la casa de Ponce de León,74 x 46 ctms. 1901; Jardines de Tempul, (primeros pasos) 1902.

Actualmente su obra está muy cotizada y sus tablas en los últimos años han adquirido altos precios, hasta el punto de que existen muchísimas falsificaciones. En 1989 en una galería de Londres, uno de sus cuadros, Patio del Alcázar en Sevilla, alcanzó la cifra de 3.300 libras esterlinas. Existe una tesis doctoral sobre este artista que fue defendida por el profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Hispalense, doctor Juan Abad Gutiérrez.

Fuentes y bibl.: Necrológica con motivo del fallecimiento de Montenegro Capel, en El Guadalete, Jerez, 15.III.1929; Abad Gutiérrez, J. El pintor jerezano Montenegro Capel, Jerez, conferencia pronunciada en Bodegas González Byass en la tertulia “Noches Jerezanas”, 17.IV.1997; Palomo, B, La Pintura en Jerez, revisión histórica, Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Jerez, Jerez 1998; Simo, J.P., “Hombre de un solo retrato”, en Diario de Jerez, Jerez, 20.IV.2003; Archivo privado de José M. Martín Barbadillo.
Foto: Autorretrato de Montenegro Capel
De mi libro: JEREZANOS PARA LA HISTORIA. Editorial Tierra de Nadie, Jerez 2011

LA TRADICIÓN OLIVARERA EN JEREZ

Interesante y completo trabajo sobre la historia del olivar desde la más remota antigüedad, así como su cultivo y tradición en Jerez de la Frontera. Pulsa este ENLACE

Arte y tradición de la Nochebuena en Jerez



¿Qué será la Navidad? Se oyen villancicos y la tristeza del mundo enajena en el olvido. 
 ¿Qué será la Navidad?  Huele a  anises y rosas  transformando en alegría todo lo  que  toca.

ARTE Y TRADICIÓN DE LA NOCHEBUENA JEREZANA

Cada año Jerez recobra su hermosa tradición en estos días que preceden a la Nochebuena. Una costumbre, la Zambomba, que se repite cada mes de diciembre con fuerza evocadora y nos hace revivir aquellas Nochebuenas de nuestra niñez, cuando, alrededor de una hoguera en los viejos y entrañables patios de las casas de  vecinos cantábamos al niño Dios, entre aromas de anises y pestiños, viejas coplas y villancicos al son de zambombas, panderetas, almirez y botella rayada de anís tañida con una cuchara en una feliz y casera algarabía popular. Fiestas en las que los mayores de hoy no podemos por menos que evocarlas con nostalgia. Aquellos en los que ante el aroma de pestiños hechos en los fogones comunes de las casas de vecindad, hombres, mujeres y niños salían al patio a probar los hechos por una u otra familia regándolos con una copita de aguardiente. Ello desbordaba inmediatamente la alegría y los cantos interpretados a coro. Villancicos primero, luego romances tradicionales cuyas estrofas nada tenían que ver con la Navidad y que casi siempre continuaban con coplas burlescas o irreverentes. Y como en muchas de las casas de vecindad de los barrios más castizos como los de Santiago o San Miguel vivía alguna que otra familia gitana, que aquí siempre convivimos mezclados, tanto villancicos como coplas solían terminar en muchas ocasiones por bulerías y frecuentemente acompañados del baile.

Para comprender el espíritu que acompañaba estas celebraciones es preciso decir que, en unos tiempos pretéritos en los que la mayoría de la gente vivía con la más absoluta modestia y pocas cosas rompían la monotonía cotidiana, la matanza de un pavo, la elaboración de pestiños o polvorones, la posesión de una botella de anís o el montaje de un sencillo nacimiento eran todo un acontecer en esas tardes de frío invierno, en los que el  brasero encendido con su amable y suave calor y su penetrante aroma de alhucema contribuía a llevar un poco de gozo a aquellos modestos hogares. Y los deseos de paz con la esperanza de un venidero tiempo mejor en la ya cercana Navidad  hacían el prodigio: exaltaba la fraternidad e invadía a todos los corazones.

Antaño estas fiestas populares, siempre surgidas espontáneamente, comenzaban el día de la Inmaculada y acababan la misma noche de la Nochebuena tras la misa del gallo. Recuerdo en mi niñez cuando al salir con mis padres tras la misa del gallo, ver a numerosos grupos de gente con zambombas y panderetas entonando villancicos por las calles y plazas de Jerez hasta bien entrada la madrugada; quizás por aquello de que “esta noche es Nochebuena y no es noche de dormir”. Antes de amanecer los ecos de las zambombas habían desaparecido y no volverían más hasta el año siguiente.

Y los patios quedaron en silencio
Con la llegada de la década de los sesenta del pasado siglo, estas manifestaciones populares comenzaron lentamente a languidecer e iban siendo escasos los patios en los que se podía oír una zambomba. Recuerdo que solamente en un patio de la Cruz Vieja y en una peña futbolística de esa misma plaza se siguieron celebrando, quizás alguna otra, pero no lo sé. La última de esas auténticas zambombas a la que tuve la suerte de asistir recuerdo que fue en la calle de La Merced en una casa conocida como la del “balcón de piedra”, hoy en proceso de restauración, en la que sus moradores quisieron ofrecerla a un antiguo vecino que había vuelto de Alemania tras muchos años residiendo en aquel país. Los tiempos habían cambiado y también las formas ancestrales de vida de los jerezanos. Como por encanto habían surgido por doquier modernos bloques de viviendas a las afueras de la ciudad y la mayoría gente se fue a vivir a ellos, quedándose aquellos floridos patios de nuestra niñez y, por ende, la convivencia vecinal y sus zambombas solamente en un recuerdo.
Cual ave Fenix

Tuvo que pasar un cuarto de siglo para que un día, mágicamente, aquella “pandereta suena que no se sabe por dónde va” volviera a sonar, y “los caminos se hicieron con agua viento y frío” hasta el “río de Cartuja que era de vino”, no sin antes pasar por “la calle de San Francisco que es larga y serena, que tiene cuatro faroles y bien merecía los cañones de la artillería”. Fue la magia de unos jerezanos que rescataron aquella tradición perdida, pero conservada en la memoria de los más viejos del lugar. Y aquellas coplas y aquel jolgorio de antaño volvió a llenar el aire de Jerez, ahora guardados en unos registros discográficos que editó nuestra desaparecida Caja de Ahorros, cosa que no hubiese sido posible sin la valiosísima aportación de la Cátedra de Flamencología, muy especialmente de su director Juan de la Plata y del célebre guitarrista Manuel Parrilla a los que, entre otros, se les debe el rescate de muchos de nuestros tradicionales villancicos y coplas navideñas.

No debemos olvidar aquí la gran labor hecha en aquella época por la Asociación de Belenistas de Jerez, que no sólo vino a potenciar y extender en nuestra ciudad la entrañable tradición navideña de montar un nacimiento, cosa que ya estaba siendo desplazada por la costumbre nórdica del árbol, sino que también fueron ellos junto con las Peñas Flamencas los primeros que contribuyeron a extender las zambombas en su nueva época.
A lo largo de los siglos estas coplas de la Nochebuena se vinieron transmitiendo  de forma oral generación tras generación. Salvo una recopilación que en los años treinta del pasado siglo hiciera el insigne maestro Germán Álvarez Beigbeder, nunca fueron recogidas en registros sonoros hasta hace algo así como veinticinco años. Como dato curioso, en los trabajos de campo realizados por algunos investigadores, como el flamencólogo Juan de la Plata, el recordado Manuel Parrilla antes citados, o la historiadora María Jesús Ruiz Fernández, siempre fueron mujeres, sobre todo las de mayor edad, las que mejor recordaban letras y canciones. Decenas fueron las coplas y villancicos que fueron aflorando y que habían estado conservados durante siglos en la memoria popular.

Del viejo romancero popular
Reconociendo ser un lego en temas musicales, a mí entender nuestros cantos de Nochebuena pueden ser divididas en dos grandes grupos, estos pueden ser: villancicos y coplas. Entre los primeros se encuadran los propios de Jerez y los populares españoles, muchos de estos últimos aflamencados. En el segundo grupo, no específicamente religioso, las coplas y tonadas profanas y hasta erótico-burlescas, así como cánticos de amor o desamor, muchos de ellos provenientes del romancero popular español típicos de le Edad Media con sus variaciones locales que, curiosamente, quedaron para ser cantadas sólo en las fiestas de Navidad, Este último apartado no deja de ser extraordinariamente interesante, pues, perdidas en la noche de los tiempos aquí se han conservado a través de los siglos.

Cuando los viejos patios de vecinos de Jerez se iban quedando vacíos, en patios se convirtieron las peñas flamencas, los locales de las cofradías, las asociaciones de vecinos, los portales de comunidades, las naves bodegueras y hasta las calles y plazuelas en las que alrededor de una hoguera se volvió a cantar y bailar anunciando la Nochebuena. Y así  la tradición volvió, con nuevas formas, pero volvió. Patrimonio intangible de un pueblo como el nuestro, siempre conservado en el arca de plata de la memoria para que cada año, al comenzar el mes de diciembre, se abra cual sonoro y colorido castillo de fuegos de artificio para inundar con sus sones el limpio aire de Jerez. Confiemos que el abuso, la desnaturalización o la mercantilización de nuestras zambombas no las lleven en un futuro a una nueva desaparición.

Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en Diario de Jerez el 22/12/2014

Jerezanos para la historia, siglos XIX y XX. Nueva edición ampliada



Esta obra permitirá conocer una importante faceta del pasado próximo de Jerez: la de sus protagonistas. Personajes que engrandecieron a su ciudad con afamadas industrias de proyección universal, o que sirvieron a su país desde la política, la milicia, las ciencias, las artes, las letras, la cultura o la religión con prestigio y entrega. De ellos son pocos los que aún permanecen en la memoria colectiva, pues la mayoría cayeron en el olvido cubiertos ya por esa patina que da del tiempo.

A través de las páginas de este libro el lector podrá conocer de forma sucinta y amena las biografías de 180 jerezanos célebres, ilustres o destacados que, a lo largo de las dos últimas centurias, formaron parte de la Historia, en unos casos de la historia local y en otros de la de España. Es esta una obra que no debería faltar en la biblioteca de toda aquella persona interesada en el conocimiento de la ciudad de Jerez de la Frontera. Un instrumento de útil consulta, amena lectura y gran rigurosidad histórica, fruto de muchos años de investigación.

Jerez ¿tierra de olivares?



       Son diversas las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en nuestro término municipal en las que se han encontrado vestigios de almacenamiento tanto de vino como de aceite de oliva en el interior de lo que fueron depósitos subterráneos de determinadas “villas romanas”. Ello viene a decirnos que, desde los tiempos de la antigua Roma, e incluso desde épocas más remotas, el cultivo tanto de la vid como del olivo fueron habituales en nuestra tierra, por lo que podemos deducir que a la llegada de los árabes a la Península Ibérica en el siglo VIII, el cultivo del olivar estaba sólidamente asentado en nuestra campiña, existiendo diversas referencias escritas de que el Jerez medieval estaba rodeado de olivares.

     Esta circunstancia queda patente cuando en el Libro del Repartimiento encontramos alusiones a diversos molinos de aceite repartidos por el interior del recinto amurallado, e incluso una donación de Alfonso X al monasterio de Santo Domingo de 83 aranzadas de olivar y un molino de aceite situado en las inmediaciones del convento.

      De este modo podemos ir avanzando en el tiempo y, a través de la historia de nuestra ciudad, encontrar centenares de menciones referentes a olivares y molinos de aceite.

    En el período comprendido entre los siglos XVI y XVIII se pueden contabilizar alrededor de 30 molinos de aceite repartidos entre las collaciones de San Mateo, San Juan, San Marcos y San Dionisio, así como otros que van surgiendo en el arrabal de San Miguel, los cuales proliferan en dicho barrio hasta el punto de crear un problema de suciedad y malos olores. A este respecto en las actas capitulares del año 1612 encontramos lo siguiente: “Se da cuenta que el arpechín de varios de los molinos de aceite existentes en el barrio de San Miguel corría por la calle San Miguel desaguando en el Arenal, donde formaban grandes charcos con las consiguientes molestias y olores para los vecinos”. Aparte de estos molinos urbanos también existía un número indeterminado de almazaras situadas en los olivares de mayor extensión.

     Nombres de lugares que han llegado hasta nuestros días como: Olivar de Rivero o Pozo del Olivar, Puerta del Olivillo, refiriéndose a la de Santiago, y del Aceituno o Acebuche en relación a la Puerta de Rota. También calles como Oliva, Molineros o Molino del Viento, indican la notable relación del olivo con nuestra ciudad, cuya superficie cultivada en el siglo XVIII llegaba a casi igualar a la ocupada por la de la vid. Así en 1754 los olivares ocupaban unas 7.500 aranzadas y las viñas algo más, alrededor de 9.100.

    Conforme avanzaba el siglo XIX la superficie olivarera va disminuyendo paulatinamente. El importante auge que va tomando la industria vitivinícola, hace que miles de aranzadas dedicadas al olivar se vayan sustituyendo por la plantación de vides, proceso que se acelera a partir de 1870 por la demanda añadida de vinos por parte de Francia que ve arruinados sus viñedos a causa de la filoxera, una plaga que aquí tardaría aún quince años en llegar. Por todo ello, al terminar el siglo, la superficie destinada al olivar en el agro jerezano era solamente de unas de 2.500 aranzadas. Otro de los motivos que impulsa a desmontar olivares es la aparición a mediados de ese mismo siglo XIX del petróleo, producto que sustituirá al aceite de oliva como principal combustible para el alumbrado doméstico y que popularmente sería conocido como “mineral” para diferenciarlo del “vegetal” o de oliva. Hemos de mencionar que en siglos pasados el aceite de oliva tenía poco parecido con el actual, ya que lógicamente los procesos de refinado y filtrado eran muy primitivos, obteniéndose un aceite oscuro, de alta acidez y lleno de impurezas, por lo que la gente prefería las grasas animales como la del cerdo para la alimentación, usándose el aceite de oliva principalmente para alimentar las lamparillas y velones del alumbrado doméstico y, también, para la fabricación de jabones.

A pesar de ello, podemos encontrar en el magnífico Plano Parcelario del término de Jerez de Adolfo López-Cepero realizado en 1904, no menos de 25 olivares en las cercanías de nuestra ciudad. Nombres como: Olivar de San Jerónimo, de la Clavería, de Gigote, de Montegilillo, del Troval, de Visley, de la Peñuela, de la Compañía, de Domecq o de Vista Alegre, jalonan las tierras de nuestra comarca, sobre todo al norte y nordeste de la ciudad. Destacando por su extensión los situados en las tierras cercanas a la ermita de Salto al Cielo, que hasta la Desamortización de Mendizábal pertenecieron al Monasterio de la Cartuja. Recordemos la gran parcela donde hoy se asienta Jerez-74 junto al Parque González Hontoria, que hasta finales de los sesenta del pasado siglo fuera un olivar. Como mudo recuerdo de lo aquí expuesto, todavía hoy podemos contemplar una docena de centenarios olivos en el interior de una urbanización de unifamiliares ubicada en el Polígono de San Benito.

No hace mucho me decía un buen amigo agricultor, que estas tierras de albarizas últimamente despojadas de sus viñas y dedicadas a cultivos de secano, son magníficas para el cultivo del olivo, tanto de la variedad “Hojiblanca” como de la “Arbequina”, variedad, esta última, que en la actualidad se da únicamente en contadas comarcas de Cataluña. Produce unas olivas pequeñas en tamaño pero de una gran riqueza grasa, de ellas se obtiene un aceite de excepcional calidad y muy apreciado por los gourmets. Por ello me pregunto: ¿Sería ésta la gran alternativa a la actual decadencia de nuestra industria vitivinícola?.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.
Foto: Pie de olivo centenario en la Avenida Duque de Abrantes
Publicado en Diario de Jerez 14.10.2011.

Jerez en 1960

Magnifico e interesante reportaje de 20 minutos de duración realizado por British Pathé. El Puerto, Arcos, Cádiz, Jerez y su Feria, fiestas de la vendimia, bodegas, cortijos, toros, ciudad, etc. Pulsa este ENLACEEnlace

Leyendas de un Jerez desconocido

Artículo publicado en Diario de Jerez el día 17/7/2011 de un interesante recorrido por un Jerez insólito por el que conduje a la periodista. 
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AQUEL JARDÍN


    Fue aquel hermoso jardín de mi niñez, florido como nunca vi otro igual. Era majestuosa pradera de brillante hierba. Era misterioso e intrincado bosquecillo. Eran románticos paseos entre verdes pérgolas y marmóreas estatuas. Era cristalino murmullo de fuentes y pájaros. Era grandiosa estampa de centenarios árboles recortando luces a las sombras.
    
    En los lejanos ya recuerdos, siempre quedará el añorado paraíso, edén particular de cada ser humano. Una plaza, una calle, una casa, una alameda, un jardín, un... lugar.

    Fui poseedor de un paraíso, a veces pienso si sólo lo soñé; pero no, no fue un ensueño, mi paraíso existe, aún existe, puedo verlo, está ahí todavía. El progreso solamente le pudo destruir una parte: su bosquecillo, nada más. Todo lo demás sigue igual que antaño, allí junto a la gran bodega, y puedo verlo. ¡Cuánta belleza ¡Cuánta luz! ¡Qué admiración!

   Cuando subo por la empinada cuesta que lo bordea, puedo verlo tras la verja de hierro. ¡Está ahí!. Veo la pradera, veo majestuosos árboles que parecen querer cubrirme con su sombra. Veo coloridos rosales. Veo naranjos, almendros y cerezos cubiertos de blancas y rosadas flores. Veo reflejos de nubes sobre el cristal del agua. Veo ese cristal roto al paso de un cisne y veo como se recompone tras de él.
    
    Yo jugué en ese jardín, también lo hacían otros niños. Niños que llegaban en bonitos coches de caballos conducidos por cocheros de uniforme. Niños muy bien vestidos que bajaban de la mano de mujeres extranjeras a las que llamaban “Mis” y que hablaban de otro modo. En cierta ocasión me dijeron que venían de Inglaterra, y que eran algo así como la maestra de mi colegio pero sólo para tres o cuatro hermanos. Hablaban una extraña lengua que yo no entendía.
    
    Recuerdo que uno de aquellos niños me acusó una vez de coger las fresas que el jardinero tenía sembradas para ellos. Aquella falsa acusación me dolió tanto que estuve mucho tiempo sin volver al jardín.
   
   Pasados los años vi con asombro cómo grandes máquinas invadieron salvajemente la zona del bosquecillo que estaba junto a mi casa. Iban a construir una enorme nave para embotellar el vino de la gran bodega. Destruyeron mi cabaña de palos y palmas y desde aquel día no volví más por allí. El jardín ya nunca fue el mismo, todo cambió desde entonces. Al mismo tiempo yo también cambié: comencé a hacerme hombre.

    Este fue mi particular paraíso entre árboles, flores, estanques y praderas. Parte de una niñez que en la lejanía del tiempo me haría dudar si fue sueño o realidad; a no ser por que el jardín sigue todavía ahí, aunque ya no está a mi alcance.

    Aún existe, puedo ver mi jardín junto a la gran bodega que fuera de los Domecq. Pero... ¿por qué digo mi jardín? Ya no es mío, hace lustros me dejó de pertenecer. Mi particular edén se alejó para siempre, al igual que aquella infancia que yo recuerdo feliz y que tal vez lo fuera.
Antonio Mariscal Trujillo

SIMPLEZAS, nada más


     La naturaleza al igual que la vida de las personas está llena de hermosa sencillez. ¡Cuán acostumbrados estamos a oír historias complicadas, a veces retorcidas hasta el límite de la imaginación!.

      Los relatos, a veces ciertos y reales, pueden convertirse en pura ficción pintada a modo de caricatura macabra y deformante, para de este modo captar la atención de posible lector.

    En otras ocasiones, una historia se convierte en algo tan exquisito e idealizado, que nos hace sentir seres insignificantes a los que de manera normal pasamos por la vida. No por ser sencilla la vida de cualquier ser deja de tener belleza.

     O..., ¿no es hermosa la vida de un centenario árbol, de una grácil gacela, o la de un multicolor pajarillo? ¿Cuándo llega a ser vulgar la existencia de cualquiera de estos seres? La respuesta es bien sencilla: cuando al pajarillo se le encierra en una jaula, a la gacela se le lleva a un zoológico o al árbol se le convierte en ridículo bonsai. A mi entender, no llevan razón aquellos que tachan de vulgar a otros por el simple hecho de no profanar los principios naturales para los que todo ser viviente fue creado.

    Creo que las historias más sublimes y hermosas son las que quedaron en el recuerdo de nuestra ya lejana niñez. Porque sólo entonces pudimos ser pajarillo sin jaula, gacela en libertad o árbol silvestre.

     Cuando nuestra diaria preocupación era ir al colegio bajo la lluvia o el sol a través de unas calles tranquilas, sin coches, sirenas o semáforos. Jugar en una apacible plazoleta con bolindres de arcilla pintados de colores, huesos de albaricoques, la codiciada bola de acero, el bailarín trompo de madera, o el hermoso pandero hecho con cañas y papel de periódico que volaba majestuoso en las afueras de la ciudad.

      Me viene al recuerdo aquel carrito de madera que rodaba sobre viejos cojinetes con el que bajábamos endiabladamente por la pendiente calle. También aquella llanta oxidada de bicicleta dirigida por una guía de alambre con la que paseábamos orgullosos delante de las niñas que jugaban a la comba. Todo ello en contraste con el vistoso coche teledirigido, la consola de videojuegos o los verdes e infernales monstruos de plástico con el que se asesina la imaginación del niño actual.

  Recuerdo aquel gran “tesoro” de conchas y trozos de loza escondidos en un hoyo como oculto valor secreto que destapábamos a diario sólo para ver si seguía allí; hasta que un día otro niño lo descubría y saqueaba obligándonos a hacer otro en un lugar más seguro.

     La cabaña de palmas y palos que, en un bosquecillo cercano, era nuestro más apreciado refugio en las tardes lluviosas de otoño, cuando nos cobijábamos en ella para sentir el inmenso placer de ver llover comprobando que nuestra obra nos protegía del agua. Unos granos de trigo depositados en el solar de la derruida casa de enfrente se transformaban en hierba y luego en espiga, causándonos la infinita satisfacción de haber obtenido nuestra particular cosecha.
Una casa contigua en la que vivía nuestro amigo de siempre y donde había una cuadra, nos hacía soñar con poseer uno de aquellos caballos cartujanos con el que poder ir a la feria al igual que sus acaudalados propietarios. Un pajar en la parte superior de aquella estancia; oscuro, misterioso, donde sólo se podía subir trepando, para, por un pequeño agujero en la pared, contemplar inocentemente a una hermosa niña de ojos azules peinar sus rubios cabellos frente al espejo.

     La sirena de la gran bodega cercana que nos decía a las ocho que había que dejar la cama para ir al colegio. Una tartana tirada por un mulo que traía diariamente la leche para el desayuno, mientras, una vieja pregonaba cada mañana: ¡¡molletes calentitooos, que calentitos van!!, y un chaval de la casa de al lado ensillaba su burrito para ir a trabajar al campo. Poco después el repartidor de correos con voz de tenor gritaba desde la puerta: ¡el carterooo!.

    Un palomar en nuestra azotea nos infundía el ardiente deseo de volar por el cálido aire de las tardes de verano en las que, tumbados en una hamaca, oíamos por la radio a Valderrama o Caracol a la vez que calmábamos nuestra sed con el agua de un fresco botijo.

     Así transcurría apaciblemente la vida de aquellos años cincuenta en un patio cubierto por enredadera y jazmín. Patio grabado a fuego en mi mente y que en los domingos estivales hacía de humilde sucedáneo de playa o piscina, al colgar en alto una lata agujereada por la que salía el agua que un tubo de goma llevaba hasta a ella desde un grifo. Agua que, al caer sobre nuestros cuerpos semidesnudos, nos hacía evocar aquella maravillosa playa de El Puerto a la que solamente teníamos acceso una o dos veces al año.

   No existe un recuerdo más hermoso que el de aquellos domingos en los que la playa era nuestra al fin tras los correspondientes preparativos del día anterior: comprar alpargatas de esparto, un sombrerillo de paja y preparar la comida que nos llevaríamos. Un levantarse al amanecer y caminar hasta un tren que nos llevaría a un paraíso de arena y mar. Una imborrable jornada que nos serviría de apoyo y nostálgico recuerdo para todo el año.

     Este era el transcurrir de una infancia sencilla al sur de una Andalucía apacible, en una vieja ciudad con afanes de pueblo, en una casa encalada, con un patio, un jazmín, un palomar, un corral, ventana verde y azotea desde donde se veía la torre de la iglesia Colegial.

    Con el paso de los años notamos que algo extraño pasaba. La voz se nos tornaba grave y el vello asomaba a través de nuestra piel. De pronto nos dimos cuenta que estábamos dejando de ser niños y comenzamos a soñar. Soñamos con un mundo pintado de azul y un amor maravilloso entre románticas melodías de Modugno que desde Italia nos hacían volar.

    Terrazas de cine en verano, comedias de lujo americano, ensueños de amor italianos, monedas en la fuente, vacaciones en Roma o Capri con Maruzella y Diana. ¡Cuantas historias en la mente adolescente transformándose continuamente en maravillosos sueños! Cuantas quimeras en Roma, Venecia, París o Nueva York.
Luego, un primer sueño de amor adolescente no correspondido, un segundo amor que si lo fue y las circuntancias lo hicieron fracasar, quedando para siempre en nuestros recuerdos. Guateques de azotea al ritmo de Carosone, Marini, Anka o Latinos. Ilusión de un futuro que haría realidad todos los sueños y nos igualaría a los galanes de las películas. Dinero, brillante futuro, coche, viajes, amor; todo se presentaba cual maravilloso escaparate.

     Inesperadamente y al ritmo de “rock and roll” que, como algo mágico nos llegó desde una ciudad norteamericana llamada Menphis, nos enteramos que ya éramos adultos cuando nos colocan un uniforme de soldado que, al quitarlo pasado un tiempo, nos deja al descubierto un mundo que en nada se parecía al que soñamos, invadiéndonos un sentimiento de frustración al descubrir que eran sólo eso: Sueños.

¡Sí, sí, cantad, soñad niños pobres! Pronto al amanecer de vuestra adolescencia la primavera os asustará como un mendigo, enmascarada de invierno. ¡Vámos Platero!

   Esta es una simple historia de la sencillez de una infancia y adolescencia: la de un ser al que se le puede llamar vulgar, como vulgar puede ser la historia de la mayoría de las personas. Simplezas que son hermosas, porque llenan el alma en el recuerdo y ello forma parte de la propia existencia.
Antonio Mariscal Trujillo