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Jerez de la Frontera, Cádiz, Spain

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En esta página encontrarás evocadoras fotografías antiguas procedentes de mi archivo particular, así como otras actuales de las que soy autor. También vídeos, artículos y otros trabajos relacionados con la historia de Jerez de la Frontera (Spain), e información sobre los libros que hasta ahora tengo editados.

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Aquel colegio de las Carmelitas de Jerez



Si mal no recuerdo, cuatro han sido los centros de enseñanza regidos por congregaciones religiosas femeninas que desaparecieron de nuestra ciudad en las últimas décadas. El Servicio Doméstico en el Arroyo, las Oblatas en San Benito, el Santo Ángel en la Tornería y las Carmelitas en San Marcos, Este último me voy a permitir evocarlo por el hecho de haber sido mi primer colegio y el de muchísimos jerezanos.

Su fundación
Ubicado en dos grandes casas contiguas separadas por un patio que ocupaban toda una manzana entre las calles Compañía y San José con fachada principal frente al templo de San Marcos, el Colegio de las Carmelitas en el que tantos cientos de jerezanos aprendimos nuestras primeras letras e hicimos nuestra Primera Comunión, permaneció en ese lugar entre los años 1905 y 1970. Centro de enseñanza regido por las Hermanas Carmelitas de la Caridad, una congregación religiosa fundada por santa Joaquina de Vedruna cuya misión era la de atender a enfermos y menesterosos.

Las primeras religiosas de esta congregación que llegaron a la provincia de Cádiz en 1860 fueron diez monjas enfermeras que se establecieron en San Roque con la misión de atender a los heridos de la guerra en Marruecos comenzada en octubre de 1859 ante la amenaza de las cábilas rifeñas de invadir Ceuta y Melilla. Acabado dicho conflicto, las hermanas pasaron a prestar sus servicios humanitarios en el Hospital de Mujeres de Cádiz. Posteriormente fundaron diversos colegios tanto en la capital como en el Puerto de Santa María y Jerez, ante la apremiante necesidad de centros en los que impartir educación a niños y sobre todo niñas de las clases más desfavorecidas donde escasamente llegaba la instrucción pública. Estas monjas se establecen en Jerez el año 1869, abriendo un colegio para niñas en el entonces deshabitado desde 1835 Convento del Carmen. De allí y bajo los auspicios de la caritativa dama Juana de Dios Lacoste se trasladaron en 1885 al palacio de Ponce de León propiedad de dicha señora, hoy colegio y comedor de el Salvador en la calle que lleva su nombre, donde continuaron su labor docente así como con la denominada “Cocina Económica” en la que dar alimento a los necesitados y que doña Juana de Dios mantenía a sus expensas. Ese mismo edificio fue donado en testamento por su hijo Luis de Ysasi al Ayuntamiento de Jerez para centro de enseñanza. El 8 de marzo de 1905 las Hermanas Carmelitas se trasladan al edificio de San Marcos, y son las monjas de la Caridad de San Vicente de Paúl las que se hacen cargo tanto del centro de enseñanza como del comedor para pobres.

Un día de 1948
Al colegio de las Carmelitas de Jerez llegué en septiembre de 1948 de la mano de mi madre vestido con uniforme azul de marinerito. Eran tiempos aciagos, nuestro país aún no se había repuesto de aquella tragedia que lo asoló durante la Guerra Civil. Una época de penuria económica, escasez, hambre, racionamiento y estraperlo.  El día 18 de  agosto del año anterior la terrible explosión de un depósito de minas submarinas almacenadas en Cádiz hizo saltar por los aires a una buena parte de esa ciudad, arrasando completamente el barrio de San Severiano y provocando la mayor catástrofe de su historia. Hubo cientos de muertos y más de 5.000 heridos. La tremenda detonación se sintió en Jerez con gran intensidad, produciendo la ruptura de muchísimos cristales y provocando una gran alarma entre la población. Pocos días después, concretamente el 27, toda España lloraba la trágica muerte en la Plaza de Linares al mayor ídolo de la torería de todos los tiempos: Manuel Rodríguez “Manolete”. Cuentan que fue uno de los veranos más secos y calurosos que se recuerdan.

            Aún recuerdo las imágenes de aquel colegio. Un edificio, estimo que del siglo XIX o anterior, de aspecto serio e institucional del que desconozco su origen, pero que pudo ser anteriormente residencia de noble o acaudalada familia y que supongo sería vendido o legado por sus antiguos propietarios a las Hermanas Carmelitas para la instalación de su nuevo centro docente.

Por la puerta situada frente a San Marcos se accedía, nada más cruzar el zaguán, a una escalera situada a la derecha que conducía al piso alto en el que se encontraban algunas clases de niñas, así como un taller de costura y bordados denominado Obrador de San José, en el que jóvenes muchachas aprendían el oficio de costureras y bordadoras, donde además se confeccionaban artísticos mantos, faldones y palios para las imágenes de las dolorosas de nuestra Semana Santa, así como otras vestiduras y ornamentos sagrados. También recuerdo que se elaboraban allí las obleas que luego se convertirían en hostias consagradas.

            Desde el antes citado zaguán y, a través de un primer patio, se accedía a un segundo. Un patio con naranjos y arriates en los que crecían verdes enredaderas, moradas buganvillas y blancos jazmines. También había una gruta con una imagen de la Virgen de Lourdes con una fuente. Justo al lado de la gruta se abría la puerta de una pequeña y preciosa capilla.


También en la planta baja estaban las clases de los niños además de otras aulas para niñas que eran educadas gratuitamente. Estas niñas, procedentes de clases necesitadas no pagaban mensualidad ni llevaban uniforme, sólo un babi blanco que cubría sus humildes ropas. Las mismas no entraban al colegio por la puerta principal, sino que lo hacían directamente por una lateral que daba a la calle San José, la misma por donde también accedían los niños. Desde luego que no voy a entrar en este asunto que hoy sería calificado como discriminación, pero entonces era así y todo el mundo lo daba por bueno, es más, supongo que los padres de estas niñas estarían muy agradecidos a las monjas por escolarizarlas y darles una buena enseñanza de forma gratuita en unos tiempos en los que la instrucción pública no alcanzaba a todos y menos a las niñas. Lo cierto es que la pequeña cuota mensual que pagaban unos, servía para que aquellos que no tenían nada recibiesen la misma enseñanza aunque lo hiciesen en clases separadas. Para comprender esto hoy sería preciso ponerse en la mentalidad de la época.

            A pesar de los años transcurridos, llevo grabado en mi memoria el rostro de la Hermana Carmen, nuestra tutora. Su sereno semblante, su cara aterciopelada y su grave aunque dulce voz, me quedaron impresas para siempre en ese lugar de la mente donde se deben almacenar los recuerdos más sublimes de la infancia.

Nuestra clase estaba presidida por una imagen del Niño Jesús de Praga, cuya devoción nunca he olvidado a pesar de los años transcurridos. Hasta el punto que cuando en el año 1999 visité por primera vez la capital de la República Checa, sacrifiqué una tarde de nuestra estancia turística allí, tratando de encontrar el templo donde se veneraba. Mi esposa y yo preguntamos y preguntamos haciéndonos entender como buenamente podíamos, chapurreando francés, inglés y hasta por señas sin que nadie nos entendiera ni supiera darnos norte.  Por fin, después de mucho indagar pudimos encontrar la iglesia de Santa María de la Victoria, y postrarnos a orar ante la pequeña imagen del Niño Jesús que allí se venera desde 1628, año en el que una dama, María Manrique de Lara, casada con el canciller de Bohemia lo llevó allí desde España.


El final de una larga etapa
Pues bien, un día, a finales de 1970, al pasar por mi antiguo colegio vi un letrero sobre el dintel de la puerta que decía: “Colegio San Juan de Ávila”. Supe después que aquellas Hermanas Carmelitas, después de más de un siglo en Jerez, se habían marchado para siempre y aquel colegio estaba ahora en manos de una nueva congregación religiosa. Resulta que unos meses antes, en junio de ese mismo año de 1970, dos monjas de la congregación de las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón llegaron a Jerez procedentes de Barcelona para ver la posibilidad de ocupar aquel Colegio que cerraba sus puertas para ellas continuar en el mismo su labor docente, como así lo hicieron

            De esta manera, el día 4 de noviembre de aquel mismo año de 1970 un grupo de ocho hermanas de la congregación antes citada vinieron de Barcelona para tomar el relevo de las Carmelitas con la mayor de las ilusiones, en la seguridad de que su obra docente en nuestra ciudad daría en un plazo no muy lejano los frutos deseados.

Pero el paso del tiempo no perdona a nadie, tampoco a las viejas edificaciones. Aquella casa de más de dos siglos de antigüedad se caía de puro viejo, por lo que la seguridad de los alumnos no estaba garantizada. Ante tal circunstancia las monjas llegaron a un acuerdo con el empresario José María Ruiz Mateos para la permuta de aquel viejo caserón por unos terrenos en Montealto a fin de edificar uno nuevo. El viejo colegio de las Carmelitas fue derribado y en su lugar se alza desde entonces un edificio de viviendas.


                                                                                                 Antonio Mariscal Trujillo
Fotos: Archivo de Antonio Mariscal y Manuel Román

BREVE OJEADA AL JEREZ DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX

Considero que es uno de los períodos más interesantes en la historia de Jerez, dado que de ese tiempo parte la fisonomía de la ciudad y del centro urbano que ha llegado hasta nosotros. Es una época en la que Jerez deja de ser una ciudad anclada en un pasado ya añejo, “ciudad convento”, como la denominan algunos historiadores, para pasar a ser una ciudad agroindustrial con grandes transformaciones urbanas y sociales.

Dicho siglo comenzó de una manera trágica con la terrible epidemia de Fiebre Amarilla de 1800 que llevó a la tumba a miles de jerezanos, así como la invasión napoleónica, diez años después, que dejó a la ciudad en la ruina. Ello no fue óbice para Jerez se fuera poco a poco recuperando de aquellos aciagos tiempos. Avanzada la centuria y tras la desamortización de Mendizábal en 1835 muchos conventos quedaron deshabitados. Años  más tarde algunos de ellos son derribados y convertidos en plazas públicas, tal es el caso de las del Progreso, Veracruz, Doña Blanca o del Banco. Se construyen numerosas casas señoriales de bellas portadas y surgen nuevos barrios como el de Mundo Nuevo. También los arrabales de San Miguel y Santiago se pueblan cada vez más hasta el punto de acoger a una gran parte de la población. Baste con decir que el área que abarcaba entonces la parroquia de San Miguel llegó a tener más habitantes que todo el resto de la ciudad. Con el auge del comercio de nuestros vinos se va construyendo un cinturón industrial de cascos bodegueros que envolverá por completo a la población y convivirá con ella en plena armonía hasta el último tercio del pasado siglo XX. Y el negocio del vino va tomando auge inusitado, hasta convertirse en la primera fuente de divisas por exportación de nuestro país, generando a su vez grandes capitales sólo comparables con los que producía la industria textil  catalana.

Son derribadas las cuatro puertas de la muralla por considerarlas ya inútiles y entorpecer la comunicación con los barrios de extramuros, quedando consolidada como zona céntrica y comercial, entre otras, las actuales zonas de Plateros, Consistorio, Algarve, Larga, San Francisco, Arenal y Cristina. En 1829 se hace un proyecto para la construcción de un “camino de hierro” hasta el Portal, línea férrea que pudo haber sido la primera de España, aunque debido a diversas circunstancias no se pudo materializar hasta 1854 con la línea Jerez - Puerto de Santa María - Trocadero. Se hacen buenas obras de urbanización, con empedrado y alcantarillado, así como la instalación en 1847 de alumbrado público en las calles y plazas del centro urbano con farolas alimentadas por gas. Bajo la presidencia del ilustre marino Francisco de Basurto y Vargas, se crea la Sociedad Económica de Amigos del País, con cuyo patrocinio se ensayan con éxito nuevos cultivos como el arroz  y la patata, promoviendo el desarrollo de las artes y la cultura así como la edición de periódicos ilustrados.

     Pero, ¿cómo era la ciudad de nuestros tatarabuelos? Comencemos dando unos retazos de aquel Jerez de entre siglos. Para ello veamos lo que dicen algunos viajeros ilustrados que a modo de reporteros de la época nos lo cuentan. Así Juan A. Estrada en su obra Población de España dice:

        Xerez de la Frontera, ciudad grande y hermosa sobre las riveras del Guadalete, en un terreno fértil y bien cultivado con buenos árboles, cercada de murallas, con calles anchas, limpias y de buen piso, una plaza grande, una casa Ayuntamiento, una insigne colegiata donde reside un vicario general del Arzobispo de Sevilla, y una Sociedad Económica”.

        Otro viajero, el famoso Antonio Ponz, en su obra Viage a España (sic) publicada en 1794, dice entre otras cosas:

         Al instante que entré en Jerez, conocí lo que puede un magistrado celoso y activo; comparando sus calles actuales con lo que eran antes; esto es, barranco de inmundicias y albañales casi todas ellas. Por lo mismo que las calles de la ciudad son anchas y espaciosas, mejor que las de otras principales ciudades de Andalucía, era mayor la incomodidad de andarlas en tiempos lluviosos; ahora son verdaderamente cómodas y magníficas, con sus ánditos de losas a los lados, mejores que los de esa corte, de modo que cuando estén todas concluidas y empedradas en la forma que las hechas hasta ahora, será Jerez, por este término, una de las más lindas ciudades de dentro y fuera de España, y tendrán motivo sus vecinos de acordarse del señor don José Eguiluz, su actual corregidor.

       Sin embargo unos años más tarde el vicecónsul inglés en la ciudad, Jorge W. Suter, escribe todo lo contrario. Dice que Jerez es un pueblo grande y destartalado, que no existen coches de alquiler, solo particulares y muy anticuados. Ninguna calle tiene alcantarillado, pavimento ni alumbrado. Cuando llueve el lodo llega a media pierna por lo que es difícil atravesar las calles, sobre todo de noche por la absoluta falta de alumbrado; por lo que se hace preciso que un criado vaya delante con un farol en la mano y un garrote en la otra para protegerse de atracos.

      De todas maneras diremos que, como bien escribe A. Ponz, durante la época del corregidor Eguiluz, a finales del siglo de las Luces, fueron muchas las obras de saneamiento y empedrado que se llevaron a cabo en Jerez, por lo que puede deducirse alguna parcialidad o animadversión del vicecónsul inglés hacia nuestra ciudad. Lo que sí podemos tener por cierto es que las viviendas de la gente modesta eran en su mayoría lóbregas, húmedas y faltas de ventilación, dado el trazado angosto de las calles del casco antiguo. Casi todas las casas solían tener patio que servía de desahogo y ventilación; pero, por otro lado, el hacinamiento de familias numerosas en una o dos habitaciones, la falta de agua corriente y de servicios higiénicos favorecería la transmisión de enfermedades.

 La vieja muralla con casas adosadas a uno y otro lado seguía envolviendo a lo que fue la ciudad islámica. Y en la zona de extramuros seguían creciendo los populosos barrios de San Miguel al Este y el de Santiago al Oeste, además de los de La Santísima Trinidad y San Pedro. Es precisamente en esa época cuando, debido al gran auge de nuestra industria vinícola, se comienza a construir un gran cinturón industrial compuesto por grandes naves bodegueras que irán reemplazando a las antiguas de intramuros  mucho más pequeñas y con planta alta para guardar el grano.

           En el capítulo educativo, se comienzan a crear escuelas gratuitas para niños y niñas hasta ese tiempo casi inexistente, ensayándose nuevos sistemas pedagógicos sobre la memoria y la lectura en la llamada Escuela de Estudios Mutuos instalada en el palacio de Villapanés. Mediante el testamento del bodeguero Juan Sánchez de la Torre se crea un Instituto de Humanidades, el cual se transformaría años más tarde en Instituto de Segunda Enseñanza, hoy P. Luis Coloma. En el ámbito sanitario se proyecta la reunión de los cuatro pequeños hospitales de la ciudad en un Hospital Municipal, el de la Merced, más tarde llamado de Santa Isabel, mucho más amplio y mejor dotado que los anteriores. También se introducen notables mejoras en la Casa-cuna. Por aquel tiempo se adapta el que fuera convento de Belén para cárcel de la ciudad,  derribándose la establecida en la plaza de San Dionisio o de Escribanos. El historiador Portillo nos dice que una vez terminadas las obras de adaptación, esta cárcel podía contarse entre las mejores de Andalucía por su embaldosado, aseo, amplitud y vistosa fachada.

Jerez contaba a mediados de la centuria con una población de derecho de unos cincuenta mil habitantes, los cuales habitaban en sus 40 plazas y 227 calles y callejuelas. Se suministraba del agua de numerosos pozos y aljibes particulares así como de 7 fuentes públicas. Poseía 4 relojes de campana y 625 farolas de gas para el alumbrado nocturno de las calles, las cuales eran vigiladas por 44 serenos armados.
Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en Diario de Jerez el 12 de enero de 2015


En la festividad de los Reyes Magos

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?.  Y al entrar en la casa vieron al niño con su madre María, y postrándose ante él lo adoraron.


 EN LA FESTIVIDAD DE LOS REYES MAGOS
     Poco más dice el relato bíblico de San Mateo sobre un hecho que fue  progresivamente adornado durante la Edad Media. Poco a poco y a través del tiempo los Magos se convirtieron en Reyes y se les dio los nombres de Gaspar, Melchor y Baltasar. Como es sabido, la tradición cuenta que los tres Reyes Magos vinieron de Oriente y que guiándose por una estrella llegaron a Belén, buscaron al Niño Jesús recién nacido y le adoraron, ofreciéndole oro como  Rey, incienso como Dios y mirra como Hombre. De ahí emana la entrañable tradición española y de otros países hispanoamericanos de ofrecer regalos a los niños en  la noche del 5 al 6 de enero, en los últimos tiempos compitiendo con la introducción del Papá Noel en las costumbres navideñas debido a la influencia de otras culturas del norte de Europa y sobre todo anglosajonas.

Juguetes, golosinas y ropa de abrigo
Con respecto a nuestra ciudad, me he permitido buscar en diversos números de los primeros días de enero de finales del siglo XIX y primera década del XX del viejo periódico El Guadalete, para ver que decían de esta tradición en sus páginas. Salvo algunos anuncios de establecimientos como el del Sr. Gutiérrez en la calle Algarve 8 y 10 del que vemos cada año anuncios en vísperas de Reyes, en los que se puede leer que hasta el día de 6 de enero mantiene su exposición de juguetes con precios fijos y al alcance de  todas las fortunas, no encontré ninguna noticia o evento relacionado con la festividad, a no ser algún baile en el Casino Jerezano e incluso, extrañamente,  algún otro de máscaras. También hay noticias de que el Sr. Luis de Ysasi, prócer jerezano que legara a nuestra ciudad su finca de El Retiro, regalaba el día de Reyes, en los albores del pasado siglo, ropa y juguetes a una relación de  niños necesitados de la ciudad.
Ya en tiempos de la II República hallamos noticias en prensa de la entrega de juguetes, ropa de abrigo y golosinas en algunos colegios de  nuestra ciudad con motivo de la festividad de Reyes, concretamente en el colegio que estaba situado en el interior del Real Alcázar, del que era protector y principal bienhechor el Sr. Salvador Díez, quien a sus expensas se encargaba de adquirir dichos  regalos. Cercano a este centro, en la Maternal de calle Armas, también en dicho tiempo y a cargo del Ateneo se regalaban juguetes y ropas a los escolares.


 Cabalgata de Reyes, un poco de historia
En cuanto a la tradición de una cabalgata para anunciar la llegada de los Reyes Magos es muy antigua, la misma se remonta al año 1866 cuando en la ciudad alicantina de Alcoy se organiza la primera cabalgata de reyes de las que se tiene noticia en España. En Jerez no sería hasta el año 1923 cuando sus calles vieran por primera vez el paso de una Cabalgata de Reyes. La cual, al igual que en Sevilla que la venía haciendo desde 1918,  era el Ateneo quien se encargaba de su organización, con el único afán de llevar regalos e ilusión a los escolares más necesitados. Tanto el coste de los juguetes a comprar que, según las normas había que hacerlo a comerciantes de la ciudad, así como los gastos de la cabalgata eran obtenidos a base de donaciones particulares que el Ateneo se encargaba de recaudar, también se obtenía alguna pequeña ayuda del propio Ayuntamiento. Ni que decir tiene que aquellas cabalgatas eran de lo más austero y en nada parecido a las de ahora, desde luego sin carrozas, ni camellos. Según nos cuenta Pepe Castaño en su precioso libro sobre los Reyes Magos, el cortejo que acompañaba a sus Majestades de Oriente en aquellas primeras cabalgatas lo abría una banda militar de cornetas y tambores, tras la misma, una serie de figurantes disfrazados de egipcios y árabes, nada más.
Con el advenimiento de la Guerra Civil el Ateneo Jerezano quedó prácticamente inactivo, sus comisiones desaparecieron y con ellas la encargada de organizar la cabalgata. Acabada la contienda se hicieron algunos actos aislados organizados por el Frente de Juventudes con motivo del día de Reyes, tales como un concurso de dibujo infantil, una velada teatral o un concurso literario sobre este tema. También a mediados de aquella década de los cuarenta, aparece en la prensa la noticia que unos magos disfrazados habían desfilado por el centro de Jerez. Poco más hemos podido encontrar en hemeroteca. Será en el año 1949 cuando de nuevo se restablezca la Cabalgata de Reyes, en la que mi viejo y recordado amigo José María López-Cepero representó al rey Baltasar junto a Juan Manuel Rodríguez Almodóvar y Alberto González de la Peña. En dicha ocasión los reyes desfilaron montados en sendos caballos. Por cierto, el Ayuntamiento no participó aquel año aduciendo que no tenía dinero.
Evocación
En mis recuerdos de la niñez quedaron aquellos días de la ilusión y sus juguetes. El carrito de madera hecho a mano por un carpintero amigo de la familia, el cochecito pulga que se le daba cuerda por debajo, la cabeza de caballo de cartón piedra unida a un palo, los juegos de mesa de parchís y la oca, o aquel tren de resorte al que mi padre le ponía una bombillita conectada a una pila de petaca y me decía que era un tren eléctrico. También, en los días previos a la festividad de los Reyes, recuerdo aquellos grupos niños, tan pobres que nada tenían, tiznada su cara con un tapón de corcho quemado, pidiendo a coro por las calles unos céntimos para poderse comprar algún juguete. Eran los llamados “Tostaíllos”. Y lo hacían con tal gracia bajo los balcones de las casas que casi siempre les caía alguna moneda. Cantaban esto:
Somos cuatro tostaíllos que venimos a dar el tostooón
A la doña, doña Juana, la que está en el balcooón.
Una perra pá jabón, pá quitarme los churreeetes.
Pero quizás el recuerdo más entrañable es para mí, sin duda, aquella noche de Reyes cuando, tras la cabalgata, nos acostábamos muy pronto después de dejar los zapatos detrás de la ventana, “no sea que los reyes vayan a venir y estéis despiertos y se marchen sin dejar nada” nos decía mi madre. Digo mi madre porque mi padre no estaba en casa. Y es que él junto con otro amigo y mi padrino se encontraban en Casa Brotons disfrazándose de rey mago. De esa guisa alquilaban un coche de caballos en la Alameda Cristina y se dedicaban a ir casa por casa de los 18 ahijados que tenía mi padrino, Antonio Barrones se llamaba. Creo que Antonio nació para ser padrino, lo fue también de mis dos hermanas, y no de alguno de mis hijos porque cuando nacieron ya al pobre le había tocado marcharse para siempre. Pues bien, aquel alegre trío se pasaba toda la noche de reyes visitando las casas de ahijados y amigos, despertando a los niños y entregándoles sus regalos en la propia cama.
Pum, pum, sonaba el llamador de la puerta. ¿Quién es? Somos los Reyes, se oía desde la calle. Y nosotros que no habíamos podido conciliar el sueño hacíamos como que dormíamos y nos tapábamos la cabeza. Ni que decir tiene cual era la sensación que nos causaba aquella “visita real”. Habría que ver nuestros semblantes ante aquellos magos, no sé si era una mezcla de ilusión y de miedo a la vez, que sólo se desvanecía cuando los oíamos salir por la puerta y éramos dueños de todo el tesoro. Como es natural y por descontado,  en cada casa que “sus majestades” visitaban siempre caían una o dos copitas de aguardiente para acompañar un pestiñito o un polvorón, por lo que al terminar la “faena”, ya a las claras del día, la que “sus majestades” llevaban encima podría ser de acera a acera, circunstancia de la que no estaba excluido el cochero, que por descontado no se mantenía al margen de las generosas invitaciones. Mi padre, al que siempre le tocaba ir de rey negro, frecuentemente recordaba aquello como los mejores momentos de su vida, y yo los guardo en lo más profundo de ese lugar del corazón donde se conservan los recuerdos más queridos.
Hoy, cuando veo esos muñecos gordinflones de barba blanca, vestidos de rojo con los que algunos pretenden sustituir nuestra ancestral tradición y que por descontado gozan de todos mis respetos, pienso que los que todavía seguimos creyendo en los Reyes Magos de Oriente somos unos afortunados.
Antonio Mariscal Trujillo
Publicado en mi sección "Jerez en el recuerdo" de Diario de Jerez el día 5/1/2015