Don Ceferino Jandilla, el médico de mi pueblo
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En un insólito paseo que respira por los pulmones de plazas, plazuelas y las tierras y lugares que rodean a la ciudad, el autor nos descubre la historia que se esconde detrás de palacios, iglesias, monasterios y atalayas. Describe los entresijos más insólitos de barrios, lugares y personajes que en ellos habitaron, así como innumerables acontecimientos que marcaron su historia. Un libro en el que fácilmente sus lectores se encontrarán presentes, reconociéndose en rincones y esquinas, y tendrán la oportunidad de recuperar la memoria de sus propias raíces. Una obra que ayudará a conocer el pasado para así comprender el presente y recuperar la memoria de las propias raíces.
Trescientas páginas, ciento veinte fotografías, encuadernación con pastas duras y sobrecubierta. Desde hoy ya disponible en librerías.
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Adosada a la iglesia de San Dionisio se encuentra la conocida como Torre de la Atalaya, en otros tiempos denominada del Reloj, de la Vela o del Concejo. Cuenta la historia que fue el moro Geber Güeber quien mandó a edificarla en el año 1012, siendo reedificada a mediados del siglo XV. Para ello, cuentan las crónicas, la ciudad vendió las dos puertas de la salida de Santiago para con su importe sufragar parte de los gastos de la reedificación esta torre. También se la dotó de un reloj mecánico que daba las fases de la luna. Fue este el primer reloj mecánico de pesas que poseyó la ciudad.
En la torre, se conservaba una famosa campana, conocida desde muy antiguo como “campana cascada”, la misma que hasta hace varias décadas rasgaba el aire con su sonido roto en la festividad de San Dionisio, día en el que se conmemora la reconquista de la ciudad por las tropas de Alfonso X el Sabio. La misión de esta campana no era, como se podría pensar, la de llamar a los fieles a misa, sino la de tocar a rebato ante la presencia de tropas enemigas o cualquier otro peligro que amenazara a la población, y a su tañido hacer tocar al resto de las campanas existentes en la ciudad para alertarla.
Pero aquí viene la leyenda que tradicionalmente fue transmitida en Jerez a lo largo de generaciones. Dicha leyenda cuenta que la campana tañó y tañó por sí sola al rendirse la ciudad al rey Alfonso X El Sabio, y lo hizo sin parar durante mucho tiempo hasta quedar cascada. Ciertamente no cabe pensar que los musulmanes tuviesen campanas en la ciudad, y menos que hubiese una en la torre cuando el Rey Sabio entró victorioso con sus tropas en la ciudad. Y es que esta torre, además de atalaya, también serviría como minarete desde la que un clérigo musulmán llamaría a los fieles a la oración, dado que adosada a ella se alzaba una de las mezquitas de la ciudad. Lo cierto y documentado y así lo menciona la historia en diversas ocasiones es que tras la reconquista, cuando Jerez quedó en frontera con el reino nazarí de Granada, con la campana allí emplazada se llamaba a rebato a la población a fin alertarla ante cualquier amenaza o bien reunir a la gente en caso de emergencia como incendios o catástrofes. Con el implacable paso de los siglos la campana de la torre de la Atalaya fue deteriorándose por el uso y los elementos hasta quedar cascada, siendo un sonido familiar cada 9 de octubre coincidiendo con la tradicional ceremonia del traslado del Pendón en procesión cívico-religiosa desde la iglesia Colegial hasta San Dionisio.
Hace ya muchos años no se oye este histórico bronce en tan señalado día, el motivo es que fue quitada de su sitio en el transcurso de una de las restauraciones del templo. En tiempos recientes otra campana ha sido colocada en el lugar, desconocemos si es la vieja restaurada o bien otra nueva la que ha venido a ocupar la espadaña de la Torre de la Atalaya.
Del paseo de Capuchinos a la avenida álvaro domecq
Veamos la historia del más hermoso de los paseos de la ciudad, Capuchinos, nombre que toma del convento de los frailes capuchinos establecidos allí desde el siglo XVII. Según nos refiere el historiador y archivero municipal, Adolfo Rodríguez del Rivero, en 1784 se construyó un trozo de carretera con unas barandas de madera a ambos lados de ella, en lo que hasta entonces había sido el camino que conducía a Sevilla. Es ésta la primera noticia que tenemos del denominado Paseo de Capuchinos. Las aludidas barandas, que separaban la zona destinada a la circulación de carruajes del paseo propiamente dicho, subsistieron hasta 1810, fecha en la que una división del ejército español al mando del duque de Alburquerque en retirada hacia Cádiz pernoctó aquí y las quemaron para calentarse.
En 1817 se invierten 1.779 reales en la plantación diversas especies arbóreas a lo largo de todo el paseo. En 1824 el ayuntamiento recibe la orden de adecentar las entradas y salidas de la ciudad con motivo de la visita de las infantas de Portugal. Por esta causa se efectúan importantes reparaciones, para lo cual, se hizo necesario arrancar los árboles que se sembraron siete años antes. La última y definitiva plantación que se lleva a cabo en el paseo que nos ocupa se efectúa 1852, siendo alcalde de la ciudad don José Barba y Mateo. Esta arboleda, de la que aún quedan algunos centenarios ejemplares, subsistió hasta la construcción en 1957 de la avenida Álvaro Domecq. El historiador Joaquín Portillo, en su obra Noches Jerezanas, publicada en 1839, nos describe este paseo de la siguiente manera:
"La entrada a la ciudad por esta parte es el ameno paseo llamado de Capuchinos, porque termina con el ex convento de esta orden. Le adornan y embellecen una porción de huertas regadas con sus respectivas norias, que, con su arbolado despiden un gas tan benigno como saludable. Tiene 800 pasos de largo y se eleva no poco sobre el resto de la campiña. Principia el paseo por una glorieta o plaza circular compuesta de dieciséis ochavas, y continúa en línea recta por unos muros que forman medias lunas con sus adornos en la cúspide, casi hasta entrada de la espaciosa calle de Sevilla."
Ya hora veamos como era este paseo durante la primera mitad del siglo XX, antes de la construcción de la actual Avenida Álvaro Domecq. Lo conformaba la carretera a Sevilla en el centro, con dos paseos laterales, delimitados por hileras de árboles que le daban un sello muy característico Nada más comenzar, a la derecha, donde está el Consejo Regulador, se ubicaba una fábrica de harinas.Donde hoy se ubica el Instituto P. Luis Coloma se encontraban lo viveros municipales. Frente, en la acera izquierda teníamos la Yegüada Militar, y a su derecha la denominada Huerta de la Verbena.
Encontramos una curiosa anécdota finales del siglo XIX y principios del XX cuando hubo en España una gran escasez de tabaco, lo que propició grandemente un contrabando masivo desde Gibraltar. Ello condujo a montar una extraordinaria vigilancia en los accesos a la ciudad por parte del cuerpo de Carabineros y por las casetas de arbitrios establecidas en todas las entradas a la ciudad. Para evadir estos controles, un grupo de contrabandistas establecieron su base en la mencionada Huerta de la Verbena. ¿Y saben como metían el tabaco en Jerez? con perros adiestrados….
En la parte izquierda estaba la Huerta de Garvey con su hipódromo, el primer campo de fútbol que hubo en Jerez: el Stadium González Byass. En la parte derecha, y ya llegando a la plaza del Caballo, la huerta conocida popularmente como “de las lechugas” frente al cementerio. Había también una fábrica de ladrillos, la Cerámica de San Rafael, y un magnífico olivar donde hoy se alza Jerez-74.
Contaban nuestros mayores que tenía un encanto especial este paseo, sobre todo por su magnífica arboleda. En las tardes primaverales, un constante el ir y venir de parejas de novios y matrimonios, el barquillero con su bombo cargado de barquillos de canela, o los vendedores del antaño popular “pirulí de la Habana” envuelto en papeles de colores. En la carretera, el silencio de un tráfico casi inexistente solamente roto por el paso de algún viejo Austin o el alegre trote de un coche de caballos.
En fin, una estampa bucólica para el recuerdo de aquellos años 20
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| Foto: A Mariscal |
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| Foto: Ftenorio |
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| Foto A. Mariscal |