BIENVENIDOS A MI BLOG
En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos, curiosidades y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.
In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published
No están reservados los derechos de autor. Puedes copiar lo que quieras, aunque es preceptivo citar la fuente.
No rights reserved copyrights, you can copy anything you want just by citing the source
In this page you will find evocative ancient photographies proceeding, as well as different current of my file particular of that I am an author. Also videoes and articles related to the history of Jerez (Spain) and information about the books that till now I have published
No están reservados los derechos de autor. Puedes copiar lo que quieras, aunque es preceptivo citar la fuente.
No rights reserved copyrights, you can copy anything you want just by citing the source
Del Orvietán al Visitador Médico

En tiempos de la antigua Grecia existían unos personajes que no
eran reconocidos como médicos pero que hacían publicidad y vendían por las
calles substancias, hierbas y otros remedios para curar las enfermedades. Así
los migmatópolos eran vendedores de medicamentos en lugares fijos y, los
pharmakópolos que lo hacían de forma itinerante viajando de un mercado a otro.
Pero remontémonos a una historia más reciente: los inicios de la edad
moderna.
A mediados del siglo XVI, aparecen en Centro Europa los primeros «orvietanes», llamados así porque procedían de la villa italiana de Orvietos, los cuales en sus carromatos vendían sus famosas «triacas» que casi todo lo curaban. Hemos de reconocer que estos individuos no eran otra cosa más que charlatanes. El más afamado de todos ellos fue Bartolomé Chiaras, el cual fabricó la denominada «Gran Triaca», un compuesto que contenía todas las sustancias medicinales entonces conocidas (creo que alrededor de setenta) que, mezcladas, al llevar de todo, teóricamente todo lo curaba. Y allá que se lanza con su carromato por media Europa consiguiendo muy buenos logros económicos.
Nuestro hombre llegó a imprimir un folleto denominado Tratado de la Triaca, que puede considerarse como la primera literatura publicitaria de un medicamento en la Edad Moderna. Pasaron tres siglos, y ya avanzado el XIX, la industria farmacéutica comienza a investigar y a aportar grandes e importantes innovaciones con las que luchar contra la muerte y mitigar el dolor y la enfermedad de una humanidad azotada por pestes y epidemias.
Con el avance de la industrialización, aquellos laboratorios farmacéuticos van teniendo necesidad de disponer de personal cuya misión sea la de dar a conocer a todos los médicos sus logros y avances, y aunque ya en los años veinte de la última centuria podemos encontrar anuncios en la prensa de laboratorios importantes, como la casa Roche, comunicando que su representante permanecería determinados días en un céntrico hotel de la ciudad a disposición de la clase médica de 12 a 2 de la mañana y de 5 a 8 de la tarde. Personalmente alcancé a conocer algunos viejos representantes de farmacia que me contaban cómo, a lomos de caballerías, se recorrían cada primavera y verano los pueblos de las serranías de Cádiz y Málaga informando a los médicos rurales de las novedades terapéuticas.
También llegué a conocer otro que en sus años mozos viajaba por aquella misma época a las plazas del protectorado Español de Marruecos, podemos imaginar en qué condiciones. Estos beneméritos profesionales fueron durante décadas el único y exclusivo contacto que, en aquellos tiempos, el médico tenía con los avances de la terapéutica.
Pero los tiempos cambiaron y aquellas pequeñas industrias elaboradoras de medicamentos, algunas en reboticas de farmacias, se fueron convirtiendo en importantes compañías. Posteriormente, la investigación cada vez más sofisticada y costosa las hizo unirse para aunar esfuerzos y así poder operar en el ámbito internacional. Una vez superada la crisis de las dos guerras mundiales, los países del mundo occidental, entre ellos el nuestro, fueron saliendo de la pobreza avanzando hacia la modernidad. Y así se fueron cerrando aquellos viejos hospitales dependientes de la caridad o de los ayuntamientos para transformarse en modernos centros hospitalarios con la tecnología más avanzada.
También aquellos tercermundistas consultorios y centros rurales de higiene se convirtieron en Ambulatorios y luego en Centros de Salud, Sus médicos, otrora esclavos de su profesión y con 24 horas de servicio cada día, pasaron a denominarse «médicos de familia» con jornada laboral de 40 horas semanales y, toda la ciudadanía sin excepción tuvo acceso gratuito a los servicios sanitarios. En estas circunstancias el visitador médico que hasta finales de los sesenta iba por esos caminos de Dios (yo entre ellos) sin sueldo ni seguridad social, cobrando si vendía, durmiendo en pensiones de «mala muerte», viajando a bordo de viejos autobuses, en vetustas motocicletas o, en el caso de algunos privilegiados, en un seiscientos cargado de literaturas y muestras gratuitas, estas últimas destinadas a paliar la necesidad de miles de enfermos que no tenían recursos ni seguro de enfermedad.
En esos años, seguíamos siendo los visitadores médicos o representantes de laboratorios el único eslabón que unía al médico con la investigación farmacéutica; era una época en la que la administración los tenía olvidados. Con el paso de los años y ya en nuestros tiempos, el visitador, afortunadamente, se convirtió en un profesional con titulación superior, experto en marketing, informática y otras técnicas de ventas. Obligatoriamente había que estar a la altura de los nuevos tiempos y de los nuevos profesionales de la medicina. Pero el papel de estos profesionales sigue y seguirá siendo el mismo: el de nexo de unión entre la investigación farmacéutica mundial y el clínico que aplica ésta a los pacientes que lo necesitan.
A mediados del siglo XVI, aparecen en Centro Europa los primeros «orvietanes», llamados así porque procedían de la villa italiana de Orvietos, los cuales en sus carromatos vendían sus famosas «triacas» que casi todo lo curaban. Hemos de reconocer que estos individuos no eran otra cosa más que charlatanes. El más afamado de todos ellos fue Bartolomé Chiaras, el cual fabricó la denominada «Gran Triaca», un compuesto que contenía todas las sustancias medicinales entonces conocidas (creo que alrededor de setenta) que, mezcladas, al llevar de todo, teóricamente todo lo curaba. Y allá que se lanza con su carromato por media Europa consiguiendo muy buenos logros económicos.
Nuestro hombre llegó a imprimir un folleto denominado Tratado de la Triaca, que puede considerarse como la primera literatura publicitaria de un medicamento en la Edad Moderna. Pasaron tres siglos, y ya avanzado el XIX, la industria farmacéutica comienza a investigar y a aportar grandes e importantes innovaciones con las que luchar contra la muerte y mitigar el dolor y la enfermedad de una humanidad azotada por pestes y epidemias.
Con el avance de la industrialización, aquellos laboratorios farmacéuticos van teniendo necesidad de disponer de personal cuya misión sea la de dar a conocer a todos los médicos sus logros y avances, y aunque ya en los años veinte de la última centuria podemos encontrar anuncios en la prensa de laboratorios importantes, como la casa Roche, comunicando que su representante permanecería determinados días en un céntrico hotel de la ciudad a disposición de la clase médica de 12 a 2 de la mañana y de 5 a 8 de la tarde. Personalmente alcancé a conocer algunos viejos representantes de farmacia que me contaban cómo, a lomos de caballerías, se recorrían cada primavera y verano los pueblos de las serranías de Cádiz y Málaga informando a los médicos rurales de las novedades terapéuticas.
También llegué a conocer otro que en sus años mozos viajaba por aquella misma época a las plazas del protectorado Español de Marruecos, podemos imaginar en qué condiciones. Estos beneméritos profesionales fueron durante décadas el único y exclusivo contacto que, en aquellos tiempos, el médico tenía con los avances de la terapéutica.
Pero los tiempos cambiaron y aquellas pequeñas industrias elaboradoras de medicamentos, algunas en reboticas de farmacias, se fueron convirtiendo en importantes compañías. Posteriormente, la investigación cada vez más sofisticada y costosa las hizo unirse para aunar esfuerzos y así poder operar en el ámbito internacional. Una vez superada la crisis de las dos guerras mundiales, los países del mundo occidental, entre ellos el nuestro, fueron saliendo de la pobreza avanzando hacia la modernidad. Y así se fueron cerrando aquellos viejos hospitales dependientes de la caridad o de los ayuntamientos para transformarse en modernos centros hospitalarios con la tecnología más avanzada.
También aquellos tercermundistas consultorios y centros rurales de higiene se convirtieron en Ambulatorios y luego en Centros de Salud, Sus médicos, otrora esclavos de su profesión y con 24 horas de servicio cada día, pasaron a denominarse «médicos de familia» con jornada laboral de 40 horas semanales y, toda la ciudadanía sin excepción tuvo acceso gratuito a los servicios sanitarios. En estas circunstancias el visitador médico que hasta finales de los sesenta iba por esos caminos de Dios (yo entre ellos) sin sueldo ni seguridad social, cobrando si vendía, durmiendo en pensiones de «mala muerte», viajando a bordo de viejos autobuses, en vetustas motocicletas o, en el caso de algunos privilegiados, en un seiscientos cargado de literaturas y muestras gratuitas, estas últimas destinadas a paliar la necesidad de miles de enfermos que no tenían recursos ni seguro de enfermedad.
En esos años, seguíamos siendo los visitadores médicos o representantes de laboratorios el único eslabón que unía al médico con la investigación farmacéutica; era una época en la que la administración los tenía olvidados. Con el paso de los años y ya en nuestros tiempos, el visitador, afortunadamente, se convirtió en un profesional con titulación superior, experto en marketing, informática y otras técnicas de ventas. Obligatoriamente había que estar a la altura de los nuevos tiempos y de los nuevos profesionales de la medicina. Pero el papel de estos profesionales sigue y seguirá siendo el mismo: el de nexo de unión entre la investigación farmacéutica mundial y el clínico que aplica ésta a los pacientes que lo necesitan.
Antonio Mariscal Trujillo
Centro de Estudios Históricos Jerezanos y
Visitador médico jubilado
El ingeniero Antonio Gallegos, 1867-1932. El padre de la Vía Verde de la Sierra de Cádiz

Un proyecto, una ilusión, un sueño acariciado durante más de medio siglo que nunca se hizo realidad: el Ferrocarril de la Sierra. Una aspiración que, de haberse materializado en su tiempo, hubiese hecho adelantar en medio siglo el desarrollo económico y cultural hacia la modernidad actual de las siempre deprimidas poblaciones de la serranía de Cádiz. Su artífice y promotor: el ingeniero jerezano Antonio Gallegos y Sánchez.
Ameno conversador, amante de la ciencia y la cultura, constante impulsor de actividades culturales y de espíritu altruista, dijo en cierta ocasión, cuando le quisieron pagar las clases que impartía en el Instituto de Enseñanza Media, no comprender que lo que él enseñaba pudiese ser recompensado económicamente. Entusiasta propagandista de los vinos jerezanos, gozaba con su afición al estudio, cultivo y crianza de nuestros caldos. Fue un hidalgo caballero de otros tiempos, su ejemplar conducta profesional y su carácter afable, le hizo ganar la estima de todos los que le conocieron. Vivió en la calle Mora 8.
En el año 1900, gracias a su tenaz iniciativa y el concurso de otros jerezanos como el marqués de Bonanza o el abogado Amalio Saíz de Bustamante, se constituyó en Jerez una sociedad denominada “Estudios del Ferrocarril de Jerez a Villamartín y Setenil”, iniciándose a continuación los oportunos estudios de viabilidad. Dichos trabajos fueron llevados a cabo por el propio Antonio Gallegos, para lo cual, y con los arcaicos y escasos medios de la época, recorrió palmo a palmo todo el futuro trazado, levantando planos, analizando suelos y contactando con los propietarios de las fincas afectadas de posible expropiación. La cabecera del trazado se situaría en Jerez y llegaría hasta Setenil, enlazando así las poblaciones de Arcos, Bornos Villamartín, Coripe, Algodonales y Olvera. La construcción, por la falta de medios económicos y numerosas vicisitudes, no pudo iniciarse hasta veintisiete años más tarde con el gobierno de Primo de Rivera, que hizo suyo el proyecto y le imprimió un gran impulso, aunque desgraciadamente no llegaría a concluirse. Los difíciles años de la República, la Guerra Civil y la posguerra, impidieron su terminación. Por fin en el año 1961 y en vía de ensayo, una locomotora hizo el trayecto desde Jerez hasta Arcos. Fue el primer viaje y también el último. La construcción del pantano de Bornos inundó kilómetros de vías, las estaciones fueron arruinándose y los terrenos devueltos a sus primitivos dueños. Así acabó aquel sueño de Antonio Gallegos. Gran parte del desmonte y terraplenado del trazado aún podemos verlo, se utiliza en la actualidad como incomparable vía verde para la práctica del excursionismo.
Otros dos sueños de este jerezano sí llegaron a hacerse realidad: el Pantano de Guadalcacín, que puso en regadío miles de hectáreas de tierras, y la carretera de Jerez a Cortes, que estableció comunicación entre todo el ancho termino de Jerez enlazó esta última ciudad y su aislada comarca de la provincia de Málaga con nuestra ciudad. Antonio Gallegos fue el ingeniero de las fantasías; sin amigos, dinero ni influencias para realizarlas; siempre a solas con el delirio de un cerebro inflamado por su amor a Jerez que él llevaba en lo más profundo de su corazón.
Falleció en Jerez, soltero y sin descendencia, a la edad de sesenta y cinco años. Hasta 1979 la actual calle Cartuja estuvo rotulada con el nombre de “Ingeniero Antonio Gallegos”, actualmente dicho nombre lo lleva una calle de nueva apertura al final de la de Arcos.
Carmen Carriedo Soto, María de Xerez (1880-1956)
Dama de noble porte, trato exquisito y clara inteligencia, vino al mundo en una casa de la calle Prieta el día 6 de noviembre de 1880. Como todas las damas de su tiempo fue educada para ser una buena ama de casa, esposa y madre. Pero en ella bullía algo más que eso: sentía verdadera pasión por la literatura. Su carrera literaria empieza algo tardía, cuando ya contaba treinta y ocho años de edad, sus hijos eran ya mayores y ello le permitía dedicar más tiempo a su vocación literaria. Comenzó a publicar artículos en el desaparecido periódico El Guadalete con el seudónimo de “María de Xerez”, y ya no dejó de escribir hasta poco antes de su muerte. Su último artículo apareció el 11 de junio de 1956 en el Diario de Cádiz. Participó y aglutinó la mayoría de los movimientos culturales desarrollados en Jerez, muy especialmente los del Ateneo como vocal de literatura.
Fue una excepcional cronista de la ciudad, sus trabajos siempre se relacionaron con la historia, las costumbres, el vino y el arte. Aparte de los periódicos antes citados, colaboró también con ABC, Diario Ayer, Revista Portuense, Correo de Andalucía, Sevilla, Diario Salmantino, Mujeres Españolas, etc. Cultivó sobre todo la novela, siendo publicada la primera de ellas, La niña azul en 1922, obra premiada por Biblioteca Patria, editorial que también le otorgó otros premios por Despertar, y En la aldea. Otras novelas suyas fueron El castillo de Nichopa (1926), El ciego de San Francisco y Cantabria invicta (1928), En plena epopeya (1937). Otras dos quedaron inéditas tras su muerte. Conocida y admirada en todos los ambientes literarios de España, cinco años después de su fallecimiento y bajo la presidencia del entonces alcalde de Jerez, Tomás García Figueras, se le rindió un homenaje póstumo en los salones de la Caja de Ahorros de Jerez, en el mismo intervinieron entre otros, Jesús de las Cuevas, Pilar Paz Pasamar y el P. Miguel María Barbero. Una lápida de mármol colocada en la fachada de la casa donde habitó durante casi toda su vida en calle Bizcocheros, recuerda a esta insigne escritora: Carmén Carriedo, MARÍA DE XEREZ para el mundo de la literatura.
FOTO: Archivo familiar
Ciudades para el siglo XXI. JEREZ
NO DEJES DE VER ESTE INTERESANTÍSIMO Y BELLO REPORTAJE SOBRE LA CIUDAD DE JEREZ DE LA FRONTERA. Pulsa este enlace
El Museo de Farmacia de Jerez

En la ciudad de Bagdad hacia el siglo VIII aparece por primera vez documentada una botica regida por un farmacéutico. En esa misma época el hospital Nuri de Damasco poseía una botica muy bien equipada. También en la Sevilla islámica se tiene conocimiento de la existencia de boticas. Marrakech, capital de imperio almohade, poseía ya en el año 1190 un gran hospital con una sección denominada “farmacia” en la que se preparaban y componían fármacos con hierbas cultivadas en el propio jardín del hospital. La farmacia más antigua de nuestro país se encuentra en Livia (Lérida) data del siglo XV a la que le sigue en antigüedad la de Peñaranda del Duero, que data de 1697. Son célebres por su belleza los museos de farmacia del Monasterio de Silos en Burgos, el de Farmacia Hispana de la Universidad Complutense de Madrid, así como el espléndido Museo de Farmacia del Palacio Real de Madrid
Pero vamos a referirnos a la Farmacia Municipal de Jerez, la misma data del siglo XVIII. Es la que aparece expuesta en el Palacio de Villavicencio del Alcázar jerezano, y que prestó servicio al Hospital Municipal de Jerez, llamado entonces de La Merced desde el año 1838 hasta su cierre definitivo. Dicha farmacia atendía tanto la demanda del propio hospital donde estaba ubicada, como la los pacientes acogidos a la Asistencia Pública Domiciliaria. Durante la primera mitad del siglo XX llegó a dispensar hasta cincuenta mil prescripciones anuales, la mayoría de ellas fórmulas magistrales. Era atendida por un farmacéutico titular, tres monjas y cinco auxiliares. En 1972 tras el cierre definitivo del Hospital Municipal, la botica se instaló en un edificio de la misma plaza de la Merced, atendiendo desde entonces a los pacientes ambulatorios de la Beneficencia Municipal exclusivamente. En 1988, al desaparecer la Beneficencia y quedar todos los ciudadanos integrados en la Red de Asistencia Sanitaria de la Seguridad Social, esta farmacia dejó de prestar servicio, siendo desmontada guardada y olvidada durante dos décadas.
En el año 2001, tras un magnífico trabajo de restauración de uno de sus artísticos estantes, el único que se pudo recuperar, se enriqueció con unas bellísimas estanterías procedentes de la antigua farmacia de don Adulfo Luque, que estuvo establecida en la calle Larga 73 desde mediados del siglo XIX, pudiéndose así dar cabida a la totalidad de rico material disponible.
En este Museo de Farmacia podemos admirar una valiosa colección de albarelos del siglo XIX de los denominados isabelinos, tanto de forma cilíndrica como de copa en número aproximado a los trescientos ejemplares. También existen algunos de cerámica de Talavera del siglo XVIII, al parecer procedentes de la Cartuja de Jerez, y un número importante de botámenes de cristal decorados en oro. Otros en forma de matraz para contener líquidos, así como un importante número de tarros de cristal de diversos tamaños con tapón hermético del mismo material. Jaraberos, dosificadores, moldes para píldoras, morteros, probetas, estufas de cultivo, balanzas, autoclaves etc., junto a una buena colección de libros de farmacopea de los siglos XVII al XIX, completan esta interesante colección. Hemos de destacar que la pieza más antigua expuesta es un mortero de mármol del siglo XV.
También podemos admirar una magnífica colección de material de cristal del antiguo Laboratorio Municipal. Con todo ello podemos asegurar que el Museo de Farmacia de Jerez puede contarse entre los más interesantes de toda España.
Por último cabe destacar que, todos los botámenes expuestos contienen sus correspondientes sustancias medicinales, por lo que a la riqueza decorativa de los mismos se añade el interés farmacéutico-químico de la pervivencia a lo largo de casi dos siglos de unos compuestos, muchos ya olvidados o casi desconocidos que antaño remediaron las dolencias de la humanidad.
C.E.H.J.
Ver este ENLACE
Establecimientos balnearios en el Jerez del siglo XIX

Desde la más remota antigüedad el hombre utilizó el agua para curar sus enfermedades, pudiéndose asegurar que, durante milenios, y junto con las hierbas recogidas por sabios y hechiceros de aquellas sociedades primitivas, fue el único remedio que la humanidad pudo disponer para aliviar sus males. Ya Hipócrates, padre de la Medicina, distinguía entre aguas sulfurosas, nitrosas, bituminosas y ferruginosas. Los romanos fundaron estaciones de baños a todo lo largo y ancho de su imperio. También los indios de América del Norte conocían las virtudes curativas de las aguas termales. No vamos a mencionar en este trabajo ninguno de los numerosos baños y termas que de las diversas civilizaciones se tiene conocimiento a través de la historia, de cuya existencia, dan fe innumerables edificios y yacimientos arqueológicos; ya que ello sería motivo de un trabajo distinto del que ahora nos ocupa. Aunque si diremos que los pueblos de la antigüedad, agradecidos por los beneficios recibidos por estas aguas, las colocaron siempre bajo el amparo de sus divinidades, levantando en no pocas ocasiones suntuosos edificios, algunos de los cuales han llegado en aceptable estado de conservación hasta nuestros días.
Las actuales bases terapéuticas del termalismo fueron establecidas en Inglaterra a mediados del S. XVIII; pero no fue hasta la siguiente centuria cuando la vieja terma romana adquiere carta de naturaleza y, la práctica de tomar las aguas, comienza claramente a definirse en Europa. La edad de oro de la balneoterapia fue ciertamente el período comprendido entre 1880 y 1915. En nuestro país, abundantes fueron en esta época los establecimientos balnearios y fuentes de aguas medicinales que se abren al público,(1) muchas de cuyas instalaciones, confortables y lujosamente decoradas, se convirtieron en centros de moda y recreo de la nobleza y de la alta burguesía española y europea; citemos a modo de ejemplo las lujosas ciudades balnearias Vichy en Francia y de Karlovy Vary en la Rep. Checa.
La medicina siempre se sirvió de las aguas minerales como remedio para el tratamiento de enfermedades crónicas. Es sabido el escaso arsenal terapéutico disponible en tiempos pasados, por lo que la práctica balneoterápica sirvió, de forma eficaz, como alivio de dolencias que no eran posibles remediarlas o paliarlas por ningún otro método. Claro que en el peor de los casos, unos días de descanso y relax en una confortable estación balnearia con el convencimiento pleno de su beneficio terapéutico, obraba el milagro que las sales disueltas en el agua no eran capaces de conseguir. Y es que, ya se sabe: el organismo humano es una entidad psicosomática en la que casi siempre la psiquis prevalece sobre la soma, de ahí muchas curaciones asombrosas y a veces inexplicables por la ciencia. Ahora ya, entremos de lleno en el tema que nos ocupa haciendo un breve recorrido por el panorama sanitario local de la época.
Las enfermedades más frecuentes en el Jerez de la segunda mitad del XIX eran los problemas gastrointestinales en verano y las afecciones respiratorias en invierno. Otras enfermedades muy comunes fueron las fiebres tifoideas, la tisis y los reumatismos debidos a la insalubridad de muchas viviendas y a la mala alimentación en muchos casos. Enfermedades crónicas de la piel como eczemas, tiñas, pruritos, sarna, herpes e impétigos eran también muy frecuentes como consecuencia de la falta de higiene. Problemas de hígado y estómago como consecuencia del abuso alcohólico, así como úlceras de piernas, sífilis, viruela y degeneraciones cancerosas castigaban a una población en la que escaseaban los medios sanitarios. Por último, el paludismo producido por las numerosas charcas existentes en los alrededores de la ciudad, completaban el abanico de la patología habitual. En estas circunstancias, la tasa anual de mortalidad daba la escalofriante cifra de 3,30 por cien habitantes.
LOS BAÑOS DE GIGONZA
En el término municipal de Jerez a escasos veinticinco kilómetros de esta ciudad, entre San José del Valle y Paterna de Rivera, se encuentra el denominado castillo de Gigonza. Construido posiblemente en el siglo XIV como refugio de los moros del reino de Granada para sus frecuentes incursiones contra la ciudad de Jerez. Dicho castillo, de planta casi cuadrada de dos cuerpos y cerca con patio de armas, se encuentra muy bien conservado, ya que desde finales del siglo XV que pasó a propiedad del caballero don Rodrigo Ponce de León siempre estuvo habitado. Este caballero realizaría diversas reformas adosándole una capilla y una posada para huéspedes.
Parece ser que desde mucho antes de la construcción del castillo, ya existía allí un pequeño manantial de aguas sulfurosas a la que los lugareños le atribuían propiedades curativas. Pero no sería hasta el año 1848 cuando los marqueses de Ponce de León, descendientes del antes citado caballero D. Rodrigo Ponce de León se decidieran a explotar las aguas del mencionado manantial, dado sus propiedades curativas “cuasi milagrosas” para desarreglos de la menstruación y enfermedades de la piel. Por este motivo y emprendiendo determinadas reformas en la hospedería con la que contaba el castillo, se establece un balneario desde entonces conocido con el nombre de “Baños de Gigonza”. Como en tantos otros balnearios de la época, en este que nos ocupa no sólo recibían tratamiento de baños con agua caliente y fría los pacientes allí hospedados, sino que además se vendían botellas de agua procedentes del manantial que entre zarzas manaba con un pequeño caudal de nueve litros por minuto. El balneario de Gigonza contó desde su apertura con el favor de las clases acomodadas jerezanas que allí iban a “tomar las aguas” sobre todo con la intención de curar enfermedades de la piel tales como eczemas, impétigos, úlceras y pruritos a base de tratamiento tanto interno (bebido) como externo (baños). Aunque deducimos que debido el escaso caudal del manantial, debería estar limitado el número de usuarios de los baños por inmersión, sobre todo en los meses estivales en los que como es normal las fuentes de nuestra tierra ven disminuido de forma importante su caudal.
Tras la Guerra Civil, y después de cuatro siglos y medio de pertenencia a la familia Ponce de León, el castillo y todas sus tierras de labor fue vendido a una familia apellidada Pineda. Por último, hemos de añadir, que desconocemos la fecha en la que el balneario fue cerrado al público, aunque con toda probabilidad lo fue en los primeros años de la década de los sesenta. La causa de su cierre pudo deberse a la apertura en Jerez en el año 1859 de un nuevo balneario en la finca de Rosa Celeste, más cercano, confortable y mejor dotado, a cargo de otro miembro de la saga de los Ponce de León: don Manuel. Durante muchos años por causa de la excavación en sus proximidades de algunos pozos para el riego, el manantial dejó de existir, sin embargo, hace unos años pudimos comprobar que el manantial había vuelto a manar.
BALNEARIO DE ROSA CELESTE
La hacienda de Rosa Celeste estuvo situada en el denominado pago de la Canaleta a la salida de Jerez en la carretera de Cortes. Comprendía las tierras sobre las que hoy se asientan la barriada de la Vid y el antiguo cuartel de Ntra. Señora de la Cabeza, hoy desaparecido, en cuyos terrenos se encuentra actualmente el Campus Universitario de Jerez. Pues bien, a mediados del siglo XIX, dicha finca estaba dividida en varias suertes de tierra y cada una arrendada a diferentes colonos. Uno de estos, excavó un pozo a fin de suministrarse agua para el regadío. Horadando el suelo, tropezó con una capa muy dura de roca caliza y, al romperla, saltó con fuerza un chorro de agua que llenó todo el pozo en poco tiempo. Aunque el agua era cristalina, pronto el labrador pudo percibir un nauseabundo olor a huevos podridos, pese a lo cual comenzó a regar con ella. Muy pronto pudo descubrir que las plantas se cubrían de un polvo blanquecino y muchas de ellas no crecían.
Pasado el tiempo, estas tierras fueron adquiridas por D. Manuel Ponce de León el cual se percató que el olor del manantial se debía exclusivamente a ser de agua sulfurosa, por lo que reunió en la finca a los más destacados médicos de la ciudad como: Ruiz de la Rabia, Ramón Coloma, Francisco Revueltas, Manuel Fontán y Domingo Grondona, los cuales tras analizar su composición química, le animaron a la iniciación de un proyecto que culminaría con la apertura del nuevo balneario.
Según nos cuenta el médico Domingo Grondona, esta casa de baños tenía forma rectangular con cuatro fachadas y ocupaba una superficie de seiscientas noventa varas cuadradas. Al frente, nos describe, presentaba una bonita escalinata con balaustrada de hierro que conducía a la puerta principal, sobre la que se ostentaba el escudo de armas de los Ponce de León. A uno y otro lado de la puerta había un bonito balcón y una ventana cuadrilonga. En la fachada norte había tres puertas que daban entrada a los baños generales y, la del centro, al cuarto de calderas. Al entrar por la puerta principal se hallaba un espacioso salón de descanso, tras de este, un alegre patio rodeado de galerías cuyos techos estaban sostenidos por columnas de hierro del mejor gusto. A uno y otro lado, elegantes puertas góticas daban entrada a los cuartos de baño; en ellos hay espaciosas bañeras de vistosos azulejos con dos llaves o grifos: uno de cristal para el agua mineral y otro de bronce para el agua caliente. El balneario tenía 14 habitaciones individuales y dos familiares; estas últimas con capacidad para tres personas. Todas las habitaciones estaban dotadas de todo lo necesario para la comodidad de los bañistas, como perchas, mesas y espejos. También disponía en el exterior de dos baños generales o pequeñas piscinas: uno para damas y otro para caballeros
Como hemos podido ver este establecimiento balneario, que sin ser muy grande, contaba con todo lo necesario para su función, además de ser bastante elegante por la decoración y buen gusto. A lo que hemos de añadir que estaba rodeado por hermosos jardines y situado en unos parajes que debieron ser muy hermosos, hoy difícil de imaginar en una zona de alta densidad de población y repleta de impersonales bloques de pisos.
Como director médico de este establecimiento figuraba el antes citado Dr. Domingo Grondona. Prestigioso médico de la Beneficencia Municipal y consiliario de la Real Sociedad Económica Jerezana. Nacido en Cádiz pero jerezano de adopción, era un experto en este campo de la terapéutica; no en vano, fue director por oposición de los Baños de Arenosillo (Córdoba) y de los de Fuensanta en Buyeres de Nava (Oviedo).
Debió ser importante la aceptación por parte de los jerezanos de este balneario de Rosa Celeste, si tenemos en cuenta que el número de usuarios durante los tres primeros años de su funcionamiento fue de 661, y también, por los numerosos testimonios de curaciones habidas. Algunos de estos pacientes habían estado antes en los Baños de Gigonza sin haber encontrado alivio, habiéndose curado en Rosa Celeste. Veamos dos de estos testimonios:
Joaquín Ádago, de 40 años de edad, padecía ha mucho tiempo un acné rosáceo en nariz, mejilla y frente que resistía a todos los medios internos y externos empleados para su curación, ha usado los baños de Rosa Celeste en las dos últimas temporadas, y el alivio obtenido ha sido muy notable.
Manuel González de 40 años de edad, albañil, que vive en calle Berrocalas 2, padecía eczemas en las manos con profundas hendiduras que le impedían trabajar. El año 1860 tomó 40 baños a la temperatura ordinaria, y bebió el agua curándose la afección, sin que hasta hoy se haya vuelto a presentar.
Al igual que éstas, el Dr. Grondona cita diversas curaciones maravillosas operadas por las aguas medicinales. Desde psoriasis, lepra, herpes y pitiriasis; hasta cicatrices viciosas producidas por armas de fuego, pasando por afecciones catarrales, digestivas, infartos de hígado, bazo y matriz, sífilis y debilidades nerviosas y sanguíneas. Desconocemos la fecha exacta, así como las causas del cierre de Rosa Celeste, sólo poseemos datos hasta el año 1862.
EL BALNEARIO DE SAN TELMO
A finales del siglo, y tras diversos trabajos de investigación, quedó patente que el manantial de aguas sulfurosas existentes en las playas de San Telmo, a escasos dos kilómetros de Jerez, en el lugar denominado llanos de la Brea, que por su olor a huevos podridos muchos pensaban fuese un yacimiento de petróleo, tenía propiedades medicinales. La noticia corrió por toda la ciudad como un reguero de pólvora, y muy pronto la gente comenzó a ir allí a llenar sus cacharros. Aquel agua se revelaba como eficaz solución para el tratamiento de muchos males.
La gran aceptación popular de estas aguas y sus patentes propiedades curativas, indujo a don Manuel Críspulo González Soto, marqués de Bonanza a construir en estos terrenos de su propiedad un balneario. Como consecuencia de ello y por Real Orden de 27 de Julio de 1899, esta aguas Clorurado-sódica sulfurosas” son declaradas de utilidad pública.
Dirigió el centro un prestigioso oftalmólogo madrileño llamado Manuel Alexandre, que durante la temporada oficial de baños – del 15 de junio al 15 de octubre – se trasladaba aquí, pasando consulta tanto en balneario como en la ciudad al precio de 7,50 pesetas.
Las aguas del Balneario de San Telmo emergían de un profundo pozo de nivel constante de 10 metros de profundidad y 3,70 de diámetro, que suministraba un importante caudal de 150.000 litros al día a la temperatura constante de 15 grados. Agua de fuerte mineralización que, al ponerla en un vaso, se veía clara y transparente con olor a huevos podridos y sabor salado, desprendiendo burbujas a intervalos que se adherían a las paredes del vaso opalizándolo. De alta concentración en sales, predominando el cloruro sódico y el ácido sulfídrico, y en menores cantidades: bromuros, fósforo, calcio, hierro, yodo y magnesio entre otros iones.
Sus indicaciones, según se aseguraba, eran tan sumamente variadas e importantes, que a fe nuestra podrían sustituir con ventaja a cualquier moderno centro de salud, farmacia incluida; no en vano trataba con éxito enfermedades de la piel como: eczemas, forunculosis y herpes genital; linfatismo en sus diversas manifestaciones y sífilis en todos su estadíos. Daba energía a los niños y personas debilitadas, y excelentes resultados en amenorrea, dismenorrea, endomedtritis y otras enfermedades del útero. Las manifestaciones reumáticas, artropatía, y osteopatía encontraban rápido alivio con esta agua, sin olvidar las enfermedades nerviosas como neuralgias e histeria.
En cuanto a la administración de tan beneficioso líquido, eran utilizadas todas las vías posibles: desde la simple ingestión, hasta los baños y duchas tanto caliente como fría; pasando por irrigaciones vaginales y nasales, pulverizaciones, baños de asiento y gargarismos. El precio del servicio oscilaba entre 1 y 2,50 pesetas por sesión. También se vendía el agua embotellada a 1 peseta el litro en Jerez y 1,25 en cualquier otro lugar de España.
Ahora, veamos, cómo era el inmueble que albergaba nuestro balneario. El edificio, que llegamos a conocer muy deteriorado por el paso de tiempo, tenía unos treinta metros de fachada principal y se mantuvo de pié hasta principios de los setenta, en que fue derribado. Debió ser un centro un tanto elegante y bien dotado si nos atenemos a la descripción que un folleto de la época nos hace. Dice así:
Está formado por amplia y elegante construcción, con una espaciosa terraza desde la que se contempla un pintoresco panorama. Posee despachos para el director y el administrador, un salón destinado al descanso de los bañistas con un piano, servicio completo de escritorio y mesa de lectura con todo tipo de diarios y periódicos ilustrados. Esta sala da paso a un patio central cuadrilongo que mide 14 metros de lado, rodeado de galería cubierta en la que hay instalada una báscula. Una hermosa palmera en su centro sirve de adorno, en el que hay además, dos kioscos para el servicio de agua mineral en bebida y venta de tikets.
A través de la galería se llega a los cuartos de baño, la mayor parte de ellos con pila de mármol y aparato de ducha. En una de las habitaciones se halla instalado el baño de asiento con hidro-merelador, con ducha vaginal, rectal, perineal y lumbar. A la izquierda están los departamentos de pulverización e irrigación nasofaríngea y auricular, sala para respiración de gases y baño de ducha y vapor. En la parte superior se encuentra el salón destinado a buffet, lujosamente ornamentado con alto zócalo de azulejos, ladrillos labrados y pintados al óleo y a través de tres puertas que se comunica con otra terraza se sale a un hermoso jardín.
Dos edificios más componían este complejo de baños: uno destinado a sala de máquinas con dos potentes motores de vapor de 10 caballos cada uno, a fin de elevar el agua y dotar de calefacción a todo el edificio. El tercero era el destinado a soldados y pobres de solemnidad a quienes el Dr. Alexandre, atendía en consulta gratuita de 8 a 9 de la mañana.
El Balneario de San Telmo, durante su corta existencia, constituyó no sólo un lugar donde recuperar la salud perdida, sino un centro social en el que se reunía lo más selecto de aquel Jerez de principios del XX. Así nos lo cuenta la escritora María de Xerez en uno de sus escritos:
El conjunto del edificio no podía ser más agradable, respondiendo a todas las exigencias de higiene y comodidad. El espléndido prócer que le construyó, el marqués de Bonanza, no olvidó nada y hasta objetos antiguos de su pertenencia, llevó para adornar y embellecer aquel gran salón que servía de restaurant y por el que pululaban numerosos camareros vestidos de blanco.
También se utilizó el balneario para fiestas nocturnas. Los chinescos farolillos dieron sus policromas luces e irradiaron sus pálidos fulgores sobre terraza, galería y patio, donde a los sones de la música, damitas y galanes rieron y flirtearon en las alegres buñoladas que allí se celebraron.
Pocos años se mantuvo en funcionamiento el Balneario de San Telmo ya que en 1911 cerró sus puertas. La causa fue que su propietario y fundador el marqués de Bonanza, se lo vendió a un forastero. El nuevo titular, al parecer por ineptitud o desconocimiento del negocio, hizo los suficientes méritos como para lograr ahuyentar a toda la clientela, por lo que el balneario se cerró y sus instalaciones quedaron abandonadas. Con el paso de los años, se estableció allí una cerámica y fábrica de ladrillos. En la década de los cincuenta, siendo alcalde don Tomás García Figueras y, a causa de graves inundaciones por el desbordamiento del Guadalete a su paso por Cartuja, se utilizaron las instalaciones del otrora distinguido edificio, para alojar a un determinado número de familias damnificadas, las cuales permanecieron allí hasta bien entrados los años setenta. A continuación y tras su desalojo, fueron derribadas las construcciones. Hoy una docena de centenarias palmeras siguen allí fuertes y erguidas, quizá como mudos testigos del breve pero esplendoroso pasado del aquel elegante Balneario de San Telmo.
Antonio Mariscal Trujillo
Foto: Entrada principal al Balneario de San Telmo
José Cádiz Salvatierra
-->
José Cádiz Salvatierra nació en Huelva en 1905. Hijo de un distinguido y galardonado notario de aquella población, hizo los estudios de bachillerato en el Instituto General y Técnico de su ciudad natal, marchando en 1922 a la Universidad Literaria de Sevilla, en cuya facultad de Filosofía y Letras obtendría, en el año1926, su licenciatura en la especialidad de Ciencias Históricas.
Seis años pasarían hasta iniciar su labor docente. La desahogada posición de su padre le permitió pasar durante ese período de tiempo largas estancias en Madrid estudiando e investigando en sus bibliotecas. En 1932 entra a trabajar en calidad de profesor aspirante en el Instituto-Escuela de la capital de España, siendo encargado de las visitas a museos. Un año después pasaría a ocupar plaza de profesor en dicho centro.
Los años de la Guerra Civil los pasó en Jaén como profesor, secretario y director de su Instituto. Allí vivió en zona republicana las tragedias de dicha guerra. Acabado el conflicto, gana por oposición una plaza de catedrático en Osuna, llegando a Jerez en 1942 como profesor de Geografía e Historia en el Instituto Padre Luis Coloma, siendo nombrado más tarde Director de dicho centro, cargo que ocuparía hasta su muerte.
En 1949 tomó parte en la fundación de la Academia Jerezana de San Dionisio de Ciencias Artes y Letras. Con el tiempo dicha entidad llegaría a convertirse en Real Academia y destacado referente de la cultura local. Cuatro años más tarde, en 1953, Cádiz Salvatierra sería elegido presidente de dicha corporación, cargo que ostentaría hasta su fallecimiento.
Su labor durante los veinticinco años que trabajó en Jerez fue muy prolífica, siendo destacada su enorme calidad docente y humana, puestas por completo al servicio de sus alumnos en particular y de la cultura en general.
"Mis alumnos son para mí los hijos que Dios no me dio"
Es esta una frase salida de su boca y que revela el porqué de su total vocación al magisterio y a la juventud. En diciembre de 1967 al poco de comenzar las vacaciones de Navidad fallecería víctima de una afección cardiovascular. La prensa local resaltó en grandes titulares tan triste noticia, y su sepelio constituyó una inmensa manifestación de duelo y de pesar en toda la ciudad de Jerez. En 1969, costeado mediante aportaciones populares y con la subasta de un bastón del general Primo de Rivera, así como una de sus inseparables pipas, donada ésta por su viuda Blanca de Aragón, se le erigió un monumento en el patio del Instituto donde ejerció su magisterio durante un cuarto de siglo. Una hermosa avenida contigua a dicho Instituto fue rotulada con su nombre por acuerdo del Cabildo Municipal. En 1972 fueron publicadas sus memorias bajo el título: Mi labor, obra exhaustiva en la que, curso tras curso a lo largo de su vida académica, recoge sus experiencias docentes. Incluye la misma una interesante autobiografía.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.
Julio González Hontoria

GONZÁLEZ HONTORIA, Julio. Sanlúcar de Barrameda, 1845 – Jerez 1929. Industrial, político y Alcalde de Jerez.
Tras cursar los estudios primarios en su ciudad natal, realiza los de bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media de Jerez. En 1862, cuando contaba 17 años comienza a trabajar en las bodegas de González Byass propiedad de su tío, el cual decide enviarlo primero a Londres y luego a la Escuela Superior de Comercio de París para completar su formación, ocupando a su regreso el cargo de gerente de escritorios. Su interés por la política le lleva a realizar varios viajes por diversas provincias españolas donde contacta con determinados personajes de la política que, en 1868, serían protagonistas de la revolución conocida por La Gloriosa, entrando a formar parte de la Junta Revolucionaria por el Partido Republicano. En 1881 fue elegido Diputado Provincial por Sanlúcar de Barrameda, cargo que desempeñaría en diversas ocasiones. En 1893 abandona su militancia en el Partido Republicano pasándose a las filas de Sagasta en el Partido Liberal. En noviembre de 1901 fue elegido concejal del Ayuntamiento jerezano, siendo nombrado alcalde poco tiempo después. En dicho puesto permanecería durante cuatro legislaturas hasta 1919.
Durante su mandato como alcalde se realizaron en Jerez muchas e importantes obras públicas. De las que han llegado hasta nuestros días destacan el parque que lleva su nombre, marco incomparable de la internacionalmente famosa Feria del Caballo. Suya fue también la iniciativa para la construcción de la desaparecida línea ferroviaria Jerez-Sanlúcar de Barrameda. Hábil negociador y mediador, mereció en 1902 el reconocimiento del gobierno de la nación y la felicitación de S.M. el Rey, al haber solucionado una complicada huelga de los trabajadores agrícolas, evitando por todos los medios el empleo de la fuerza u otras medidas coercitivas tan al uso en aquellos tiempos. Tan acertada intervención, que logró un acuerdo favorable entre todas las partes implicadas, hizo que el Ministerio de la Gobernación cursara orden a los gobernadores de todas las provincias españolas para que en el Boletín Oficial de cada una de ellas, se hiciese mención del proceder de González Hontoria, con el ánimo de que sirviera de ejemplo a las demás autoridades. El 11 de julio de 1902 el Ayuntamiento de Jerez le concedió el título de “Hijo Adoptivo”.
Fue fundador y vicepresidente de la Compañía Jerezana de Electricidad y cónsul de Dinamarca en Jerez, siendo acreedor a varias e importantes condecoraciones, entre las que destacan: la cruz de la Orden de Carlos III y la cruz del Mérito Militar con distintivo blanco. Una calle de su ciudad natal está rotulada con su nombre. En Jerez, un busto en bronce con su figura, obra del escultor valenciano Ramón Chaveli, preside los jardines de la Rosaleda en el parque que él creara. Falleció en Jerez el día 19 de junio de 1929 en su casa de la plaza del Banco.
A lo largo de su dilatada vida mereció el aprecio y el respeto de todos, sin distinción de clase o color político, hasta el punto que aun habiendo sido alcalde de la monarquía, el día 29 de abril de 1931, al poco tiempo de instaurarse en España la 2ª República, fue inaugurado el antes mencionado busto por parte del nuevo ayuntamiento. El acto estuvo presidido por el primer teniente de alcalde, Antonio Roma, acompañado por ediles de los distintos partidos que gobernaban el municipio, comenzando con el descubrimiento del mencionado bronce oculto por la bandera republicana y al compás de himno de Riego. El Sr. Roma alabó las gestiones del ex alcalde y su labor, que no dudaba de meritoria, lo que hacía que su nombre fuese respetado y recordado. A continuación el cortejo se dirigió al cementerio católico donde fue depositado un ramo de flores sobre su tumba.
C.E.H.J.
Alberto Durán Tejera
Nacido en 1898, fue un hombre que desde su infancia sintió que su vocación era la de ser marino, pero la misma quedaría frustrada al morir su padre, circunstancia que le haría elegir la carrera de magisterio. En 1921 tras terminar sus estudios, su primer destino sería en una pequeña población cercana a Las Palmas de Gran Canaria, donde ejerció como maestro hasta 1923, fecha en la que se traslada a Grazalema (Cádiz), población en la que llegaría a ocupar el cargo de Alcalde hasta 1929. Ese mismo año ocupa por oposición una plaza en el Instituto Padre Luis Coloma de Jerez
Durán Tejera fue siempre un hombre polifacético, inquieto y preocupado por todo lo concerniente a la ciudad que le vio nacer. Ello le llevó a trabajar como concejal de Parques y Jardines en el Ayuntamiento jerezano, ocupando a partir de la segunda mitad de la década de los cuarenta del siglo XX el cargo de teniente alcalde. En su etapa como segunda autoridad municipal tuvo la feliz idea de crear en 1948 un parque zoológico y botánico. Para ello contó con la inestimable ayuda y colaboración de un gran conocedor de las especies animales como fue el conocido especialista Manuel Barea. Aprovechando el bello recinto ajardinado de propiedad municipal que rodeaba a los depósitos de agua de Tempul, en aquellos años bastante descuidado, instaló y dirigió en el mismo lo que en principio fue una modesta colección zoológica. Algunos monos, lobos, zorros, rapaces, un león, así como una buena variedad de aves acuáticas procedentes del Coto de Doñana, iniciaron algo que muy pronto se convertiría en uno de los lugares preferidos de los niños jerezanos. Poco a poco el mencionado parque se fue enriqueciendo con nuevas especies y reformas hasta alcanzar en unos años la cifra de mil ochocientos ejemplares entre aves, mamíferos y reptiles; llegando a ser modelo y referente nacional, en cuanto a la riqueza de su contenido y actividad científica en favor de especies en peligro de extinción como lo es en la actualidad.
Por esa misma época Alberto Durán junto al prestigioso cirujano Luis Romero Palomo y otros destacados jerezanos como Juan Valencia y Vicente Fernández de Bobadilla, fundaron la desaparecida “Fiesta de la Vendimia del Sherry”, de la que Durán fue su comisario durante muchos años, desviviéndose siempre porque la misma fuese a más en cada edición, logrando así convertirla en un evento festivo de primer orden. Una fiesta que gozó de gran repercusión en los más importantes periódicos y revistas internacionales, y que atraería el interés por nuestra ciudad y nuestros vinos de políticos, embajadores, artistas, hombres de negocios, periodistas y famosos de todo el mundo, llegándose a convertir en la mejor promoción que nuestros caldos hayan tenido en toda su historia.
Por esta causa Alberto Durán Tejera fue distinguido con diversos honores, tales como la Orden del Mérito Civil, la de Cisneros y las de Caballero Oficial de la Corona de Bélgica y de la República Italiana. Fue además miembro fundador de la Real Academia de San Dionisio de Jerez y académico correspondiente de la Hispano-Americana de Cádiz. Falleció en 1979
Extinguida la Fiesta de la Vendimia en los años ochenta del pasado siglo XX por razones nunca justificadas, la memoria de este insigne jerezano cayó injustamente en el olvido, incluso el nombre de “Alberto Durán” que llevaba el parque zoológico que él creara fue eliminado.
Hace unos años pedimos al Ayuntamiento que una calle de Jerez fuese rotulada con su nombre. Nuestra petición fue aprobada, siendo comunicada esta decisión en un escrito que la Sra. Alcaldesa dirigió a su sobrina, Carmina Durán. Decía que el lugar de emplazamiento de dicha calle sería en La Granja Sur, sin más datos. Yo particularmente no he podido dar con ninguna calle en toda esa zona donde haya un rótulo con el nombre de Alberto Durán.
Antonio Mariscal Trujillo
C.E.H.J.
Juan Manuel Sánchez y Gutiérrez de Castro, Duque de Almodóvar

Nació en Jerez de la Frontera el 15 de diciembre de 1850, en el nº 20 de la calle Lealas, en la fachada de dicha casa se encuentra una lapida que lo recuerda. Hijo de Antonio Sánchez Romate, fundador de las bodegas del mismo nombre, cursó en Sevilla los estudios de Derecho con un brillantísimo expediente, especializándose en Asuntos Sociales y Hacienda Pública, dominando perfectamente los idiomas inglés y francés. Muy joven se casó en Córdoba con la Duquesa de Almodóvar, por cuyo matrimonio adquiere este título nobiliario por el que sería conocido.
En 1879 fue elegido Diputado a Cortes por el partido Liberal, defendiendo los intereses de Jerez en varias legislaturas, y asesorando a los ministros del ramo sobre las medidas que deberían adoptarse para defender el comercio de nuestros vinos frente a la competencia extranjera. Ocupó los cargos de vicepresidente del Congreso y de la Comisión de Presupuestos. En 1898, tras la guerra con los Estados Unidos que culminó con el desastre de nuestra flota en Cuba, fue nombrado ministro de Estado por el primer ministro Sagasta. Como responsable de dicho ministerio tuvo que asumir la difícil tarea de mantener el orgullo y el prestigio de España tras la derrota e intentar limitar sus consecuencias.
Tras fracasar la mediación inglesa, el 21 de noviembre del antes citado año, los representantes americanos presentaron una oferta a modo de ultimátum, amenazando con continuar las hostilidades en caso de la no-aceptación. Dicha oferta suponía la pérdida de Cuba, la anexión de Puerto Rico, la compra de Filipinas por 20 millones de dólares, la anexión de las Islas de Guam, Las Marianas y Las Carolinas. Sin ningún apoyo europeo, la presión del Kaiser alemán y ante la gravedad de la situación, el DUQUE DE ALMODÓVAR no tuvo más remedio que aceptar las draconianas imposiciones norteamericanas, soportando la amargura de firmar en nombre de nuestro país el Tratado de París.
En 1905 volvió a repetir nuevamente como ministro de Estado, esta vez con Segismundo Moret, presidiendo en abril de1906 la Conferencia de Algeciras, tarea muy delicada en la que se trataba de poner coto a las ambiciones internacionales sobre Marruecos, en unos momentos muy delicados para España, ya que nuestro país había declarado años antes como causa de guerra cualquier intento internacional contra la unidad o independencia de este país. En la citada Conferencia, celebrada en el Hotel Cristina de Algeciras, defendió nuestros intereses, demostrando su talla de gran estadista y logrando un acuerdo entre las naciones europeas implicadas y los representantes marroquíes. En dicho tratado se reconocía la soberanía del sultán de Marruecos y la integridad de sus dominios, confirmándose la internacionalización económica de Marruecos y la posición privilegiada de España y Francia. Los representantes de los 12 países asistentes a la Conferencia expresaron su reconocimiento al ministro español en quien vieron un eficaz servidor a la paz en Europa. Por este motivo el Presidente del Consejo de Ministros, Segismundo Moret, propuso al Rey le fuera concedido el título de DUQUE DE ALGECIRAS, nombramiento que Juan Manuel Sánchez rechazó cortésmente con estas palabras: “El estricto cumplimiento del deber no necesita recompensas”.
Pocos meses después de la finalización de la Conferencia de Algeciras, fallecía en Madrid el DUQUE DE ALMODÓVAR. Un Real Decreto firmado ese mismo día le concedía el nombramiento de Capitán General con mando en plaza. Se disponía, además, que se le rindieran los honores correspondientes y se celebraran solemnes honras fúnebres por sus relevantes servicios a la Patria, a la Corona y a las Instituciones del Estado. Se disponía también, distinguir a su madre con el título de Duquesa de Algeciras que su hijo no quiso aceptar en vida. El Jefe del Gobierno dijo a la sazón: “Con su muerte pierde la Corona uno de sus más leales servidores; la nación un ciudadano modelo, que la sirvió con patriotismo y que representó a España con una dignidad y acierto internacionalmente reconocidos”.
Un gran sentimiento de pesar inundó Jerez por la pérdida de tan ilustre hijo. El Ayuntamiento en sesión plenaria acordó rotular con su nombre la calle Larga, rótulo que permaneció en esta vía principal hasta los tiempos de la República en el que fue sustituido por el de Manuel Azaña y luego por el de José Antonio Primo de Rivera.
Hace muchas décadas que el nombre de este ilustre jerezano, su historia y sus servicios a la nación, permanecen en el más absoluto de los olvidos. Nunca se erigió un monumento a su memoria, ni a ninguna otra calle de la ciudad se le volvió a dar el nombre de DUQUE DE ALMODÓVAR.
Antonio Mariscal Trujillo
Centro de Estudios Históricos Jerezanos
Jerez 1759. Actos celebrados con motivo de la coronación del rey Carlos III
El 27 de agosto de 1759, según los datos que nos aporta el que fuera archivero municipal Adolfo Rodríguez del Rivero, el Ayuntamiento de Jerez recibió una comunicación de la reina madre, Isabel de Farnesio, firmada en el palacio del Buen Retiro, en la que ordenaba se alzase el pendón y estandarte real en esta ciudad por su hijo el Rey Carlos III a causa del fallecimiento de su esposo Fernando VI. Convocados por este motivo los caballeros veinticuatro y los notables de la ciudad, se procedió a organizar una serie de festejos protocolarios que por su esplendor y pomposidad merecen ser conocidos.
Los actos dieron comienzo el 16 de septiembre de ese mismo año de 1759. Aquella mañana una muchedumbre abarrotaba completamente la plaza de Escribanos y sus calles adyacentes así como balcones azoteas. En apretadas filas y dando frente al edificio del Cabildo, una compañía del Regimiento de Caballería del Príncipe con timbales y clarines luciendo sus vistosos uniformes. Delante de la iglesia de San Dionisio otra formación de Infantería con uniforme de gala aguardaba el comienzo de los actos.
A primera hora de la mañana se abrieron las puertas del Cabildo Viejo, saliendo por ella el Ayuntamiento en pleno bajo mazas, así como el Corregidor, los escribanos y miembros de otras entidades de la localidad. A continuación por la misma puerta y portado por dos ujieres, fue sacado un gran retrato del monarca sobre ricos almohadones, mientras sonaban los clarines, timbales y trompas de las fuerzas militares allí formadas. Acto seguido, el Alcalde subiendo a una lujosa tribuna que se había instalado delante del edificio, mandó guardar silencio para dar la palabra al escribano del Cabildo, quien dio lectura a la Real Cédula de sucesión que decía así:
La Reina Gobernadora, consejo, justicia, regidores, caballeros jurados y hombres buenos a la ciudad de Jerez de la Frontera. Habiendo sucedido en estos reinos, el rey y señor D. Carlos III mi muy amado hijo, por el fallecimiento del Rey mi señor D. Fernando VI que esté en gloria y siendo consiguiente el que sea proclamado y levanten pendones en su real nombre en las ciudades y villas de estos reinos que es costumbre, os mando que luego que recibáis ésta, con la mayor brevedad executéis este solemne acto aunque no hayáis hecho las exequias acostumbradas por el Rey D. Fernando, teniendo de aquí en adelante por tal Rey al señor don Carlos III y usando de su Real Nombre en todos los despachos en que se necesite nombrarlo.
Buen Retiro, a 27 de agosto de 1759. Yo la Reina
Terminada la lectura todo el séquito montado en caballos ricamente enjaezados emprendió la marcha en dirección a la iglesia Colegial. En primer lugar iba el Alguacil Mayor, le seguían los clarineros de uniforme rojo y vueltas azules con galones de plata y relucientes trompetas. Detrás, la banda de música del Regimiento de Dragones de la Reina luciendo uniforme de gala y los maceros con ropa de damasco carmesí y escudos de plata. Seguía el Ayuntamiento en pleno: mayordomo, capellán, caballeros jurados y caballeros veinticuatros; todos vestidos de negro, plumas blancas en los sombreros y ricas joyas sobre el pecho. Cerraba la marcha un escuadrón del Regimiento de caballería del Príncipe.
Al llegar la comitiva a la Iglesia Colegial, a cuya puerta principal esperaba el Cabildo Colegial, bajaron de sus monturas y, una vez dentro, el Corregidor solicitó al abad el pendón de la ciudad, depositado allí para su guarda y custodia desde los tiempos de la Reconquista. Acto seguido se dio nuevamente lectura a la Real Cédula anteriormente reseñada. Tras lo cual el Canónigo Magistral cogió el pendón que se encontraba en una caja al lado izquierdo del altar mayor y lo entregó al Alférez Mayor de la ciudad, no sin antes y, como era tradición, hacerle jurar que una vez concluidos los actos dicha enseña sería devuelta a la Colegial.
De nuevo la vistosa comitiva puesta en marcha subió por la Cuesta de la Cárcel, plaza de Escribanos, Caridad, Puerta Real y plaza del Arenal hasta el Alcázar. Y aquí comienza un protocolo curiosísimo que emana de una ancestral tradición, cuyo origen se remonta a los primeros tiempos de la Reconquista cuando esta fortaleza real tenía un alto valor estratégico y militar.
Al llegar dicha comitiva a los muros del Alcázar, se adelantó el Corregidor llamando a su puerta principal. Por una de las ventanas contiguas a dicha puerta se asomaron dos pajes vestidos con cascos, petos y espaldares preguntando qué querían. El Corregidor les dijo que quería ver al Alcaide del Castillo, a la sazón Lorenzo Antonio Fernández de Villavicencio. Asomado éste a la citada ventana, el dicho Corregidor le manifestó el objeto de su visita. El marqués le contestó que como fuero y privilegio que tenía, no era menos cierto su deber de hijodalgo en defender la fortaleza hasta la muerte por su rey conocido. Entonces el escribano del Cabildo dio lectura a la Real Cédula de S.M. la Reina, tras lo cual el Alcaide, rindiendo pleito a la disposición Real, arrojó por la ventana dos llaves doradas con las cuales se abrió la puerta, entrando pie a tierra toda la comitiva en el Alcázar, donde fue recibida en el rastrillo por el marqués de Villavicencio acompañado de sus dos pajes y doce alabarderos. A continuación el Alférez Mayor asomándose a un balcón tremoló el pendón diciendo en alta voz: ¡Oíd, oíd, señores, oíd! ¡Castilla, España, Castilla, España, Castilla, España, por el rey nuestro señor don Carlos III de este nombre que Dios guarde! A lo que respondió la muchedumbre agolpada fuera: Lo recibimos, lo queremos y aclamamos. ¡Viva su majestad! Gritos a los que se unieron las cornetas y timbales de los regimientos que les acompañaban. Entonces, el alférez mayor arrojó por el balcón cientos de monedas de plata acuñadas al efecto con el busto del Rey en el anverso y las armas jerezanas al reverso. Repitiéndose la misma ceremonia desde el balcón de la torre del Homenaje. La comitiva pasó después a la capilla de Santa María, donde el Corregidor y el Alcaide del Alcázar, juntas las manos, se intercambiaron por tres veces doce de dichas monedas, ofreciendo defender, guardar y custodiar para el Rey Carlos III aquella fortaleza.
Terminado el acto la comitiva se puso de nuevo en marcha con el mismo orden de formación con el que habían llegado para recorrer el itinerario de vuelta, esta vez por la plaza del Arenal, las calles Larga, Porvera, Chancillería y plaza de San Juan, donde se volvió a leer la Cédula Real, para continuar por calle Francos hasta la plaza de Escribanos. Con la devolución del pendón a la Colegial concluyó este curioso acto de proclamación Real, recreando así una tradición de más de cuatro siglos.
Siguieron numerosos festejos populares tales como engalanado de calles, corridas de toros, juegos de alcancías, lances a la jineta, fuegos artificiales, conciertos, bailes de sociedad etc., para regocijo de nobles y plebeyos.
Antonio Mariscal Trujillo (C.E.H.J.)
Ricón poético
ESTAMPA JEREZANA
A dúo con las cigarras
en una noche de luna,
bailaban las aceitunas
al eco de una guitarra.
Que a grupas de su lamento
y el estribillo en estribo,
galopa entre los olivos
y entre las crines del viento.
Jara y chumbera se cruzan
en un tablao de verbena,
donde una bella morena
da un ¡olé! de andaluza.
Que medio mora y cristiana
en la palma ve el destino,
es alma pura cual vino
de sus viñas jerezanas.
Aplauden las castañuelas
cual duende, en manos bellas,
y hasta sonríe una estrella
que en la paz del Cielo riela.
Le pone al cante su brete,
con brío, la pandereta,
que alegre y muy pizpireta
guiña un ojo al Guadalete.
Y hasta un caballo alazano
da un relincho en la campiña,
que ya dormida cual niña
le da a la noche la mano.
A dúo con las cigarras
en una noche de luna,
bailaban las aceitunas
al eco de una guitarra.
Desde Cantabria, Tinuco
CABALLO DE BRONCE
Para Antonio Mariscal, amigoAlto caballero.
¿Donde vas?
Palmeras al viento,
Plaza del Arenal.
Inmóvil andadura,
camino de cristal.
Bajo el amanecer,
nuevo despertar
a contraluz del alba
cabalga el General.
Bronce y mediodía,
cálido palmeral.
Blancas azoteas,
anillos cerrarán.
Tarde jerezana
soñadora de mar.
Caballo de brisa
alguien galopará.
Jinete de sombra,
nocturno trotar
desde viña dormida
a verde olivar.
Alto caballero.
¿Donde vas?
Juan Antonio Sánchez Quirós. Jerez 1982
A un reportaje sobre Jerez
¡ Ay Antonio Mariscal!
( que aquí serías Toñuco),
ya he visto tu puebluco
y, me pareció capital.!
Y al oir la melodía
que se oye todo el rato,
la baba se me caía...
me bailaban los zapatos.
Y yo de Cantabria hablé
creyendo que era lo más,
ahora que he visto Jeréz,
me he dicho : apañado vas.
Pues si aquí hay vacas lecheras
que dan hasta mantequilla,
vuestros caballos se esmeran
al danzar de maravilla.
Y si aquí bellos caminos
con bosques y riachuelos,
ahí tenéis un buen vino
que se va hasta el "santo al cielo"
Si aquí un Tinuco pillo
que es uno más del montón,
Ahí... Mariscal Trujillo...
que es todo un campeón.
Tinuco, el poeta de Somahoz
A Jerez en Semana Santa
Tierra donde lo divino
es un altar en primavera
tierra donde lo divino
es un sueño en duermevela
que florece en un suspiro
es un altar en primavera
tierra donde lo divino
es un sueño en duermevela
que florece en un suspiro
Traigo ante tus plantas Jerez
la amargura de un reniego
y el alma que palidece
al motín de los recuerdos
la amargura de un reniego
y el alma que palidece
al motín de los recuerdos
Mas, en esta noche Jerez
tiene un rescoldo el pabilo
¡Ponme un Lunes Santo de ayer
de los que ya se me han ido!
tiene un rescoldo el pabilo
¡Ponme un Lunes Santo de ayer
de los que ya se me han ido!
Y si pudiera ser también…
de tus vientos dame un silbo
que traiga el eco de mi padre
al rescate de este olvido
de tus vientos dame un silbo
que traiga el eco de mi padre
al rescate de este olvido
Jerez…
¡Seas Nisán en mi mirada
y si muriera de esta pena
qué sea en Semana Santa
en Jerez de la Frontera!
y si muriera de esta pena
qué sea en Semana Santa
en Jerez de la Frontera!
(Del Pregón de Semana Santa de Jerez 2014)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
